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El ring del teléfono lo rescató de su letargo. El cansancio de la noche se entreveraba con las medidas de whisky, las horas de sueño imposibilitadas por la tos de la tarde anterior, el relajamiento de saber que la inspección llegaba a su fin sin que los policías hubieran descubierto al mocoso. Hugo refunfuñó y se acomodó en el sillón, dispuesto a desoír la llamada. ¿Qué podía tener de importante una comunicación telefónica del primer amanecer? En un rato nomás, después de abonar anticipadamente la semana a las chicas y al personal, montaría su cupecita roja y olvidaría una noche como la pasada, infausta de principio a fin. Conduciría suavemente por las calles semivacías del sábado a la mañana, y llegaría a su casa cuando la vida allí comenzara a despertar y a moverse con la molicie de un animal que concluye su hibernación. Su esposa y sus hijos se desentenderían de él y lo dejarían dormir algunas horas, y esa era la única consideración por la cual todavía moraba entre las paredes del dúplex. Su habitación, en el piso superior, refinaba bastante bien los sonidos de la planta baja, donde su familia se congregaba para olvidarlo piadosamente. Aunque el repique chillón del teléfono lo agredía con su insistencia, sólo podía pensar el sida, la muerte y el allanamiento como una pesadilla de la que despertaba con un regusto amargo en la lengua y una opresión en el plexo. Recordó que un rato antes el cadáver de Laura había reposado sobre la exacta superficie donde él había abandonado su osamenta para descansar. Una súbita repulsa lo impelió a incorporarse, pensando, por contraposición, en la desnudez viva de Pilar. La negra merecía una tarde en el departamentito donde la disfrutaba, y él también. Se paró y caminó hasta el escritorio, donde todavía había pedacitos de mica de otra conversación reciente. Tomó el auricular diciéndose que haría limpiar a fondo la oficina, desinfectarla, curarla con incienso o bolitas de alcanfor. Dijo “hola” desganadamente. Era Barcelli.

El comisario casi no lo dejó hablar. Le aclaró que lo llamaba desde su casa, todavía con el saco puesto, y le indicó que lo escuchara sin interrumpirlo. Inmediatamente después le despachó el pormenor que faltaba para ensamblar el rompecabezas de Martín, la pieza central que explicaba casi todo lo sucedido desde el momento en que el pibe había apoyado su pequeño pie sobre el piso frío del hall de entrada. Se le aceleró el corazón cuando escuchó el nombre de quien había denunciado en la fiscalía. Quiso emitir imprecaciones y el raciocinio se lo impidió. Antes de rajar una puteada tenía que entender, mínimamente hacerse una idea de las motivaciones, pero la pesadez en su cabeza, la bolsa con cien kilos que sentía apoyada en la nuca, la penumbra que nimbaba sus pensamientos, no lo dejó.

El nombre le dio varias vueltas en la cabeza y no encontró un sitio exacto donde asentarse. Gabriela. Ese era el nombre. El comisario le decía que mantuviera la calma y que no se mandara ninguna cagada. El asunto estaba liquidado, y había terminado bien para todos. Bien las pelotas, pensó Hugo. El otro le sugería que se sacara a esa mina de encima olímpicamente, que la despidiera sin siquiera mencionarle el asunto, porque si no él mismo, el comisario, iba a quedar expuesto como informante y bla bla bla bla. Otra cosa te digo, Hugo, agregó. Y le recomendó que no tratara de sacar del edificio al pibe de ninguna manera, porque el pelotudo del fiscal se había quedado de observador cerca de la entrada y había mandado a un agente para que controlara la puerta de atrás. Kova y Saravia son de confianza, aclaró, pero con el fiscal merodeando no se podía arriesgar ninguna ficha, porque a lo mejor se quedaba adelante o se daba una vueltita por atrás.

Y te digo lo último (anunció el comisario). Me parece que el único que va a sacar una consecuencia fructuosa del quilombo del pendejo va a ser el fiscal, que se va a terminar empomando a la flaquita esa que hace piruetas con la pelota. Después se escuchó la risa del comisario en el otro lado de la línea con un tono metálico que la hacía más desagradable, pero que por suerte atestiguaba que el tipo estaba relajado y sin preocupaciones inmediatas, antes de irse a dormir en aquel sábado que prometía un cielo soleado. Soleado, meditó Hugo, si los opas del pronóstico meteorológico la pegaban de milagro.

Hugo dijo a todo que sí y colgó. Impactado como estaba, no podía rajar la puteada que se le anudaba en la garganta. Seca, por supuesto. La garganta, seca por la bronca. Pensó que un último trago de licor no le vendría mal, y que a lo mejor la bebida lo ayudaba a expeler la invectiva. Su capacidad para conocer a la gente, de la que se jactaba, había sido pisoteada por los eventos. Juzgó que el soplo del comisario era una burla a su olfato con las mujeres, y que bien merecida la tenía. Por un momento dudó sobre la conveniencia de mantener abierto el teatro; ya había ganado bastante dinero y a lo mejor su esposa tenía algo de razón. Una muerta, una sidosa y una traidora representaban motivos suficientes para desanimar al más plantado. Definitivamente necesitaba mojar el garguero.

