Capítulo III.

 

(1)

 

Si bien el quince de septiembre se redujo la duración del toque de queda, establecido ahora desde las 18:30 hs. hasta las nueve de la mañana siguiente, y estas dos horas y media más de “libre albedrío” nos alegró mucho –como al resto de la población-, seguía preocupándonos a mi padre y a mí, no obstante, el hecho de que no nos era factible ir a cenar a la casa grande pues la cena era servida allí a las nueve de la noche, es decir, en plena vigencia de aquél.

La casa grande, como ya sabemos, quedaba a la vuelta de la esquina: aquel día, al analizar la situación, consideró mi padre que nada podría sucedernos si nos arriesgábamos furtivamente a recorrer esta breve distancia por la calle desierta, de manera que decidimos intentar la aventura esa misma noche.

La rutina había sido, hasta el martes 11, cenar ambos rápidamente para después ir a ver algún programa de televisión en el “Cerrito”, bar que quedaba a una cuadra de ahí; más tarde yo regresaba a la pensión y me acostaba, ya que a la mañana siguiente debía madrugar para ir al colegio. Mi padre todavía se quedaba hasta las once de la noche, hora en que iba a casa a buscar su instrumento y se dirigía luego a su trabajo, cuando a veces ya dormía yo profundamente.

Sábado 15 de septiembre, en que, impactado al imponerme de la delicada situación de Jano, he permanecido la mayor parte de la tarde en nuestra habitación, silencioso y sin poder centrar mi atención en ninguna actividad.

Estoy recostado en mi cama y mi padre (que ahora, cerca ya de las ocho y media de la noche, instrumenta un bonito tango de Pichuco) me mira de vez en cuando de reojo, molesto por mi inactividad, que lo enerva más aún que la suya propia.

Mira también la esfera de su reloj constantemente. Al fin me dice:

--Ya podríamos ir yendo, ¿no?

--¿Qué hora es? –pregunto.

--Las nueve menos cuarto.

--Si: ya deben estar por servir.

Deja sobre la pequeña mesa la birome y el pedacito de regla de que se vale para trazar las notas sobre el pentagrama, se peina y nos disponemos ambos entonces a irnos.

Daly oye que cerramos nuestra puerta con el candado y sale de su habitación, extrañada.

Al ver que vamos a salir en pleno horario de cortapisa, se asombra más aún.

--¿A dónde van? –pregunta.

Mi padre sonríe y le explica brevemente.

--Tengan cuidado –aconseja la muchacha.

Oportuno yo con mis bromas, exclamo:

--Si escuchás algunos tiros, no te preocupes; es que nos agarraron y nos fusilaron ahí mismo.

--Tú ríete, nomás.

--Bueno, chao, Daly.

--Chao; y provecho.

--Gracias.

Entreabrimos la puerta de la casa con mucho cuidado, espiando hacia la calle. Ésta reposa tranquilamente, silenciosa, solitaria, sin que haya la más sutil indicación de una patrulla militar. Sin embargo, al asomar la cabeza afuera diviso una a casi dos cuadras de distancia, que se acerca despacio.

Cerramos la puerta para esperar que pase.

Daly nos mira desde arriba, hacia el final de la escalera.

--¿Y?

--Moros en la costa –le contesto.

Sonríe y vuelve a su cuarto.

La patrulla pasa y sigue de largo, finalmente. Esperamos aún cinco minutos, y al fin asomo la cabeza otra vez y atisbo.

Ahora si, podemos salir.

Así lo hacemos, caminando con paso rápido hacia la esquina.

Antes de doblarla, temerosos, espiamos hacia la calle transversal, y al no ver en ella nada de cuidado nos dirigimos a la casa grande.

Tocamos el timbre y al punto nos franquea la entrada una mucama.

Doña Pilar, al vernos, se asombra.

--¿Y ustedes? –exclama.

--Venimos a cenar. ¿Puede ser, señora?

--Cómo no, m´hijito –responde la buena mujer a mi padre-. Pasen al comedor que ya estamos por servir.

--Gracias.

Recuerdo que aquella noche, cuando me senté ante nuestra mesa, nos trajeron una panera cuyo contenido asalté inmediatamente, no sé si por apetito o por nervios…

Porque, cuando estoy nervioso, me desahogo caminando o moviendo las mandíbulas en el acto de deglutir.

Inmediatamente comenzaron a llegar los demás comensales.

Los últimos en sentarse a la mesa fueron Carlos y Mónica con su madre.

--Buenas noches –saludaron.

--Qué tal. –Y dirigiéndome al muchacho, pregunté:- ¿Alguna novedad?

Me respondió con la misma preocupación de aquella tarde.

--No, todavía ninguna.

Mi padre no se preocupó por saber qué asunto nos mantenía en estado de sumo mutismo, a los hermanos y a mí.

