Capítulo I.

 

(1)

 

Circunstancias especiales nos habían llevado a mi padre y a mí a vivir solos en un pequeño cuarto que alquilábamos en una casa de pensión, lejos de nuestra patria, de donde habíamos salido cinco años antes.

Mi padre es músico; por aquel entonces trabajaba en un local nocturno que quedaba a unas pocas cuadras de nuestro alojamiento, en un horario comprendido entre las once de la noche y las cinco de la madrugada, sucediéndose en intervalos de media hora su orquesta y la de otro director.

Nada, durante esos cinco años, había alterado el curso normal de nuestras vidas (a excepción del gran terremoto de 1971, claro): Viña del Mar, ciudad costera situada a 130 kilómetros de Santiago de Chile, es un tranquilo y reposado lugar turístico, unido a otra ciudad semejante, Valparaíso, por una hermosa y breve carretera que bordea la costa del Pacífico y que puede recorrerse apenas en diez minutos.

El lunes diez del mes de septiembre de 1973, víspera del derrocamiento del presidente Allende, la ciudad se encontraba sumida en su calma habitual, ningún factor indicaba lo que en pocas horas más habría de suceder.

Mi padre se despidió de mí un rato antes de las once de la noche y, como de ordinario, salió rumbo a su trabajo llevando a su derecha el bandoneón, su pesado instrumento. En cuanto a mí, me acosté y me dispuse a escuchar música de la radio hasta tarde, pensando que al otro día no tendría que madrugar, ya que no habría clases: frente al hambre, a la carencia de alimentos y artículos de primera necesidad que el gobierno había impuesto al país, los estudiantes de enseñanza secundaria realizarían al día siguiente un paro de protesta por cuarenta y ocho horas, seguido de una manifestación en el parque Italia de Valparaíso (la “Plaza del Pueblo”), al promediar la tarde. A esta última, en mi calidad de extranjero y de muchacho poco afecto a la política, no asistiría.

Tal es, pues, que apagué las luces de la habitación y, sumido en la penumbra de que tan gustador era, dejé que la música invadiera el ambiente.

La habitación contigua era ocupada por un joven matrimonio; en aquel momento oí que abrían la puerta de calle y entraban conversando.

Seguí escuchando música.

A decir verdad, la casa era pequeña. Sus ocupantes, en consecuencia, eran pocos, la dueña, inclusive, no vivía allí: en la pieza más grande, con ventanas al exterior, un matrimonio de maestros, ambos muy buenos y comedidos: don Ángel y la señora Elisa.

A continuación el otro matrimonio que acababa de entrar, dos personas jóvenes con quienes mi trato era intenso: Julio y Daly.

Luego mi habitación, y en la cuarta y última otro matrimonio llegado hacía poco, del que ni siquiera conocía sus nombres.

Julio y Daly fueron los últimos en entrar. Cerraron la puerta y la antepuerta con llave, y más tarde reinaba la obscuridad en toda la casa.

Apagué mi radio y sentí que un leve sopor iba robándome la consciencia, hasta que me hube quedado dormido profundamente.

 

 

(2)

 

--¡Pachi, Pachi!

Me sentí remecido fuertemente por un hombro, a fin de despertarme.

Alcé la cabeza, abrí como pude los párpados y, aún en estado de somnolencia, pude ver junto a mi lecho a Daly con expresión de alarma, que, sin quitar su mano de mi hombro, decía:

--¡Rápido, Pachi, levántate que parece que va a haber un golpe de estado!

--¡Hola, Daly!

Ella me remeció ahora con más fuerza, nerviosamente.

Su insistencia logró molestarme. Mediante un supremo esfuerzo de voluntad me senté en la cama, y, frotándome los ojos, pregunté:

--Hola. ¿Qué hora es?

--Son las diez de la mañana.

Pausa.

Me desperecé, sin comprender aún lo que estaba sucediendo. Noté, recién entonces, la alarmada expresión de la muchacha e inquirí:

--¿Qué pasa?

