04:12 - 04:42

 

Los golpes en la entrada les helaron la sangre en las venas. La ausencia de sorpresa no hizo menos inesperado el sobresalto. Sabían que Barcelli regresaría rápidamente, aunque no creyeron que sería con tal celeridad.

Cecilia Borges había retomado su rol de vigilancia en la puerta, y aunque ésta era gruesa pudo auscultar, en el silencio del pasillo, los pasos que anticiparon la llamada acústica.

--Es él; volvió –anunció con expresión alarmada.

La rutina del trabajo había recomenzado apenas los hombres salieron del camarín. El retraso del último show estaba impacientando a la concurrencia en el salón.

Selva corrió al baño y abrió la puerta del vanitory, para comprobar que Martín seguía quietito dentro del mínimo espacio, algo apretado pero tranquilo. Susana la siguió de cerca para recordarle que era el comisario quien regresaba y no convenía sacar al niño de su escondrijo.

--Ya sabe que está acá; ¿para qué seguir ocultándolo? –argumentó Selva con una rémora de angustia en la voz.

--A lo mejor no vuelve solo –refutó Susana-. Además, no le hagamos tan evidente la complicidad –agregó. Después miró hacia el interior del mueble y constató que el chico podía permanecer ahí un rato más, hasta que ya no hubiera moros en la costa.

--¿Puedo salir, mami? –pidió Martín, estirando un brazo hacia el cuello maternal.

Selva debió hacer un gran esfuerzo para no abrazarlo, levantarlo en andas y sacarlo del baño. La prudencia primó en su decisión, y además se dio cuenta de que para su hijo la situación poseía un claro sesgo lúdico.

Martín no compartía la zozobra de las mujeres; sólo la había advertido. El sentimiento que lo dominaba era la curiosidad. Prácticamente desde el momento en que vio a la abuela muerta se había sentido imbuido de preguntas que temía formular en voz alta y temía responderse a sí mismo. La muerte del cuerpo, la lujuria del cuerpo, representaban para él dos claros misterios: por qué algunos dejan de moverse y otros se ven pletóricos de una rara energía que los acerca y los completa. (Asoció adversativamente ambas realidades, como las caras de una misma moneda.) Imaginó por un momento que la abuela había sido como Estela o Susana o Luisa, y pensó en sus pretéritos pechos.

--Tenés que quedarte un poquito más acá, mi amor. Y calladito, como te dije antes. –Le acarició el cabello.- ¿Estás bien?

--Si, mami –respondió Martín sin dudar, y sonrió-. ¿Cuándo nos vamos a casa?

Selva lo miró y le acomodó el bracito dentro del mueble.

--Pronto, muy pronto. Pero por ahora seguí portándote bien.

Le dio un beso y cerró la puerta del vanitory, ahogándose fugazmente como si nunca más fuera a sacar a su niño de ese pequeño ataúd de madera de pino lustrada.

--¡Dale! –apuró Susana-. Oigo que está entrando Barcelli.

Las dos regresaron al recinto del camarín en el instante en que Cecilia Borges daba paso al comisario y éste agradecía. Miranda, que hasta ese momento no había abandonado el rincón donde tenía abrazada a su lozana mujer, salió al encuentro del recién llegado.

--¿Me busca a mí?

El hombre caminó lentamente los pasos que lo separaban de la descomunal hembra, seguido por varios pares de ojos que no querían perder detalle de lo que sucediera enseguida.

--Si, Miranda; vengo por vos. Hablemos…

--¿De qué desea hablar?

--Tenemos… -dudó un momento y aclaró la voz antes de continuar- Tenemos que combinar un encuentro… Yo cumplí mi parte del trato.

Selva salió de su entumecimiento y comenzó a ayudar a las chicas a vestirse para salir a escena. Todo volvía a ser como siempre: las luces, los sonidos, los comportamientos. Se oyó la voz del director que gritó desde el pasillo:

--¡Vamos que todavía hay mucha gente afuera! ¡En tres minutos quiero a la secretaria arriba!

Estela empezó a ajustarse su atuendo, tal como ya hacían las demás. Los espejos volvieron a poblarse de rostros que se peinaban, se maquillaban e inspeccionaban una belleza exhausta.

--Yo también cumpliré mi parte del trato –dijo Miranda con voz pausada y distante, en el centro del camarín-. Pero no habrá un encuentro, como usted dice; esto no es un romance, comisario…

Barcelli frunció el entrecejo:

--No comprendo…

--Tendrá su premio, pero será aquí y ahora. Y nunca más me pondrá una mano encima. ¿Entendió?