--Hoy no podemos ir a ver televisión al “Cerrito” –comentó.

--Qué lástima, ¿no?

--La verdad que si… ¡Cuándo terminará todo esto! Te juro que ya estoy podrido.

--Y yo, ni te cuento.

Aquella cena se desarrolló en un silencio frío y persistente que dominaba el comedor. Cuando ya íbamos todos por el segundo plato sonó la estridente campanilla del teléfono en el living de la planta baja.

Carlos y Mónica se precipitaron hacia él, seguidos de cerca por mí. El movimiento fue tan brusco en medio de la paz en que todos comían tranquilamente que se sobresaltaron, preguntándose qué bicho nos habría picado a los tres.

Mi padre alcanzó a balbucir

--¡Eh, qué pasa!

Se trataba, en efecto, del padre de los hermanos.

Junto a Carlos, que era quien había levantado el auricular, analizaba la expresión de interés de su rostro, al igual que Mónica, tratando de inducir qué era aquello tan interesante que le explicaban desde el otro lado de la línea.

Por último, dijo:

--Bueno…, si, si, entendido. ¡Esperemos! Chao, viejo, y gracias.

Y colgó.

El rostro del muchacho traslucía esperanza. No alegría: esperanza.

--¿Y? –lo asaltamos- ¿Qué pasó?

--Dice papá que dio con el paradero de Alejandro, no sé en qué cuartel militar. Le habían pegado, pero cuando se hizo responsable por su persona prometieron ser más benignos con él y dejarlo en libertad de un momento a otro.

--Magnífico: algo se ha hecho. Nuestro deber es comunicárselo ahora a la madre de Jano.

--Si, por supuesto, Pachi. La pobre mujer ya está media loca: nos llamó esta tarde como veinte veces… La voy a llamar ya mismo.

Así lo hizo. Cuando colgó, dijo que era indecible la alegría de la buena señora, aferrada ahora a esta esperanza cuando ya no creía volver a ver a su hijo, como tantas otras madres por aquellos días.

Regresamos al comedor.

--¿Qué pasó? –quiso saber mi padre.

--Nada: un amigo que está preso; parece que lo largarán de un momento a otro.

Nos fue servido el postre.

Embebido en mí mismo, no sé qué pensaba entonces o siquiera si pensaba en algo. De pronto la sonrisa de Mónica, cristalina, me sacó de ese estado de introversión.

Miré a la muchacha y su pasajera alegría pareció invadirme también a mí.

--¿Vas a tomar un café?

--No. ¿Y vos?

Él tampoco. De manera que nos levantamos y, saludando a todos, abandonamos el comedor.

Deslizándonos por la calle dormida, nueva odisea para llegar a nuestra pensión, cuya puerta quedó cerrada a nuestras espaldas a eso de las diez de la noche.

--¿Llegaron bien? –inquirió Daly desde su pieza, al oírnos.

--Por suerte, si.

Suspiré.

En adelante, por un período relativamente largo, aquella aventura sería cosa de todas las noches.

 

 

(2)

 

El sentimiento que la muerte del doctor Allende despertó en el pueblo de Chile fue, sin duda, de profundo dolor, a pesar de muchos que pudieran afirmar lo contrario.

Este fenómeno se dio principalmente (cosa lógica, por lo demás) en los cerros y en las poblaciones marginales, lugares éstos donde reside la mayor parte del pueblo de Chile, aquel por quien el presidente había luchado y sacrificado su vida. Y yo tuve oportunidad de verlo por mí mismo (aquellos tres días inmediatos a la revolución que pasé en cerro Miraflores), de ver toda la infinita pena del pueblo que llora a un ser querido, del pueblo que llevó luto por aquella muerte…

En los “planes”, o sea, en las ciudades mismas, en cambio, si bien también hubo dolor y hubo indignación por aquel martes 11 de septiembre, no menos cierto es que en la misma medida cundió la indiferencia y, en algunos sectores de la población –no es preciso especificar en cuáles- hasta una franca alegría por estos acontecimientos.

En los cerros y en las poblaciones marginales, decía, se vertió verdadero llanto por la muerte de Salvador Allende, y el pueblo debió soportar (mejor dicho, “debe” soportar, porque esa es la triste realidad) persecuciones en masa, sobre todo aquellos que, aún de la manera más sutil e indirecta, estaban vinculados a algún centro marxista.

Pero este pueblo no pudo evitar el giro que habían tomado los acontecimientos, pues, desde hacía meses ya, las Fuerzas Armadas dificultaban que su presidente les entregara los medios necesarios para eso, para defender el gobierno que ellos mismos habían elegido.

