Capítulo IV.

 

(1)

 

Aquella tarde habíamos ido a Valparaíso Carlos, el hermano de Mónica, y yo a esperar a un par de chicas a la salida del colegio, en una cita convenida de antemano.

Mientras comíamos helado tranquilamente, parados en una esquina, comentábamos que deberíamos conquistarlas lo más rápido posible porque sólo teníamos una hora y media para estar con ellas, antes de que nos separáramos por el toque de queda.

En eso estábamos, pues, charlando y disfrutando de nuestros helados con despreocupación, cuando una camioneta de carabineros que aún no sé de dónde diablos salió se detuvo delante de nosotros, mientras, enfrente, las estudiantes ya empezaban a salir del colegio.

Dos carabineros que iban en la parte trasera bajaron de prisa y vinieron hacia nosotros, cosa que no notamos sino cuando nos pidieron documentos con tono amenazador.

Yo no los traía conmigo; nunca me preocupaba por ellos.

“¡Cagué!”, pensé, en tanto explicaba que los había olvidado en casa.

Carlos, por su parte, se revisó los bolsillos y comprobó que se encontraba en la misma situación.

Los “representantes de la ley” intercambiaron una mirada de inteligencia y una sonrisa mefistofélica.

--Bueno –dijeron-; ahora nos van a acompañar y ojo con portarse mal porque no cuentan el cuento.

Acto seguido, dándonos de culatazos nos obligaron a subir rápidamente a la camioneta.

Recién entonces comprendí que la cosa era más seria de lo que parecía.

--¡Rápido! –nos ordenaron-, tírense boca abajo con las manos en la nuca.

El piso de la camioneta estaba inundado d aceite, quizá puesto allí a propósito; ambos nos tendimos como nos ordenaran, y yo no quise ni pensar cómo quedaría nuestra ropa.

En tan delicada circunstancia, no obstante, lo que a mí me preocupaba más era la vergüenza sufrida ante las chicas que habíamos ido a esperar, a quienes había creído ver fugazmente entre los curiosos que observaban nuestra detención, en su mayoría estudiantes que salían de clases.

Los carabineros se acomodaron y la camioneta se puso en movimiento.

No me era posible ver nada en aquella posición; pretendí orientarme para saber por dónde íbamos, pero a poco andar me desubiqué totalmente.

Mi codo y el de Carlos se tocaban, y me pareció que mi compañero temblaba convulsivamente. Torcí la cabeza lo más que pude sin que se notara y vi que Carlos estaba rezando, cosa que quizá no fuera del todo inútil.

Los carabineros, dos tipos grotescos e insulsos, hablaban alegremente.

Uno decía:

--Mira qué linda cabrita, qué potito divino. ¡Me la llevaría a la cama y la haría saltar de gusto!

--Y después te hace saltar tu mujer a ti, huevón.

--Tení razón… ¡Ja, ja, ja!

Entre tanto, en forma inconsciente había retirado una mano de la nuca y me la había llevado a la boca, comiéndome la uña del dedo meñique.

Sentí un culatazo en los riñones.

--Sácate la mano de ahí, huevoncito; póntela en la nuca… ¡Mira al huevón chancho, comiéndose las uñas! Ya vas a ver: otra cosa te vamos a hacer comer, huevón puto.

El otro le preguntaba, riendo:

--¿Es puto este?

--¡Chs! ¡Claro que sí! Los dos son putos; ¿no viste que estaban levantando puntos ahí?

Rieron otra vez estruendosamente, y si no me fijé bien en los rostros de aquellos hombres, en cambio sus voces y el sonido de sus risas no podré olvidarlo jamás ni separarlo de un instintivo sentimiento de odio.

Entre tanto, hacía ya más de media hora que dábamos vueltas y vueltas y los brazos me dolían terriblemente por aquella postura.

Un rato aún permanecimos así, alrededor de un cuarto de hora más, aunque todo este tiempo me pareció días y días.

Al fin noté que la camioneta iniciaba una penosa ascensión, daba unas vueltas y se detenía.

Escuché voces:

--Parece que trajeron “algo”.

--Poca cosa.

En ese mismo momento nos daban una patada a cada uno y nos obligaban a pararnos.

Nos señalaron una puerta y nos hicieron correr hasta ella, apuntándonos con sus armas.

Ante la puerta había levantada una trinchera. Allí nos esperaban más carabineros, que no bien nos tuvieron a tiro nos hicieron atravesar el umbral a patadas.

Todo esto se desarrolló en muy poco tiempo, motivo de que no pudiera ver mucho del lugar y de la sucesión de uniformados que nos iban pegando.

Nos pusieron contra una pared con los brazos en alto. Utilizando fuertes patadas en los tobillos nos hicieron abrir las piernas.

Así nos tuvieron dos minutos, tiempo más que suficiente para que se nos acalambraran los brazos.

Por último nos revisaron los bolsillos, puteando y maldiciendo.

Para mi desgracia, había guardado todo mi dinero en un bolsillo poco accesible de mi chaquetilla, donde no lo encontraron.

Esto motivó la crueldad de los uniformados, que, no obstante, no querían ninguna aclaración de mi parte.

--¡Putos de mierda! –vociferaban- ¡No tienen plata y van a levantar puntos a las esquinas! ¡Ya van a ver: bayonetas les vamos a meter en el culo!

Otra circunstancia poco afortunada para mí fue que vestía unos pantalones algo ajustados, de tal forma que para que quien me revisaba los bolsillos pudiera hacerlo a sus anchas hubo de romper bolsillos, costuras, etc., etc.

