La libreta negra.

 

Durante mucho tiempo pensé que este texto era una novela, a lo mejor por la clásica osamenta de capítulos y secciones, o porque trabajosamente está mecanografiado a doble cara en hojas de 13 por 20 centímetros, y archivado en una agenda de seis anillos. Sobre el forro de cuerina negra apliqué en 1974 un rótulo autoadhesivo con las palabras “El asesinato del régimen”, y en los siguientes cinco lustros consideré que lo que tenía bien guardado en el cajón de la ropa blanca era una novela, un libro, un ejemplar de bolsillo, pues tenía ese formato, existía un autor y contaba una historia.

 Nada más alejado de la realidad. La hechura apenas remedaba a la de un libro de verdad, y los borrones que mancillaban algunas páginas atestiguaban el defectuoso funcionamiento de una Rémington de los ´70. El autor no era un escritor, sino un adolescente que contaba sus recuerdos inmediatos, que testimoniaba un fragmento de su vida munido con las escuálidas herramientas de un trajinado colegio secundario. Y la historia sólo era importante para quien la reconocía como propia, o al menos adquiría su pujanza a través del sentimiento de vivencia suscitado en la persona que recordaba haber sido aquel adolescente.

 Mezclado con el equívoco orgullo por la obra terminada, el pudor jugó también su rol durante esos lustros, y la agenda sólo reveló su historia a dos personas que no eran ajenas a las intimidades de esa época de mi pasado, quienes en algunas tardes porteñas recorrieron las amarillentas hojas con la delicadeza que solicité al entregarlas, deslizándolas por los pequeños anillos, una tras otra…

Existió también, hasta tiempos bastante recientes, la inquietud, el miedo, la preocupación. Hasta muy entrados los ’80 era impensado hablar mal, escribir mal de los militares, pues el terrorismo de estado, el terror blanco de la década anterior, había dejado improntas en la civilidad que creo que aún hoy, en el tercer milenio, duelen de tanto en tanto, como una fractura o una muerte. 

Haber comprendido la verdadera naturaleza de este texto fue una enorme ventaja para mí, pues me sentí eximido de la irreverencia de la corrección. Hoy tengo asumidos a estos párrafos como un testimonio de aquellos meses alborotados que se enancaron sobre fines de 1973, y tal vez mi formación en la ciencia de la historia y en el manejo de fuentes me ha persuadido de no vulnerar sintaxis, suprimir muletillas, invalidar localismos, alterar la gramática o modificar el inadmisible uso del vocablo “revolución”… Sorprendentemente, la ortografía y los tiempos verbales, con algunas excepciones, me siguen pareciendo adecuados, pero incluso en estos aspectos me abstuve de zaherir con retoques la frescura que hay en estas viejas palabras… Si hoy tuviese que reescribir los recuerdos de la libreta lo haría con diferentes tonalidades, pero seguramente el resultado no me provocaría la triste satisfacción que siento releyendo mis notas de adolescencia.

  Creo que fue en 1990 cuando el ex presidente George Bush, padre, hombre ya de 72 años, se lanzó en paracaídas para liberarse de los fantasmas que lo habían agobiado durante 50 años, desde que había tenido que abandonar su avión en llamas, en el fragor de la segunda guerra mundial… Con el tiempo me he convencido de que todos hacemos ese salto alguna vez en la vida, y el mío, menos espectacular ciertamente, es liberar a la libreta negra, sacarla del cajón donde estuvo confinada treinta años, soltarle la mano y dejarla ir... Y por cierto, qué placer se siente. (*)

El mundo cambió pasmosamente en las últimas tres décadas. En los días en que Salvador Allende era asesinado no podríamos haber imaginado las actuales maravillas de la comunicación, los asombros de la electrónica, la espectacularidad de la tecnología basada en el silicio. Pero si uno se fija bien, si uno se anima a quitarle al mundo esa pátina reluciente, seguirá descubriendo injusticias, atropellos, miserias y abusos de poder varias veces seculares... De haber existido en la Edad Media un diario como Clarín, habría estado atestado de guerras, asesinatos, matanzas, hambrunas, éxodos y pestes. Hoy las noticias nos vienen edulcoradas, podemos apoltronarnos en nuestro comedor para ver por CNN una versión depurada de todo eso, y unos días más tarde olvidarlo, porque algo peor está ocurriendo o se sabe que va a suceder… A lo mejor la cosa no cambió mucho desde la Edad Media, menos aún en las tres décadas pasadas, y lo malo sea que muere más gente, y que nos hemos acostumbrado a esa dinámica de la injusticia entre las naciones…

 Estados Unidos nos habituó también a sus intervenciones militares, y a medida que se van sucediendo estos episodios la pseudo fachada jurídica, el disimulo o los intentos de justificación se han ido adelgazando, porque la opinión pública internacional mira de soslayo y, por indiferencia o complicidad, no reacciona como debería hacerlo. Tampoco actúan los organismos internacionales, que han demostrado su proverbial inoperancia para manejar estas crisis… Creo que si hoy Allende gobernara Chile, y la ITT o la Casa Blanca quisieran derrocarlo, simplemente enviarían a los marines y listo el pollo. Nada de subterfugios, pactos secretos, ocultamientos, cipayos. ¿Allende jode? Lo matamos y a la mierda… Eso sí, que la CNN se encargue del trabajo propagandístico, y que circulen de inmediato capítulos estreno de Los Simpson.

 En fin, me parece que como género gregario nos estamos envileciendo, en la misma medida en que progresa el homo faber que hay en nosotros. Pero eso es otro asunto, y algún historiador de mentalidades, algún sociólogo o filósofo se encargará de dilucidar estas cuestiones. A mí sólo me interesa presentar la libreta negra.

