Capítulo II.

 

(1)

 

Ya estábamos llegando a nuestra pensión después de haber caminado mucho y apresuradamente, y nos encontrábamos cansados; en especial mi padre, hombre bohemio no habituado a esta clase de ejercicio intensivo.

Una cuadra antes de llegar nos cruzamos con Mónica… (Mónica es la hija del militar que aloja con su familia en la casa grande, donde yo como.)

--¡Pachi! –exclamó- Yo creía que te habían deportado. ¿Qué te pasó?

Mi padre siguió camino hacia la pensión; yo me detuve brevemente a conversar con la muchacha.

--Es largo de contar; lo importante es que al fin estoy de vuelta.

--Pero ¿dónde estuviste estos días? Ya te digo, todos pensábamos que te habían descolgado al otro lado de la frontera: la cosa está bastante peluda para los extranjeros.

--Ah, ¿si?

En efecto, durante esos tres días no había dispuesto de mayor información allá en cerro Miraflores, por lo cual debo reconocer que no estaba muy al tanto de la situación general.

--Si –contestó Mónica-, están echando extranjeros de lo lindo…

Se me acercó más aún, en actitud confidencial, y agregó:

--Y, entre nosotros, también están dando palos a más no poder, tanto a los “elementos foráneos” como a los “nacionales”.

Sonreí.

--Me extraña oír hablar de esa manera (y a continuación tono grandilocuente) a la hija de un integrante de las Fuerzas Armadas de Chile. He dicho.

--Tienes razón… -Pensativa y cómica:- Es raro, ¿no?

La conversación se encauzó de otra manera.

--¿A dónde vas? –inquirí.

--A comprar pan; ¿me acompañas?

--No, gracias; caminé mucho y no quiero estar de plantón una hora y media en la cola de la panadería.

Me miró extrañada.

--¡Vaya! Pero, ¿dónde estuviste estos días? Parece que estás atrasado de noticias: ignoras que se acabaron las colas.

Ahora fui yo quien la miró con aire de perplejidad.

--¿Qué decís?

--Lo que oyes: que se acabaron las colas… Para tu información, por ejemplo, al otro día del derrocamiento de Allende aparecieron toneladas y toneladas de harina, así es que ahora no hay necesidad de formar fila para conseguir pan, un pan blanquito, caliente (se me hacía agua la boca), como no lo veíamos hacía tiempo… Y así con todas las cosas.

Medité, asombradísimo con lo que escuchaba.

--¿Cómo es posible que haya aparecido todo de golpe?... Ya sé, no me lo digas: sencillamente por arte de magia, ¿no?

--En efecto, adivinaste.

Recordé, en ese momento, que estaba muy cansado por la reciente caminata.

--Bueno, te dejo, Mónica.

--Si, es mejor: estamos en estado de sitio, y no vaya a ser cosa que se piensen que somos sediciosos y nos lleven a Pisagua.

--¿A…?

--Pisagua.

Pausa.

--En fin. Después te veo.

--Chao. –Agregó, de lejos:- Y me alegra que no te haya sucedido nada.

Cuando llegué a casa encontré a mi padre haciéndose un baño de agua caliente y sal en los pies coloreados como jaibas, donde los zapatos habían dejado sus huellas.

Todo se encontraba tal cual lo dejara yo tres días atrás, es decir, en el más completo revoltijo: salvo la cama de mi padre todo estaba patas arriba, esperando que nosotros le diésemos una pequeña mano de orden y limpieza.

--¿Duelen? –pregunté al entrar.

--No mucho; con este baño caliente y las pantuflas se arregla enseguida. ¿Y vos?

--Por suerte llevaba zapatillas, que si no, estaría como vos, o peor todavía…

Decidimos arreglar un poco la pieza y después bañarnos y ponernos ropas limpias, placer del que habíamos estado privados parecía tanto tiempo.

Así pues, manos a la obra: una buena y completa barrida general, hacer mi cama, tirar a la basura el cartucho intacto de negro pan de cebada, recuerdo de un tiempo pasado, irrevocablemente pretérito, y como toque final, un lugar para cada cosa.

--¿Quién se baña primero?

--Bañáte vos –contestó mi padre.

Sonreí, goloso.