He aquí todo: ésta, y nada más que ésta, fue la causa de la caída de Allende: las manos vacías de su pueblo, que no pudo proveer de armas con que ratificar su soberanía debido a la acción de una pequeña pero poderosa fuerza, a una traición…

Porque, en efecto, no puede aplicarse otro calificativo más acertado que “traidores” a aquellos que sofocaron primero la economía del país, para después culpar de lo mismo al gobierno popular y desplazarlo así del lugar que legítimamente le correspondía, todo esto con ayuda de fuerzas foráneas interesadas y de las más viles y sucias maniobras estratégicas.

Y esto de las fuerzas foráneas es lo que más ha indignado a todo el mundo, y yo no puedo exceptuarme de esta regla… Me refiero a hechos concretos que son ya de conocimiento universal, a las manos que, en forma lenta pero inexorable, fueron fraguando el asesinato del régimen de Allende, basándose en la debilidad del pueblo que, repito, sin medios para impedirlo, debió asistir impotente y de brazos cruzados al derrumbe de aquello que con tanto sacrificio había construido.

Entonces, y aunque es doloroso al máximo, hay que reconocer que en ciertas oportunidades no es suficiente la voluntad del pueblo…

Aquellos hechos concretos a que hacía mención más arriba y que revelan la intervención de intereses foráneos en la vida interna del país, son varios y se han filtrado por diversos conductos al conocimiento del pueblo y del mundo…

Así, analizando, y sin horadar mucho en la superficie de las cosas, no es difícil reconocer que fue la CIA la que verdaderamente derrocó a Allende (tras aquel fallido intento de la ITT), sirviéndose, eso si, de las Fuerzas Armadas de Chile…

Aquel paro de octubre, por ejemplo, había sido financiado por esta entidad, que pagaba en dólares a los camioneros, y en un día, lo que normalmente ganaban en una semana, a fin de que no salieran a trabajar. Y cuando uno de estos hombres se presentó en la televisión para denunciar el hecho, encapuchado para no ser reconocido, se acusó al gobierno de querer conmover al país con esta “ridiculez”, pero que “no lo conseguiría”.

Y así, la poderosa oposición, enorme pulpo que aún disponía de tentáculos suficiente como para engañar a la opinión pública, pudo ocultar satisfactoriamente el hecho consumado, no obstante existir serios documentos que testimonian fehacientemente cuál era la verdad.

Pero la CIA actuó en Chile de manera más efectiva, hasta el punto de enviarle a sus Fuerzas Armadas avezados aviadores norteamericanos para que pilotearan ellos mismos los aparatos que habrían de atacar la Moneda, constituyendo este hecho una de las causas que precipitó el trágico final.

Allende sostenía, en efecto, que el palacio no sería bombardeado, ya que era prácticamente imposible hacerlo sin dañar los edificios que lo rodeaban… Imaginemos su sorpresa al ver que los roquets caían en el Patio de Invierno, o sea, en el mismo centro de aquél.

Por otra parte, y para rematar el cuadro, una flota estadounidense estaba alerta en el Pacífico, por si fracasaban las operaciones de tierra.

Posteriormente al martes 11, la Junta Militar Chilena dio a conocer un sinnúmero de fotografías que mostraban el inmenso arsenal de que disponía Allende, arsenal que, si bien estaba destinado al pueblo, no pudo jamás ser distribuido… Y esto hizo pensar a todos cuál habría sido el curso de la historia de haber llegado esas armas a las manos de los obreros y haberse puesto en práctica el “Plan Zeta”…

Y también nos muerde el corazón pensar en el hermoso sueño de la República Popular Democrática de Chile y en la nueva bandera, que no pudo concretarse…

 

(3)

 

Una de las consecuencias que más me afectó, de todas las del martes 11, fue la muerte de Pablo Neruda… Aquella mañana, al hojear las páginas interiores de un diario, llamó mi atención un pequeño titular donde se comunicaba la misma, y esta fue la manera fortuita como me enteré del hecho.

La noticia apenas si había merecido unos pocos centímetros dentro de la tipografía de la página, y estaba redactada con la misma frialdad con que podía anunciarse el robo de un auto o cualquier cosa por el estilo. No correspondía en absoluto al gigante de la literatura que el país contaba como su valor fundamental, aquel que tantas satisfacciones y gloria le había proporcionado.

Y recordé en aquellos momentos –cosa que le habrá sucedido también a todo aquel que esa mañana pudo enterarse de la terrible nueva- la inmensa alegría de cuando el poeta fuera galardonado con el premio Nobel y los honores que en aquella oportunidad le había tributado el pueblo de Chile…

Recordé que por espacio de varios días la totalidad de los medios de difusión se consagraron íntegros a su vida y su obra, y asimismo volvieron a mi mente los grandes esfuerzos que se habían hecho para que el acto de entrega de la tan codiciada distinción pudiera ser visto por todo Chile en el momento mismo en que se desarrollaba.

