Capítulo V.

 

(1)

 

 

Después de septiembre la fisonomía del país había sufrido un cambio radical, y sus habitantes hubieron de acomodarse a una nueva manera de vivir, a una nueva rutina, que no era ni la que había impreso Salvador Allende, ni siquiera la vigente durante la época de Eduardo Frei.

No; esta vez se trataba de algo totalmente nuevo y peor: las FF. AA. de Chile jamás habían intervenido en las luchas internas del país, pero ahora que por primera vez habían decidido dejar de lado su habitual indiferencia era para implantar una dictadura, y a un dictador de la peor calaña: Augusto Pinochet.

Todo lo cual es muy fácil de explicar: estas Fuerzas Armadas han existido siempre, desde su creación, sólo para defender los grandes intereses nacionales (incluidos los suyos propios) y extranjeros, sobre todo estos últimos, hecho que explica el alto grado de colonialismo económico que afecta, afectó siempre y seguirá afectando a Chile mientras no vuelva a aparecer un hombre como Salvador Allende.

Todos los sucesivos gobiernos que habían administrado la nación hasta 1970 tenían plena consciencia de esto y del riesgo que implicaba rasguñar siquiera dichos intereses, de manera que prefirieron dejar siempre que las cosas continuaran en ese estado y evitarse así tan poderosos enemigos: esto determinó que las FF. AA. de Chile pudieran permanecer indefinidamente en estado de apatía.

Mas he aquí que llega Salvador Allende al poder y lo hace con la férrea intención de acabar con todo eso e iniciar una nueva época en la historia nacional, iniciarla con una verdadera revolución, sobre todo en el aspecto económico.

Y es ése el momento, pues, en que las mismas Fuerzas Armadas que siempre habían permanecido al margen de todo lo político e institucional se inquietan, y comienzan a apañar una lenta pero inexorable lucha contra el gobierno, apoyada, por ende, desde el exterior.

Hasta que se llega a un momento en que la crisis es ya insoportable, pero en que el pueblo, no obstante, sigue siendo fiel a su presidente.

Este rotundo fracaso de la campaña (aunque la campaña, en sí, había logrado su objetivo: socavar profundamente la economía nacional) y la aparición del “Plan Z” con que habría de replicar Allende, determinaron el golpe fascista del 11 de septiembre, en que las fuerzas norteamericanas, repito, tomaron activa participación.

Algo parecido a lo sucedido en Italia, con el fascismo, y en España, con el franquismo: el último baluarte del capitalismo contra el pueblo organizado, pero esta vez más violentamente que en las dos ocasiones anteriores, y que en tantas otras, a lo largo de la historia de la lucha de clases.

A partir de entonces, la represión; la más violenta de que yo hubiera tenido noticias al leer los textos de historia, una represión que sólo puede parangonarse aproximadamente con aquella con que el pueblo era rechazado por los zares rusos; una represión sistemática, que abarcaba todos los aspectos: desde la eliminación en masa hasta el adormecimiento del pueblo con el opio japonés, sin excluir la represión cultural y económica, muy importantes también.

Todo lo cual tiene actualmente sumergido al pueblo de Chile, al igual que lo estaba el ruso, en un estado de miseria e ignorancia que permiten su fácil manejo y ductilidad.

Pero este es tema que reservo para más adelante.

Por todo ello, en fin, y viendo cercano el instante en que ya no me sería posible seguir adelante con mis estudios (ahora privilegio de un determinado estrato social) es que un buen día me planté ante mi padre y le pedí, aunque dolorido por el hecho de tener que abandonarlo:

--Papá, perdonáme, pero… quiero regresar a nuestro país.

Mi padre (me parece verlo) dejó de lado lo que estaba haciendo y, sin hablar, me observó de pies a cabeza. No hizo falta explicación, palabra alguna.

Al cabo de un momento confesó:

--Si… Aunque no lo creas, hace tiempo que vengo pensando en eso yo también.

Nuevamente silencio.

--Me gustaría –dije- que volviésemos juntos a Buenos Aires. Al fin y al cabo, ¿qué podés lograr quedándote aquí?

--Nada, y lo sé bien. Pero vas a viajar solo. Yo lo haré más adelante, dentro de algunos meses. ¿De acuerdo?

Pausa.

El momento era triste y vital, y yo no sabía cómo comportarme.