--En vista de tu insistencia…

Nadie puede imaginarse la deliciosa sensación que experimenta aquel que ha vivido tres días en un cerro, con la misma ropa sobrecargada de tierra, al bañarse y ponerse ropa interior impecable, camisa y pantalones igualmente pulcros y planchados (aunque no muy bien: dos hombres solos no se caracterizan por su habilidad en menesteres tales como lavar, coser o planchar), y al aplicarse -¿por qué no?- una gotita de perfume detrás de la oreja.

Lo cierto es que cuando estuve vestido me sentí un ser nuevo, otra vez en París tras haber recorrido las extensas llanuras del Sahara.

En contraste, mi padre todavía estaba sucio y desaliñado, barbado y con un mechón de pelo que caía rebelde sobre su frente, debido a la falta de brillantina.

Mientras él se bañaba encendí la radio y escuché las últimas noticias… Inserto en ellas, los radiodifusores repetían con insistencia que aquel día el toque de queda se extendería desde las cuatro de la tarde hasta las nueve de la mañana del día siguiente, o sea, ¡diecisiete horas de claustro obligado en nuestra habitación!

Sin duda alguna, algo terrible para quien, como yo, estaba acostumbrado a errabundear todo el día de la playa a la casa de un amigo, de ahí al departamento de Alba a tomar la merienda, luego a seguir recorriendo las calles que ya tanto me conocían, las playas otra vez, la extensa avenida Perú, el aire libre y marino, la libertad en su forma más primitiva y pura.

Papá entró en el cuarto con la toalla sobre los hombros.

--¡Qué me contás! Acabo de escuchar que el toque de queda hoy es desde las cuatro hasta mañana a las nueve.

--¿En serio? –preguntó.

--Recién lo dijo la radio.

--¡Qué cagada! ¿Qué hora es?

El reloj despertador se había detenido, falto de una mano amiga que le diera cuerda.

Sintonicé radio-reloj.

--Las tres menos cuarto… (Lo puse en hora.) ¿Qué vamos a comer?

Mi padre, apremiado por la situación, sólo vislumbró la misma salida que yo para la cena de aquel día de septiembre.

--Tomá. (Se desprendió de los últimos billetes que poseía y con timidez dijo:) Andá a comprar lo que puedas de pan y un paquetito de manteca. Café y azúcar tenemos, felizmente. Ojalá consigas el pan.

--Si, recién me explicaba Mónica que ahora no hay problemas para comprarlo.

--Entonces andá pronto, antes que cierren los negocios.

Salí a la calle a buscar el encargo, y me afectó pensar que no iría ese día a la playa –más aún, que ni siquiera podría asomar mis narices a la calle-, con tan hermoso sol resplandeciendo allá en lo alto.

¡Paciencia!, pensé. Tenía la esperanza de que aquello no duraría mucho.

La panadera, muchachita muy amiga mía, exclamó cuando entré en el negocio:

--¡Llegó el desaparecido! ¿Qué te pasó todos estos días que no se te veía por ningún lado?

--¡Sch! –bromeé-. Le estaba dando las instrucciones finales a un grupo de guerrilleros.

--No lo digas en voz alta, si no querés terminar en Pisagua.

--¡Y dale! Es la segunda vez que escucho hoy ese nombre. ¿Me querés decir de qué carajo se trata?

--¡Cómo! ¿No sabés?

--Sinceramente, no.

--Es un campo de concentración, en el norte, a donde son llevados los presos políticos.

Silencio.

Me debo haber quedado muy pensativo, porque la muchacha dijo al fin:

--Bueno; ¿qué vas a llevar?

Salí del local y caminé con lentitud la cuadra que me separaba del almacén. Por la calle circulaban continuamente vehículos cargados de militares o de carabineros que llevaban sus armas martilladas, previstos para cualquier ataque “contrarrevolucionario”.

Compré el paquete de manteca y cuando llegué a casa tomé la merienda con mi padre, devorando entre ambos uno de los dos kilos de pan que comprara, digerido con ayuda de un café caliente.

A las cuatro de la tarde me puse a leer; papá preparó todo, dispuesto a instrumentar un tema musical para su orquesta nocturna…, ignorando que nunca podría interpretarlo.