Y después, en Santiago, la vuelta olímpica que diera en el Estadio Nacional, con la mano en alto saludando a los miles de personas que se habían congregado al efecto, mientras Allende, a su lado, sonreía complacido ante el espectáculo de la lluvia de flores que alfombraba el lento andar del vehículo descapotado…

De pronto la imagen se desvanecía y aparecía ante mis ojos la indigna realidad. No muy distante, en el tiempo, de los acontecimientos que quedan consignados, la muerte del fabuloso poeta (provocada por otra: la de su amigo Salvador…) sólo había suscitado una breve necrológica en las páginas interiores de un diario, sólo eso.

Tal es, pues, que aquella mañana de septiembre muchos no se enteraron de nada en absoluto, hasta que un rumor –débil primero, sordo e imperioso por fin- dominó los ánimos: había muerto Pablo Neruda.

Pero… ¿había muerto, en realidad, o estaba recluido en alguna obscura celda, entre los miles de personas que atravesaban por análoga situación? Hasta que, por último, la presión fue tan poderosa que la Junta Militar tuvo que dar a conocer un bando que se transmitió a todo el país y que confirmaba la triste pérdida: si, había muerto Pablo Neruda.

Nada más.

Después, mucho después, nos enteramos de que había sido saqueada la casa del poeta, en Isla Negra. Y más tarde aún supimos que esa casa, pertenencia, verdaderamente, del Partido Comunista, iba a ser convertida… ¡en museo!

¡Supremo gesto de hipocresía! De aquella manera no podía remediarse en modo alguno la horrible falta –no sé si atribuirla a la ignorancia o a otro factor misterioso que gravitara sobre las circunstancias de su muerte- cometida al no reconocer al poeta (y al hombre) siquiera un mínimo de los honores que indiscutiblemente le correspondía, ínfima porción de la inmensa gloria que, repito, había brindado él al país.

Pero aún hay más, por desgracia.

Luego, como si todo esto fuera poco, vino la prohibición de los libros de Neruda o simplemente “tendenciosos”, o que tan sólo llevaran el sello de la editorial Quimantú, o que se le antojara a los militares que revisaban escrupulosamente las casas en busca de esta clase de literatura, y esto porque alguien había considerado que “pervertía” al pueblo y lo dotaba de ideas extrañas…

Era grotesco espectáculo ver a los hombres uniformados entrar en las casas y revolverlo todo en busca de libros “subversivos”, y más ridículo aún era ver la gran fogata que estos hombres hacían en el medio de las calles con montañas de libros que se iban consumiendo lentamente y que en la mayoría de los casos nada tenían que ver con todo aquello que había sido declarado “tabú”…

Se daba el caso, entonces, de que el fuego devoraba obras tan inocentes como “El robo del elefante blanco”, de Twain, que llevaba, no obstante, el sello Quimantú.

Daba la casualidad de que yo poseía muchos de estos libros y, como tantos estudiantes, hube de deshacerme de ellos ante los requerimientos de mi padre y los buenos consejos de amigos que ya habían optado por actitud parecida, si bien con profundo dolor por semejante pérdida.

Porque, sin duda, no estaba la situación como para que un estudiante guardara en su casa tal tipo de libros –y en proporción tan fuera de lo que habría pasado por normal, en mi caso-, tratándose de un extranjero, para colmo de males.

Así es que una tarde una amiga me vio entrar en su departamento con una valija llena de libros, que le regalaba porque ella había aceptado correr el riesgo de su posesión.

Mas mis libros eran demasiados como para depositarlos en una sola persona, lo que hubiera implicado comprometerla peligrosamente, de manera que me vi en la obligación de repartir los restantes entre mi grupo de amigos.

Sólo conservé una obra de Neruda, el hombre que se alzaba ante mis ojos, ahora y siempre, con proporciones descomunales: se trataba de “Tercera Residencia”, una serie de exaltados poemas que ya casi había aprendido de memoria, a fuerza de leerlos con tanta frecuencia.

Y vuelvo a recaer en lo mismo: en el hombre que estuvo, incluso, a un paso de llegar a la presidencia de la república… Porque Pablo Neruda había sido considerado como firme candidato del Partido Comunista para las elecciones de 1970, aunque finalmente diversos factores decidieron que el mismo fuera Salvador Allende.

Pero Pablo Neruda había muerto: aún no sé muy bien cómo y en qué circunstancias, pero aquella mañana de septiembre, cuando leí la breve columna encontrada al azar entre las páginas de aquel diario, a la primera reacción de estupor suplió un hondo sentimiento, mezcla de infinito pesar, angustia, indignación y otras muchas pasiones extremas, que se traducía en sinceros deseos de llorar…

 

(4)

 

Llegó el día en que por fin se reanudaron las clases.

Previo a ello el nuevo gobierno adoptó una serie de medidas (hechas públicas mediante graves bandos militares) en lo tocante a la educación y al estudiantado.