Tentado estuvo de pedir que le alcanzaran un poco de su bebida preferida, pero se contuvo y decidió bajar. La sed y la puteada seguían enredadas en la gola como una mala hierba. Tomó todas sus cosas, apagó la luz y salió de la oficina; bajó sin prisa y fue directo al mostrador, donde Carlos ya había contado la recaudación. Le preguntó cómo les había ido esa noche y el otro le respondió que a pesar del allanamiento y demás yerbas se había servido bastante whisky, algunas botellas de champán y una gran variedad de tragos de los caros.

Y eso que las chicas circularon poco, agregó Carlos mientras reparaba en la expresión demudada de su jefe. No quiso preguntarle y entendió el gesto consabido: necesitaba enjuagar la boca con el contenido de la botella reservada para su consumo personal, guardada en una gaveta especial del mostrador. Tomó una copa Riedel y vertió parsimoniosamente dos medidas del preciado licor; lo puso delante de su jefe y se quedó mirando la forma perruna en que apuraba el contenido de un solo trago, sin perder tiempo en catarle el gustito.

Hugo apoyó la copa vacía en el mostrador y se inclinó sobre la oreja de su ayudante para escupir en privado el veneno aflojado por el alcohol, con el alivio de sacárselo del cuerpo. “La hija de remil puta madre que la recontra parió, la conchuda de mierda que nos delató, fue Gabriela.”, dijo, y respiró profundo para no ahogarse. No descubrió en Carlos ninguna clase de emoción producida por la noticia. A lo mejor, como a él, nada podía asombrarlo a la luz de las últimas diez horas. También le pasó el dato del fiscal rondando en las inmediaciones, con su porfía de encontrar a Martín, y le recomendó cautela. Miró el reloj y confirmó que ya habían quedado atrás las seis de la mañana.

--El caballo y la mujer, al ojo se han de tener –citó Carlos, y sonrió con pocas ganas.

Hugo estuvo a punto de pedirle que se lo explicara, pero prefirió pasarlo por alto. A decir verdad, los dichos ecuestres de su ayudante le tenían los huevos al plato. A lo mejor la encrucijada de la pasada vigilia era el envión necesario para que volviera al ara de Casares.

Lo que sí hizo fue transmitir a Carlos sus últimas disposiciones, tomadas al calor del abatimiento, el dolor y la decepción. El sábado a la noche el teatro estaría cerrado, por primera vez en los años de trabajo, le anunció. En parte por el duelo de haber perdido a una de las chicas, y en parte por todo lo demás. Recién el lunes a la noche volverían a abrir, si no pasaba nada en el medio. Aunque ni siquiera lo admitió para sí mismo, Hugo necesitaba tres días para aplacar la mente y pensar en esa indecencia huidiza llamada futuro. Carlos sabría lo que debía hacerse: avisar al proveedor de hielo, bajar las térmicas antes de irse, pegar en la entrada el consabido cartelito con un lacónico “cerrado hasta el…”. Hugo también le ordenó a su colaborador que pagara la semana completa a las chicas (algo que normalmente se hacía al finalizar el sábado), y que les diera una suma fija adicional por la patriada que se habían mandado con la policía. La plata de la recaudación alcanzaba, pero si se quedaba corto tenía la plena autorización para manotear la de la caja fuerte.

Sin decirlo, Carlos estuvo de acuerdo en que había que parar la pelota.

A continuación Hugo recibió de Carlos el pañuelo en el que había llorado la negra, consignado por ella para que oportunamente fuera devuelto a su propietario. Limpio y dobladito como recién planchado, oloroso a jabón de tocador.

--¿Cómo se las ingenió la peruana para darle este alisado? No creo que tenga una plancha a mano.

Carlos le explicó que después de lavarlo lo fijaba húmedo en la pared de azulejos del baño del camarín; un rato después lo despegaba seco y sin arrugas, lo doblaba y listo.

--Ah, mirá vos qué habilidosa -comentó Hugo, y olió una vez más el fino trozo de tela mientras sentía que el cansancio lo vencía, que se desinflaba como un globo y que necesitaba algo más que dormir a solas en el piso de arriba de su casa. Le mencionó a su ayudante que se iba al departamentito y le pidió que le dijera a Pilar que ahí la esperaría. Casi podía sentir el sonido cuidadoso de la puerta cuando la llave de Pilar girara en la cerradura, y sus pasos sigilosos acercándose a la cama. Casi podía sentir que se metería debajo de las sábanas completamente desnuda y se abrazaría a él para compartir el sueño…

Dijo hasta el lunes y se fue.