Fugazmente pasó por mí o duro que debería haber sido para Ana Frank dos años de encierro voluntario en un anexo de Ámsterdam, cuando a mí me resultaba tan cruel transcurrir apenas un día sin salir a la calle…

 

(2)

 

(Creo que fue después, al poder expresarme libremente por el hecho de reencontrarme en mi país, cuando lo poco que había podido presenciar, oír o –en una ínfima parte- experimentar durante esos cinco meses tomó en mí las dimensiones verdaderas que en su momento me había abstenido de darle.

Lo principal, la absurda maniobra que hasta después del once de septiembre no había sido visualizada como el gran movimiento de capitales que en realidad era, lo vi claro cuando, tras la caída de Allende, aparecieron de pronto todos los artículos de que el pueblo había estado privado por espacio de largo tiempo…

Azúcar, aceite, papel higiénico, medicamentos (hasta los más escurridizos) y todos los productos de primera necesidad, de segunda y de tercera, habían reaparecido en los estantes de los negocios de manera casi milagrosa.

El mismo pan por que el pueblo tanto sufriera, no conseguible por falta de harina con que hacerlo, ahora abundaba en todas sus variedades: camiones con acoplados repletos de bolsas de la más pura harina blanca bajaban diariamente por Agua Santa, provenientes de Santiago.

Sólo entonces quedó al desnudo la abominable maniobra contra el gobierno socialista y, peor que eso, contra el mismo pueblo, que había tenido que soportar miserias sin precedentes.

Pero esto, el acaparamiento inconsciente y repugnante, era sólo una faceta del gran movimiento capitalista cuyo gran objetivo había sido expulsar a Allende del poder.)

 

(3)

 

Al día siguiente me levanté a las siete y media, cosa natural si se tenía en cuenta que me había acostado once horas antes. Junto con mi padre pusimos orden y limpieza en la habitación, y después decidí visitar a Peggy, mi buena amiga del Cerro Forestal: como ya he dicho, ella pertenecía al Partido Comunista y me interesaba sobremanera que man tuviésemos una extensa charla.

Media hora más tarde del toque de queda salí a la calle y me dirigí a la parada de colectivos. La ciudad recién comenzaba a despertar de su letargo, a ponerse en movimiento nuevamente. En cuanto a mí, tuve que esperar aún media hora antes de que llegara el colectivo que iba a Cerro Forestal.

Llegué a la casa de la muchacha a las once menos cuarto. La construcción era la última de una serie dispuesta en forma irregular a los costados de una empinada calle de tierra.

Golpeé a la puerta, cansado por la ascensión para llegar hasta allí.

La madre de Peggy, señora bajita y rellena de unos cincuenta y tantos años, me hizo pasar, indicándome silencio.

Ya en el interior, pregunté:

--¿Duerme alguien?

--Si; Peggy.

--¡Qué haragana! ¡Son las once y todavía duerme!

--No es eso; lo que pasa es que se acostó muy tarde.

Entonces noté que la señora tenía cara de acontecimiento.

--¿Sucedió algo especial?

Pero no tuvo tiempo de responderme. El cuarto de la muchacha estaba a un costado de la habitación en donde me encontraba, así que no le fue difícil oírme, tras lo cual se levantó a verme.

Salió de su cuarto y confieso que su estado me impresionó: más delgada que en nuestro último encuentro y, sobre todo, muy ojerosa, parecía haber llorado mucho recientemente.

Vestía un camisón rosa y, sobre éste, un chaleco gris de lana.

Vino hacia mí, me abrazó y comenzó a sollozar en mi hombro.

No entendí. Su madre le acariciaba los cabellos e intentaba darle consuelo.

--Bueno, Peggy, bueno; ya pasó.

--Sea lo que sea, señora, déjela que se desahogue –aconsejé.

Pensé que la muerte de Allende, a quien tanto quería, no era, sin embargo, suficiente motivo para tal escena por parte de una personalidad férrea como la de mi amiga.

Por otra parte, en esos tres días ya tenía que haberse habituado a la idea.

Al fin comenzó a sosegarse. La senté ante la mesa y yo mismo me ubiqué frente a ella.

--¿Te traigo un té? –ofrecióle su madre.

Iba a negarse, pero yo tercié afirmativamente, aceptando también una tasa para mí.

La señora fue a la cocina.

--¿Mejor?

Peggy se enjugaba las últimas lágrimas con un pañuelo húmedo.

--Si, mejor… Perdóname la escena, Pachi, por favor, pero es que me sucedió hace algunas horas algo terrible…

--Pensé que llorabas por la muerte de Allende.

