04:42 - 05:25

Gabriela bajó del segundo taxi de la noche, el que la traía de vuelta al teatro. El amanecer no se veía pero ya se podía oler, sentir, intuir como un presagio. Recibió maquinalmente el vuelto y cerró la puerta con un suave empuje; después el auto se alejó hacia ninguna parte y ella se quedó parada frente al edificio, mirando la fachada. Pensó que con menos neones y sin la marquesina el contraste con la entrada del hospital no sería notorio, y que la luz diurna menguaría la discordancia a lo inapreciable. Se condenó por haber abandonado a Laura el rato que necesitaba para perfeccionar su propia muerte, pero endilgó la culpa a la finada, pues, anticipando su extinción en unas horas, le había adjudicado el desquite de aniquilarse mejor. Ya sabía en qué consistía anular su esencia, y era imperioso asestar con impía prolijidad el golpe seco, verdugo de lo inefable y diáfano que ennoblecía su vida. El misterio final de su karma se había disipado con la inesperada historia evenemencial de la pasada noche, con una seriación de acontecimientos que la habían puesto cara a cara con su destino. Nadie moriría menos inequívocamente que ella, y muy en el fondo despreció los cortes en el antebrazo, las píldoras insípidas y el gas nauseabundo.

Los autos policiales seguían en la calzada, pero se respiraba tranquilidad. Transitaban el foyer los escasos clientes que volvían de los baños y se asomaban a echar un vistazo a la agónica madrugada. Wilmer la vio a través de las puertas de vidrio y salió de la boletería para ir a su encuentro.

--¡Gaby! No te quedes ahí parada. Entrá, que a esta hora se pone fresco.

--No, gracias. Me hace falta un poco de aire puro.

--Ta´... ¿Venís del hospital?

--Sí, me escapé un rato para hablar dos palabras con Selva. Y enseguida me voy… ¿Por acá todo bien?

Wilmer se rascó el flanco derecho de la cabeza con la mano izquierda elevada sobre la nuca.

--La pasamos mal, con la requisa que ya sabés. Pero recién me dijo Carlos que en un rato se van a ir, y volverá la normalidad… ¡Qué nochecita, mi madre! Aún no me explico cómo estamos zafando del quilombo.

--Será el destino –dejó caer Gabriela, y sintió las palmas húmedas de sudor.

--Será, nomás. Yo estoy tan cansado que no puedo pensar en el destino…

Wilmer notó que no traía el bolsón que se había llevado unas horas antes, y supuso que lo había dejado en el hospital. Iba a preguntarle pero para qué.

--¿Entonces vas a entrar a hablar con Selva?

--No… No quiero cruzarme con nadie, contar, responder… Yo también estoy exhausta. Así que si me la llamás un momento…

El uruguayo entendió las razones de la chica, y sintió que el mismo agotamiento los envolvía a los dos con la mecánica infalible de un fenómeno atmosférico. Le indicó que aguardara a un costado de la entrada “para que no te vean” y le mandó el recado a Selva con un mozo que terminaba de fumar un cigarrillo y regresaba al salón.

Mientras el empleado retornaba a la boletería Gabriela se guareció de la noche en un portón aledaño. Desde un auto estacionado la miraron con desinterés dos policías. La escasez de uniformados en los alrededores y la cantidad de móviles indicaba que los agentes seguían en el interior del teatro.