Después de este insólito chequeo nos dejaron otros diez minutos contra la pared, y si he de ser sincero debo confesar que ya no podía resistir el dolor en los brazos.

Lo miré a Carlos, disimuladamente: seguía en su labor oratoria.

Pero abandonó un instante la misma para mirarme y decirme en voz baja:

--No tengas miedo.

(¡Caradura!)

Luego, volvió a lo mismo.

Detrás nuestro había un gran y alto mesón. También se desarrollaba intenso tránsito de carabineros que entraban y salían apresuradamente.

De pronto entró en el semiobscuro recinto un pequeño y calvo señor de impecable uniforme por una pequeña puerta ubicada frente a la que poco antes nosotros transpusiéramos tan bruscamente.

Oímos cómo acomodaban una silla, posiblemente tras el mesón. Recordé las escenas del colegio y pensé que estaban disponiéndose a cortarnos el pelo, que ya me había crecido bastante y que Carlos tenía también muy largo, según la nueva escala de valores.

Una voz imperiosa llamó entonces a mi amigo.

--Rápido, que venga el más bajo.

“Ahora lo esquilan”, pensé.

Pero no. En su lugar se desarrolló más o menos este diálogo:

Voz de carabinero: Venga acá; párese ahí.

(Breve pausa.)

Voz del escribiente (el hombre que entrara poco antes): Nombre.

Carlos: Carlos Reyes, señor.

V d E: Edad.

Carlos: Diecinueve años.

V d E: ¿Chileno?

Carlos: Chileno.

V d E: ¿Profesión?

Carlos: Estudiante.

Voz del carabinero: ¡Lindo elemento!

(Así, entre paréntesis, por aquellos días los estudiantes disfrutaban de muy mala fama, quizá por haber sido uno de los más fieles ejecutores del régimen de Allende.)

V d E: ¿Qué estudia?

Carlos: Este año me recibo de perito mercantil.

V d E (al carabinero:) ¿Por qué fueron traídos?

Voz del carabinero: Por violar la prohibición del estado de sitio de no hacer grupos, y por no tener documentos.

V d E: ¿Por qué motivo andaba usted sin documentos?

Carlos: Siempre los llevo encima, pero hoy tuve la mala suerte de olvidarlos.

V d E: ¿Y por qué se detuvo en una esquina con aquel otro, sabiendo que en estos momentos eso no puede hacerse?

Carlos: Sinceramente, yo…

V d E: Por otra parte, si en verdad estudia, debo hacerle notar que lleva el pelo demasiado largo.

Carlos: Casualmente en esta semana me lo pensaba cortar…

V d E: No le creo; es más, por su apariencia y sus actos me parece que usted no comprende del todo bien la delicada situación que atraviesa el país.

Carlos: No es así; lo comprendo, y permítame que le diga que mi padre es militar, por lo cual no puedo ignorar el estado de mi patria.

(Pausa, durante la cual los otros dos se deben haber mirado. Por mi parte, ya casi no sentía los brazos en aquella posición; pero escuchaba atentamente.)

Voz del carabinero: ¿Así que su padre es militar?

Carlos: En efecto, lo es.

V d E: Motivo mayor para que se avergüence de haber sido traído aquí, ¿no le parece?

Carlos: Si; créame que estoy avergonzado.

(Entra un nuevo carabinero; se dirige al escribiente.)

Voz del carabinero Nº 2: Le vengo a traer una noticia desagradable. (Ríe.)

V d E: ¿Qué pasa?

Voz del carabinero Nº 2: No pase más presos porque en las celdas no cabe un alfiler.

V d E: Está bien, gracias.

(El otro se retira nuevamente.)

Voz del carabinero: Vamos a tener que mudarnos a otro local más grande, si seguimos así.

V d E: (sonriente) ¡No lo diga dos veces! (A Carlos:) Volviendo a usted, joven, me parece que tendría que llamar a su padre y reconvenirlo por la actitud de su hijo. Pero hoy estoy de buen humor, de manera que lo dejaré libre con la promesa de que se cortará el pelo mañana mismo.

Carlos: Prometido.

V d E: Bien. ¿Dirección? (Carlos se la da.) Creo que no falta nada.

Voz del carabinero: Bueno; vuelva a su rincón, como estaba antes, y espere. ¡Vamos!

Carlos se ubica otra vez a mi lado, en la posición anterior. Contra la pared, me parece que sonríe con aire de suficiencia.

Oigo entonces que me llaman a mí.

--Que venga el otro; apúrese.

En un suspiro dejo caer los brazos y experimento un alivio indescriptible. Me doy vuelta y contemplo el cuadro: el carabinero que me apunta con su arma, de este lado del mesón, y el hombrecillo que escribe del otro lado del mismo y del que apenas si sobresale la cabeza.

--Apúrese, le dije.

Camino hacia ellos. Me indican que me pare en un lugar y el escribiente empieza a interrogarme.

--¿Nombre?

Se lo digo; en seguida el tipo nota mi acento argentino y alza la vista del libro en donde escribe para verme mejor.

--¿Edad?

--Dieciséis.

--¿Estudia también?

--Si, estudio.

El tipo escribe mientras el otro no deja de mirarme y de apuntarme con su arma, una metralleta que me pone nervioso.

--¿Chileno?

--No, argentino –y para decirlo saqué pecho, hinchando los pulmones.

Los dos se miraron un instante. El carabinero me dijo con tono más benigno:

--¿Tú quieres decir chileno?

