Dos.

       

        Yo te sentí

dormida entre mis brazos,

Mónica,

en un lejano día

de septiembre.

Eras la fresca

raíz

de juventud y alegría

que cimentara en mí

desesperadamente,

la voz

que se allegó

a mi soledad

con vestiduras

de música sanguínea...

 

        Vital,

había momentos en que

sin embargo,

también tú

estabas triste,

tu tristeza era profunda

(como lo era tu

alegría),

y entonces,

en esos momentos,

dejabas que las horas

se deslizaran

sobre tu cuerpo,

sobre tu vida,

interminables

las horas...

 

        Yo te sentí

dormida entre mis brazos,

Mónica,

en un lejano día

de septiembre,

adolescente o niña,

acariciante

y pura...

Y de ese amor

tan grande y tan

eterno,

y tan profundo

e ingenuo

y arraigado,

quedó un final

de despedida

y aventura...