Selva, con su demora en salir, le dio una prórroga para hilvanar mentalmente los últimos pormenores de su designio. Imposible disociar su inminente destino del de Laura, no decirse que morir como la falsa monjita le quitaba razón de ser a una grand finale como Dios manda. Cuando su telón cayera nadie lamentaría su partida, nada de apoteosis hipócrita. Le vinieron a la mente las palabras de la Borges, que siempre andaba repitiendo las del Borges ciego que leía a toda hora. Nunca le había prestado oreja a sus exégesis literarias, pero en la ocasión referida la cita del bardo le había parecido soberbia: “No hay cosa como la muerte para mejorar la gente.” Vaya, qué poder de síntesis, cuántas ideas conjuradas por tan pocos vocablos. Borges le explicó la noche siguiente, cuando le sacó el tema a solas casi con ansiedad, que el refranero popular expresa lo mismo con aquello de “después de la guerra todos somos generales”. Lo pensó unos días, lo pensó bastante, y concluyó qué gran verdad. Lo pensó cuando iba camino al teatro, cuando se preparaba para salir a escena y durante el quite de su ropa. Lo meditó cuando caminaba sobre las tablas entibiadas por los reflectores cenitales, mientras todos le admiraban las piernas largas y flacas, las tetitas de nena y la vagina olvidada. Se dijo qué gran verdad una vez más cuando escuchaba a las otras hablar con afecto de Laura que apenas enfriaba su muerte, y cuando, en la morgue del hospital, un camillero miró a Laura con su crucifico entre las tetas, se persignó y comentó algo así como qué lástima pobre piba tan joven, se dijo qué gran verdad. Puteó por lo bajo al camillero y ahogó las ganas de gritarle que era el cadáver de una falopera de mierda que poco había aportado al mundo y, al contrario, hacía un enorme servicio al pasar para el otro lado. De revelarle que ella no estaba ahí porque la hubiera querido o porque lamentara que la otra se hubiera muerto, sino sólo por la fascinación del cuerpo inerte, de decirle qué gran verdad.

Gabriela no quería mejorar después de su deceso físico, no quería que la gente construyera una imagen de bondad y cualidades morales que le quitaran sentido a su desaparición. Nadie debía lamentar su tránsito, ni llorar como lo habían hecho por Laura. El rencor de los demás sería una primera forma de muerte, los nefastos deseos, la repulsa de quienes creían conocerla bien. Ella misma había comenzado a odiarse en las últimas horas, y esa nueva sensación de rechazo inmanente de alguna manera le producía una clase de deseo sexual del que ningún hombre o ser vivo podían imbuirla con parecida legitimidad.

Sintió deseos de acabar, después de tanto tiempo, pero antes tenía que hablar con Selva, verlo en sus ojos. Ver su muerte en los ojos de Selva, que era la indicada, la buena de Selva a quien todos apreciaban. Ella también la quería, y precisamente por eso la había elegido como instrumento idóneo para reunirse con su hado.

--Gaby, qué hacés acá afuera.

No la había visto acercarse en la fría madrugada. La noción del tiempo que había tardado en salir del teatro se había disipado en medio de sus pensamientos. La miró con extrañeza, y aunque la esperaba se sobresaltó. Selva amagó un abrazo pero Gabriela la frenó en seco con un gesto inconfundible.

--¿Te pasa algo? –preguntó Selva asombrada por la frialdad de la muchacha.

Gabriela respiró hondo, como si quisiera tragarse la noche. Caminó dos pasos hacia el cordón de la vereda, pero giró con decisión y los desanduvo hasta estar muy cerca de la vestuarista, frente a frente.

--Fui yo –le dijo, y se quedó escudriñando su reacción.

 Lo primero que Selva absorbió fue el tono confesional de las palabras, antes de comprender su sentido. Había una música de revelación en la voz de Gabriela, un color a misterio ancestral develado en el noticiero de las tres de la tarde. Una secuencia rápida de posibles interpretaciones fue haciendo caer sus fichas una a una en el pensamiento de Selva, a medida que descartaba cada posibilidad y realizaba un equilibrismo de funambulista sobre el abismo de sus dudas. Qué había hecho Gabriela, terrible a juzgar por su expresión y por la solemnidad que le imprimía al momento, que justificara que hubiera regresado del hospital y estuviera hablando con ella bajo el primer rocío del impreciso amanecer… Instintivamente metió la mano en el bolsillo recto de la camisa y tomó la cadena para devolvérsela. Al menos no se había matado.

Gabriela pareció decepcionada, pero a la vez satisfecha al constatar que su declaración se agigantaba con cada instante que le costaba a Selva entender y reaccionar según sus expectativas.

--Tomá –dijo Selva, y le extendió la cadenita-. La necesitás más que yo.

Gabriela recibió el objeto y lo guardó en la cartera. Después insistió:

--Fui yo, Selva. No tenés demasiado que pensar.