Me miró fijamente y en medio de un largo silencio, dijo:

--Si; pero hay algo más doloroso aún.

--Bueno, contáme, no me intrigués más.

Se hizo otra vez un silencio que no quise interrumpir.

La señora entró en la estancia con dos tasas de té que puso ante nosotros. “Tenía agua hervida, por eso la rapidez”, aclaró. Después se retiró de nuevo a la codina a preparar el almuerzo, dejándonos allí, solos, conversando.

--Y bien: te escucho.

Otra vez un corto silencio.

--Es breve –dijo con tristeza. Vaciló un momento. Por fin:- … Como bien sabes, pertenezco al Partido Comunista, y tampoco ignorarás, por otra parte, que Allende fue traído aquí, al cementerio de Santa Inés, para ser dejado en el mausoleo de la familia…

--Si. ¿Y?

--Entonces, el otro día decidimos ir a abrir el ataúd junto con otros muchachos y chicas del Partido, a fin de comprobar cómo lo mataron esos concha de su madre…

Tuvo un nuevo acceso de llanto, pero se sobrepuso y prosiguió.

--Entramos ayer al mediodía en Santa Inés, por separado, llevando escondidas linternas y herramientas, con mucho cuidado de no llamar la atención de los militares que custodiaban el cementerio.

--¿Cuántos eran ustedes?

--Quince, tal vez un poco más; no lo sé a ciencia cierta.

Peggy estaba dolorida y confusa.

--Seguí.

--Permanecimos allí hasta la noche… Cuando se hizo una densa obscuridad nos juntamos todos en un punto convenido de antemano, y más tarde, a eso de las cinco de la madrugada, nos dirigimos hacia el mausoleo de la familia Allende…

Habíamos olvidado las tasas de té. Urgí a mi amiga para que terminara el relato.

--Lo demás, es terrible…

Ante un nuevo y prolongado acceso de acongojado llanto llegué a su lado y le acaricié el rostro.

Cuando vi que estaba más serena quise escuchar el final del relato.

--vamos –dije-, sé valiente y llegá hasta el final.

Pausa. Por fin:

--… Abrimos la puerta del mausoleo y, ya adentro, entre todos pusimos el cajón de Allende en el suelo. Con mucho esfuerzo le quitamos la tapa, y lo que vimos a la luz de las lin…

No pudo continuar, presa de un ataque de nervios. La madre acudió a calmarla, cosa que conseguimos con mucha dificultad, al cabo de diez minutos.

--Andá a acostarte, Peggy; tenés que dormir.

Le di un beso en la mejilla y su madre la llevó a la cama, donde quedó sollozando.

Cuando la señora regresó fui con ella hasta la cocina y ahí mantuvimos una breve conversación.

Lo primero que quise saber fue el estado en que Peggy había visto el cadáver del presidente socialista… La imagen se formó en mi mente tan real que aún hoy no puedo apartarla de mí.

--estaba lleno de balas, amoratado y con el rostro ensangrentado. Le faltaban las cejas y los bigotes… Entre la comisura de los labios había un hilillo de sangre coagulada.

Mi impresión mayor la tuve, no obstante, cuando me reveló que el cuerpo ya estaba en avanzado estado de descomposición y que, previniéndolo, para contrarrestar su hediondez habían llevado un frasco de colonia con que empapar sus pañuelos, para aplicárselos en la nariz… Mas al ver aquel cuadro, el rostro amoratado, las innumerables horadaciones de los proyectiles, olvidaron inclusive aquel primitivo instinto de repulsión, dominados por una gran angustia y por un odio feroz hacia los autores de aquello.

Lo demás tampoco dejaba de ser terrible. El grupo fue descubierto por una patrulla de militares que merodeaba por los alrededores, los cuales se dirigieron al mausoleo al creer ver en él una luz.

Según mi amiga, al principio eran cuatro soldados; luego comenzaron a llegar otros tantos, no sabe de dónde.

Dispararon sin piedad contra los muchachos, que se dispersaron enseguida. Todos debían morir por lo que habían osado ver, el cadáver de Allende acribillado de balas, y así fue que la mayoría de los jóvenes cayeron bajo las ráfagas de las metrallas.

Pero algunos lograron escapar en medio de la obscuridad de la noche, internándose en el cementerio (que es un cerro, con las cruces blancas dispuestas escalonadamente) y pasando a los cerros vecinos, extenuados, lastimados, heridos en la mayoría de los casos.