--¿No puedo hacer o decir nada para convencerte de que vengas conmigo? –pregunté, aunque sin esperanzas, conociendo como conocía a mi padre.

--No –fue su terminante respuesta-. Pero no te preocupes: yo viajaré poco tiempo después que vos… Y ahora, ¿de acuerdo?

No tuve otra alternativa.

--Si –contesté decidido-, de acuerdo.

El año lectivo estaba por finalizar; le dije a mi padre que lo terminaría con buenas calificaciones y que sólo me marcharía una vez que hubiésemos pasado juntos las fiestas de fin de año.

Finalmente quedó convenido que a partir de la semana entrante tendría yo que empezar a preocuparme por los documentos necesarios para cruzar la frontera.

Esa tarde salí a caminar por la ciudad, y me sentía muy triste por el hecho de tener que dejar próximamente tantas cosas que por algunos años habían constituido gran parte de mi vida: lugares, amigos, y sobre todo mi padre, que ahora quedaría solo, totalmente solo.

Fui a buscar a Vasco a su casa y de inmediato salimos a caminar.

Anduvimos por la costa, lentamente y con paso breve, allí, muy cerca del mar, y yo le confesé que me sentía triste y que el motivo era mi próxima partida, si bien estaba consciente de que eso era lo que más me convenía.

Él calló y reflexionó un momento, creo que sobre los motivos que me impulsaban a mí (como a tantos miles y miles) a emigrar.

--Si –dijo por fin, en un suspiro-, te comprendo, y pienso que es lo mejor que puedes hacer. Te juro que me da mucha pena confesarlo, pero aquí ya no se puede vivir… Quizá en tu tierra te vaya mejor.

--Yo creo que si –contesté-. Allá una situación como esta no puede sobrevivir durante mucho tiempo.

Me miró con incredulidad y sonrió amargamente. Ambos éramos íntimos amigos desde que yo había llegado a Chile, tiempo atrás, y lo conocía bien; me daba una idea bastante aproximada, entonces, de la pena que lo afligía cuando analizaba la realidad chilena después del once de septiembre y notaba el profundo abismo por que se iba despeñando su país, irremisiblemente.

Hubo un instante de silencio. Al fin mi amigo lo rompió para confesar, en un desborde de su alma:

--¡Te juro que si pudiera me iría de aquí, a cualquier parte, sólo por no seguir viendo sufrir a tanta gente! Si no lo hago es por mi madre, pero esto es realmente injusto y cruel…

--Esa es otra de las razones que me regresan a mi patria: ambos perdimos amigos, profesores, en fin, a personas que los dos queríamos mucho y de quienes no hemos vuelto a tener noticia alguna… Me pregunto qué habrá sido de todas ellas, y sin embargo lo peor no es, a pesar de todo, los que ya han desaparecido, sino el hecho de que la vorágine continúa y se acentúa cada día más.

--En Argentina las cosas van a empezar a andar bien ahora que volvió Perón, según se dice. Espero que todo te resulte como lo deseas.

--Te agradezco, Vasco. Y en caso de que algún día viajes a Buenos Aires, desde ya mi casa está a tu disposición.

--Si las cosas siguen así, no sería nada raro que un día de estos vaya a verte allá.

En tanto seguíamos andando con las manos enfundadas en los bolsillos, reflexioné un minuto y comparé los destinos que se abrían ante la vida de cada uno de nosotros, y el análisis me dejó francamente acongojado, no por mí mismo, sino -especialmente- por Vasco.

Por cierto, yo, mal o bien, en mi país podría seguir mis estudios y tendría posibilidades de progreso. Mi amigo, en cambio, lo único a que podía aspirar quedándose allí (bajo el sistema imperante en ese momento, por supuesto, que siendo de fuerza duraría mucho tiempo, pudiéndose afirmar que aquello recién comenzaba) era a un nivel de vida medio, si es que la ya de por sí poco voluminosa clase media chilena no desaparecía pronto.

Y eso me deprimió mucho, muchísimo, no sólo por él sino también por todos los que se hallaban en situación análoga.

Se acercaba ya la hora del ocaso y todavía conversábamos ambos sobre esta y otras cosas, paseando siempre por la hermosa costa del Pacífico…, tan cerca del mar, que la violencia con que las olas rompían contra el roquerío nos salpicaba agradablemente.

