Trece.

       

       

        El aire obscuro

penetró en mi

cuerpo,

semilla de

ramificación,

y fue un torrente helado

que acintó

mis nervios

en racimos,

oleadas de

púrpura sangre

que se agolpaba

en mis venas

y pugnaba

por correr

libremente,

con el sonido

de una cuerda rota.

 

        Todo el tiempo

fue empuñado

por

una mano

invisible

y blanda

que enmudeció

las horas,

que le quitó

movimiento

a los

revoltosos segundos,

que detuvo

las agujas del reloj.

 

        (Yo caminaba

alrededor

de un círculo,

había caminado,

un diámetro

pequeño

y agudo.)

 

        Y una voz

nació

dentro de mí

con desconocidos

arpegios,

con palabras

remotas

y dedos nuevos

manejando

las fibras internas...

 

        Los nervios

descansaban

sobre calmada

arena

frente a los torrentes

marinos,

vi la hermosura

en las

hojas

que caían

de los árboles de otoño,

y me extrañó

no percibir

su natural

desolación.

 

        Hay algún nuevo

elemento,

es insondable,

y alguien me dice

que eso nuevo...

es el amor.

 

Dic. 15 de 1974.