Selva mostró súbitamente su gesto más adusto. A pesar de sus preferencias, del cansancio de una noche terrible y de su afecto por la muchacha, su entendimiento abandonaba lentamente la zona del claroscuro y dejaba pasar la luz de una amarga realidad.

--No quiero aceptar eso. Es otra de tus fabulaciones… Andate a tu casa.

--Es la verdad… Te guste o no, es la verdad… Yo avisé a la fiscalía que tu chico estaba en el teatro.

La crudeza de las palabras, reemplazando la elíptica revelación, hizo que los puños de Selva se crisparan. En sus ojos destelló de pronto el fuego de un rencor nuevo y profundo que jamás pensó sentir justamente por Gabriela.

--¡Hija de puta! ¡Por qué carajo..! –exclamó con vehemencia, asaltada por la súbita certeza que ponía orden y lógica en la oscura maraña de los recientes acontecimientos.

Gabriela no respondió. Se quedó mirándola impávida, a la espera de otras imprecaciones y quizá de un castigo mayor pero no inmerecido. En ese momento comenzó a sentir que su muerte se hacía carne en ella, que el misterio de su extinción tomaba su primera corporeidad en el odio de la madre del pequeño Martín.

Notó sin gran esfuerzo que la acritud de la que era destinataria iba adquiriendo una aceleración constante y geométrica hacia la comarca de la ira.

--Me quedé mirando tu llegada al teatro hasta que Carlos te dejó pasar con Martín –continuó su relato-. Enseguida fui al locutorio de la esquina, busqué el número de la fiscalía de menores y llamé…

El rostro de Selva había mutado en unos segundos varias clases de expresión, desde el estupor inicial hasta el aborrecimiento más abyecto.

--¡Loca de mierda! ¡Por qué! –renovó su embestida. Después todo sucedió como en cámara rápida. Apenas tuvo un segundo para descomponer el puño y propinar una tremenda cachetada en la mejilla izquierda de la más joven.

La cabeza de Gabriela se conmovió por el impacto, con un movimiento brusco hacia el costado que cambió el ángulo de su visión. Ahora miraba hacia el fondo de la calle, casi desierta todavía. Trastabilló y reculó un paso, pero no cayó a pesar de la violencia recibida. Instintivamente se llevó la mano a la mejilla golpeada, sintiendo que la purpuraba el ardor. Las imágenes en su retina se tiñeron de color rojo, sólo un instante. Sobándose la mejilla enfrentó a Selva, que se había quedado petrificada por su propia reacción.

--Dale, pegame si querés. ¡Pegame! –desafió.

Selva, con lágrimas en los ojos, estrechó fuertemente con ambas manos el saco con que se abrigaba, súbitamente aterida de frío.

--¡Tendría que matarte! –sentenció, mientras sentía que la abandonaban las fuerzas y se cruzaba de brazos.

Los policías del auto habían presenciado la escena con creciente interés. Las dos mujeres notaron que uno de ellos se acercaba cuando casi lo tenían junto a ellas.

--Señoritas, ¿sucede algo?

Selva temió otra vez por Martín. Aunque no entendía las motivaciones de Gabriela para intentar que la policía lo encontrara dentro del teatro, lo cierto era que ahora, con un oficial frente a ella, podría insistir en su denuncia.

La muchacha, que aún se friccionaba la mejilla, no imaginaba cómo habían conseguido ocultar a Martín, a pesar de la fiabilidad de su denuncia y de los datos proporcionados para que dieran con él. En su conversación con la secretaria de turno había brindado la edad del niño, la hora de su ingreso al establecimiento, la certeza de que permanecería ahí toda la noche. Entonces qué. ¿Acaso habían arreglado todo el asunto con plata, y sanseacabó? Esa era una gran posibilidad. Lo siguiente que pensó fue que las chicas se las habían ingeniado para esconder al mocoso, y entonces bravo por ellas. Tampoco le importaba demasiado el resultado final del asunto. Incluso se alegraría por Selva si todo terminara bien… Lo único que contaba para sus propósitos era la canallesca delación.

--Son cosas de mujeres, agente. No pasa nada –explicó Gabriela.

