Apocalipsis.

 

        Los días

escribieron sobre el agua

trazos

de luz

que desgranara

el útero

del tiempo,

el cielo se deshojó,

aterido de otoño

y de

cansancio,

de pronto

todo

se apagó

como

al separar

dos hilos de cobre.

 

        Arracimados,

los pájaros se

habían abatido

contra los clausurados

ventanales,

incansable,

desesperadamente,

la muerte

era el buscado

fin natural

de las cosas.

 

        El mar amenazaba

rebelarse,

imponer

su bandera

salina

más allá de las

frágiles

costas,

era una boca

desdentada

y oscura que bramaba,

hierática

y feroz.

 

        Un ruido sordo

ascendía

del seno de la

tierra,

ronquido del

frío y seco

elemento

que pugnaba

por

el estallido

y la erupción.

Las voces

habíanse

acallado:

todo era

todo

espacio

oscuro

y silencioso,

gente había

que vagaba,

poco antes

del final.

 

        En medio

de la confusión general,

algunos imploraban,

se acrecentó

la religión

del ser...

 

        Y sin embargo

todos conservaban

la esperanza,

agua de luz,

martillo de colores

y de prismas,

todos creían

en un nuevo

y rutinario

amanecer...