Peggy era una de las pocas que habían tenido la suerte de huir ilesas, sino la única.

--Llegó a casa como a las nueve de la mañana –proseguía diciendo su madre-, sucia, cansada, y cuando le preguntamos de dónde venía sufrió un ataque de nervios…

La muchacha había engañado a todos diciendo que aquel día permanecería en casa de una amiga y luego pasaría la noche allí, a fin de poder realizar su excursión nocturna.

Confieso que en aquel momento sentí por Peggy más cariño que nunca y una inmensa admiración por su valor.

Se lo dije a la señora, mas ésta estaba llorando, ya vencida su rsistencia.

--¡Podían habérmela matado! –exclamaba.

--Pero no fue así –consolábala yo.

No podía, no obstante, dejar de pensar en todas esas chicas y muchachos que a tan temprana edad habían sucumbido a sus ideales, y más tristeza todavía me causaba el dolor que estaría sintiendo la familia de cada uno de ellos.

Aparté esos pensamientos de mí (o intenté hacerlo), cuando la señora me decía que Peggy tendría que ocultarse durante largo tiempo, ya que los militares iban a buscar a sus casas y se llevaban a todos los jóvenes afiliados al Partido Comunista.

--Y ¿dónde se ocultará? –quise saber.

--En la casa de uno de mis hermanos. Él es una persona influyente y de seguro no lo molestarán.

Pausa. Ya eran las doce y cuarto del mediodía y yo tenía que irme.

Así me dispuse a hacerlo, no sin antes decirme que no faltaría ocasión para conversar con Peggy sobre lo sucedido la noche anterior, cuando ya estuviera repuesta del shock emocional.

Ni siquiera remotamente pasó por mí la idea de que nunca se me presentaría oportunidad para ello: Peggy estaba embarazada, de manera que después de tres meses de ocultamiento se casó y se trasladó con su marido a la capital… La última vez que la vi fue, precisamente, rumbo a Santiago, no faltando mucho para el parto (a juzgar por la forma convexa de su vientre), en la parte trasera de una camioneta…

--Déle un gran beso a Peggy de mi parte, señora, y cuídela bien.

La mujer había dejado de llorar.

--Cómo no; y le agradezco que haya venido a verla.

--Adiós.

Salí de la casa todavía confuso y apenado por lo que había oído, y esta misma sensación me acomete cada vez que recuerdo aquel episodio.

 

(4)

 

(Mucho se especuló con la muerte de Allende. Lo cierto es que la versión oficial que sobre la misma dio a conocer la Junta Militar presidida por Pinochet no satisfizo al pueblo de Chile –mucho menos al mundo, por supuesto-, aún a aquellos que habían sido contrarios al régimen socialista.

Y es que, en verdad, adolecía de muchos y graves defectos que la volvían poco menos que ridícula…

Uno de los “detalles” que llamó poderosamente la atención popular fue la forma de “suicidio” empleada por la víctima… Y, tras mucho analizarla, se llegó a la conclusión de que, primero, aplicarse debajo de la barbilla la metralleta UKA que le regalara Fidel Castro (“A Salvador, de su compañero de armas…”) no resultaba la manera más cómoda de quitarse la vida ni, segundo, la más lógica, tratándose de un médico que al fin y al cabo era.

Se dieron a conocer a la opinión pública algunas fotografías en que podía apreciarse el sillón presidencial donde había sido encontrado Allende y, más arriba, en la pared, la mancha que dejara la masa encefálica al incrustarse allí por efectos de las balas, pero lo cierto es que todo esto no podía tomarse en cuenta como prueba fehaciente de veracidad.

Y un hecho significativo: que nadie, absolutamente nadie, ni siquiera los familiares, pudieron ver en ningún momento el cadáver del presidente…

Es verdad que se invitó a un grupo selecto de periodistas a que acudieran a verlo y tomarle fotografías antes de que fuera retirado de la derruida y humeante Moneda, pero la declaración oficial de este grupo fue más o menos ésta:

“Hemos tenido oportunidad de ver el cadáver del doctor Allende… Al menos suponemos que se trataba de él, pues con el cuerpo boca abajo, sobre el piso, y la habitación en penumbras no nos fue posible reconocerlo.”