Selva bajó la mirada y se observó la punta de los zapatos. Pensó, por pensar en algo y por evadirse mentalmente de ese momento de zozobra, que pronto necesitaría reemplazarlos por unos nuevos. Sentía los ojos del policía clavados en ella, buscando corroborar la situación. Cuando escuchó su voz supo que era la destinataria de la admonición.

--No quiero más escenas de violencia. ¿Quedó claro?

Levantó la vista y encaró al  hombre con una súbita seguridad, pensando en su hijo.

--Quedó entendido. No volverá a pasar.

El agente miró alternativamente a las dos mujeres y volvió al patrullero con paso perezoso. Se preguntaba hasta cuándo tendría que tener la vela, sentado en la incomodidad del auto, mientras sus compañeros practicaban un operativo que se había tornado demasiado largo y que debería haber concluido hacía raro.

Más serena, cercana a la resignación, Selva volvió a enfrentar a Gabriela con acrimonia.

--Decime solamente por qué carajo hiciste algo así. ¡Qué mierda te hice yo!

El ardor estaba remitiendo. Se acomodó el cabello con la misma mano que había acariciado la mejilla herida.

--Si me hubieras hecho algo te habría delatado por venganza, y entonces hasta se podría justificar… Lo hice por mí… En el fondo vos no importás, no tenés nada que ver… Necesitaba un acto de esa naturaleza para alcanzar el clímax que tanto anhelo.

--¡Y pensar que fue Laura la que se murió! –dejó salir Selva sin cortapisa y sin comprender demasiado las palabras que le retumbaban en los oídos- ¡Al menos se mataba sola y no jodía a nadie!

Gabriela sonrió.

--Gracias, era lo que esperaba oír de tus labios. Ahora ya puedo suicidarme en paz…

--Podés hacer lo que quieras. Andá y matate si querés, me chupa un huevo. Para mí es como si ya estuvieras muerta.

--Lo sé.

--Mirá, podría perdonarte lo que fuera que hubieras hecho en mi contra, pero te metiste con lo más sagrado que tengo, que es mi hijo, y eso no se lo dejaría pasar ni al Papa. ¿Entendés?

--Entiendo.

--No quiero volver a verte jamás. Y si tenes dos dedos de frente desaparecé del teatro, porque tarde o temprano van a saber que fuiste vos la que armó semejante despelote, y no te la van a hacer fácil. ¿Te queda claro?

--¿Me vas a deschavar vos? –ironizó Gabriela.

Selva sonrió con rencor.

--No, por mí quedate tranquila. Te dije que es como si no existieras. Pero Hugo conoce al comisario y lo va a averiguar. A lo mejor ya lo sabe… Las chicas también se enterarán… Así que andate, llevate tu cadenita de mierda y tirate abajo de un tren.

Selva tenía un borbotón de palabras atragantadas en la glotis, una mezcla de insultos, funestos deseos, advertencias, amenazas, reproches varios. Era imposible dejarlos pasar en orden, sin que se atropellaran en el momento en que intentara verbalizarlos. Discernía también que todo cuando pudiera decir  Gabriela ya lo sabía.

--Y te advierto una cosa –agregó-. Si algo le pasa a Martín antes de que lo saque de acá –y señaló el teatro-, no vas a necesitar ir hasta las vías… Yo misma te voy a acogotar.

Gabriela sufría cada una de las expresiones que le dedicaba su interlocutora como un puñal que le clavara en el pecho y meneara en él. No sentía sorpresa alguna, y se sabía merecedora de tan manifiesta animadversión. Al mismo tiempo su cuerpo generaba endorfinas y sensaciones de un extraño placer que preanunciaban el éxtasis de la muerte. Como una añeja adicción, que se había apoderado de ella y la había puesto fuera de control, fue en busca de la dosis final de la droga:

--Yo también quiero decirte algo… No necesito tu perdón. Siempre supe que tratándose de tu hijo, no habría vuelta atrás… Me hacés un favor con tu odio. Es más, si lograras perdonarme sentiría asco por vos. Así que metete tu indulgencia en el culo y odiame libremente. Así no me defraudarás… ¿Soy clara en lo que digo?