--Parece que los militares quieren derrocar a Allende. Perdóname que me haya permitido entrar así en tu cuarto, pero sabía que estabas solo, durmiendo, y por eso te vine a despertar: para que vayas a comprar pan, porque después quizá no habrá por varios días. Vamos, apúrate; en la panadería hay una cola tremenda y vas a tardar bastante.

--¿Derrocar a Allende, dijiste?

--Si. Las Fuerzas Armadas pidieron a la población que se aprovisionara bien de alimentos y que permaneciera refugiada en sus casas.

--Supongo que no será una broma tuya, ¿no?

--No, ¡cómo se te ocurre! Y ahora levántate y ve a comprar pan.

Miré el lecho intacto de mi padre, señal de que no había regresado esa mañana de su trabajo nocturno.

--¿Viste a mi padre?

--No, no lo vi.

Medité un momento sobre la situación.

Ella se dirigió a la puerta para irse.

--Daly –la detuve-, ¿y Allende?

--Habló por radio dos veces, diciendo que nada lo sacaría de La Moneda. Luego los militares prohibieron a las radios transmitir sus mensajes, bajo amenaza de bombardearlas.

--¡Pobre! –exclamé.

--Bueno; levántate y anda. Chao.

--Chao, Daly. Y gracias.

La muchacha se fue a su habitación, permaneciendo ella y Julio pendientes de la radio, a la espera de información sobre lo que ocurría en la capital.

Yo me levanté apresuradamente, preocupado por el hecho de que mi padre no hubiera llegado aún de su trabajo, a hora tan avanzada de la mañana. Me desasosegaba el pensamiento de que, dada la situación especial por la que atravesaba el país, pudiera haberle sucedido algo.

Me lavé la cara con mucho agua fría, despabilándome del todo. En el pasillo de la casa me crucé con don Ángel.

--¿Te enteraste de lo que está pasando? –me preguntó.

--Si; por suerte Daly me despertó y me lo dijo, porque si hubiera sido por mí, habría dormido hasta las doce.

--Bien. Anda a comprar pan porque después no habrá por varios días. Y apúrate, pues en la panadería hay una cola larguísima: yo tardé más de una hora en llegar a conseguir un mísero kilo de pan.

--Si. Eso iba a hacer. Hasta luego.

--Hasta luego.

Cuando salí vi que casi todo el vecindario estaba en la calle, mirando pasar a las patrullas militares y de carabineros encargadas de mantener el orden y la calma en la población.

Había quedado estrictamente prohibido que la gente abandonara su manzana, más aún, que saliera de su cuadra, luego de haberse aprovisionado bien para algunos días, previniendo una situación extrema.

Me dirigí hacia la panadería, que quedaba en la otra cuadra, y desde lejos pude ver la extensa hilera de gente que salía de la misma, doblaba la esquina y recorría otra media cuadra más.

En ella estuve algo más de una hora y media, avanzando con lentitud a medida que los que estaban al principio iban siendo despachados. La dificultad para conseguir pan radicaba en la falta de harina con que hacerlo. Por otra parte, el poco que se podía conseguir estaba hecho con harina de cebada, de muy inferiores condiciones, era un pan negrusco que, no obstante, había que aceptar a falta de otra cosa mejor.

Cuando volví a la pensión era poco más de las once y media de la mañana. Mi padre no había regresado todavía.

Alguien, mientras hacía la cola para el pan, había estado escuchando su radio portátil y así pudimos informarnos sobre los últimos acontecimientos ocurridos en Santiago.

Allí, las Fuerzas Armadas y de Carabineros habían lanzado un ultimátum a Allende, conminándolo a la rendición antes de las once de la mañana, hora en que, de no ser así, sería bombardeada La Moneda por la Fuerza Aérea.

Sin embargo, a las once y media el presidente todavía se encontraba en su lugar y el bombardeo no había comenzado; se supo que se había extendido el plazo fijado originalmente para que diversas personas pudieran abandonar la casa presidencial, entre ellas las propias hijas de Allende.