El hombre miró a su alrededor, comprendiendo a medias y acobardando las miradas de las curiosas.

--Entiendo… pero… ¿acá?

--No frente a todas ellas, si es lo que lo preocupa –aclaró ella.

--No me preocupa; sólo que…

--El baño será el lugar indicado –interrumpió Miranda-. Tómelo o déjelo.

El comisario hizo un leve gesto de contrariedad, pero estaba decidido a obtener lo que deseaba a cualquier costo.

--¿No se supone que es el ganador quien debe imponer las condiciones?

No obtuvo respuesta; el silencio de alguna manera era un eco de las últimas palabras: tómelo o déjelo. Admitió para sus adentros que la recompensa por su connivencia era lo bastante importante para que además exigiera formalidades en la entrega. Miranda tenía razón: no era un romance, y aunque eso lo decepcionó, rápidamente y con espíritu de policía avezado se hizo un exacto diorama mental de la situación.

 --Bueno, hagámoslo así… –transó después de un silencio, e hizo una nueva pausa. Finalmente expresó una preocupación:- Decime, Miranda, ¿te vas a portar bien?

Al tiempo que formulaba su pregunta apartó con suavidad uno de los lados de su saco y le dejó ver la cacha de la 45 reglamentaria que enfundaba junto a sus costillas. Ella sintió que apenas podía contener la ira que la impelía a trompearlo con arma y todo, pero se contuvo.

--Yo pago mis deudas, jefe.

Después de eso ya no necesitaron intercambiar una sola palabra más. Miranda caminó hacia el baño, observada por las otras mujeres con morbo y curiosidad. Todas estaban al corriente del pacto sexual, pero las sorprendió darse cuenta de que se concretaría ahí y enseguida. Estela iba a salir rumbo al escenario para ofrecer el personaje de la secretaria que se despojaba de su cuidadoso trajecito de oficina, pero viró y se interpuso entre Barselli y la giganta. Ésta se detuvo, la enfrentó y la tomó por la cintura, acercándola suavemente y agachándose para ofrecerle la boca. Estela la besó en los labios largamente y luego le musitó al oído su aval:

--Terminá pronto con esto y vayámonos de aquí.

 El comisario fue testigo privilegiado del amor de las dos mujeres, pero no llegó a oír el mensaje. Sintió, sin embargo, que el beso lésbico apuraba su ansiedad por encerrarse herméticamente con el objeto de sus desvelos de larga data en el pequeño espacio acordado, y dar ahí rienda suelta a sus instintos carnales. Estela le dedicó una mirada de rencor cuando pasó a su lado; después traspuso la puerta del camarín y se fue al escenario con una mezcla de angustia y ardor de estómago, mientras agradecía a la providencia que la alejara del lugar y del instante en que su especial amiga se sacrificaría por la tranquilidad y la estabilidad laboral de todas. Se propuso, por último, no regresar al camarín hasta que el indeseado coito hubiera llegado a su culminación, porque esa sería la mejor estrategia para contener una violencia que apenas conocía en ella misma.

Selva notó recién entonces la complejidad de la situación. Pensó en ir a rescatar a Martín del sitio donde ocurriría el lance, pero por un lado ya era tarde para eso, y por otro la figura del comisario la intimidó. Entonces ocultó el rostro en la concavidad de las manos y se puso a llorar.

Miranda entró primero en el baño. Barcelli la siguió y cerró la puerta detrás de él; luego se regodeó en la contemplación de aquel portento de mujer de arriba abajo, creyéndose a cubierto de la indiscreción de terceras personas. Los pechos, ahora cercanos en el interior reducido, quedaron casi a la altura de sus ojos, desnudos aún. La vedetina escénica era la única prenda que cubría el enorme cuerpo. Se tomó un momento más para observarla detenidamente, palmo a palmo, como si se tratase de una obra maestra de ingeniería forjada por la naturaleza. Ella se dejó investigar, con los brazos abandonados junto al cuerpo. Para los dos era la primera, única y última vez: él con ella; ella con un hombre.

--Miranda, no sabés lo que provocás en mí –dijo lentamente, al tiempo que se quitaba el saco con parsimonia casi ritual y lo colgaba en el perchero empotrado entre el inodoro y el bidet.