Por último decidimos regresar cada cual a su casa, ya desahogados de nuestras respectivas preocupaciones, y así lo hicimos.

Por mi parte, llegué a la pensión poco después de las seis y media de la tarde, y al entrar en la habitación me recibió mi padre (sumergido en la lectura de una novela de Aghata Christie) con la expresión de tristeza que había adoptado inconscientemente horas antes, cuando le había comunicado yo mi deseo de partir, y que si bien él tenía previsto, jamás había visto tan de cerca.

Más tarde, aquella noche, fuimos a cenar a la casa grande, como de costumbre, aunque ahora sin aventura alguna pues el toque de queda comenzaba a las nueve y media de la noche, hora en que ya nos encontrábamos de regreso en nuestra habitación.

Ya en ésta, después de la cena, y mientras mi padre retomaba el hilo interrumpido de su interesante novela, yo le escribí una extensa carta a mis familiares, donde les comunicaba que seguramente después de las fiestas de aquel año me tendrían con ellos, esta vez para siempre, para no abandonar nunca más mi país, que con todos su defectos y sus errores, era hermoso.

De inmediato, acto seguido, pronuncié un “buenas noches” y me dispuse a dormir apaciblemente, lo que sólo conseguí tras haberme dado vueltas y más vueltas en la cama, pensando en mil cosas distintas, y pensando, sobre todo, que, a pesar del profundo amor que había adquirido por el pueblo chileno, en algún tiempo más, por suerte, me encontraría lejos de aquella hoguera donde no quería consumirme también yo.

 

(2)

 

Desde hacía un tiempo venía notando que el padre de mis amigos Carlos y Mónica se había tornado menos comunicativo que de ordinario y más retraído de lo que lo había conocido siempre.

El hombre de por sí era de poco hablar, pero últimamente, cuando se presentaba en el comedor de la casa grande, sólo abría la boca para articular un saludo, y luego comía en la más absoluta mustiedad, a pesar de los esfuerzos de su familia por animarlo un poco.

Ocasionalmente me había interrogado yo sobre las causas de este sensible cambio en su manera de ser, pero nunca me había interesado mayormente por el asunto, que no llegaba a constituir lo que hubiera considerado un “misterio” propiamente dicho.

Una tarde, sin embargo, en que Mónica y yo habíamos salido a pasear, descuidadamente mencioné la cuestión, ya que al fin y al cabo éramos muy buenos amigos.

Estábamos sentados en una apartada mesa de una confitería, y recuerdo que cuando le hablé a Mónica de ello adoptó una expresión de contrariedad, de tristeza, o de ambas cosas a la vez: era evidente que no quería tocar el tema.

Hubo un minuto de silencio, una pausa durante la cual usé de toda mi penetración psicológica (que no es mucha) para darme una idea más o menos clara de lo que pasaba en ese momento por la mente de mi amiga, y que muy bien se leía en su rostro.

Me pareció que dudaba sobre si contarme o no a mí cuál era la razón del cambio de su padre, y que luego de una breve lucha en su consciencia se decidió por sincerarse, como enseguida lo hizo.

--Para serte franca, no sé si debo o no contarte esto. Yo sé cómo piensas tú, y lo que voy a decirte tal vez disminuya un poco el afecto que ahora sientes por mi padre.

--¿Tan grave es? –indagué, picado por la curiosidad.

--Yo pienso que sí –contestó ella.

Mirándola clara y profundamente a los ojos, afirmé:

--No tenés por qué preocuparte: no importa lo que sea, siempre los querré mucho a todos ustedes, y de eso quiero que no te quepa duda alguna…

--¿De veras?

--De veras. ¿Está bien así?

Pausa.

--Sí; y ya que es de esa manera, te lo voy a contar… Lo que le sucede a mi padre es horrible, y es por eso que puedo comprender cabalmente cómo se siente.

Suspiró.

--A ver –dije, arqueando las cejas-, ¿de qué se trata?

--Pues… es que en su unidad militar lo obligan a torturar gente, a pegarle, y que no puede negarse, porque de hacerlo le pegarían a él, ¿entiendes? Eso es lo que le pasa, y creo que te ayudará a comprender su estado.

La revelación era fantástica, y por un minuto no supe qué decir. Pero a esa altura del partido, distantes ya algunos meses del once de septiembre, nada podía horrorizarme.

Mónica había bajado la vista, avergonzada.

