04:45 - 05:10

La calma llegaba muy lentamente al camarín, y las pasiones empezaban a sedimentar en el caldo del recuerdo. El sonido de la ducha se colaba por el hueco de la puerta del baño, entreabierta por descuido. El agua caía como un bálsamo sobre el enorme cuerpo de Miranda, que Laura acariciaba con un jabón de glicerina de verde y suave aroma.

Selva acurrucaba a su hijo en el cutre remedo de cama improvisado con mantas y frazadas. Intentaba vanamente que durmiera algunas horas, por lo menos lo que quedaba de la noche. Le prometía que muy pronto saldrían del teatro y organizarían una nueva vida sin la abuela, pero era una plegaria de auto convencimiento que por el momento no conjuraba nada en absoluto. La mano maternal acariciaba los hirsutos cabellos de su vástago en pos de  infundir un esquivo sopor. Los dos necesitaban dormir, para descansar y para no pensar. Dormir es la mejor manera de no pensar, aunque a veces los pesares se cuelan como polizones en la nave del sueño, y entonces es peor…  Pero había que intentarlo.

Martín continuaba vigil, con los ojos muy abiertos, como si aún estuviera entrando por ellos la enormidad de Miranda, desnuda y haciendo esas cosas en el baño con el señor aquel. La escena que había presenciado era sorprendente e inexplicable, y temía que si apenas parpadeaba se esfumarían insensiblemente los detalles más importantes, los que vemos después, los apreciables, que para peor suelen escabullirse primero. Se preguntó Martín cuáles instantes visuales y sonoros de los que había espiado tras las hendijas le provocaban un cosquilleo en el bajo vientre. Cuáles imágenes, cuáles palabras o susurros. Mientras mamá lo acariciaba palpó el sobrecito plateado que mantenía escondido dentro del calzoncillo, y se sintió aguijoneado por la ansiedad de abrirlo e indagar el contenido, apenas estuviera solo y a cubierto de la permanente presencia de los adultos. Giró un poco la cabeza y vio que Miranda salía del baño envuelta en un toallón y hecha un ovillo, ladeada por Laura, que la abrazaba y la sostenía como podía. Un ovillo grande. Incluso su apocamiento era imponente; aferraba los extremos del lienzo que apenas le celaba el cuerpo y caminaba como si estuviera aterida de frío, aunque no hacía frío, salvo en su interior, denotado por la mueca de su rostro y el rictus de sus labios.

El espectáculo tenía que continuar, porque al fin y al cabo estaban en un teatro, en cuyo salón languidecía un remanente de espectadores. A Selva le faltaba vestir nada más que a tres mujeres, que ofrecerían un desnudo cansado -y triste en esta particular ocasión. La mermada concurrencia se limitaría a aplaudir a las últimas tres desnudistas; la ovación entusiasta, los silbidos y las exclamaciones de halago eran propios de los clientes más jóvenes, que a esa hora solían sellar la noche en otro lugar. Sólo los mayores, los solitarios y los borrachos se quedaban hasta el final. La música de fondo, con disminuida intensidad, venía aleteando hasta el camarín y acariciaba los oídos de las mujeres; y a no ser por otra mariposa rumorosa, de aplausos apacibles, que también las alcanzaba, habrían podido conjeturar que el acto de desvestirse, realizado por una compañera sobre el escenario, poseería la misma intimidad que el de hacerlo antes de tenderse en un lecho solitario.

Sonia destrabó la puerta y dejó entrar a Cecilia, al propio tiempo que ella salió a realizar su última presentación de esa noche. Una vez más se desprendería de su trajecito y de la bombachita estampada con siluetas infantiles. Después de la conversación que había mantenido con su hijo el miedo ya no estaba; de alguna manera sabía que el miedo de los dos ya no estaba ahí, separándolos en una forma contraria a la propia naturaleza. Por primera vez habían compartido un vaso de licor, sobre una mesa que aunque rodeada de peregrinos de un teatro, inducía a la intimidad, uno de los trucos de magia de esos parajes nocturnos donde tantos están tan solos. El tabú había comenzado a hacerse añicos en el exacto intervalo de tiempo de desnudez, breve y musical, robado por él de un bolsillo interior del destino. En el departamento que compartían jamás había permitido que le atisbara los pechos o le vislumbrara las piernas arriba de las rodillas.  Ahora caminaba hacia el escenario para ofrecerse sin los atavíos de la sociedad y las prohibiciones de su dios, y sin una chispa de culpa. Por qué culpa. Se sabía esperada ansiosamente, y lo comprendía a la perfección y con un candoroso impudor. El último acto de aquella noche pertenecería sólo a ella y a su hijo, que ya no tenía necesidad de usurpar ese prohibido placer. Se lo había ganado. Los dos lo habían. El mundo no existía debajo de sus cuatro pies.

Detrás de Sonia repiquetearon tres golpes de nudillo en la puerta del camarín, que acababa de cerrarse con un eco perceptible aún. Escuchó el nombre de Selva, convocada en la entrada del teatro, mientras se alejaba hacia el escenario.

--¡Selva, la buscan en la salida! –chilló un mozo con voz aflautada y abatida por la madrugada.