Por la mente de ella cruzaron, como relámpagos, cientos de respuestas o frases para contradecir, pero ninguna lo suficientemente adecuada a lo excepcional, ridículo e insólito del momento que vivía. Sentía que no era ella la que estaba presente; imaginaba que su alma se había desprendido del cuerpo que le correspondía, atraída por una catenaria astral,  y que lo demás obedecía a un capricho de Merlín, fugado de su tumba únicamente por ensañamiento. No existían palabras que reflejaran el fárrago de emociones que le atravesaban el corazón, y la mente estaba demasiado ocupada en sofrenar los deseos de salir corriendo, tomar a Estela y llevársela a casa. Lo que decía sentir aquel intruso de su piel no tenía ningún significado, y ella sólo quería que satisficiera sus bajas pasiones y la dejara en paz cuanto antes. Estuvo a punto de pedirle que se apurara porque no tenía toda la noche para saldar el asunto, pero imprimió algo más de relajamiento a su cuerpo y prefirió callar.

Él se despojó de la sobaquera con el arma y la puso dentro del lavatorio. Apoyó las palmas de las manos en los enormes pechos y esperó la reacción de ella. Al comprobar que no se inmutaba dio una suave lamida en uno de los oscuros y grandes pezones, y enseguida se apartó unos centímetros para quitarse la camisa. Miranda se estremeció pero sostuvo su impávida actitud.

--Buena chica… -susurró él, y dejó la camisa sobre el arma. Después hizo lo propio con la camiseta blanca de mangas cortas.

Emergió un torso velloso y bastante ancho, bien formado para un hombre que superaba con holgura los cincuenta años. Miranda no se privó de analizarlo sin tapujos, pero lo hizo desde el prisma del trabajo físico. Solía ver hombres cuando iba a entrenar, y juzgó que Barcelli era también concurrente de un gimnasio porque su abdomen no poseía la flaccidez del sedentarismo. Él se percató de la clase de aséptico interés de la cual era objeto, y no se hizo ilusiones, conociendo a Miranda como creía conocerla, acerca de que detrás de tal curiosidad se ocultara un conato de atracción sexual. Aun así, aumentó dos pasos la distancia que los separaba y le ofreció una perspectiva levemente mejor.

--No soy un hombre joven pero trato de mantenerme en forma… ¿Te gusta lo que ves?

Ella contuvo las mil respuestas posibles. Él exhaló, quedamente y con voz de súplica, un íntimo deseo:

--¡Quiero que tengas un orgasmo!

Entonces Miranda sonrió. Los hombres podían ser patéticamente graciosos en la intimidad, y éste era la prueba palmaria. No imaginó a esa criatura peluda, tosca y áspera proporcionándole alguna clase de placer. Por lo demás, estaba acostumbrada a funcionar como la parte activa en una relación sexual: ella era la que proporcionaba el goce; muy pocas veces se había sentido objeto pasivo de atenciones amatorias, y su satisfacción provenía mayormente de la iniciativa y la acción. Eso, por supuesto, no era lo que pretendía el comisario, y ella tampoco soñaba con dárselo. Los dos eran muy varoniles a la hora de copular.

Martín se había puesto en estado de alerta apenas oyó que se cerraba la puerta del baño. Espió a través de las hendijas dos pares de pies que se movían confusamente, que se acercaban y se alejaban; pies descalzos y de mujer grande en los cuales reconoció a Miranda, pies masculinos calzados con zapatos negros que le infundieron intranquilidad y enormes deseos de fisgonear. Le llegaban las resonancias de palabras sueltas, susurros, silencios inquietantes, todo lo que previene que está a punto de suceder un incidente impactante. Enseguida vio que el hombre se agachaba para desacordonar su calzado y quitárselo con la ayuda del pie opuesto; finalmente observó que caía el pantalón, y que la misma mano grande y firme lo levantaba del piso.

Ese fue un movimiento que sorprendió a Miranda, ya que no imaginaba que su momentáneo opresor se despojaría de toda la ropa; había supuesto que se conformaría con abrir la camisa, bajar el cierre de la bragueta, correr el calzoncillo y penetrarla en forma premiosa. Ahora comenzaba a darse cuenta de que no sería así. Barcelli estaba prácticamente desnudo frente a ella, vestido sólo con un bóxer ridículo, blanco y con guardas azules, y con los soquetes negros.

--Es tu turno. Quiero que te quites eso –y señaló la prenda que cubría el pubis y la entrepierna femenina.