--Es lo que menos hubiera podido imaginar –dije-, pero no creas que tal cosa disminuye el aprecio que siento por tu padre; lejos de ello, en este caso no puedo más que compadecerlo por lo que le está pasando… Te juro que me pongo un segundo en su lugar y justifico plenamente su estado de ánimo.

--Te agradezco que lo entiendas, pero te pido que esto sea un secreto de los dos, tuyo y mío: otro, tal vez no lo podría comprender.

--Desde luego, podés estar tranquila… Ahora, decime: supongo que esto te lo contó él mismo, ¿no es así?

--Si, en efecto; ambos tenemos mucha confianza y un día me lo dijo… Dijo que le obligaban a pegarle a la gente… Dijo que cada vez que tenía que hacerlo con un muchacho de nuestra edad pensaba en nosotros, en sus hijos, y se le partía el alma.

--No es para menos… Pero ¿por qué no deja las Fuerzas Armadas? Sería una solución.

--¿A su edad? ¡Estás loco! Lleva toda una vida allí, y ya le falta muy poco para jubilarse.

--Claro, tenés razón.

Hubo un silencio largo y tenso. Ambos estábamos absorbidos en nuestros pensamientos, y nos habíamos desentendido un poco de todo cuanto nos rodeaba, hasta de nosotros mismos. Por lo demás, no sabíamos qué decir.

Pregunté, por último:

--Y vos, ¿cómo te sentís?

Me miró como si quisiera responderme con los ojos; aunque la respuesta era obvia, quería escucharla de su boca.

--¿Tú qué crees? Me siento mal, muy mal con esta situación: un poco por mi padre, otro poco por toda esa gente que…

Movió la cabeza para un lado y otro, resistiéndose inconscientemente a terminar la frase.

--Si; debí suponerlo –afirmé. Pausa. Por fin, adoptando una amplia sonrisa y tomando la mano de mi amiga, dije alegremente:- Pero ya está bien; hablemos de otra cosa, ¿eh?

Finalmente logré que Mónica se volviera a alegrar, olvidándose de algo tan ingrato como lo era aquella situación.

Pero yo no he podido olvidarlo, lamentablemente, y aquello quedó en mí como otro más de los tantos recuerdos amargos que conservo de la dictadura militar en Chile.

 

(3)

 

Pocas semanas antes de que terminaran las clases nos pusimos de acuerdo dos compañeros del colegio y yo para incorporarnos a una procesión que iría a Lo Vásquez el sábado siguiente, y el pacto quedó sellado formalmente con la palabra de los tres.

Lo Vásquez es una iglesia pequeñita que queda sobre el camino que une Santiago de Chile y Valparaíso, donde reposa la virgen del mismo nombre, en quien el pueblo chileno tiene mucha fe.

En determinada época del año se llevan a cabo largas y penosas peregrinaciones que parten tanto de Santiago como de Valparaíso, y yo siempre había querido unirme a una de ellas (no tanto por fe, como por deporte), pero nunca había tenido ocasión de hacerlo.

Me dije, empero, que antes de abandonar el país cumpliría aquel deseo, y para tal fin logré convencer a esos dos compañeros del colegio a objeto de que marcharan conmigo, lo cual no fue fácil, pero tampoco imposible.

Antes, los peregrinos partían por la noche para llegar a Lo Vásquez a temprana hora de la mañana siguiente, y la travesía era casi agradable, en medio del fresco nocturno.

Ahora, en cambio, la gente estaba obligada a iniciar la marcha después del horario de toque de queda, alrededor de las siete de la mañana, bajo un sol ya bastante alto, lo cual hacía penoso el trayecto.

Como todo el mundo, mis amigos y yo deseamos que aquel sábado amaneciera un día nublado y fresco, lo cual, por supuesto, era mucho pedir.

Lógicamente, no era imposible que tal cosa se hubiese dado, no obstante el clima característico de la región; sin embargo, y tal como fuera pronosticado por el Instituto Meteorológico, nuestros deseos se vieron frustrados por un radiante sol estival.

La mañana del sábado me quedé dormido; pero mis amigos se encargaron de despertarme con ruidosos timbrazos que, por añadidura, sacaron de su sereno sueño a todos los habitantes de la casa.