Y acompañaban el texto con fotos que no mostraban más que una masa obscura y uniforme semejante a un cuerpo humano, sobre el piso de la sala, a la distancia que se les había impuesto como condición, no muy cerca, como se comprenderá.

Posteriormente, cuando el féretro fue trasladado en un avión de la Fuerza Aérea hasta Valparaíso, no se permitió que su mujer y una de sus hermanas, que viajaban con él, vieran el cadáver siquiera brevemente, ni tampoco después, en el trayecto al cementerio viñamarino o en el cementerio mismo, donde fue dejado en el más riguroso secreto.

Pero aún cabe agregar algo más: y es que, en vista del trágico episodio protagonizado por un grupo de jóvenes comunistas, quienes en la obscuridad de la noche habían asaltado la tumba familiar de los Allende y abierto el sencillo féretro del presidente, con tanto celo custodiado hasta entonces, se llevó a cabo un último y categórico acto de seguridad a fin de que el famoso cadáver no causara más dolores de cabeza al nuevo gobierno: se lo condujo hasta la base militar más próxima y, más tarde, desde un helicóptero fue arrojado varios kilómetros mar adentro, en un frustrado intento de sepultar la verdad…

Al respecto, ya podía la Junta estar tranquila.

Todos estos hechos dolorosos revelaron un alto grado de salvajismo y no pudieron por menos que indignar vivamente al pueblo, que en una ciudad reducida como Viña del Mar no podía dejar de estar al tanto de ellos.

Días más tarde de la revolución se realizó en La Habana, con fecha 28 de septiembre de 1973, un acto masivo de homenaje a Salvador Allende, en donde, de boca de Beatriz Allende Bussi y de Fidel Castro (a su vez basándose en testimonios recogidos de los sobrevivientes de la Moneda) se dio a conocer la verdad sobre la muerte del primero como así también algunos episodios de la sangrienta lucha que se libró en Santiago, y sólo entonces hubo testimonio racional a que atenerse, corroborado por los hechos aislados que eran de conocimiento público.

El relato de Fidel Castro es el siguiente:

“A las dos aproximadamente los fascistas logran ocupar un ángulo de la planta alta. El presidente estaba parapetado, junto a varios de sus compañeros, en una esquina del Salón Rojo. Avanzando hacia el punto de irrupción de los fascistas recibe un balazo en el estómago que lo hace inclinarse de dolor, pero no cesa de luchar; apoyándose en un sillón continúa disparando contra los fascistas a pocos metros de distancia, hasta que un segundo impacto lo derriba y ya moribundo es acribillado a balazos.”

Y era esto último lo que había pretendido ocultarse, lo mismo que Peggy había podido ver con sus propios ojos: que el cuerpo de Allende fue acribillado aún después de muerto y presentaba más de setenta heridas de bala…

Posteriormente los voceros de la Junta Militar Chilena llevaron a cabo un vasto programa de difamación, llegando a afirmar que el presidente había ingerido una fuerte cantidad de whisky cuando fue encontrado, señal de un alto grado de ebriedad en que se había sumergido para afrontar la lucha con valor…

¡Valor!

Es evidente que no le faltaba valor a un hombre cuyas últimas y emocionadas palabras a su pueblo habían sido:

“Éstas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano… Tengo la certeza que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”)

 

(5)

 

Las clases estuvieron suspendidas casi dos semanas, y como lo más prudente era que cada cual permaneciera en su hogar tuve tiempo de leer a mi antojo libros de la Editorial Quimantú (apoyo ideológico del gobierno anterior) que había comprado pocos días antes de la revolución, y de releer asimismo aquellos que me habían impactado en su momento.

La situación por que atravesábamos mi padre y yo era francamente ingrata: por suerte la dueña de nuestra pensión nos daba la comida a pesar de que por el momento no disponíamos de dinero con que pagarle; de no haber convenido así no sé qué hubiera sido de nosotros… Debido al toque de queda mi padre había quedado sin trabajo, y en días tan calamitosos y convulsionados que sufría el país no vislumbraba posibilidades inmediatas de ejercer su profesión musical.

Si bien debo aclarar que, felizmente, luego de casi veinte días de inactividad y desesperada pujanza por lograr trabajo, la suerte favoreció a mi padre y pudo ubicarse como organista en un salón bailable de Viña del Mar.