La primera de estas tendía a acomodar los horarios de los diferentes turnos a las exigencias del toque de queda; causa de lo mismo fue que ahora saldría yo del colegio una hora y media antes, provisoriamente, hasta que se normalizara la situación del país.

Pero (salvo lo anterior) todas las disposiciones fueron ultrajantes para con el estudiantado, y en ellas podía notarse con claridad la pretensión de quienes las habían dictado de imponer también en los colegios un régimen militar…

Así, por ejemplo, se ordenaba terminantemente a los jóvenes llevar el cabello corto para poder estudiar, entendiéndose por “corto” prácticamente una cabeza rasurada, como muy bien nos lo hicieron comprender en su momento… (A propósito, vuelven a mí aquellas indignantes y dolorosas escenas…)

Y, en cuanto a las mujeres, ni la más leve sombra de pintura, el cabello recogido y las polleras dos dedos por sobre las rodillas, ni un centímetro más.

Todo lo cual no hubiera sido del todo reprochable, de no haberse empleado ciertos métodos para hacerlas cumplir escrupulosamente, métodos que nada respetaban.

También hubieron otras medidas, todas más o menos del mismo género, pero recuerdo que la que a mí más me disgustó en aquel entonces fue la relacionada con el corte de pelo; y como yo había llegado a ser el feliz poseedor de una larga y espesa melena decidí no suprimirla por nada del mundo, mientras esto me fuera posible.

Aquel lunes, pues, cuando me dirigía al colegio, tras las largas vacaciones impuestas por el estado crítico del país, iba pelilargo, sin saber qué medidas tomarían en mi contra, con el agravante de que aquella mañana me había quedado dormido –deshabituado ya a madrugar- y llegaría como con una hora de retraso.

Pese a ello, no obstante, caminaba lentamente, sin ningún tipo de apremio, por la vía del ferrocarril… Porque, dicho sea de paso, como el colegio quedaba frente a la estación de Viña del Mar y mi casa, por otra parte, estaba ubicada cerca de la estación Miramar, unas ocho cuadras antes, el camino más corto entre ambos puntos era la línea del ferrocarril.

Cuando ya me encontraba a unos pocos metros de la barrera anterior a la estación de Viña divisé un grupo de muchachos y chicas que salían corriendo del colegio y se dispersaban en todas direcciones, mirando furtivamente hacia atrás como para comprobar si alguien los seguía.

Frente a la puerta del colegio había estacionados dos grandes camiones militares.

Un compañero mío pasó a mi lado sin verme, huyendo.

Lo tomé por el brazo y ni qué decir el susto que se llevó, creyéndome, en un primer momento, uno de los militares de quienes huía, según me dijo después.

--¿Qué pasa? –pregunté.

--Son esos concha de su madre de los militares.

--¿Qué hacen?

--¡Casi nada! Pusieron una silla en el medio del patio y al que lleva el pelo largo lo “esquilan”. Y ¡ojo con retobarte!, porque te pegan y te meten en los camiones para llevarte quién sabe dónde.

Algo murmuré. Me miró.

--Vos pudiste escapar, por lo que veo –dije.

--Si, por suerte. Voy a cortarme el pelo tranquilito y a ponerme el uniforme; creo que me conviene…, y a ti también: no te recomiendo que hoy vayas a clases.

Medité un momento.

--¿Dónde decís que están cortando el pelo?

--En el medio del patio.

--¿Y en cuanto a las chicas?

--¡No me hagas acordar, es peor todavía! A las que llevan pintura les pasan la mano sucia por la cara, y sobre el asunto de las polleras, vi a unos cuantos milicos que tiraban para bajárselas un poco… Y te digo más: si no llevan el cabello recogido se lo tiran bruscamente un rato, paseándolas un poquito, y después las mandan a su casa.

--¡Maricones!... Voy para allá.

--¿Qué dices?

--Voy a ir. ¿Querés venir? Entramos por la parte de atrás, miramos un poco y después nos vamos.

--No, te agradezco la buena voluntad; ya me voy, y te aconsejo que me imites. Chao.

Quedé solo frente a la escalera que llevaba a la estación, mientras a mi lado seguían pasando los estudiantes en presurosa fuga.

Parapetado tras una columna, observaba las puertas del colegio, de donde en ese momento sacaban a culatazos y trompadas limpias a dos muchachos que de seguro se habían opuesto a la ultrajante alternativa de que les cortaran el pelo… ahí.

Crucé la calle y haciendo un rodeo, llegué a la parte trasera del colegio e ingresé a él pasando entre dos barrotes que habíamos abierto para no tener problemas cuando llegábamos tarde. Por entre los edificios que tiene aquél llegué al patio central…, y escondido tras una pared de las dependencias de laboratorios pude ver por mí mismo lo que había sabido poco antes por boca de mi amigo.