Selva miró a su alrededor con alarma, pero ninguna de sus compañeras pareció alertada. No quiso pensar que seguían buscando a Martín. Dio un beso en la frente de su hijo, advirtiendo que sus intentos por hacerlo dormir eran ineficaces, fue hasta la puerta y se asomó. La expresión relajada del mozo le brindó algo de despreocupación.

--Salga un momento a la calle. –dijo el hombre, y bajó la voz hasta la delgadez del secreto:- Gabriela quiere hablar con usted.

Selva comprendió el mensaje escondido. Si Gabriela la hacía salir a la vereda era porque no quería que la vieran o que se enterasen de su presencia. Introdujo la mano en el bolsillo del saquito y  palpó la cadenita. Instintivamente la extrajo, amontonó los eslabones con la medalla en la palma y volvió a guardar el frío metal hecho un bollito, esta vez en el bolsillo de la camisa que le guarecía el corazón. Salió del camarín y caminó por el pasillo agradeciendo al cielo que la piba no había hecho ninguna macana. Aunque no había estado consciente de cavilar en eso, una parte de su mente, muy por debajo de los pensamientos que navegan en la superficie y parecen no enmascarar demás abstracciones, había padecido la intranquilidad de imaginar a la muchacha sin vida, para peor sin su cadenita. Ahora se daba cuenta de que tenía que devolvérsela y saber que se iría a dormir a su casa, para espantar esa preocupación como a una mosca de verano.

Salió al salón y lo cruzó en uno de sus ángulos, agotada y absorta. Poca gente en el salón. Algunas luces más estaban encendidas, para que los mozos terminaran de cobrar e hicieran sus rendiciones de cuentas. En un rato sacaría a Martín del teatro y lo llevaría a alguna parte. No podían volver a la casa hasta después de las once, que es cuando se llevan a los muertos. La aterió la necesidad de ir al cementerio a despedir a mamá, pero el niño no merecía conocer un lugar así a tan corta edad. Existía un agujero en su vida, una ventana de cuatro horas que no terminaba de resolver. Atravesó la cortina de tul rojo y salió al vestíbulo. Poca gente también ahí. Todavía hormigueaban en el teatro los agentes de la ley, pero se veía que estaban aprontándose para irse. Varios de ellos conversaban en el hall, donde se notaba menos luz artificial, para que no interceptara a la primera claridad del día que pronto se iba a entrometer por las puertas de vidrio. Wilmer, acodado en el mostrador de la boletería, del lado de afuera, chupaba un mate lavado. Le hizo un gesto con el mentón y le dijo que la piba esperaba afuera.

--¿Cómo la viste? –le preguntó la modista.

--Bien. Cansada, bien… Mándela a dormir, Selva. Mañana será otro día.

Sonrió y pensó que mañana era ahora y que tendría otra noche. Nunca como ésta, por Dios. Abrió la puerta de vidrio y salió. El aire fresco de la alborada le golpeó la cara con su suave y vivificante guante incorpóreo.

Vio a Gabriela en el costado derecho de la entrada, con la mirada perdida  en la vereda de enfrente pero obviamente muy lejos de aquel lugar. A lo mejor su afinidad con Gabriela emparentaba con el hecho de ver en ella algo de sí misma, algo velado y distante en el tiempo, pasado o futuro. La médula de sus vidas estaba hecha del mismo material dramático, vaya una a saber por qué... Sin duda la piba era la mejor de todas, y debía estar en otro lugar.

Caminó hacia la joven y reparó en los autos oficiales todavía estacionados en la cuadra del teatro. En el interior de alguno descansaban los conductores uniformados. Desperdigados más hacia la esquina conversaban dos o tres policías que sin duda estaban maldiciendo su suerte y esperando con ansiedad el momento de regresar a casa.

Sólo cuando estuvo a dos pasos y le habló, la muchacha descubrió su presencia.

--Gaby, qué hacés acá afuera -dijo.

***

Estuve prácticamente toda aquella noche vigil, y no era para menos. Creo que no fue hasta después del mediodía siguiente que pude dormir, lo que se dice dormir en serio. Qué palabrita, vigil. La leía en los informes que le hacían a mamá en el loquero, y como era la única que entendía, me quedó. Vigil, mamá era vigil, estaba vigil. Mamá era una “paciente tranquila, vigil, confusa, desorientada globalmente, con evidentes alteraciones de la sensoperción e ideación delirante, psiquiátricamente sin cambios significativos, medicación Fenergan 2 mg., Halopidol, Enalapril 2 mg., Risperidona 2 mg.” Todo ese palabrerío que no existe en el diccionario para decir que estaba colifata como una cabra, ¡lo que es la ciencia! Ojalá Seba estuviera vigil. Para lo que hay que ver en este mundo, lo mejor es el sueño. Ojalá Seba estuviera soñando y no pudriéndose en una caja de madera, aunque quien te dice está soñando con la vez que lo llevamos a la Ciudad de los Niños en City Bell, con que es tan nene que todavía no piensa en matarse… Aquella noche valía la pena no dormir, no soñar. El sueño era ver a las mujeres yendo y viniendo, vistiéndose y desnudándose, oler sus fragancias y absorber sus colores, sentir que cada tanto se acercaban desnudas a mí y me acariciaban como a un gato. No tengo duda de que ese fue el mejor sueño que tuve.

 

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