Los hice pasar un momento, mientras me vestía con mis ropas más viejas y me levantaba apresuradamente, luego tomé el bolsón que la noche anterior había preparado con comida y bebida, y salimos a la calle, aproximadamente a las siete y media de la mañana.

Mi padre, por su parte, se había quedado en la cama, a fin de intentar reencontrar el sueño que mis ruidosos amigos le habían hecho perder.

Al principio la marcha fue fácil, cuando el sol aún no había empezado a calentar la tierra. Recuerdo que mientras caminaba iba yo comiendo y bebiendo lo que llevaba en mi bolsón, pues no había tenido tiempo de desayunar y sentía gran apetito.

Lo lamentable fue que me entusiasmé tanto con los sabrosos sándwiches y con la bebida, que cuando terminé de desayunar (siempre caminando), a eso de las nueve, ya mi bolsón estaba vacío: sólo quedaba la botella vacía de Coca-Cola.

A esa hora el sol ya sí se proyectaba con fuerza, y todos transpirábamos copiosamente.

De ahí en más, nuestro andar se hizo más lento y penoso, pero, con todo, por fin conseguimos llegar a Lo Vásquez alrededor de las tres y media de la tarde.

Antes de arribar al recinto de la iglesia, atestado de gente proveniente del norte y del sur, me sucedió algo extraño. Yo marchaba a la orilla de la ruta, y una camioneta pasó a mi lado velozmente, sobresaltándome por el hecho de que lo hizo casi rozándome.

Miré al vehículo que se alejaba prorrumpiendo en gritos e insultos, pero de pronto me interrumpí al ver en la parte trasera del mismo un rostro que me resultaba familiar: el de mi amiga Peggy.

Viajaba sentada en el piso de la cajuela del vehículo, apoyada en la cabina, mirando el camino que iba quedando atrás, melancólicamente.

Ella también me vio, y agitó su brazo en un alegre saludo, poniéndose de pie.

--¡Chao, Pachi! –gritó.

Yo no tuve tiempo de responder. Sólo alcancé a notar que la muchacha estaba embarazada, y nada más.

La camioneta se desplazaba al máximo de velocidad, y pronto se perdió en un recodo del camino.

Aquello no significó nada, no significa nada este hecho trivial, y tal vez no tiene objeto que incluya su recuerdo aquí.

Pero cada vez que lo rememoro me siento invadido por la misma sensación de aquel instante, y no puedo explicármelo acertadamente, ni explicar qué es en realidad dicha sensación.

Sin embargo, me inclino a pensar que aquello encerró entonces, y encierra aún ahora, un símbolo para mí, un símbolo detrás del cual se esconden todavía no sé qué cosas, qué suerte o presagio, y que yo no alcanzo a descifrar.

El rostro triste de Peggy, que se enciende por un instante… El vientre donde reposa un niño próximo a nacer… La velocidad, que siempre me pareció propia de una huída…

Quizá fuera que yo también huiría. Y me iría triste, triste por todo lo que quedaba atrás… Pero, no obstante, sería portador de grandes esperanzas para el porvenir…

No sé. Fue, también, la última vez que vi a Peggy.

No se trató más que de una ínfima fracción de segundos. Y, no obstante, aquello quedó (soy sincero: ignoro la causa) tan, tan grabado en mi memoria.

 

(4)

 

Pues bien. Las clases llegaron a su término y yo finalicé mi año escolar con todo éxito, para comenzar de inmediato a tramitar mi viaje.

Recuerdo que una semana más tarde de la revolución de septiembre mi padre y yo, como todos los extranjeros, tuvimos que presentarnos ante las autoridades y llevar a cabo un sinnúmero de gestiones para no ser expulsados del país (entre ello, firmar un extenso documento donde nos declarábamos favorables a la Junta Militar), pero ahora yo me iba por mi propia voluntad, porque ya no podía seguir viviendo en aquella deteriorada región del mundo.

Y a esta misma realidad no sólo se enfrentaron tantos extranjeros que, como yo, volvieron a sus respectivos países, sino también el mismo pueblo de Chile, que comenzó a emigrar masivamente…

Aunque el gobierno intentó impedir esto con fuertes gravámenes para todo chileno que abandonara el territorio nacional, no alcanzó su objetivo, y en poco tiempo la ciudad de Mendoza –sólo para citar un ejemplo de que fuera yo testigo- se encontró invadida por los habitantes de aquel país.