En efecto, en el medio mismo del patio habían instalado una silla en donde “acomodaban” a cualquiera que tuviera largo el pelo para que un uniformado se lo cortara al cero con unas largas tijeras jardineras, en tanto otros dos cuidaban que el pobre infeliz no escapara, apuntándolo con sus armas.

Algunos se sometían resignadamente al experimento, prudentes; otros –los más, cosa que me emocionó, a pesar mío, con viveza- se sublevaban y entonces eran conducidos a trompadas y culatazos, asidos del cabello, a los camiones que aguardaban fuera, ya repletos de estudiantes.

Pude ver, asimismo, el trato brutal a que eran sometidas las jóvenes (muchas de ellas rompían en llanto, histérica o acongojadamente), y pensé qué podía esperarse de aquellos que ni siquiera respetaban el pudor de una muchachita de dieciséis años.

Poco rato resistí esta visión dantesca, indignado como estaba.

Opté por salir del colegio, por fortuna sin inconveniente alguno, por igual medio utilizado para entrar, luego hice el mismo rodeo anterior y me dirigí a la calle Valparaíso, centro de la ciudad.

Vagué un rato. La calle estaba desierta, a pesar de la ya avanzada hora.

Por fin llegué a casa. Papá se extrañó al verme, y entonces le conté, exaltado aún, todas las atrocidades de que había sido testigo.

Se limitó a ordenarme que me cortara el pelo cuanto antes y a comentar qué suerte que aquella mañana me hubiera quedado dormido y llegado tarde al colegio, ya que de no haber sido por esta circunstancia fortuita me habrían atrapado desprevenido también a mí.

En cuanto a mi melena, decidí no cortármela aún, alegando que los militares no se iban a pasar todo el resto del año en los colegios, liceos y universidades, haciendo respetar las medidas dispuestas por el gobierno.

En los días siguientes me dirigía al colegio a eso de las nueve de la mañana, y siempre podía ver, a distancia prudente, el mismo espectáculo de los estudiantes escapando en bandada, si bien el asunto iba mermando cada día.

Hacia el quinto día ya no encontré los camiones militares estacionados frente al establecimiento. Entré en él, receloso, por entre los barrotes de la reja trasera, y llegué hasta el patio. Todo estaba tranquilo y no había la más leve indicación de militares por los alrededores.

Paseé, cada vez más a mis anchas, por todas las dependencias hasta que sonó el timbre del primer recreo; entonces me dirigí presuroso hacia mi sala, ubicada en un aula del tercer piso: la número 15.

Cuando entré, no pude menos que sonreír: todos mis compañeros estaban silenciosos, con el cabello corto al estilo militar, correctamente uniformados, al igual que las muchachas, que llevaban el cabello recogido, las polleras a la moda de la década del ´60 y ni un ápice de pintura.

Algunos de mis compañeros, también, lucían tristes y hasta uno, inclusive, llevaba un ojo amoratado, a causa de haberse rebelado dos días antes a que le fuese cortado el cabello en el centro del patio.

Cuando me vieron, se extrañaron todos. Llevaba yo un pantalón claro, polera marrón, al igual que los zapatos, el cabello sobre los hombros, aunque el saco –eso si, lo único- era el reglamentario.

Semejaba, pues, una mosca caída dentro de un vaso de leche.

Aquel día me burlé de todos por la circunstancia del cabello y la ropa, cosa que resistieron de muy mal humor, y cuando al día siguiente, sin embargo, me presenté correctamente uniformado –habiendo optado por la prudencia- y con el cabello corto, tuvieron mis compañeros oportunidad de desquitarse de sobra por mis bromas del día anterior.

 

(5)

 

Pero de los sucesos ocurridos en el seno del colegio después de la caída de Allende hubo uno, sobre todas las cosas, que a todos nos dolió muchísimo.

Navarro, nuestro celador, era muy querido por todos, tanto profesores como alumnos en general. Hombre maduro que por las mañanas venía desde muy lejos a desempeñar su modesto cargo, siempre estaba bien dispuesto a ayudar a cualquiera que tuviera alguna dificultad, sin permitir, empero, que nosotros abusáramos de esta buena disposición suya, causa determinante de que hayamos llegado a apreciarla en su justo valor.

Navarro era jovial, moderadamente jovial, pero sabía adoptar una actitud seria que infundía respeto cuando nos aconsejaba o reprendía en caso de que hubiésemos cometido alguna fechoría, y su persona poseía tal magnetismo que jamás volvíamos a incurrir en el mismo error.

Tenía unos treinta y cinco años y era una persona de complexión mediana pero sólida. Su cabello, negro y ensortijado, apuntaba ya alguna que otra cana, y llevaba unos gruesos bigotes que armonizaban bastante bien con la fisonomía de su rostro, al que no endurecía, como en la mayoría de los casos, sino que le daba más todavía un aire de bondad.