Aunque sublevada, Miranda la bajó con las manos hasta las rodillas y completó el trabajo con los pies. Martín vio que la braga de la gladiadora quedaba abandonada a un costado de su dueña. Barcelli se quedó hipnotizado en la contemplación, en primer plano, de la desnudez que hasta entonces sólo había admirado desde las mesas más avanzadas del salón; sintió que la sangre le hervía dentro de las venas, y que su masculinidad daba acuse de recibo del impacto visual.

--Miranda, sos… -pero se le quebró la voz.

--Lo sé –admitió ella, y esperó lo peor.

En medio del mal trance que el destino le había deparado, Miranda alentaba la esperanza de que los deseos del comisario, viajando desde la mente hasta su miembro, llegaran debitados y no tuvieran los arrestos de los que él mismo estaría convencido. Suponía que un hombre de esos años, que además llevaba a cuestas la fatiga de una noche de trabajo inesperado, un hombre seguramente desgastado por una sexualidad extramarital que ella suponía bastante intensa, un hombre así no se tomaría demasiadas molestias por echarse un polvo de película en un baño, poco antes del amanecer, con alguien que, como ella, le ofrecería poco estímulo, o ninguno. Un hombre así no alcanzaría tal erección frente a sus ojos desinteresados, debajo del risible atavío bicolor…, a menos que lo que ella le provocaba superara, en efecto, todas las barreras que se interponían en la vía hacia la consecución de un óptimo coito.

El comisario estiró la mano y extrajo un paquetito plateado de un bolsillo interior del saco. Lo elevó ante sus ojos y lo agitó en el aire. Miranda reconoció el producto de inmediato, y en cierto modo se tranquilizó.

--Mirá –dijo él-, siempre llevo esto y lo uso cuando cojo.

--Me parece muy higiénico –admitió ella.

--Quiero que estés tranquila acerca de tu salud. Y eso… –agregó él mientras arrojaba el sobrecito hacia un rincón del baño- y eso es porque no voy a utilizar esta porquería con vos. –Ella palideció, pero él no se dio cuenta.- Necesito sentir tu piel como la de ninguna de las de afuera…

Martín vio el destello plateado que caía, como un meteorito lejano, hacia el lado derecho de su campo visual. Luego volvió a ver las manos masculinas en el acto de bajar el bóxer y apartarlo con un pie hasta dejarlo junto a la prenda de Miranda. Al final fue el turno de los soquetes, despojados con un tirón en cada punta, como su mami le hacía a él antes de mandarlo a bañar.

Ante Miranda apareció el pene de Barcelli, el segundo que veía en su vida. El primero, claro, había sido el de su hermano, cuando, ya adulto y perturbado, había que ayudarlo a desvestirse, vigilar que se enjabonara y se enjuagara correctamente y secarlo como Dios manda. Pero el pene de su hermano siempre estaba laxo, un poco por los remedios y otro poco porque no existía motivo para que manifestara una reacción. El de Barcelli, en cambio, poseía características muy distintas; si vamos al caso, era la primera vez que veía un pene en el esplendor de su tiesura.

Entonces sí, esperó lo peor.

Sintió más rechazo que nunca para con el sexo opuesto, y se reafirmó íntimamente lo que siempre le decía a Estela: no me gustan los pepinos. Aunque carecía de la posibilidad de la comparación, el que se había desplegado frente a ella poseía un tamaño algo superior a lo normal, y estaba dispuesto a entrar en su cuerpo como un polizón indeseado. Al carajo su convicción de que jamás iba a permitir semejante cosa. Ahí estaba, lista para oblar una deuda que después de todo no le pertenecía, así que bien podía echarse atrás y mandar a todos a cagar. Entonces pensó en Martín. Y sólo entonces recordó que Martín continuaba oculto a dos metros escasos de donde acontecía su desgracia. Miró al vanitory por encima del hombro del comisario y notó que la pequeña puerta se abría con cautela; los ojos vivaces del niño la miraron desde su ingenuidad herida, y Miranda sintió que había que concluir aquel encuentro lo más pronto posible.

--Agachate y mamala –ordenó él. Ella dudó.- No te pido que hagas, por honor a tu palabra, nada que otra no haría por dinero… Dale.