Al igual que todo el vecindario (luego de haber dejado en mi habitación el cartucho de papel con el negrusco pan que había logrado conseguir), me senté en el umbral de la puerta de calle con Julio, observando el paso de las patrullas.

Por otra parte, esperaba la llegada de mi padre, presa, cada vez, de mayor inquietud por su tardanza.

--Allende todavía está en La Moneda; ojalá que lo maten, porque él está matando de hambre al país. ¡Ya ves que no tenemos ni pan!

En efecto, el propio Allende había anunciado pocos días antes que ya sólo quedaba harina para abastecer de pan a la población por tres días más, y luego…, podía esperarse cualquier cosa.

Lo que no se dijo fue su veredicto de que toda la harina de los molinos chilenos estaba acaparada en las bodegas de la oposición, que sembraba, de esa manera, el descontento en la gente.

Ante la observación de Julio preferí quedarme callado. Momentos de expectativa como aquellos no eran apropiados para polemizar.

Largo rato permanecí con Julio sentado en el umbral de la puerta, hasta que poco más tarde de las doce y media Daly apareció allá arriba, hacia el final de la escalera, llamándonos urgentemente. Salvamos de dos en dos los escalones y cuando llegamos junto a la muchacha la vimos escuchando la radio atentamente. Prestamos atención a las informaciones que ésta estaba dando sobre la situación en la capital, enterándonos así de un recrudecimiento en la lucha entre las fuerzas revolucionarias y los defensores apostados en la Casa de la Moneda.

--Les queda poco por resistirse; pronto los sacarán de allí –comentaron mis dos jóvenes vecinos.

Yo me quedé callado y, sin decir palabra, me retiré a mi habitación…

 

(3)

 

Diariamente mi padre y yo comíamos en la casa donde vivía la dueña de nuestra pensión, una casa más grande que esta y con muchos más huéspedes. Allí, en un amplio comedor con varias mesas dispuestas en forma regular, era servido el almuerzo y la cena a la una de la tarde y a las ocho de la noche, respectivamente, en punto.

Justamente a la una de la tarde del martes once de septiembre una de las mucamas golpeó la puerta de mi habitación para anunciarme que en la otra casa el almuerzo estaba servido.

Le agradecí, diciéndole que iría enseguida.

Salí a la calle (ya no habían tantos curiosos observando el despliegue militar, que también había amenguado), caminé media cuadra, doblé la esquina y estuve en la otra casa.

En el comedor, mientras ingería los alimentos que me habían sido servidos (debido a la escasez nacional, poco variados: pescado y legumbres), me dediqué a la tarea de observar a los demás comensales y atender a sus conversaciones sobre los últimos acontecimientos que tuvieran lugar en el país.

Los huéspedes que comían allí eran bastantes: un matrimonio de ancianos, otro matrimonio más, una serie de estudiantes y un militar con su mujer y sus hijos.

(De la conversación sostenida por estos últimos pude enterarme de que el jefe de la familia estaba acuartelado en su unidad militar.)

Era extraño, pero pude notar que todos los que tanto habían deseado la caída de Allende –seguramente engañados por la carencia de alimentos y el mercado negro fomentado por la oposición-, ahora que se estaba concretando la misma (si bien la lucha no se había inclinado todavía a favor de la revolución) no dejaban entrever mucho optimismo que pudiera decirse, más aún, lamentaban profundamente la posibilidad de un gobierno militar.

Alguien comentó:

 --Yo hubiera querido que dejara el poder de otra manera, no a costa de vidas humanas.

Ignoro si estas exclamaciones eran sinceras o no, pero a pesar de que siempre me he caracterizado por mi sangre fría, por mi indiferencia hacia todo cuanto ocurría a mi alrededor, ya sea que me afectara o no directamente, ahora, al escuchar estas palabras en boca de aquellos que hasta no hacía mucho pensaban y se manifestaban de manera tan distinta, no dejaba de sublevarse mi espíritu adolescente.