--No –repliqué-, quiero decir lo que dije: soy argentino, nacido en Buenos Aires.

Se volvieron a mirar. El escribiente, dubitativo, preguntó al otro:

--¿Qué hacemos?

--Póngalo chileno –respondió, tras meditar un poco.

De pronto no entendí ni cinco. Con orgullo nacionalista me atreví a discutirle al que ya estaba escribiendo “chileno”, según pude ver estirando un poco la cabeza.

--Discúlpeme, pero yo soy argentino.

--Chileno.

--No, no me entiende (y cada vez me exasperaba más): argentino.

Intervino el carabinero:

--¡Chileno, huevón; y cállate de una vez!

Esto puso fin a la controversia: preferí no insistir. Acababa de saber que era chileno.

--Dígame –habló el escribiente-, por qué no lleva sus documentos.

--La verdad es que siempre los olvido.

--Qué bien. Lo felicito.

Y movió la cabeza con aire de desaprobación.

Después, no preguntaron más.

--Vuelva allá –me ordenaron.

Pasaron cinco minutos. Los dos hombres murmuraban algo que no pude captar.

Por último nos llamaron a los dos.

--Buenas tardes –dijeron-. Váyanse.

--Buenas tardes.

Y salimos, sin pensarlo dos veces.

Los carabineros que estaban en la puerta nos apuntaron con sus armas y nos dijeron que si en menos de dos minutos no desaparecíamos tras la esquina “nos quemaban”.

Ridículo, por cierto, pero en aquel momento no pudimos discernir y preferimos apurar el paso.

Al doblar la esquina anduvimos aún una cuadra hasta que al fin nos detuvimos, habiendo notados dos cosas: primero, que teníamos la ropa íntegramente manchada de aceita (y en mi caso los pantalones rotos y descosidos por los cuatro costados), y, segundo, que estábamos perdidos en un cerro, quién sabe en cuál de los tantos de Valparaíso.

Pero el que pregunta llega a Roma, y en un boliche de mala muerte que encontramos nos indicaron cómo llegar al plan.

Caminamos rápido, debido a que pronto se iniciaría el toque de queda y aún debíamos viajar hasta Viña.

Nos cruzamos con una vieja, quien al ver nuestro aspecto largó a reír en sonoras carcajadas, a lo mejor no estando en plena posesión de sus facultades mentales.

--No le veo la gracia –le dije.

Pero siguió riendo hasta reventar. Seguimos de largo.

Llegamos al plan y buscamos la parada de buses a Viña. Alcanzamos a subir en un bus repleto, tal vez el último de aquel día. Viajamos con tres cuartas partes del cuerpo fuera del vehículo, pero no pagamos boleto, en compensación.

Nos bajamos en Viña, a media cuadra de casa.

Eran cerca de las ocho de la noche, y el toque de queda empezaba por aquellos días media hora después.

Recién cuando iba camino de la pensión noté que me sentía terriblemente cansado.

Mi pieza estaba cerrada. Pedí a Daly un papel y le dejé a mi padre (que de seguro estaba viendo televisión en el Cerrito) una nota donde le decía que lo esperaba en la casa grande.

Me dirigí a ésta y subí al primer piso.

Carlos y Mónica charlaban en el living a media luz.

La muchacha me vio y exclamó:

--¡Qué facha!

No era para menos mi aspecto desastroso.

--¿Por qué no entran? –pregunté.

--Le estoy explicando que no diga nada a nadie –contestó Carlos.

--Si, es lo mejor: también te pido yo que no se lo digas a mi viejo.

--Pierde cuidado. Pero ¿cómo le explicas tu estado?

--Ya me las voy a ingeniar.

--Pues seguro que vas a tener que utilizar mucha imaginación.

Rió. (En aquel momento, como últimamente con frecuencia, tuve deseos de abrazarla… Pero todo a su tiempo.)

Un rato aún nos quedamos charlando en el living del primer piso, hasta que empezaron a llamar para la cena.

Fui el primero en acudir al comedor, a fin de no tener que entrar en aquel estado ante todos los comensales.

Retirarme, en cambio, sería más fácil.

Servían el primer plato cuando entró mi padre.

--¿Qué tal?

--Hola –respondí.

Hablamos poco, yo tratando de abordar el tema de mi aspecto (que él aún no había visto merced a mi habilidad para ocultarme tras la mesa) y él comiendo despreocupadamente.

Dije, por fin:

--¿A que no sabés lo que me pasó en el colectivo, hace un rato?

--No. ¿Qué?

--Una vieja boluda llevaba una botella con aceite y sin querer me la volcó encima.

--¿Y?

--¡Y! Ahora estoy bañado en aceite.

--¿Mucho?

--¡Puf! Ya me vas a ver cuando me pare.

--No importa; se manda la ropa a la tintorería y sale.

--Hoy no pegué una –me quejé-: con la piba me fue mal, me llenó de aceite la maldita vieja ésa y, como si esto fuera poco, se me descosieron los pantalones.

--¿También eso?

--Ajá.

--Me gusta: eso te pasa por usarlos tan apretados y por no hacerme caso cuando te digo que los comprés un número más grande.

--Si, estoy viendo que tenés razón.

--Bueno, no importa. Se cose y listo.

Mónica escuchaba la conversación atentamente y la pude ver sonreír por sobre el hombro de mi padre.

Terminamos de comer. Dejé que mi padre se levantara y lo seguí, saludando y saliendo de prisa.

Otra vez, como todas las noches, la tensa odisea para regresar a casa.