Vestía siempre digna y pulcramente, si bien con sencillez… Navarro representaba tanto algo así como un padre para nosotros que ninguna de las chicas, estoy seguro, había pensado nunca remotamente en enamorarse de él, en contraste a lo que sucede en situaciones así.

Podría contar muchas anécdotas para recordar la calidad humana de Navarro, aquel celador que había empezado, hacía mucho, a trabajar en el colegio como ordenanza, pero estoy cierto de que cuanto yo pudiera escribir sobre él sería poco para alcanzar el fin que persigo.

En una oportunidad, por ejemplo, decidimos hacer una “inocente” broma a la profesora de inglés. Había entrado en el colegio un gran mastín callejero, sucio y vagabundo, con quien jugamos largamente durante un recreo.

El animal, encariñado con nosotros, quería seguirnos. Y nosotros, también, queríamos continuar disfrutando de la compañía del simpático animal, al que bautizamos “Sultán”, porque si.

Se me ocurrió, entonces, llevarlo al aula y esconderlo, y al instante la idea se convirtió en decisión que muchachos y chicas pusimos en práctica.

Con alegría, agitando el rabo y saltando, el grandísimo can nos siguió hasta el tercer piso. Una vez en la sala, lo hicimos acostar entre mi banco y el de una compañera, ingeniándonos para esconderlo lo mejor posible.

La chica y yo lo acariciábamos, y él, feliz, se estaba quieto.

Llegó la profesora de inglés y tranquilamente saludó y comenzó la clase sin más preámbulo.

Quince minutos después dejamos de acariciar a “Sultán”. Nos miró primero, alternativamente, a Cecilia, mi compañera, y a mí, y luego, al comprobar que de nada valían sus silenciosas súplicas, se levantó, cuán grande era, y comenzó a ladrar estruendosamente cuando la profesora dictaba un diálogo que ya resultaba muy aburrido:

--Have the goodness to register this letter

Cuando la mujer, hosca de naturaleza, vio aquel extraño “alumno” en su clase, prorrumpió en gritos mientras todos nosotros llorábamos de la risa.

“Sultán”, por su parte, seguía ladrando, pero no entendía nada.

La profesora mandó llamar de inmediato a Navarro y cuando éste llegó lo agobió con reproches sobre la disciplina de la división, que permitía que sucedieran cosas como aquella.

--¡Es vergonzoso! –exclamaba. Y agregaba, mirando de reojo a “Sultán”, a quien había que acariciar constantemente para que no ladrara más:- ¡Y hágame el favor de llevarse esta… cosa! ¡Puag!

A todo esto, Navarro había visto quiénes jugaban con “Sultán” en el patio, y nos llevó a la dirección a cinco muchachos más y a mí.

--Y traigan al perro –pidió.

--A “Sultán”.

--Bueno, a “Sultán”.

Navarro estaba visiblemente enojado. Pocas veces lo habíamos visto así.

Bajamos todos a la dirección; “Sultán” fue conducido a la calle olímpicamente.

Otro celador le dijo a Navarro que yo había sido el instigador, y yo juré que a la salida lo asesinaba.

Todos fuimos hasta un cuarto aislado de la dirección, donde se guardaban libros y documentos viejos.

Navarro cerró la puerta con llave porque no quería testigos y, ante nuestra admiración, se largó a reír a carcajadas.

Nosotros lo imitamos.

--Tengo que reconocer que fue una buena broma –dijo al fin-, pero me la van a pagar. ¿Así que tú fuiste el organizador, ah?

--Si, la verdad que si –tuve que reconocer.

--Está bien. Elige: o una citación a tu padre o… le recitas un poema a esta rubia hermosa que está acá.

La “rubia hermosa” era uno de mis compañeros… ¡Y tuve que recitarle un poema!

Cuando terminé, nos pusimos a charlar sobre la nueva disciplina del colegio.

--Tengan cuidado –aconsejó, amistoso-, pórtense bien, que las cosas no están como para que hagan bromas como esta.

--No lo vamos a hacer más, Navarro –aseguramos-. Palabra de honor.

Cuando sonó el timbre de cambio de hora volvimos a clases.

-¿Y? ¿Qué les hizo? –quisieron saber los demás.

--¡Imagínense! –respondimos- ¡Nos hizo recitar!

--¿Recitar?

--Sí. ¿A ustedes les parece?

A la profesora hubimos de fingirle, sin embargo, severas medidas tomadas por Navarro contra nosotros por aquella “picardía”.

Gestos como este eran característicos suyos. También lo era que se presentara en el aula cuando teníamos hora libre y nos contara cosas interesantísimas de su vida o mantuviéramos una larga charla sobre los asuntos que a nosotros nos interesaba saber.