El país era estremecido con frecuencia por ataques contrarrevolucionarios… Por las noches, cuando nos acostábamos y ya todo estaba silencioso, oíamos de pronto espasmódicas detonaciones de bombas o conciertos interminables de balazos que se resolvían, media hora más tarde, en el mismo silencio precedente y dejaban en nosotros una vaga inquietud.

Esto ocurría a cualquier hora de la madrugada y a veces tan cerca que nos levantábamos y nos poníamos los pantalones, previniendo quién sabe qué…

Pero a pesar de tanta agitación la situación era aburridísima para mí, muchacho inquieto obligado ahora a permanecer todo el día encerrado en su cuarto, saliendo sólo para ir a almorzar a la casa grande, y volver inmediatamente…

Deseaba, al menos, que las clases se reanudaran cuanto antes.

Un día, durante el almuerzo,  Carlos y Mónica, los hijos del militar, me invitaron para esa tarde a escuchar discos con ellos.

Acepté, y a eso de las tres fui a la casa grande, subí la escalera y golpeé la puerta de su cuarto.

La abrió Carlos. Pero al punto noté que su humor había sufrido un vuelco categórico, en la expresión seria de su rostro cuando me saludó y me invitó a pasar.

Los tres éramos muy buenos amigos. Pregunté, mientras cerraba la puerta detrás mío:

--¿Por qué esa cara? ¿Pasa algo?

Hizo un gesto indefinido pero no articuló palabra.

Miré a Mónica, que estaba sentada en la cama.

--¿Qué le pasa a tu hermano, che?

Me miró, también seriamente.

--Ha sucedido una desgracia; se trata de nuestro amigo Jano…

Alejandro era un amigo común a quien mucho queríamos.

--¿Qué pasa? –indagué, alarmado.

--Vino su madre llorando a decirnos que los militares fueron a su casa, revolvieron todo a su antojo y después se llevaron a su hijo por la fuerza.

Recordé lo que me había dicho la madre de Peggy sobre los muchachos afiliados al Partido Comunista y caí en la cuenta de que Alejandro (nuestro amigo Jano) se encontraba en esta situación.

Medité un momento.

--¿Por la fuerza, decís?

--Si; quiso resistirse y le pegaron… Como la señora sabe que papá es militar vino a suplicarnos si podía hacer algo por él, porque teme no volver a verlo nunca.

--¿Y tu papá qué dijo?

--Lo llamamos con urgencia y ahora estamos esperándolo desde hace una hora.

Pausa.

No era ya necesario que me dijeran más. Mordiéndome un ángulo del labio inferior (gesto inconsciente en mí cuando me preocupa algo) me senté junto a la muchacha y esperé también impacientemente la llegada de su padre, sumergido en un denso silencio en donde los tres, sin embargo, comulgábamos en el mismo pensamiento: el destino de Jano en caso de que nada pudiera hacerse para prestarle ayuda.

Carlos, en un rincón, leía un grueso volumen; mas era notorio que recorría las líneas sin asimilar de ellas lo más mínimo, puesta su mente en algún sitio muy distante.

Mónica, a mi lado, se comía las uñas.

--No seas asquerosa, che –la reconvine, como para decir algo.

Sonrió sin ganas y observó la hora en el reloj que estaba sobre la mesita de noche.

--Cómo tarde mi viejo –exclamó.

--La verdad que si. Si hace más de una hora que lo llamaron ya tendría que estar acá.

--¿Qué hora es, Moni? –preguntó Carlos.

--Las tres y media.

-Ya debe estar por llegar; hay que pensar que no puede salir del cuartel así nomás, como Pancho por su casa.

Oímos entonces, en medio del silencio que reinaba en la casa a esa hora de la tarde, las campanitas de la puerta de calle al abrirse ésta y, después, pasos presurosos que subían las escaleras de dos en dos peldaños.

--Papá –exclamaron los hermanos al mismo tiempo que los tres abríamos la puerta de la habitación y franqueábamos el paso al militar.

Éste besó a sus hijos, me saludó a mí descuidadamente y preguntó:

--¿Qué pasa?

Ni siquiera se había vestido de civil; traía su uniforme de cabo, y en ese momento disocié este uniforme y la persona que lo llevaba puesto: en efecto, no alcanzaba a comprender el hecho de que un ser tan bondadoso como el padre de Mónica consintiera en vestir aquellas ropas, símbolo de algo tan cruel y salvaje como lo era para mí la Fuerza Armada que había derrocado a Salvador Allende y consumado tantos actos inhumanos de violencia y represión.