Selva la miró como si se tratara de una desconocida, mientras se preguntaba de qué parte de la chica dulce y tierna que llegó a apreciar había salido el monstruo indeseable que tenía enfrente.

--¡Estás más loca que una cabra! Pero eso no te disculpa. Sos una loca mala… -Retrocedió dos pasos y la observó de pies a cabeza.- Ahora andate, idiota. Y no vuelvas nunca más por aquí, si sabés lo que te conviene.

Dio otros dos pasos hacia atrás y giró rápidamente sobre los talones. Después se alejó a paso vivo, con una mezcla de sentimientos en la que el odio primaba y era el ingrediente principal de su estado de confusión. Pensaba que, a juzgar por lo que acababa de suceder, había ignorado la verdadera y pasmosa personalidad de Gabriela, pero no menor asombro le provocaba la Selva recién salida del fondo de su benevolencia, agazapada y presta para sacar las uñas emponzoñadas por el encono y la repugnancia.

Gabriela se quedó mirando el alejamiento de Selva, hasta que la vio trasponer la puerta transparente por donde se la engulló nuevamente el teatro. Después, sola bajo los primeros destellos del amanecer y las luces moribundas de la madrugada, pensó en llorar pero no sentía deseos de hacerlo, no existían motivos. En cambio rio e hinchó el pecho con el aire frío de la hora. Todo estaba bien. Todo  había resultado tal cual lo imaginado desde el instante en que Martín atravesó su retina. Selva tenía razón al recomendarle que se alejara del teatro; considerando eso había retirado del casillero las pocas miserias atesoradas ahí, como un acto reflejo que tampoco tenía demasiada importancia. Ahora el bolsón con las cosas se empolvaba en un rincón del hospital, muy cerca del cadáver de Laura. Supuso que todo iría a parar a la basura, que es el destino lógico para cualquier clase de desperdicio: el bolsón con su contenido completo, el cadáver de la falopera, sus propios despojos cuando los despegaran de los durmientes, el crucifijo que reposaba sobre las tetas de su compañera… A lo mejor alguien, el camillero o alguna otra mano piadosa, rescataba el crucifijo para darle un destino sacramental.

Lo siguiente sería ir hasta la estación del ferrocarril y terminar lo que ya había comenzado tan auspiciosamente. Hacerlo pronto, de preferencia, antes de que el tránsito diario y los andenes llenos de gente entorpecieran su cometido. No tenía sentido seguir un segundo más parada a un costado de la entrada del teatro, en el mismo sitio donde el odio de Selva la había dejado dulcemente petrificada. Era preciso comenzar a andar, parar un taxi más, decidir si lo mejor era el Roca, el Mitre o el Sarmiento. Relajarse y dejarse llevar por un automatismo psíquico que la condujera a la estación adecuada sin las consideraciones esperables de tiempo y distancia. Daba lo mismo cualquiera. El tren sólo terminaría una labor que ya estaba prácticamente consumada. Volvió a sentir la urgencia de un orgasmo y miró alrededor.

Vio que salían del teatro algunos oficiales, con expresión de cansancio y las armas reposando en los flancos, aunque algunos llevaban las largas en bandolera. Un aire desaliñado emanaba de alguna parte del uniforme;  Gabriela no pudo precisar exactamente cuál era la diferencia con el aire atildado que lucían a su arribo al local, pero el abatimiento de alguna manera había estampado su impronta. Conversaban desganadamente en grupos de a dos, de tres a lo más. El comisario emergió al lado de Kovasky, que no se separaba de él, vaya a saber por qué. Un poco más atrás venía el solitario fiscal con expresión francamente ofuscada.

Gabriela sintió la pulsión de comenzar a caminar en sentido contrario por la calle inhóspita. Las piernas, sin embargo, no le respondieron con la eficacia imprescindible para evitar que pasara desapercibida. Al unísono se dio cuenta de que era demasiado tarde para emigrar definitivamente de la zona y de que el fiscal, al verla, enfiló hacia ella con un andar súbitamente presuroso.