De igual forma, no pasaron inadvertidas para mí miradas un tanto recelosas de la mayoría de los comensales hacia la familia del militar que alojaba allí, sin duda alguna motivadas por su mera calidad de integrante de las Fuerzas Armadas, que instintivamente asociarían con la caída del doctor Allende. Y esto no dejaba de resultarme molesto también, ya que simpatizaba mucho con los hijos de aquél, una muchacha y un joven muy agradables, ambos estudiantes como yo.

En ese momento la dueña de la casa entró en el comedor.

--Buenas tardes; provecho –dijo.

Le agradecimos todos. Ella se allegó hasta mi mesa para preguntarme por mi padre, porque no había ido a almorzar conmigo.

--Estoy muy preocupado, doña Pilar. Desde anoche que fue a su trabajo no ha regresado. Sinceramente, no sé qué pensar.

La buena señora, mujer bonachona y sencilla, evidenció síntomas de compartir mi preocupación, mas intentó tranquilizarme.

--No se preocupe. Nada malo puede haberle sucedido… Se habrá quedado por ahí.

--¿Por ahí?

--Es lo más posible, m´hijito. ¡En fin! Cualquier cosa que necesite, dígamelo, ¿ah?

--Cómo no. Gracias, señora.

Y se retiró.

No pasaron dos minutos cuando oí que sonaba el timbre. Abrieron la puerta y al instante una mucama entró en el comedor y se me acercó para decirme que una señorita me buscaba.

Extrañado, pensando en quién sería esa señorita, interrumpí mi almuerzo y salí a la calle.

La chica estaba de espaldas.

--¿Si?

Cuando se volvió pude ver que era Iris. Se trataba de la hija de un compañero de trabajo de mi padre, que venía vestida con ropas viejas y zapatillas, y parecía bastante cansada.

--¡Uf! No sabes lo que anduve para poder llegar hasta aquí. ¿Estabas almorzando?

--Si; ya terminaba… ¿Sucede algo?

--No te asustes, no pasa nada. Sólo que anoche mi papá y el tuyo, cuando salieron del trabajo, decidieron ir a charlar un rato a mi casa, que como sabes queda en el cerro. Después, te imaginarás: se entretuvieron más de la cuenta y cuando tu papá quiso bajar ya había comenzado todo este lío y no lo consiguió: no sé si te enteraste de que las patrullas militares no permiten que la gente de los cerros venga a la parte baja de la ciudad. Así es que tu papá tuvo que quedarse en mi casa, y ahora está allí.

--¿Está bien?

--Si. Me pidió por favor que te viniera a buscar… Tuve que bajar el cerro por las quebradas para esconderme de las patrullas que recorren los caminos, y de milagro llegué hasta aquí. Ahora tenemos que regresar juntos.

--¿Cómo? ¿Y si nos agarran?

--Habrá que hacer como hice para venir: andar rápido y tratando de no ser visto por los militares.

Vacilé.

La puerta de la casa había quedado entreabierta a mis espaldas. La cerré con cuidado y, sin avisar nada a nadie, dije decididamente:

--Está bien. Vamos.

E iniciamos la marcha con prontitud.

 

(4)

 

Aquel día el sol abrasaba. Luego de haber caminado apenas unas cuadras ya tenía la camisa adherida al cuerpo a fuerza de transpiración.

Caminábamos rápidamente, sin hablar, mirando hacia todos lados y temiendo ser descubiertos en cualquier momento por una patrulla que doblara una esquina.

Las calles estaban desiertas. La gente se había refugiado en sus casas, y a pesar del intenso calor que hacía estaban cerradas todas las puertas y ventanas.

A mí, aquella caminata, prácticamente una huída, me parecía fascinante, si bien no dejaba de comprender el dilatado margen de riesgo que encerraba.

Anduvimos una media hora hasta haber salido parcialmente del perímetro de la parte baja de la ciudad. En las últimas calles, de transición entre éstas y los primeros faldeos cerriles, vimos a lo lejos –como a unas dos o tres cuadras de distancia- un vehículo militar que lentamente avanzaba en dirección hacia nosotros.

No supimos qué hacer. Mi primera intención fue echarme a correr, pero Iris me dijo

--Ven acá.

y tocó el timbre de la casa que teníamos más cercana.

