Tres.

       

        ¿Por qué extraña

calle has venido,

muchachita,

que no te escuché

cuando abriste la puerta?

Y este olor a hojas

muertas

de parques solitarios

que han traído tus ojos,

¿qué recóndita cuerda

despierta en los

rincones de todo

mi tiempo pasado?

 

        Pero yo sé bien

que no puedes

responderme,

que tal vez ni siquiera

entiendes mi lenguaje,

que quizá no comprendes

lo que quieren decirte

los ojos míos... Y sin

embargo,

hay en ti un aire

de inocencia

que me obliga

a hablarte

de esta manera

incomprensible,

con toda una vida por

detrás,

acomodada entre

pena y pena...

Mira:

que ya, para ser niña,

eres muy grande,

y para ser mujer,

eres pequeña...

 

        En fin; te juro que

lo siento de verdad.

Ahora quisiera, por favor,

que te marcharas,

pero no quiero que te

vayas triste...

 

        Sé que es, de seguro,

el primer cristal que se

ha roto dentro de tu

corazón,

tu primero y más

profundo desengaño.

 

        Pero no importa, muchacha:

pasará;

que yo también tenía ansias

de vivir,

cuando el tiempo

todavía no se hacía

sentir,

cuando tenía, como tú,

dieciséis años...

 

Marzo 13 de 1975.