Cuando estuvimos finalmente en nuestra pieza, mi padre me vio y exclamó:

--¡Y esto! (Guardé silencio.) ¡Qué desastre!

--Sí; me voy a sacar esta ropa, que el olor a aceite me mata.

--Ponéla enseguida en jabón.

--Okey.

Y de esta forma el hecho pudo pasar inadvertido.

Aquella noche me acosté muy cansado, y, ¡cosa curiosa!, por extraño que parezca no pude conciliar el sueño en toda la noche, reviviendo en forma dramática mi experiencia de pocas horas antes.

 

(2)

 

Nuestro amigo Alejandro, finalmente, había sido puesto en libertad tras una corta vacilación de las autoridades militares, que lo retuvieron por espacio de unos días. Inmediatamente Carlos y Mónica fueron a visitarlo a su casa, donde permanecía en lecho de enfermo.

Aquella tarde, cuando regresaron, venían ambos muy tristes: nuestro amigo había sido muy maltratado durante su prisión, aunque a pesar de todo podía llamarse dichoso de haber recuperado su libertad y no compartir la misma y horrorosa suerte de tantos otros…

(Jano tenía plena consciencia de esto y así es que sentía una profunda gratitud hacia quienes lo habían ayudado en momento tan difícil…)

Pero le habían pegado, y Carlos y Mónica lo vieron con la cabeza rasurada y el rostro amoratado a golpes, golpes que también había recibido generosamente a lo largo de todo su cuerpo.

Los padres del muchacho consideraban un milagro el haber recuperado a su hijo y tenerlo otra vez en casa, y no querían arriesgarse a que fuera apresado nuevamente; por tal motivo lo enviarían a la casa de un familiar, en Buenos Aires, no bien estuviera en estado como para viajar…

Por la condición marxista de la familia, los padres tendrían que soportar todas las persecuciones, todas las presiones y penalidades, pero al menos el hijo se encontraría a resguardo de cualquier peligro.

Alejandro tuvo que guardar reposo varios días; por suerte los duros castigos recibidos no le habían provocado ninguna lesión interior, pero estaba todo magullado y se sentía muy mal.

Poco tiempo después lo encontré por casualidad en una parada de colectivos, escasos días antes de su partida hacia Buenos Aires. Y en esa oportunidad se refirió brevemente a los duros tratos de que había sido objeto, aunque éstos eran todavía bien visibles en la superficie de su rostro.

Él también, al igual que tantos otros cuyo único delito consistía en figurar en la lista de los afiliados a una célula comunista de la juventud, había sido castigado con puños y pies por un buen número de militares, que reían complacidos y querían saber a cualquier precio cosas tan estúpidas como “dónde está el jefe” o “dónde escondieron las armas”.

Jano experimentaba un odio profundo y yo no podía menos que sentir tristeza por él y por todos los que se alejaban dejando atrás una patria convulsionada y agitada por tantas pasiones, una patria en donde quedaban padres, hijos, hermanos, familia…

Fue esa la última vez que vi a mi amigo; después nunca más supe de él, ni siquiera cuando también yo arribé a este Buenos Aires grande, tierno y generoso.

 

(3)

 

La Junta Militar disponía de un único medio de gobernar al pueblo de Chile, y lo aplicó sin ningún miramiento; en efecto, la única manera de contener a la pujante izquierda obrera era la represión más violenta de los últimos tiempos, y, aplicándola, atemorizando desmedidamente al pueblo en general, pudo borrar todo intento de contrarrevolución y evitar cualquier forma de oposición a sus directivas.

La nueva bandera de este largo y angosto país era terrible e ingrata hasta para los más inocentes: una bandera de miedo, de terror y dictadura.

Hay un episodio que recuerdo muy en particular y que sirve para ilustrar el panorama.

Un sábado por la mañana, a eso de las nueve, salí temprano de casa y me encaminé a visitar a un amigo que no vivía muy lejos. Vestía yo unos pantalones vaqueros y una chaquetilla del mismo tipo, esta última adornada con un sinnúmero de estrellas y distintivos militares, tal como era la moda de aquellos días.

Al llegar a la esquina me crucé con un repartidor de leche que arrastraba su carrito con visible esfuerzo, muchacho de unos veinte años, bajo y sombrío, que al pasar a mi lado me advirtió disimuladamente:

--Te aconsejo que le saques los distintivos militares a tu chaqueta. Yo tenía una igual y mira lo que me hicieron.

Extrañado, lo observé con mayor atención y noté su cabeza afeitada y el mal aspecto que lucía. (Esto último puede haber sido una impresión condicionada por mi aversión al gobierno militar, aunque me inclino a pensar que el pobre pibe verdaderamente tenía algo indefinido –quizá había recibido una buena paliza, lo cual es casi seguro- que a mí me imprimió aquella sensación…)

--Gracias –contesté.

El muchacho se alejó con su carrito.

Miré hacia los cuatro costados y, no habiendo militares, me saqué la chaquetilla y recorrí la media cuadra que me separaba de mi casa.

Cambié de ropas y salí nuevamente a la calle, pensando que lo primero que haría a mi regreso sería sacar a la chaquetilla todos los distintivos militares.

 

(4)

 

Vasco y yo decidimos pasar el fin de semana en casa de unos familiares suyos, en Santiago: algunos meses atrás habíamos ido por cuatro días a efectos de llevar a la Editorial Quimantú una novela corta con la que yo había querido probar suerte, y ahora mi amigo y yo volvíamos a hacer el viaje para enterarnos de la respuesta de los editores.