Yo iba a dejar muchas cosas atrás, pero, repito, no me importaba sacrificarlas, si al hacerlo evitaría consumirme también en aquella aberración de la historia…

Demoré mucho tiempo en efectuar todos los trámites necesarios, en salvar todas las vallas que las autoridades levantaban ante la creciente emigración.

Pero yo estaba decidido, y nada lograría detenerme. Más aún cuando que no quería sencillamente irme, sino regresar a mi tierra, y a todo lo mío, que nunca debería haber abandonado.

Y por fin lo logré. Llegó el día, finalmente, en que dispuse de un grueso portafolios lleno con todos los papeles que me harían falta para pasar la frontera de Chile; lo único que restaba era el pasaje y el salvoconducto del Departamento de Investigaciones, que se extendía un día antes del viaje.

Aquella noche, cuando regresamos de cenar, sostuvimos mi padre y yo una extensa e íntima conversación, porque ambos presentíamos cercano el momento de tener que separarnos, quizá por mucho tiempo, a pesar de su promesa de viajar pronto también él.

--¿Estás contento? –preguntó amargamente.

--¿Por qué?

--¿Cómo por qué? Porque te vas, y era lo que vos querías.

Pausa.

--Si –dije-, estoy contento, como lo vas a estar vos cuando te vayas de aquí, dentro de muy poco tiempo…

Lo miré escudriñadoramente.

--Si –articuló-, supongo que sí.

Y a continuación charlamos mucho, charlamos largamente, sobre tantas cosas de los dos.

No voy a transcribir aquí la extensa conversación de aquella noche, sostenida entre dos personas que se aman y que pronto van a separarse, pero debo confesar que dejó en mí una amarga sensación que luego me impidió conciliar el sueño.

Aquello había sido una antesala de la despedida, y creo que yo no lo comprendí hasta mucho después, hasta cuando ya no tenía importancia.

Al siguiente día compramos el pasaje en bus hasta Mendoza, y entonces mi viaje comenzó a tomar fisonomía, a cobrar una lenta realidad: por lo pronto, ya tenía fecha.

Y esa fecha fue el 19 de febrero de 1974, para lo cual faltaba casi un mes.

Fue un mes de solitarios paseos y de recuerdos, de ir despidiéndome de todos los amigos logrados en algunos años, un mes de ansiedad y pena.

Y, sobre todo, aquel lapso de tiempo significó una lenta despedida de una determinada forma de vida y de un ambiente en el que ya me movía con plenitud, olvidados los inconvenientes de los primeros tiempos; una despedida que llenaba todos los minutos y todas las cosas, como si todas las cosas, hasta el más mínimo objeto, le recordara a uno constantemente que pronto habría de partir.

Muchos de mis amigos y de los de mi padre improvisaron agradables despedidas en sus hogares, y todo eso hacía que el adiós resultara más penoso.

Por fin, recuerdo que la víspera de mi partida pasé todo el día con mi padre, en el salón bailable donde él tocaba el órgano.

Hasta ahí llegaron muchos de mis amigos, entre ellos Vasco, que se quedó conmigo hasta el final.

En el último momento mi padre improvisó la “Canción del Adiós”, y luego alguien entonó malamente aquellos versos de Cortéz:

 

 Cuando un amigo se va

queda un espacio vacío

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo…

 

Vasco, en una última demostración de su amistad, telefoneó a su madre y, explicándole la situación, le dijo que aquella noche se quedaría a dormir en mi casa.

Y así lo hizo. Le tendimos en el suelo un colchón que conseguimos no recuerdo en dónde, y aquella noche durmió él mejor que yo, pues a mí me fue imposible pegar los ojos, pensando sobre mil cosas que nada tenían que ver entre sí.

Y, pues, con franqueza, he de confesar que por la mañana me levanté mucho más cansado que de ordinario…

 

(5)

 

Mi padre, Vasco y yo nos levantamos temprano aquel día, ya que mi bus partiría a las siete de la mañana. Es verdad que la terminal sólo quedaba a dos o tres cuadras de casa, pero queríamos disponer de tiempo suficiente para desayunar sin prisa y terminar de preparar las maletas con tranquilidad.

A las seis y media salimos de casa llevando mi equipaje, que era bastante voluminoso: dos grandes maletas y dos bolsones de mano.

