Apéndice de 1976.

 

 

Han pasado más de dos años desde que regresé a mi país.

Mi padre jamás se decidió a hacerlo también, de manera que escribo estas líneas a poco de haber realizado una nueva (pero breve) visita a Chile.

Y si cuando regresé en 1974 traje conmigo una amarga impresión, la de esta oportunidad es más triste y más amarga todavía.

Ya que, en efecto, a casi tres años de la toma del poder por la Junta Militar, ha logrado ésta algo prodigioso: hacer retroceder al país en tres décadas.

Y si bien debo reconocer que la economía chilena está fortaleciéndose otra vez (aunque con suma lentitud), he de agregar que el retroceso radica justamente allí: en el doloroso precio que debe pagar el pueblo por ese logro.

Un precio de hambre infantil, de desgarradora miseria y de cruel ignorancia.

Es así como el gobierno puede detentar el poder sin ninguna clase de oposición, pues el pueblo, a pesar de sufrir en carne propia tanta desventura, no alcanza a distinguir con claridad (porque no se lo permiten) lo bueno de lo malo, y los que pueden hacerlo deben callar o resignarse a morir.

Es horrible, pero así es.

 

 

Cuando inicié este viaje lo hice con la felicidad de pensar que pronto volvería a ver a mi padre y a tantos buenos amigos, después de un período bastante prolongado.

Buena parte de esa felicidad, sin embargo, comenzó a desvanecerse cuando ingresé al territorio de Chile.

Pues ya en su aduana algo me hizo recordar que penetraba en los dominios de un dictador: fue que, a todos los viajeros y a mí, nos despojaron de cuanto diario, libro o revista llevábamos con nosotros, no importa de qué se hubiera tratado: la consigna era no dejar pasar ninguna publicación extranjera.

Hasta el interior de los vehículos era revisado cuidadosamente en busca de éstas, para apilarlas en profusión en un ángulo del recinto de la aduana.

Luego, una vez que estuvimos ya en pleno Chile, nos fue imposible olvidar que quienes lo gobiernan son militares: no pasaba una hora sin que fuéramos detenidos por alguna patrulla y obligados a identificarnos todos los pasajeros del bus (sin excluir al chofer, por supuesto), con la consiguiente pérdida de tiempo que ello implicaba…

Para, a la hora u hora y media más tarde, repetir el mismo trámite.

Todo lo cual no pudo menos que indignarme, pero a lo que no le habría prestado importancia alguna de haber intuido siquiera lo que quedaba aún por ver.

 

 

 

Chile me duele en el corazón. La gente de Chile, los niños, las mujeres y los hombres chilenos.

Es comprensible que haya quienes mueren de inanición en la India o en China o en toda una serie de países superpoblados o pobres, pero no logro entender que tal cosa esté sucediendo actualmente en Chile, donde apenas hay quince millones de habitantes y cuyos recursos económicos están en manos extranjeras.

El ex presidente Frei, en su libro “Las exigencias del porvenir”, protesta duramente por todo esto y, apostrofando de “fascista” a la Junta Militar, expresa en alguna parte que “la inanición no es síntoma de salud”.

Y es que la miseria que se ha entronizado en Chile es verdaderamente espantosa, tanto que no creo poder definir su verdadero alcance aquí.

Porque todo cuanto pudiera yo decir sería poco, absolutamente poco.

Creo que lo más próximo a la realidad es expresar que tanta miseria “repugna”, y sin embargo tal cosa aún es benigna.

Veamos un ejemplo.

Viña del Mar es la ciudad turística de Chile, esta vez invadida por brasileros.

Pues bien. Sería una desagradable impresión para los turistas ver la florida ciudad atestada de niños hambrientos que piden un pedazo de pan, pero lo cierto es que esos niños existen, están ahí, palpitantes, tibios, como otra herida abierta y sangrante en el corazón de América.

Sin embargo, dicen que para todo hay solución, y el gobierno halló la más acertada para este problema.

Una noche, conversando con una señora amiga de mi padre, me enteré del hecho. La mujer me lo dijo con lágrimas en los ojos, desesperada.

Me contó que en el cerro donde ella vive (y en general, en todos los cerros) cada media hora golpea a la puerta un niño sucio y hambriento, implorando un trozo de pan, “aunque sea duro”.

Estos niños reciben un plato de comida en las pequeñas parroquias, pero obviamente eso no es suficiente para su alimentación, y, por supuesto, no todos los niños logran disponer de esta mínima bonanza.

Mas lo peor es que si esos niños se trasladan a la parte baja de la ciudad (donde vive la gente adinerada y donde los turistas derrochan su dinero, en medio de las grandes luces) son arrestados y violentamente conducidos a un frío calabozo, para, al siguiente día, ser vueltos a los cerros.

No lo entiendo, de verdad, no puedo comprenderlo.

 

 

 

La prostitución es otro factor que provoca asco ahora; en dos años ha aumentado en más del cien por ciento.

Es penoso ver, a las nueve de la noche, decenas de mujeres que se pasean por la plaza de Viña, y no es de extrañar que lo hagan niñas de trece o catorce años, ya perdidas irremediablemente.

Por otra parte, y para terminar, se le ha quitado al pueblo algo de lo que podía disponer libremente durante la época de Allende: la cultura.

Una tarde me encontré con mis amigos Carlos y Mónica, y ellos hicieron referencia al problema al que se veían abocados.

Sencillamente que les era imposible seguir adelante con sus estudios, ya que el precio que debía pagarse en las universidades no estaba al alcance de su mano.

Motivo este que, al igual que de la suya, lo es de tantas frustraciones, pero que representa un aspecto importante de la represión sustentada por la Junta Militar.

Y hay más, mucho más, pero creo que con todo lo anterior basta.

El cuadro, en síntesis, es irresistible: por un lado, la luz, el lujo, el placer, la gula, la comodidad de unos pocos. Y por el otro el hambre, la miseria, la ignorancia, el sufrimiento, el frío de la inmensa mayoría.

Esta es la profunda dicotomía que se daba hace treinta años, pero que hoy no puede aceptarse, al menos en ese grado.

 

 

 

Este, el mío, no pasa de ser un testimonio más, en medio de toda la literatura sobrecargada de justificado odio que se ha escrito al respecto.

El mundo asiste al hecho consumado, y permanece impasible.

No importa.

El curso de la historia es uno solo, y no habrá de desviarse por esta aberración.

Pero los hombres son testigos de ella, y algún día habrán de condenarla.

Para entonces, sin embargo, los torturados, los desaparecidos, los acribillados y, sobre todo, los niños muertos de hambre y frío, ya habrán de ser completamente irrecuperables…

 

 

Marzo.