Los breves preparativos fueron hechos con mucha alegría y la mejor de las esperanzas en lo que se refiere a mí, debido a que tenía profunda fe en mi obra juvenil y consideraba su edición como muy probable… Es verdad que esto me sucede con todos mis trabajos (hasta que, por lógica evolución, consigo ver claramente sus defectos), aunque ninguno de ellos me ha dolido nunca tanto como aquél.

Mi amigo y yo habíamos hecho el viaje anterior a dedo, gracias a un matrimonio que nos recogió en Agua Santa, camino a Santiago. Pero en vista de que este procedimiento ahora estaba prohibido por las nuevas autoridades, debimos viajar por medios más comunes, tal y como lo hace toda la gente: en ómnibus.

Nos acomodamos en el vehículo, pues, lo mejor posible y nos dispusimos a resistir un viaje de tres horas, desplazándonos por la carretera bordeada de frondosos bosques.

Poco o nada hablamos durante el trayecto; Vasco, al lado del pasillo, estaba reclinado en su asiento con los ojos cerrados: ignoro si dormía realmente.

Yo, más inquieto, alternaba la lectura de uno de mis autores favoritos con el maravilloso espectáculo que me ofrecían los paisajes que se iban sucediendo al costado de la carretera, en tanto el mediodía se iba acercando y el sol fulguraba cada vez más intensamente.

La vez anterior habíamos ido a la casa de una tía de Vasco, que nos albergó generosamente por el tiempo que permanecimos en la ciudad. En esta ocasión, sin embargo, hubo un cambio de planes por parte de mi amigo, y así es que detuvo el micro y bajamos de él precipitadamente cuando faltaba menos de medio kilómetro para entrar en la capital.

El micro se alejó, levantando polvo de la orilla del camino, y nosotros quedamos allí, solos con nuestros bolsones, bajo un sol infernal, sin que se adivinara una casa en mucho espacio a la redonda.

--¿Qué pasa? ¿Por qué bajamos acá? –pregunté.

--Acabo de tomar una determinación: esta vez vamos a parar en casa de mi abuela, para cambiar de ambiente. ¿Te parece bien?

--Fantástico, pero no me digás que tu abuela vive por estos parajes, porque me da un ataque…

El otro sonrió.

--No te preocupes –dijo-; bajamos acá para tomar un micro que nos deja justo en el lugar a donde vamos.

Me quedé tranquilo, mientras ambos esperamos el micro a un costado de la carretera. Pero el asunto no me gustó nada cuando el mismo comenzó a tardar más de lo que yo hubiera deseado, en virtud del sol quemante de aquel día.

Por fin, cuando los dos ya estábamos a punto de derretirnos, sentados sobre los bolsones, vimos, allá en lontananza, una pequeña manchita que se agrandaba paulatinamente.

Cuando pudimos distinguir bien de qué se trataba comprobamos que era el vehículo que esperábamos, una vieja y lenta “cafetera” que se iba destartalando en los tramos del camino.

Subimos; sacamos el boleto de mayor valor y nos acomodamos nuevamente en este otro micro, que por suerte iba casi vacío.

A poco de haber reanudado la marcha sentí que me invadía una bronca terrible por la lentitud con que nos desplazábamos, digna (más allá de lo que pudiera exagerar) de una tortuga.

Pero lamentablemente tuve que aguantar… Vasco, más acostumbrado a esos viajes, aprovechó el trayecto para reanudar el sueño interrumpido, pero al final tuvo que escuchar mis reputiadas por el hecho de que para llegar a la casa de su abuela habíamos tardado casi tanto como para llegar a Santiago, provenientes de Viña del Mar.

La casa de la abuela de Vasco era en realidad un espacioso departamento ubicado en la planta baja de un sencillo edificio; éste, a su vez, formaba parte de un complejo compuesto de varios blocks de construcciones, todos ellos dispuestos en medio de un hermoso parque.

Cuando llegamos, muy cansados por cierto, nos recibió la abuela en persona, una persona muy buena y hospitalaria con la que terminamos concretando una gran amistad, no obstante la diferencia de edades. Después de la bienvenida y los saludos correspondientes dejamos nuestros bolsones y nos pusimos cómodos, mientras abuela Rosa iba a la cocina a prepararnos una suculenta merienda.

La señora dijo que el abuelo llegaría a la hora de la cena. Mi amigo, entonces, preguntó por Silvia.

--Se está bañando –dijo abuela Rosa-; enseguida viene.

Silvia era una pequeña niña de unos once años y de una hermosura poco habitual, que vivía con los ancianos; en ese momento no me interesé mayormente por saber quién era, pero con posterioridad supe que se trataba de una hija adoptiva, y eso hace que mi memoria de abuela Rosa (que adoraba a la niña) sea siempre más tierna.

Cuando Silvia acudió a saludarnos nosotros dos ya teníamos los cinco sentidos puestos en los tazones de leche y los sándwiches que nos fueran servidos por la abuela, porque el viaje nos había provocado un terrible apetito.

La niña se sentó a la mesa y merendó con nosotros, aunque más reposadamente. Abuela Rosa, por su parte, confesó estar muy contenta de tener en su casa a tantos “nietos”, que para ella éramos los tres.

Una vez que estuvimos satisfechos, al cabo de una hora y media, acomodamos nuestras pocas pertenencias de viaje en el cuarto que nos fuera destinado, de Silvia, a quien le instalamos una cama plegable junto al lecho de los abuelos; luego nos pusimos a escuchar discos, que aquella tenía en profusión, y en esa actitud nos encontró el ocaso, cuando ya estábamos mareados de tanta música.