--Se trata de nuestro amigo Jano; tú lo conoces…

Carlos no sabía cómo explicar a su padre lo que había sucedido y lo que de él esperábamos.

Tras relatarle breve y nerviosamente los acontecimientos, a partir de la visita de la madre de Alejandro, dijo:

--Los tres lo queremos mucho y lo que te pedimos, papá, es que hagas todo lo que puedas por él.

El hombre reflexionó un momento mientras su rostro pareció adoptar una expresión espontánea de tristeza, quizá sintiéndose culpable, en alguna medida, de nuestra pena y preocupación…

--Está bien –reaccionó-, prometo hacer todo lo que me sea posible… ¿No saben a dónde fue llevado el muchacho?

--Ni siquiera su madre lo sabe.

Pausa.

--No importa, ya lo averiguaré… Y ahora regreso enseguida al cuartel; no bien tenga alguna novedad, los llamo.

Besó a sus hijos, se despidió de mí y comenzó a bajar las escaleras de prisa.

Los hermanos y yo nos apoyamos en la barandilla del primer piso y lo observamos.

--¿Cómo viniste? –preguntó Mónica.

El militar dirigió sus ojos hacia arriba, se detuvo un instante y respondió:

--Me trajo una camioneta del cuartel. No quiero hacerla esperar. Chao.

Y se fue.

Aún no se había disipado en el silencio de la tarde el sonido de la campanita de la puerta de calle, al cerrarse ésta, cuando Mónica exclamó preocupada:

--¡Dios quiera que pueda hacer algo!

--Confío en que si –afirmó su hermano.

En el fondo, si bien alimentábamos una muy remota esperanza, los tres pensábamos cuán difícil sería arrancar de las garras de los militares una de sus víctimas…

Carlos y Mónica regresaron a su habitación, a sumergirse en el mismo silencio de antes, ahora a la espera ansiosa de que sonara el teléfono en la planta baja.

Yo me despedí pidiéndoles que me comunicaran cualquier novedad, habiendo decidido ir a sumergirme en mi propio silencio.

 

(6)

 

Mi padre, en aquellos días de enervante inactividad, se encontraba en nuestra pieza como en una jaula: caminaba, fumaba, ya comenzaba a instrumentar algo para desistir al poco rato, ya iniciaba la lectura de uno de mis libros, cuya temática no le interesaba en lo más mínimo, y desertaba a las primeras páginas…

Esa tarde, cuando volví, me dijo:

--¡Epa, qué cara! ¿Qué pasó? ¿No te gustaron los discos?

--No…

Carecía en absoluto de ganas de explicarle lo que había pasado.

--¿Qué vas a hacer?

Tampoco tenía deseos de hacer nada.

--No sé…

--Te vendría bien estudiar un poco, que cuando vuelvas al colegio vas a ser un burro.

--Si, creo que es lo mejor.

Me tendí en la cama y pretendí estudiar francés.

Papá encontró una revista “Batman” por ahí y, sentado en su cama, la leía sin entusiasmo, aspirando a intervalos regulares largas bocanadas de su cigarrillo.

En cuanto a mí, no entendía nada del texto que tenía delante. Leí más de cinco veces la frase “… C´est ne pas Monsieur Lafitte…”, pero no lograba captar su contenido.

Enojado, cerré el libro y lo dejé sobre mi mesita de noche.

Mi padre me observó.

--¿Ya estudiaste?

--No puedo; me duele la cabeza y no entiendo nada de lo que leo.

--¿Querés una aspirina?

--No; enseguida se me va.

Cerré los ojos y traté de no pensar en nada…

Por lo general, me sucede que cuando mayores son mis esfuerzos por imaginar claramente el rostro de alguna persona, más difusamente se me presenta, como si estuviera viéndolo a través de una neblina interrumpida aquí y allá y en movimiento constante…

Ahora, sin embargo, no lograba apartar de mí el rostro de Jano, a quien no veía desde algunas semanas antes, más patente que nunca, siempre ahí, pertinaz, mientras pensaba por qué situaciones estaría pasando en ese preciso instante…

Y como él (de esto fui tomando conciencia posterior) tantos, tantos otros…