La calle principal de la ciudad estaba desierta a esa hora, y nosotros caminábamos lentamente y en silencio.

A cada paso iba yo observando detenidamente todo aquello que me era tan familiar, como para no olvidarlo más tarde, cuando me encontrara lejos.

Llegamos a la terminal unos diez minutos antes de que saliera mi bus. Nunca me han gustado las despedidas (¡a quién le gustan!), porque siempre dejan en mi corazón profundas marcas. De manera que aquella vez preferí alejarme de mi padre con un beso y un abrazo fríos, casi impersonales, creyendo que de esa forma facilitaría as cosas.

Yo no me iba tan lejos, pero ambos teníamos la secreta convicción de que no nos veríamos en mucho tiempo.

De Vasco me despedí con un abrazo: habíamos iniciado nuestra amistad cuando yo llegué a Chile, y ahora que me marchaba era él el único amigo que me acompañaba hasta el final.

Todo fue muy rápido, y eso lo hizo menos amargo. Subí al bus y me ubiqué en mi asiento, junto a la ventanilla, del otro lado de la cual mi padre y mi mejor amigo aguardaban a que el vehículo iniciara la marcha.

Abrí la ventanilla, y en ese instante el chofer echó a andar el motor.

--Cuidáte –recomendó mi padre.

--Y escribe –agregó Vasco.

Asentí con la cabeza, y entonces sí, finalmente, el bus comenzó a andar, mientras mi padre y Vasco iban quedando atrás, hasta que se perdieron cuando doblamos una esquina.

 

 

 

Después, no sé; anduvimos mucho, muchísimo, y creo que hasta dormí un poco durante el trayecto.

La visión de los paisajes que iban bordeando el camino me ayudó un poco a olvidarme de todo, hasta de mi tristeza: era la propiedad de los bosques, de los llanos, y de la Cordillera de los Andes.

Siempre así, llegamos a la aduana chilena. Bajé del bus y me dirigí al control de policía con mi portafolios lleno de documentos, que desparramé sobre el escritorio del agente de guardia.

Éste los revisó uno por uno, como buscando alguna anomalía que me impidiera seguir adelante.

Pero no: al cabo de media hora, vencido, debió reconocer que todo estaba en orden y sellarme la autorización para abandonar el país.

Regresé al bus y me sumergí en mi asiento nuevamente, con los ojos cerrados y esbozando una sonrisa apenas dibujada: ¡lo había logrado!

Transcurrió una hora, una hora y media, no sé cuánto tiempo. Al cabo de ese lapso todos los pasajeros regresaron al vehículo y continuamos el viaje.

El día era hermoso; hacía un poco de frío a esa altura (casi 4000 mts.), pero en el cielo resplandecía un sol que parecía sonreírnos.

El coche iba por un angosto caminito, y yo me entretenía mirando los precipicios que se abrían a mi lado.

A ratos, también, improvisaba un sobresaltado sueño, o leía, o comía chocolate. Pero pensar, no: no quería pensar en nada, nada en absoluto.

Alrededor de las tres de la tarde se perfiló a lo lejos Las Cuevas, donde se encuentra la aduana argentina: cada vez más cerca, cada vez más cerca, pero siempre tan lejana para mí, que la miraba con los ojos de mi ansioso corazón.

Por fin llegamos a ella. Otra vez me presenté ante el control policial con todo mi papelerío, pero lo que allí sucedió me dijo que ya me encontraba en mi tierra.

--¿Argentino? –me preguntó el agente.

--Si, argentino –contesté con un orgullo que él no habrá comprendido.

--Entonces déme la cédula nada más.

Agradablemente sorprendido, le entregué la cédula. Él anotó su número en una planilla, y me la devolvió, diciendo sonriente:

--Bienvenido a casa.

Guardé el documento y volví al bus, para iniciar el último tramo del viaje.

Antes de hacerlo, no obstante, pisé firmemente la tierra y me hinché los pulmones con el aire de la cordillera, sintiéndome a mis anchas, otra vez en mi hogar.

Para llegar a Buenos Aires todavía debía viajar un día y medio, pero eso no tenía importancia alguna…

En lo fundamental, la pesadilla había quedado atrás (si bien con jirones de mi vida), y ya podía tener yo la convicción de que no habría de consumirme también en aquella hoguera: tenía la certeza que, bien o mal, ante mí se abría un destino grande, tierno y venturoso.