El fiscal había visto a Gabriela en la puerta del teatro antes del comienzo de la requisa, a sabiendas de que era la denunciante y el factótum del operativo de búsqueda de Martín. Había prescindido de interpelarla para no comprometer el anonimato de la denuncia y no exponerla ante sus jefes y compañeros de trabajo. Ahora, en cambio, con la frustración del fracaso y la ausencia casi completa de civiles en la vereda la situación lo habilitaba a entablar una conversación directa con la muchacha, que tendría todo menos amabilidad.

Cuando estuvo al lado de Gabriela la tomó firmemente de un brazo.

--Acompáñeme –dijo, llevándola hasta su auto y haciéndola sentar en el asiento trasero-. Córrase –agregó, y se ubicó a su lado.

Cerró la puerta del vehículo y giró el cuerpo hasta dejar el torso enfrentado a la chica. La miró con enojo un momento, antes de despacharse con el discurso judicial que tenía planeado para cuando la citara a la fiscalía al finalizar el fin de semana. Al verla ahí parada, con expresión ingenua y desinteresada, no había podido resistir la tentación de saltearse ese paso procesal y encararla de inmediato.

--¿Está consciente de que puedo encausarla por falsa denuncia?

Nunca volvimos a saber nada de esa reverenda hija de puta. Mi vieja se acordaba cada tanto de ella y la puteaba como si recién se enterara de su felonía, hasta que la olvidó, igual que a todo lo demás. Una de las cosas favorables que tuvo su demencia fue que dejamos de oír la verborragia de su desprecio, aunque cada tanto le seguían brotando palabras sueltas que demostraban que muy adentro de su irracionalidad seguía relampagueando, con un pálido reflejo, la lógica de su odio por lo sucedido aquella noche de mierda. Pero antes de eso, cuando todavía hilvanaba las ideas y yo dedicaba un rato a escucharla sin sorpresa, contaba que la pendeja había desaparecido como por arte de magia, y que de nada valieron los intentos del patrón y de algunas chicas para dar con su paradero, aunque más no fuera que para cantarle cuatro frescas. Los hermanos la negaban y tampoco querían saber mucho de ella, andá a saber por qué. Mamá narraba que después de la vez de la cachetada leía las noticias, oía la radio o miraba la tele, y nunca se enteró de que una piba con señas similares a la traidora se hubiera tirado debajo de un tren. Así fue durante el primer año, el segundo y parte del tercero; después la cosa perdió su interés, y quedó claro que la conchuda no tenía la menor intención de hacerse boleta, aunque hubiera roto las bolas con sus amenazas y dijera que morir le provocaría no sé qué cosa, en fin, boludeces de una loca de atar. Porque no sólo mamá estuvo loca, años más tarde. Seguramente Gabriela tenía alguna forma de pire, y nadie se dio cuenta a tiempo.

Gabriela miró al empleado de la justicia sin emoción. No temía a ninguna de las consecuencias que su acto pudiera acarrearle. Tampoco le interesaba el odio del tipo, en el peregrino caso de que llegara a granjeárselo. No, él no podría odiarla jamás. El odio es una metamorfosis del amor, del cariño, de la cálida  cercanía, y nunca el resultado de un trámite judicial. A lo sumo sentiría bronca hacia ella, pero no el privilegio del desamor. Por otra parte uno muy parecido a él se encargaría pronto de escribir a máquina, en papeles oficio con el sello de un juzgado y el logotipo de la justicia, las circunstancias del deceso que estaba a punto de auto infligirse. Un escozor agradable le pasó por entre las piernas, y reprimió la urgencia de acariciarse el clítoris.

--El niño está ahí dentro. Si usted no sabe hacer su trabajo, es su problema, no el mío.

Todas las dudas asaltaron de nuevo la mente del fiscal, pues obviamente no esperaba esa respuesta. Había dado por sentado que no existía tal niño dentro del edificio que acaba de revisar a conciencia, y ahora la muchacha afirmaba una vez más lo contrario, poniéndolo en una situación incómoda.

--Dimos vuelta cada uno de los rincones de ese lugar, y no encontramos nada. Sea más específica.

Gabriela sonrió.