Tuve deseos de salir a caminar un rato, a pesar del cansancio, pero mi amigo no compartía la idea y yo preferí no arriesgarme a transitar solo por las calles de una ciudad que no conocía, mucho menos en una época tan violenta como aquella que vivía la capital y, en general, el país.

A eso de las seis y media llegó el abuelo; era un hombre bonachón y sencillo que hablaba poco y nada: solamente lo vi abrir la boca para saludar. Por lo demás, cuando mantenía una conversación (si se lo puede llamar así) lo hacía con monosílabos y frases breves: si, no, claro, ¿vio?, ¡qué va a hacer!, etc., etc.… ¡Cuántas veces mantuve un extraño soliloquio mientras él me miraba entre burlón y preocupado, aseverando de esa manera a todo cuanto yo decía, aunque esto hubiera sido la pavada más grande del mundo!

Pero, en fin: ambos eran muy buenos y la actitud del abuelo, al fin y al cabo, era una de las más efectivas para no complicarse la vida.

El toque de queda se iniciaba a las siete y media; hasta esa hora Vasco y yo permanecimos sentados en el parque donde se levanta el block de construcciones, charlando y viendo jugar a lo lejos a las chicas (entre ellas a Silvia), ajenas a toda preocupación y realidad humana.

Cuando ya volvíamos al edificio, llevando a la niña con nosotros, recuerdo que le dije a Vasco que a pesar de todo podíamos considerarnos los seres más afortunados de la tierra, si tomábamos en cuenta la cantidad enorme de amigos que habíamos perdido tras la asonada del once de septiembre, amigos que de seguro lo estarían pasando muy mal, si es que aún “lo estaban pasando”.

Él se quedó en silencio un instante, y por fin, como único comentario, señaló en una dirección y dijo:

--Hacia allá, a cinco o seis cuadras, está el Estadio Nacional… Quién te dice que ahí no se encuentren muchos de ellos…

 

(5)

 

La obscuridad cayó pronto sobre Santiago, en tanto que ahora Silvia, Vasco y yo nos habíamos instalado a ver televisión en compañía del abuelo, mientras abuela Rosa preparaba la cena de esa noche.

No recuerdo qué programa estábamos viendo, pero si que el mismo no me interesaba mucho. Así es que cuando la abuela ordenó apagar el aparato y tender la mesa yo ya estaba bostezando, un poco de cansancio, otro poco de aburrimiento.

Tampoco me acuerdo qué cené en aquella oportunidad (por lo demás, no tiene importancia), pero lo hice con mucho apetito, como de costumbre.

La conversación fue amena y versó sobre temas diversos, hasta que abuela Rosa comenzó a interesarse por mi vida y entonces le conté cuál era el motivo que me había llevado hasta ahí.

--¿Una novela de qué tipo? –quiso saber la señora.

Aunque me dio vergüenza confesarlo, contesté:

--De amor.

Abuela quedó pensativa.

--De amor… -reflexionaba-; todos ustedes escriben sobre el amor, pero no saben exactamente qué es.

--¿Por qué no? –terció Vasco, picado en su amor propio- O ¿acaso hay que ser una persona adulta para poder enamorarse?

--Ustedes, la juventud, no pueden hablar de “enamorarse”, Vasco; el amor es otra cosa…

--Y bueno, entonces: ¿qué es el amor?

Pausa.

Abuela miró con ternura a su marido y contestó:

--Amor es el nuestro, que nos ha mantenido unidos toda la vida.

Ante aquella respuesta preferimos, desde luego, dejar las cosas así.

--Pero volviendo a ti –continuó la abuela, mirándome a los ojos-, me parece que voy a tener que darte unos consejos, porque de lo contrario podrías cometer algún error del que después tendrías que arrepentirte, y eso me dolería mucho.

--Cómo no –acepté-, dígame de qué se trata.

--Como diría cualquiera, el horno no está para bollos, y para darse cuenta de ello no hay que ser muy inteligente, ¿no? Yo no sé si tú te habrás enterado, pero por lo menos aquí, en el centro mismo donde ocurrieron las cosas, nadie lo ignora: después del once de septiembre los militares tomaron la Editorial Quimantú y quemaron todo lo que allí había de la época anterior, entre ello los manuscritos que estaban guardados en las bodegas, según dicen.

Pausa. Tragué saliva y pregunté:

--¿Está segura?

--Casi segura. Desde luego, hoy en día uno no sabe a ciencia cierta ni siquiera dónde está parado. Pero todo lo que te digo ahora te lo estoy diciendo con propiedad.

Guardé silencio. Vasco me miró: él conocía los sacrificios con que había escrito esa obra, las dificultades que luego tuve para copiarla a máquina (yo no tenía, tal que andaba de vagabundo por los diarios para poder escribir allí), y, lo más importante, las grandes, enormes esperanzas que había depositado en ella cuando la traje a Santiago.

Todo, todo se había desmoronado en un momento con aquella revelación, algo, sin embargo, que yo debía haber intuido desde septiembre.

Creo que hice un esfuerzo y me armé de valor para sonreir sin ganas y decir:

--¿Sabe cómo se llamaba la novela? ¡Fuego principal! Y fue quemada. Es cómico, ¿no?

Abuela me miró con una mezcla de compasión y ternura, y negó:

--No, no es cómico; por el contrario, a mí me apena mucho, pero la realidad es esa. ¿No es así, Juan? –interpeló a su esposo.