Por otra parte, cuando los alumnos realizábamos cualquier reunión era ya norma que él estuviera presente y ninguna decisión se tomaba sin consultarlo.

Pero después del once de septiembre comprendimos que Navarro estaba desde ya condenado por su mera condición socialista, condenado irremisiblemente como tantos otros que habían sido apresados o sometidos a tortura o simplemente desaparecido, y, con mucha tristeza que en ocasiones no sabíamos disimular del todo bien, nos preguntábamos a menudo cómo era que todavía no se lo habían llevado, después de algunas semanas de la revolución.

Con frecuencia lo rodeábamos un grupo de alumnos y hablábamos un rato sobre política, y él defendía su posición sin el más mínimo ánimo de catequizarnos, aunque de habérselo propuesto lo habría logrado con muchos.

Pero no: la política sólo era tratada, en terreno amistoso, cuando nosotros mismos se lo pedíamos, y esto fuera de las aulas, por supuesto.

Cuando se reanudaron las clases no tuvimos que hacer muchos esfuerzos para comprender que Navarro había sufrido mucho por la muerte del doctor Allende, atendiendo a que la mirada se había apagado un tanto en sus ojos y a que ya no era tan comunicativo como antes… Sólo reía ahora de buena gana en ocasiones contadas (como en el caso de la broma del perro), y cuando ello sucedía nos reconfortaba enormemente.

Alguna vez alguien le hizo notar que corría peligro si seguía yendo al colegio, que lo que más le convenía era irse.

--¿Por qué motivo? –dijo, extrañado- ¿Huir? ¿De qué? Por fortuna, tengo la consciencia tranquila.

Nadie se atrevió a replicarle; Navarro siguió yendo al colegio, pues, todos los días, hasta que una mañana de principios de noviembre sucedió lo que tanto habíamos temido, lo que tenía que suceder tarde o temprano.

Todo, hasta los más insignificantes detalles, quedó grabado en mi mente. Era una mañana de sol, si bien hacía un poco de fresco; recién habíamos salido al primer recreo, a eso de las nueve y media, y yo miraba, apoyado en la baranda del tercer piso, los cerros que se alzaban majestuosos más allá de los edificios del colegio, cuando de pronto entraron en él cinco militares armados hasta los dientes y se dirigieron rectamente a la Dirección.

Todos los estudiantes, advertidos, salieron presurosos de las aulas y se instalaron en las barandas, en tanto los que estaban en el patio se agolpaban en las puertas de aquélla.

Que entraran en e colegio unos cuantos militares era cosa a la que ya nos habíamos habituado, pero queríamos saber qué los traía ahora, porque cada vez que se dejaban caer por ahí era para joder a los estudiantes y a veces, por qué no, hasta a los maestros.

Ni cinco minutos estuvieron en la Dirección, cuyas puertas habían cerrado. Cuando salieron, se llevaban a Navarro…

Efectivamente, lo hicieron atravesar el patio con lentitud, como para que todos lo viésemos bien por última vez, apuntándolo los cinco con sus armas -¡nada menos que a él!- y obligándolo a llevar las manos en la nuca, mientras todos presenciábamos la escena estupefactos.

Cierto era que lo habíamos venido presintiendo, pero en el fondo nunca pensó nadie que en realidad llegara a suceder.

Navarro, por la mitad del patio, elevó sus ojos hacia el tercer piso y nos miró a mis compañeros y a mí, a su mejor división, según él…

Fue una mirada que nos decía adiós.

Las chicas rompieron a llorar, como es de suponer. Nosotros no podíamos siquiera articular palabra: tan grande era nuestro pesar y estupor.

Todo se desarrolló en una ínfima fracción de segundos, y esta fue la última vez que vimos a Navarro; nunca nadie supo qué fue de su vida.

Después de aquel día alimentamos durante un tiempo la ilusión de volverlo a ver cualquier mañana ocupando nuevamente su lugar, pero, transcurridas algunas semanas, forzoso se hizo aceptar la realidad tal como era: nunca ya volveríamos a saber de él.

A veces no resistíamos la tentación y preguntábamos a las autoridades del colegio si habían tenido noticia alguna.

La respuesta era invariable: se encogían de hombros y permanecían en silencio, tanto o más tristes que nosotros.

Nunca, después, quisimos hablar sobre nuestro celador, prefiriendo no pensar a dónde habría sido enviado, qué le habría sucedido.

Todos, como de tácito acuerdo, preferíamos recordarlo como cuando supervisaba nuestras reuniones y nos aconsejaba, o cuando nos salvaba de alguna dificultad mayúscula o nos contaba algún chiste que festejábamos a pesar de lo poco graciosos que por lo general eran…

Sencillamente porque se trataba de él, de Navarro, y porque ya nunca lo veríamos de nuevo…