--No puedo decirle más. Sólo que el chico está ahí…

--Amplíe su denuncia, ahora y aquí. Proporcione más datos. Por ejemplo, brinde la filiación del menor. Quiénes son sus padres, cómo fue a parar ahí… ¡Vamos!, terminemos con esto de una vez por todas. Los dos deseamos lo mismo. Trabajemos juntos y resolvamos el asunto cuanto antes. De usted depende…

--Oficial…

--Pablo, para usted –condescendió el fiscal.

--Pablo, yo hice lo que debía hacer, y no tengo más información que darle…

El fiscal la miró a través de su cansancio.

--En cuanto a eso de que los dos deseamos lo mismo –agregó ella-, no estoy tan segura… En este momento sólo deseo irme de aquí, pues me aguarda un compromiso importante.

--¿A esta hora de la madrugada?

--Apenas salga el sol… De manera que usted tiene tres opciones con respecto a mí.

--Ah, ¿si? Instrúyame, por favor. Cuáles son mis opciones.

--Llevarme detenida, cogerme o dejarme ir.

Los ojos del fiscal se abrieron muy grandes.

--¿Cómo dijo?

 --Por su reacción puedo darme cuenta de que las tres le provocan incomodidad.

--Señorita, yo…

--Gabriela, para usted –devolvió la joven.

--Gabriela, ha sido una noche larga y complicada. Si no va a reconsiderar su negativa a aportar más datos, sólo puedo tomar la tercera opción.

Abrió la puerta del auto y salió. Luego extendió la mano a Gabriela para ayudarla a salir también. Cuando la tuvo de pie frente a él, aun sosteniendo su mano, la miró más detenidamente bajo la rara luz que conjugaba la noche y el día.

--Puede ir a su cita, Gabriela. Y volveremos a vernos para trabajar sobre la segunda opción.

Gabriela caviló que Pablo acababa de desperdiciar la única oportunidad de ejecutar su segunda opción (donde hubiera encontrado su virginidad), a menos que le resultara atractiva la necrofilia.

Retiró lentamente su mano de la de Pablo, que se sentía cálida y parecía querer retenerla un segundo más. Lo miró a los ojos por última vez y comenzó a caminar lentamente hacia la esquina, donde se detuvo a esperar su tercer taxi de la noche. Un poco después paró uno con la banderita “LIBRE” encendida y la levantó acercándose al cordón. Reanudó la macha y se perdió tras un giro a la derecha, dos cuadras hacia el norte de la del teatro.

Me parece recordarle muy vagamente la cara, o quizá no sea un recuerdo sino una composición pictórica que inventé a través de los años. En cambio su perfume fresco y frutal permanece en mí con la viveza de la inmediatez, y estoy seguro de que la reconocería en la calle si usara todavía la misma fragancia, aunque su rostro correspondiera al de una perfecta desconocida. Siempre tuve buena memoria olfativa, soy como un perro. Con el olor me alcanza para componer incluso la vida que ella tuvo después de su bajeza, la vida que ignoro por completo pero que anticipó con el bálsamo estelar que me circundó un día de mi infancia. No dudo de que pasó buena parte de los años posteriores errando de psiquiatra  en psiquiatra, y que durante algunos espacios de tiempo más o menos prolongados debió recluirse en una clínica de descanso, de esas que detrás del nombre bonito e invitante, clínica de descanso, amontonan vejez, enfermedad, miseria y toda clase de chifladura. A mamá la tuvimos en casa hasta que la mente le enfermó el cuerpo y los pulmones le dijeron basta, y bien sabe Dios que no fue fácil bancarse la progresión de su esquizofrenia, especialmente la fase final, que tenía un componente de agresividad dedicado a mí. En cambio de la piba aquella nadie habrá querido hacerse cargo y tenerla bien cuidadita en la tibieza de un hogar, por una contraste básico con mamá, que quedó suficientemente demostrado con el cagadón que se mandó la noche que me escondieron en el teatro: Gabriela era una mala persona.

El ensimismamiento del fiscal fue entorpecido por la voz de Barcelli, que había observado el encuentro con Gabriela sin intentar interrumpir.