--Claro.

--Obscuro, abuelo –dijo Vasco.

Abuela Rosa lo miró como reprendiéndolo por la burla.

En ese momento Silvia, que ya había terminado de comer, pidió permiso y se retiró a dormir al cuarto de los abuelos.

Abuela y yo seguimos adelante con el diálogo.

--Pero lo peor no es eso –dijo ella-; es una suerte que yo pueda advertirte del peligro que para ti representa ir a la editorial.

--¿Peligro? ¿Por qué?

--Peligro porque si tú llegas allá preguntando por tu obra pueden pensar que eres un joven de la vanguardia comunista y que lo que has escrito trataba sobre política, y tú no tendrías forma alguna de comprobar lo contrario pues, como te dije, todo lo que había en las bodegas ha sido destruido. Quién sabe, entonces, lo que podrían hacerte.

--Si –reconocí-, creo que tiene razón. Y no se imagina lo mucho que aprecio sus consejos, abuela Rosa.

--Bueno, está bien; pero si aprecias mis consejos quiero que me prometas por lo más sagrado que no vas a ir a la editorial, ya que me dolería mucho cualquier cosa que pudiera sucederte… ¿Prometido?

A pesar de razones tan poderosas, vacilé un instante.

Pero al fin alcé la mano derecha y dije:

--Prometido.

--De cualquier forma –le dijo a Vasco-, por si él llegara a olvidarse de su promesa, te pido a ti que cuides bien lo que hace. ¿Entendido?

Aquello no me gustó nada. Mientras mi amigo asentía con la cabeza, exclamé:

--¡Y pensar que soy yo quien tiene que cuidar de él!

Abuela rió.

--Entre los dos, no sé cuál de ustedes es el más chiquilín. Por eso les pido que se cuiden mutuamente; más ahora, que todo está tan convulsionado. ¿De acuerdo?

--De acuerdo –dijimos a coro. E inmediatamente nos levantamos de la mesa, para retirar los platos, fuentes y botellas, y disfrutar después de un humeante café de sobremesa.

Le ofrecimos a abuela Rosa lavarle la vajilla, pero ella no aceptó por nada del mundo que nos entrometiéramos en cosas que eran exclusivamente de su dominio.

La sobremesa fue breve, porque todos estábamos muy cansados. Bebido el riquísimo café con crema hasta no dejar en el fondo del pocillo más que la borra del contenido, los cuatro nos dispusimos a ir a dormir, imitando a Silvia, que ya estaba sumida (y desde hacía rato) en ese sueño sereno de los niños.

Vasco y yo nos despedimos de los abuelos con un beso, y mientras ellos se retiraban a su cuarto decidimos ducharnos rápidamente antes de meternos en la cama.

Él lo hizo primero, en tanto yo hojeaba unos libros infantiles de Silvia.

Por fin, cuando me llegó el turno, pude permanecer tranquilamente bajo el chorro de agua tibia, sin apuro alguno, y así me quedé más de media hora, como me gusta hacerlo cada vez que me meto bajo la ducha.

Cuando volví al cuarto, caminando en puntillas de pie, encontré a Vasco escuchando discos a muy bajo volumen, cosa de no molestar a nadie.

Sin embargo, le chisté y le dije:

--Apagá eso que podés despertar a alguien.

Así lo hizo.

Yo me acosté (por desgracia, la cama en que teníamos que dormir ambos era chica y, lo que es peor, a los dos nos gusta dormir “despatarrados”) y apagué la luz, casi vencido ya por el sueño.

Antes de dormirnos convenimos que al día siguiente saldríamos a pasear por Santiago.

Huelga decir que aquella noche la pasamos a las patadas limpias, peleándonos por un trozo de sábana más echada hacia un lado y con medio cuerpo en el aire cada uno.

Al otro día, cuando nos levantamos (puteando y maldiciendo), parecía que no nos hubiésemos acostado o, peor aún, que nos hubieran estado apaleando toda la noche.

Entre insultos, pues, tomamos una determinación: para la noche siguiente, a uno de nosotros le iba a tocar en suerte dormir en el suelo.

 

(6)

 

Después del mediodía Vasco fue a la casa de unas muchachas amigas a invitarlas a la función de cine de la tarde, pero solamente una de ellas aceptó.

Mi amigo no sabía qué hacer. Finalmente le dije que la única solución posible consistía en que salieran solos él y la chica, y si bien en un principio se negó a dejarme a mí en la casa, luego se decidió cuando agregué que en realidad no tenía muchos deseos de ir a pasear.

Esto último era verdad. De haber querido pasear por Santiago podría haberlo hecho sin compañía alguna, de manera que si no lo hice fue porque realmente mi espíritu no estaba aquel día predispuesto para ello.

Y había un motivo, que no descubrí sino cuando me quedé a solas en el living de la casa, ya que los abuelos, por su parte, dormían siesta.

Una idea había quedado dándome vueltas en la cabeza: Vasco me había revelado la noche anterior que a pocas cuadras estaba ubicado el Estadio Nacional, y yo no dejaba de pensar que ahí tal vez estarían algunos de mis amigos desaparecidos después de septiembre, padeciendo quién sabe qué penalidades.

En un momento dado, inclusive, decidí ir a caminar en dirección al Estadio y acercarme a él lo más posible, aunque todavía ignoro qué cosa pretendía con tal actitud, si es que en ese momento tenía una idea definida al respecto.