Salió un anciano de aspecto bonachón a atendernos. Sin más ni más entramos en el jardín y le dijimos nerviosamente:

--Por favor, señor: nos dirigimos a nuestra casa, en cerro Miraflores, pero allá viene una patrulla militar y si nos ve seguramente nos llevará. ¿Nos permitiría pasar hasta que se aleje?

Fue instantánea la reacción del anciano haciéndonos pasar, y ¡menos mal!, porque ya la patrulla entraba en la cuadra.

Dentro de la casa, espiamos hacia fuera por las junturas de una persiana, viendo cómo el vehículo militar pasaba despacioso y seguía de largo por la calle.

Respiramos. El anciano y su mujer, señora también con aspecto sereno que se había reunido con su marido y que ya conocía la situación, preguntaron:

--¿Y?

--Por suerte, pasaron de largo –respondimos.

--¡Menos mal, hijos!

El matrimonio nos invitó a sentarnos en un cómodo sillón y a descansar un rato. Así lo hicimos. Finalmente:

--Bueno; ¿podemos pedir un último favor antes de irnos, si no es mucha molestia? –inquirimos.

--Cómo no; digan.

--Nos gustaría beber agua, mucho agua.

--La mujer se dirigió enseguida a la cocina, a traer el encargo de Iris. Encargo bastante acertado, pues luego de haber caminado más de media hora bajo el ardiente sol de aquel día estábamos comenzando a deshidratarnos.

Cuando regresó trajo sobre una bandeja una jarra con abundante agua fresca y dos vasos.

Bebimos hasta saciar totalmente nuestra sed.

El matrimonio nos dijo:

--Nos parece arriesgado que dos personas jóvenes como ustedes anden solos por las calles con este estado de cosas… ¿Por qué no se quedan aquí?

Aquel gesto de los ancianos nos enterneció. Pero nos era imposible aceptar el ofrecimiento, si bien habría sido lo más acertado, pues si hasta ahí habíamos tenido suerte todavía faltaba mucho para llegar a la casa de Iris.

-Lamentablemente no podemos –dije-; nuestra familia nos espera, e imagínense lo preocupados que deberán estar por nosotros.

--¿No tienen teléfono?

--No.

--Vaya, qué lástima. Bueno, siendo así lo comprendemos y no nos queda más que desearles mucha suerte… Y suponemos que más adelante, cuando todo esto haya quedado atrás, vendrán a visitarnos algún día, ¿no es así?

Nos dirigíamos a la puerta.

--Cómo no. Les prometemos que pronto los vendremos a ver… Hasta entonces.

Y con esta promesa entre los labios dejamos a los ancianos abrazado en el umbral de la puerta, ante el jardín, viendo cómo nosotros nos alejábamos por la desierta calle.

 

***

 

Seguimos caminando, otra vez bajo el ardiente sol que se vertía sobre nosotros y con los nervios tensos, dirigiendo la mirada alternativamente hacia uno y otro lado, temerosos de ser descubiertos en cualquier instante.

Pero no. Al menos por el momento –y aparentemente- la calle estaba desierta, era como si fuésemos los únicos habitantes, los únicos seres vivos en toda la ciudad.

Esa era la sensación que experimentábamos.

Anduvimos ininterrumpidamente durante otra media hora por un complejo de callejuelas y pasajes entre los que –felizmente- Iris sabía manejarse bastante bien, y alcanzamos por fin la esquina final de la parte baja de la ciudad; doblándola, llegaríamos a la angosta y empinada calle de las Rejas, por la cual podríamos ascender el cerro Miraflores.

Una vez allí todo sería más fácil, ya que un cerro siempre ofrece más lugares y recovecos donde ocultarse en caso de emergencia como ésta.

Antes de doblar aquella esquina, iris actuó con precaución. Me advirtió:

--Espera, no sigas. Cuando yo bajé hace un rato no pude hacerlo por aquí porque había una patrulla militar cerrando el paso… Vamos a ver si sigue ahí.