--Linda, la pendeja, ¿no? –despachó, con una sonrisa maliciosa.

--Interesante mujer –retrucó el fiscal, algo relajado.

--No pude evitar ver que la chamuyó en el asiento de atrás. No se prive, hombre; dese un gusto –aconsejó.

El fiscal asumió de nuevo el tono grave que caracterizaba su función.

--Estoy trabajando, comisario… En respuesta a lo que me preguntó hace un rato, le notifico que ella es la denunciante.

Barceli frunció el entrecejo y se quedó en silencio, no sin sentir asombro por la información que le proporcionaba el otro.

--Y le digo más –agregó el fiscal-: el pendejo está ahí dentro. Hay que volver a ingresar y revisar mejor. Cada centímetro, cada agujero, cada detalle, por insignificante que parezca.

El comisario se mesó los cabellos y señaló con un gesto facial a los oficiales que ya estaban metiéndose en los autos para retirarse.

--Eso es imposible. Legalmente ya cumplimos nuestro trabajo. Mis hombres están cansados y yo ni le cuento. Hágame caso: váyase a su casa y olvídese del asunto. Además…

--¿Además qué?

--La piba esa, la flaquita que recién se fue, es una persona extraña, y yo no le hubiera dado mucha bola desde el comienzo… Cojerla es una cosa, pero tomarla en serio para asuntos oficiales, otra muy distinta. Vaya a saber qué la impulsó a armar este quilombo. A lo mejor tiene líos con Hugo, el patrón, o con las otras minas, ¡quién sabe!

El fiscal suspiró. Una parte de él no podía evitar darle toda la razón al comisario.

--Está bien –dijo-. El lunes nos encontramos para presentar el informe del operativo. Sólo hágame un favor…

--Usted dirá.

--Yo me voy a quedar un rato más apostado por acá, para asegurarme de que no saquen al pibe apenas se retiren los móviles. Déjeme a dos oficiales; cualesquiera, los que estén menos cansados. Yo después se los alcanzo a la seccional.

--¡Ja ja! Mire que me salió obstinado, usted… Está bien. No le voy a negar eso. –Miró a su alrededor y vio a los hombres indicados.- ¡Kova! ¡Saravia!–gritó.

Los agentes invocados se acercaron y recibieron las instrucciones pertinentes. Saravia iría a custodiar desde una distancia prudente la salida trasera. Kova sería el ladero del fiscal, y por el malicioso guiño de ojo que detectó en el comisario mientras recibía la consigna, entendió que tenía que desalentarlo para que abandonara el lugar lo más pronto posible.

--Hasta el lunes –se despidió el comisario-. Y no se desvele demasiado –bromeó.

Mientras Saravia rodeaba la manzana, Kovasky y el fiscal vieron cómo en pocos minutos todos los autos oficiales se alejaban sin hacer barullo, con las luces estroboscópicas apagadas. Se quedaron solos en medio de la madrugada, mientras los clientes se iban retirando de a poco del teatro, riendo y en algunos casos bamboleándose por los efectos de la ingesta de bebida alcohólica.

--Vamos –indicó el fiscal, y se puso al volante de su auto. El agente se ubicó en el asiento del acompañante.

Puso en marcha el vehículo y lo camufló entre otros autos estacionados en la vereda de enfrente, algunos metros más hacia la esquina, casi en la puerta del edificio donde vivía Agopián. Desde esa discreta atalaya podía verse el movimiento de gente que abandonaba el local, y no les pasaría por alto la salida de un infante.

--Esto no durará mucho –comentó el fiscal-. Si el menor está ahí, lo van a sacar muy pronto, creyendo que ya no hay moros en la costa.

Kova no replicó. Él también había visto la charla del otro con la flaquita que se desnudaba y hacía piruetas con la pelota de fútbol, y meditó que aunque no fuera demasiado exuberante ni llamativa podría ser buena en la cama, por aquello que se decía de que las flaquitas, cogiendo, “son unas viboritas”. Sospechó que la reunión entre esos dos se relacionaba de alguna manera con el puto operativo de aquella noche, y malició que a lo mejor la pendeja era una viborita de muy distinta categoría.