Creo que me acerqué a la puerta del departamento y tomé el pomo, dispuesto a salir. Pero entonces cruzó por mi mente una serie de pensamientos diversos, y desistí de mis intenciones.

Tomé un lápiz y un cuaderno de Silvia que había sobre un mueble, me senté a la mesa, aparté los adornos dispersos sobre la misma y comencé a escribir afiebradamente.

Cuando, en el ocaso, Vasco regresó y la abuela nos preparaba la merienda a ambos, yo todavía estaba copiando lo que había resultado de mi labor de aquella tarde.

Ya he olvidado qué fue lo que escribí entonces, pero sí recuerdo muy bien dos cosas: que no dejé que nadie lo leyera y que me sentía triste, muy triste.

--¿Cómo te fue? –pregunté a mi amigo.

--Bien. ¡De película, chico!.. Y tú, ¿qué hiciste, aparte de gastar tinta y papel?

--Nada.

--¿Nada?

--Así es… ¿Qué tiene de raro?

--No es que me resulte raro. Sólo pienso que te habrás aburrido de lo lindo.

--No creas; más o menos.

--Está bien. No te preocupes, que mañana vamos a ir a pasear por Santiago. ¿De acuerdo?

--De acuerdo, pero quiero pedirte un favor.

--¿Cuál?

--Que vayamos a La Moneda.

--¿Para qué?

Pausa.

--No sé –respondí-; curiosidad, supongo.

Abuela Rosa, desde la cocina, nos pidió que fuéramos a buscar a Silvia para que merendara con nosotros.

Salimos. Hacía un poco de frío, y estábamos en mangas de camisa.

--Está bien –dijo Vasco-: mañana vamos a ir a ver La Moneda.

--Okey. Fenómeno.

Silvia estaba jugando con sus pequeños amigos, tan absorbida en esa actividad que no quería volver con nosotros.

Vasco la tomó por un brazo y los tres regresamos al departamento.

 

(7)

 

Al día siguiente salimos no bien hubimos terminado de almorzar, con una temperatura bastante agradable.

Nos encaminamos hacia la Casa de La Moneda, primer sitio que visitaríamos de la ciudad.

El paseo no era de lo más atractivo, pero mi amigo y yo queríamos apreciar de cerca las huellas del bombardeo de septiembre.

En media hora estuvimos en el lugar. El colectivo nos dejó a una cuadra de distancia, que recorrimos con paso lento.

Por fin nos enfrentamos a las puertas de La Moneda. Allí vimos algo que no pudo menos que animarnos de la más viva indignación: sucedía sencillamente que en el hall de entrada habían sido apiladas las esquirlas de los roquets lanzados el once de septiembre (sacadas de entre los escombros), y los soldados de guardia se encargaban de “obsequiarlos” a los turistas o a los curiosos que los pedían, como “símbolo” del “histórico día”…, etc., etc.

Sobre todo, quienes solicitaban tan peculiar artículo eran los turistas norteamericanos, ya que debo decir que inmediatamente después de la asonada fascista el país había sido virtualmente invadido por los habitantes de la nación del norte, queriendo, de seguro, saborear más aún el brillante triunfo obtenido en Chile y ver personalmente (satisfechos) los últimos vestigios de lo que había querido ser una sociedad socialista liberada de sus tiránicos opresores.

--¿Pedimos esquirlas? –propuso Vasco.

Vacilé. Pero aquello me causaba repulsión.

--No. Crucemos.

Atravesamos la calle y desde la vereda de enfrente continuamos viendo el “espectáculo” por unos minutos más, muy pocos, por cierto, ya que debido al estado de sitio no estaba permitido detenerse en la vía pública.

Un soldado nos empezaba a mirar con cara de sospecha cuando reanudamos la marcha. Lo hicimos con paso lento y con las manos en los bolsillos, intentando resignarnos a la idea de que nada nos era posible hacer ante una realidad tan deprimente, a pesar del frenesí con que nuestra alma quería rebelarse.

Después, aquella tarde, no sé a dónde fuimos, pero creo que anduvimos sin gran entusiasmo.

Ambos nos sentíamos muy mal, moralmente.

Regresamos a casa de abuela Rosa temprano, ya que viajaríamos al otro día a Viña del Mar y (decisión de última hora) lo haríamos en el primer tren de la mañana.

Y así fue, efectivamente. Al día siguiente, luego del desayuno que nos sirvió la dueña de casa, metimos nuestras cosas desordenadamente en los bolsones y nos despedimos de todos con abrazos y besos: abuela Rosa, el abuelo y Silvia nos pidieron que volviésemos pronto, y no obstante haber dicho que sí pensé que ya nunca más me gustaría visitar la capital de Chile.

Abuela Rosa, antes de irnos, me besó amorosamente y me pidió con ternura, mirándome a los ojos:

--Cuídate mucho, ¿quieres?

--Cómo no, abuela. Y lo mismo le digo –contesté, agradecido por aquella preocupación.

Acto seguido, abandonamos la casa.

Llegamos a la estación Mapocho muy temprano y no nos fue difícil conseguir pasaje; a más tardar, estaríamos en Viña a las 11:30.

El tren partió, y mientras mi amigo, como de costumbre, se sumía en un profundo y apacible sueño, yo recordé lo que había visto durante mi breve visita a la ciudad (aunque poco, muy significativo para mí) y sentí una sensación de rechazo y asco que no pude evitar de ninguna manera…

Y pensé que, en efecto, ya no quería volver a Santiago por mucho, mucho tiempo…