Ocho.

        Mi infancia hubiera sido

una nave de amor a la deriva,

sin callao a que atracar, sin rumbo fijo,

navegando en un mar de obscuridad,

o una nube estacionaria

con destino de caer sobre la tierra,

y regarle al campesino sus dominios

para llenar necesidades de la siembra,

o una ola que estrelló en el roquerío,

mi destino hubiera sido el de pasar.

 

El de pasar como una sombra ingenua.

 

Falta de esencia y falta de calor,

como la sombra de cualquier objeto

en el trayecto de la tierra al sol

 

        Hubiera sido (de ello estoy consciente)

silencio errante andando por la calle,

sin atadura o punto de referencia,

como una siempre fugaz tierra de nadie,

como una llama de muy breve efervescencia;

sin el calor que nunca tuve de un hogar

hubiera estado propenso a naufragar

sin una costa cercana a que allegarme.

 

        Hubiera sido, quizás, un resentido

por lo que nunca me brindó la vida,

sin el calor estival de tu alegría

carne y silencio, sin duda, hubiera sido.

 

        Hubiera sido, lo sé..., pero no fui.

Y al contemplar después de tantos años

tu cabellera que plateara el tiempo,

y al estrechar tus arrugadas manos

(que me guiaron ayer) contra mi pecho,

siento latir en mí la pobre escuela,

el patio en que jugué (mi única infancia).

tu afán por encauzarme en buen sendero,

mi rebeldía, también tu tolerancia,

y el aula que algún día fue tan nuestra...,

 

y aquel amor tan meramente maternal

-que por la vida me enseñara a transitar-

de tu encendido corazón..., maestra.