 Hoy, año 2003, a medida que la tipeo en mi computadora me voy acordando de cosas que se me habían ido de la mente, detalles extraviados por el padecimiento del tiempo. También voy notando algunos aspectos que me hacen reflexionar, y para muestra sólo mencionaré uno que, a mi juicio, es especialmente llamativo. Sabemos ahora que prácticamente todo el Cono Sur penó en el mismo infierno, con nombre de batalla silvestre: Plan Cóndor. Comparando los procesos de los dos lados de Los Andes, uno advierte que en Argentina existió un desconocimiento público acerca de lo que ocurría, pues la mayoría de la población descreía de los asesinatos, torturas, desapariciones y secuestros planificados que realizaban las Fuerzas Armadas. Sólo con la democracia salió a la luz el horror de la dictadura, y hoy tenemos un acabado conocimiento de la trastienda de esos años de crueldad.

 Siento que en Chile fue exactamente al revés. Desde los primeros días de la tiranía pinochetista supimos lo que pasaba, pues los militares no se cuidaban de mantener sus actividades en secreto. Las torturas y asesinatos no se efectuaban en oscuros sótanos o edificios insospechables, sino en el Estadio Nacional, casi como si se pretendiera hacer de aquello un espectáculo persuasivo... La democracia también parece haber funcionado de manera inversa a la nuestra, pues quizá fue precisamente en ella donde comenzó el pacto de silencio, el ocultamiento, el manto del olvido. Y si bien existe una parte de la sociedad que no deja de elevar su pedido de justicia a voz en cuello, tengo la impresión de que es mucho más lo que los chilenos olvidaron que aquello que terminaron por asumir y denunciar.

 Ya dije que estamos en 2003. Escribo estas líneas cuando la justicia argentina está anulando las leyes de perdón y de obediencia debida, con que los gobiernos que sucedieron a los militares quisieron liquidar los crímenes del Proceso de Reorganización Nacional. Es decir que se elimina el “punto final”, y se retoma la búsqueda de justicia. Muchos piensan que esto es una pérdida de tiempo y energía, en un país donde hay tanto por hacer, donde aspectos elementales de la sociedad no funcionan, donde existe, por ejemplo, el hambre “más urgente”… A veces uno tiende a coincidir con este punto de vista, pero es egoísta hacerlo sin meditar en que así como están en nuestro país quienes necesitan alimento, educación, trabajo o seguridad, hay una parte de la población que aún espera una respuesta a 30 años de dolor.

 Esta no es una respuesta, qué va. Esto es una imagen, una fotografía contada. No tiene rigor histórico, pero es un testimonio de primera mano, y uno sabe que en esta clase de literatura siempre se vislumbra lo que la historia, esa otra literatura de nivel superior, sólo revela un siglo después.

  

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Fue en 1976 cuando creí que estaba dando la última puntada a este trabajo juvenil, y que las palabras agregadas entonces eran su colofón definitivo, pues no podía pasarme la vida rondando las mismas esquinas de mi pasado. Aquella creencia resultó desacertada, pero hoy tengo la certeza de que, a punto de dejar partir a la libreta negra, la estoy liberando también de futuros añadidos, para bien o para mal. (A fines de los ´90 un telegrama del consulado argentino en Valparaíso me llevó apresuradamente a esa ciudad una vez más, con la urgencia de sepultar a mi padre. Esa vez mi esposa y mis pequeños hijos me acompañaron, y al regresar decidí abstenerme de agregar un nuevo capítulo, avergonzado por tener que consignar que Pinochet ya tenía partidarios…)

Pero precisamente hoy se cumplen 30 años desde aquel infame 11 de septiembre, y es una buena oportunidad para hacer el corte, aunque el número 30 sea, en definitiva, similar a cualquier otro para afinar la memoria… Hay actos en varias partes del planeta, pues para muchas personas esa fecha significa algo más que dos aviones estrellándose en soberbios rascacielos… Hay incidentes en Santiago… Los medios informativos dan a este aniversario una cobertura que apenas ayer no sospechaba… Internet se ha colmado con textos e imágenes que enriquecen esta conmemoración… Un buque chileno donde se practicó la tortura es abucheado en Puerto Madero por organizaciones de Derechos Humanos… Y todo esto sólo puede significar algo: consciencia histórica, comprensión desapasionada, sanción moral, tal como vaticinaba el último mensaje de Allende. Porque al menos eso se le cumplió: la sanción moral, y no sólo de parte de los chilenos (cualquiera haya sido su bando), sino del mismo pueblo agresor, que paradójicamente, debe llorar a sus muertos en esta misma fecha.

Por si fuera poco, la venturosa nación a donde regresé en 1974 tuvo su Pinochet vernáculo, y él se encargó de encender la hoguera también aquí… Lo mismo sucedió en Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil. Y ese horizonte de dolor sirvió para comprender el drama chileno sin necesidad de haber estado precisamente en La Moneda cuando los Hawker Hunter la ungían con bombas… Esa fue, con seguridad, la mayor equivocación de aquellos días: haber creído que en Argentina jamás existiría un Pinochet, que matara, torturara, robara y traicionara tanto como su trágico modelo.

Por desgracia, la verdad está aún muy lejos de parir, y subsiste abundante dolor y culpa que esperan una cita con la justicia…

Por último, el sacrificio de Allende, si bien reconocido y elogiado por la posteridad, demuestra hoy haber sido una vana inmolación, pues en este preciso segundo seguramente se está interpretando un drama similar en alguna parte de este olvidado mundo.

 

11 de septiembre de 2003

 

 

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(*) Pido disculpas al lector por haber utilizado, para esta analogía, a un personaje que representa todo lo que el autor de este testimonio pretendió repudiar.