El largo cabello negro y ondulado que le abultaba la cabeza caía libremente sobre los hombros de la muchacha; ella lo tomó y sujetándolo detrás de la nuca con una mano, espió con cautela hacia donde comenzaba la subida del cerro.

Hizo un gesto de preocupación y retrocedió.

--¿Y bien?

Me miró.

--Observa con cuidado y retrocede enseguida.

Así lo hice.

Allá, aproximadamente a unos trescientos metros de distancia, pude ver dos camiones militares atravesados en la calle y rodeados de una veintena de soldados que custodiaban el lugar.

Confieso que sentí miedo. No podíamos volver a mi casa y, por otra parte, de igual forma nos era imposible subir para llegar a la casa de Iris, en donde nos estaban esperando.

--¿Qué haremos ahora? –pregunté.

Ella notó mi temor a juzgar por la expresión que habrá adquirido mi rostro en aquellos momentos, y quiso tranquilizarme.

--No te preocupes; yo conozco otra subida, por las quebradas del cerro… Vamos.

Nuevamente caminamos, esta vez desandando el trayecto hecho poco antes hasta doblar una esquina y tomar un camino desconocido para mí.

En realidad, ignoraba completamente hacia dónde me conducía la muchacha; mas, en aquellos instantes (cosa natural en los momentos difíciles de nuestra vida), érame de gran alivio el simple saber que no me encontraba solo.

El camino propuesto por ella no era de lo más agradable; mas en nuestra situación no se nos ocurrió pensar, lógicamente, en lo duro que sería llegar a nuestro destino ascendiendo por aquellas quebradas prácticamente cortadas a pique.

Comenzamos la difícil ascensión, asiéndonos de los árboles que se sucedían con exuberante frecuencia y que, por otra parte, nos salvaguardaban de ser descubiertos.

Y así seguimos un buen rato, hasta que al fin, extenuada, la muchacha se sentó, apoyándose en un árbol, y pidió:

--Detengámonos aquí, por favor; te juro que no puedo más.

Me acomodé también como ella, no muy lejos de su lugar, y permanecimos así, sin hablar, por espacio de unos diez minutos.

Todo era silencio, silencio, y el viento que (ya a esa altura) agitaba las copas de los árboles.

Cuando retomamos el camino ya nos faltaba poco para llegar a la casa de Iris. Agotados, tropezando y cayendo en algunos casos, continuamos sin detenernos a tomar aliento: pesaba más nuestro deseo de llegar que el gran cansancio de que éramos presa.

En una especie de plataforma de tierra nos detuvimos un momento. Abajo, la quebrada, en su mayor parte oculta bajo el verde de los árboles frondosos. Arriba, el camino que nos faltaba recorrer.

Posé mi mirada en Iris por primera vez: los pantalones que alguna vez habían sido de un primoroso celeste ahora habían adquirido el color de la tierra que los cubría, de igual forma su blusa, sus zapatillas, y hasta la piel de sus brazos y sus manos.

Y yo… Mi estado era, francamente, desastroso.

Al fin vislumbramos a lo lejos un recodo de la calle de las Rejas y allá, al otro lado, una serie de casas amontonadas.

Nos dirigíamos hacia una de estas últimas, hacia una casa de madera, baja, con techo de latas, pintada azul.

Llegamos a la calle, la cruzamos y, diez minutos más tarde, golpeábamos con ansiedad a la puerta de la casa de Iris.

Abrieron rápidamente. El jefe de la familia abrazó a su hija, mientras mi padre, arrojando el cigarrillo que estaba fumando a fin de sosegar sus excitados nervios, me atrajo hacia sí y me estrechó con fuerzas contra su pecho.

 

(5)

 

(Cinco de la tarde.

Después de haber descansado un momento y de referir a todos nuestra aventura, Iris y yo nos hemos sentado a la mesa; su madre nos ha servido un abundante plato de porotos que comimos con mucho apetito.

A todo esto, ya nos hemos enterado de la muerte del presidente Allende y de la asunción al mando de una Junta Militar, y esto nos ha causado inmenso dolor.

