Cuatro.

       

        Quiero morir

un día de febrero;

ha de ser un día

claro

que atravesará rápida-

mente el cielo,

que pasará como

un dardo

hecho de tiempo,

y que se irá...,

tan brevemente como

fue mi vida.

Pero los niños se-

guirán jugando,

algún intrépido

adolescente

se arriesgará a la

aventura del amor

primero,

alguien se lanzará

a vivir,

como sucede todos los días,

existirá un primer

beso,

un adiós final,

inevitablemente.

 

        Y quiero morir

aquí,

en Buenos Aires,

con el típico olor

de las calles porteñas

impregnado en la piel,

y morir de a poco,

yéndome con

todas mis alegrías,

todas mis penas,

y mis mentiras,

y mis locuras,

y también -¿por qué no?-

mis desengaños...,

y quiero morir de tarde

(lúcido hasta el final,

en un suspiro)

de ser posible

-en el postrer

momento-

llevando un nombre de mujer

entre los labios...