Mi padre, en un rincón de la pequeña cocina, fuma; seguramente piensa en la manera de bajar el cerro y llegar a nuestra pensión, evitando, así, seguir ocasionando molestias a los dueños de casa.

Pero esto, al menos por el momento, cuando los militares andan por todas partes en búsqueda desesperada de activistas comunistas, es prácticamente imposible.

Hace calor, mucho calor. El sol ardiente que cae como una dorada lluvia calienta el techo de chapa de la casa, tornando insoportable la temperatura de la habitación.

Terminamos de comer. Iris decide ir a dormir la siesta; su madre también.

El jefe de la familia ya se ha retirado con el mismo propósito.

Mi padre y yo hemos quedado solos en la cocina.

--Parece que la hora de la siesta es sagrada para ellos –observo.

Sonríe. Pero no dice nada.

Sobre un mueble hay una radio antigua, muy antigua. Suponiendo que aún debe funcionar, la tomo, la conecto y me doy a la tarea de sintonizar alguna emisora, en espera de informaciones de Santiago, aunque ya no hay mucho más de qué enterarse.

No hay caso. Todas las radios están en cadena con Radiodifusión de la Presidencia, transmitiendo una serie ininterrumpida de marchas militares, nada más.

Ni a mi padre ni a mí nos han agradado nunca estas marchas. Desconecto la radio y nuevamente la coloco en su lugar.

Fugazmente, por primera vez desde que comenzó todo esto, se me ocurre pensar en qué será de Peggy, una de mis amigas… Peggy pertenece al Partido Comunista; me gustaría mucho conocer sus sentimientos ante la nueva y cruda realidad nacional.

De repente aparece el amigo de mi padre.

--Óyeme, Héctor –se dirige a él-, ¿por qué no van a dormir una siesta los dos? Les haría bien; el muchacho debe estar cansado, y en cuanto a ti, se te nota muy nervioso.

--Creo que no es una mala idea –responde-. Pero no quisiera molestar…

--No es molestia, hombre; eso sí, hay una sola cama en donde tendrán que dormir los dos. ¿No importa?

--No hay cuidado.

Nos conduce a una habitación que está en el fondo de la casa. En ella hay una cama, una mesita de luz y un estante con libros.

--Bien; si algo les hace falta no tienen más que llamarme.

Mi padre le agradece.

Nos acostamos. Él enciende un nuevo cigarrillo.

En cuanto a mí, pienso que cuando despierte me daré a la tarea de revisar los libros que hay en ese estante que está frente a la cama, y me quedo después mansamente dormido.)

 

(6)

 

Permanecimos en casa del amigo de mi padre por espacio de tres días, ya que, en efecto, no nos fue posible bajar al “plan” (con este nombre se denomina a la parte baja de la ciudad) sino hasta el catorce de septiembre, por la mañana.

Fueron tres días de eternidad, de angustia, de la más completa sensación de desamparo; en especial (lo supe) para mi padre, que, si bien se encontraba sobre sus espaldas con la responsabilidad de mi seguridad personal, más aún que de la suya propia, no contaba en aquellos momentos, sin embargo, con ningún apoyo material ni moral, hecho del que también estaba yo consciente.

Una de las cosas que mucho nos preocupaba a ambos, en forma muy particular, era el toque de queda impuesto a todo el país por la Junta Militar recién constituida, con un horario, por aquellos días, ampliamente dilatado: nadie podía siquiera asomar las narices a la calle desde las seis de la tarde hasta las nueve de la mañana del siguiente día…

En consecuencia, concluíamos que, por lo pronto, mi padre se encontraba sin trabajo, cosa que, sumada al hecho de que no disponíamos de mucho dinero en nuestra cuenta bancaria, nos envolvía en una mala situación.

Durante nuestra permanencia en cerro Miraflores fueron pocas las cosas a las cuales mi padre y yo podíamos ocuparnos a fin de que el tiempo no transcurriera tan lentamente como parecía; por lo general, lo que más llenaba nuestras horas era la lectura, a la cual nos entregábamos plácidamente a la hora de la siesta y por las noches, antes de conciliar el sueño.

En especial yo, leía con ahínco unos interesantes volúmenes que había hallado en el estante de la habitación en donde dormíamos, polvorientos libros que Iris había abandonado allí hacía tiempo, entre los que se encontraban novelas policiales de Aghata Christie, las “Crónicas marcianas” de Bradbury, ensayos, poesías, “Gracia y el forastero”, de Guillermo Blanco, y un tomo de Marx, perteneciente a Iris, que llamó preferentemente mi atención.

Por las tardes, también –después de la siesta-, nos acomodábamos mi padre, Iris, su padre y yo alrededor de la mesa de la cocina, y jugábamos largo rato a las cartas, hasta que llegaba el ocaso.

De esta manera intentábamos hacer más llevadero el tiempo en nuestro reducto, en aquella virtual cárcel de la que no nos era posible alejarnos –en el mejor de los casos- más que dos o tres de las desiertas callejas del cerro, por temor…

A veces, en las horas de toque de queda (cuando ya ni siquiera podíamos salir a la puerta de la casa), nos asomábamos tímidamente al exterior por la ventana del cuarto de Iris, y desde ahí nos era posible ver pasar lentamente, de tanto en tanto, una patrulla militar por la calle de las Rejas.

Iris, entonces, se encendía de tristeza; su pequeña figura se animaba con tan penoso hálito de angustia que parecía capaz de echarse a llorar. Vaticinaba, luego, la más terrible de las venganzas por parte de los comunistas, y una vez que la patrulla desaparecía se quedaba un rato allí, pensando quién sabe qué.

Transcurrieron tres días, lentos, penosos, casi eternos.

El catorce de septiembre amaneció un día claro, límpido; la agradable temperatura me hizo exclamar, recuerdo, cuánto me habría gustado pasar la mañana en la playa, tendido en la arena, nadando en el mar.

Nos levantamos alrededor de las nueve y media. Ya lavados y vestidos (aunque molestos con aquella ropa que llevábamos hacía días), mi padre y yo comenzamos a pensar seriamente en bajar el cerro, de cualquier manera.

La señora de la casa sirvió un desayuno compuesto de leche, pan y manteca que los cuatro (el matrimonio, mi padre y yo) ingerimos con mucho apetito.

Pregunté por Iris, que se encontraba ausente.

--No bien terminó el toque de queda, la mandé a ver si se puede bajar el cerro –contestó el jefe de la familia.

--Dios quiera que sí –exclamé.

Mi padre aventuró entonces que, de no ser posible, nos veríamos en la obligación de hacerlo por las quebradas, como Iris al ir a buscarme a la pensión.

Aquella idea, empero, no fue de mi agrado muy particularmente, ya que no veía en él las condiciones necesarias para realizar dicha empresa.

Mas todo quedaba, como es lógico, a su criterio.

Terminábamos de desayunar cuando la muchacha entró corriendo en la casa, agitada.

--¿Qué ocurrió? –preguntó su padre.

Reposó un momento. Por fin, dijo:

--Los militares ya no custodian la calle de las Rejas; se puede bajar el cerro tranquilamente…

La inesperada noticia literalmente nos devolvió las ganas de vivir. De inmediato nos aprontamos a dejar la casa, temerosos de que se volviese a montar guardia militar en aquel punto.

Todo sucedió en un momento. Nos despedimos del matrimonio y de la muchacha con breves palabras de profundo agradecimiento por todo lo que habían hecho por nosotros, y partimos, mientras ellos nos miraban alejarnos.

Caminamos con paso rápido. Durante todo el trayecto sólo nos cruzamos con unas pocas personas que subían o bajaban de prisa, quizá en nuestra misma situación.

Cuando llegamos al pie del cerro, en el principio de la calle, nos tranquilizó ver desierto el lugar, el mismo en el que tres días antes Iris y yo viéramos aquel cordón militar impidiendo el paso.

Nos alejamos de allí y, ya en el plan de la ciudad, nos dirigimos con rapidez hacia nuestra pensión.

 

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