Se puso en cuclillas y no sin cierto asco tomó con una mano aquella vulgaridad fea y erguida. (Él la apremió con otro dale.) La llevó a la boca conteniendo las náuseas y tratando de pensar en mejores momentos de su vida. Martín veía sus pechos por entre las piernas del comisario, a quien escuchaba gemir y decir chanchadas con voz ahogada por el placer. A la mente de ella volvieron, como un bumerang, las disquisiciones académicas de Cecilia Borges, una noche de calor en que se puso a reflexionar acerca de que nuestro país era el único hispanoparlante donde el lenguaje popular otorgaba al pene nombres femeninos: verga, chota, pija, poronga, matraca, nutria, boa, morcilla, garcha, salchicha, pichila, pistola, sinhueso, manguera, batata y un sinfín más; y aunque en aquel momento no le había dado ni cinco de pelota a semejante estupidez lingüística (pelotas, los testículos, por aproximación  morfológico-estructural), ahora retornaba a su mente con la fuerza de esa cosa tan fea, también referenciada como la de mear o simplemente ésta, a la que estaba faenando.

Al cabo de un rato Barcelli abrió los ojos, le acarició el cabello y soltó una risotada.

--¡Ja ja! ¡Se nota que esto no es lo tuyo! ¡Ja ja! –exclamó- Pero igual valés la pena… -Nuevamente inmerso en la situación, indicó:- Ahora parate y date vuelta. Llegó el momento de conocerte por dentro…

Una vez que ella se ubicó en la posición requerida, guiada con palabras escasas y con una suave presión manual en las caderas, él descubrió que la mecánica de sus cuerpos favorecía el sexo vertical. Miranda, con las palmas apoyadas en la mochila del inodoro, de espaldas a Barcelli y a Martín, empezó a sentir un ciclo de sensaciones bisoñas que no podía definir porque no se parecían a nada conocido; era como si un extraño dolor y un irreconocible placer se fundieran para adulterar las categorías de sus sentidos. No gozaba y no sufría; simplemente estaba de pie mientras un hombre la fustigaba con ahínco tratando de alcanzar quién sabe qué enigmático rincón de su sistema sensorial. Por su mente pasó Estela, pasó Martín, pasó Anabel y su enfermedad. Pasó Laura, muerta e insepulta. Pasó su hermano con los perros. Pasó la idea, que la venía rondando, de ampliar el emprendimiento de dog Walker, a lo mejor incorporar agility canina para los clientes más forrados, o quizá hacer el curso de Dog Bath que duraba tres meses y abrir un pequeña bichería cerca de la avenida, pasó dedicarse a eso en lugar de seguir en esa inmundicia del teatro.

--¡Ahhhhhhh! –gemía él-, qué cerradita la tenés…

Miranda bajó la cabeza y vio sus propias piernas, que formaban un triángulo casi perfecto. Más atrás vio las piernas del hombre, que se movían con un compás de metrónomo. Contempló que en el vértice del triángulo el pene se acercaba y se alejaba, y eso coincidía con la sensación de que invadía y evacuaba su cuerpo. Agachó un poco más la cabeza y se topó con la mirada del niño, absorta en la contemplación del apareamiento. Aunque su retina capturaba la imagen inversamente pudo notar la tensión en la expresión de Martín, pero lo que más la impactó fueron sus ojos engrandecidos por el asombro. Tentada estuvo de detener a Barcelli, que no se había dado cuenta de la diminuta presencia, para pedirle que sacara al chico del baño, pero no se resignaba a que todo volviera a comenzar.

Pobre Miranda, ¡la cara que ponía! Él la empomaba de atrás y yo veía cómo se balanceaban sus huevos con el mete y saca, ja ja. Yo tendría unos ocho años y nunca había visto nada parecido. Imagináte que mi bocho marchaba a trescientos por hora. ¿Si me vio? ¿Vos decís ella? Claro que me vio. Sabía que estaba ahí. Pero no me deschavó. En cambio el tipo ni se dio cuenta. Igual poca bola me hubiera dado, con lo caliente que lo traía semejante portento de mina.  ¡No sabés! Le daba matraca sin piedad, pero ella ni fu ni fa. Son jodidas las lesbianas. Cuidan su hombría más que un macho. Nosotros tenemos un gen homosexual. Ellas no. Posta. Al rato veo que al chabón le tiemblan las patitas y lo oigo ahogarse en un bramido. Después un silencio de muerte. Y los dos quietitos como rulo de estatua, sin mover un pelo. Así pasaron uno o dos minutos. El tipo se la dejó morir adentro. Y ella, pobre, supongo que no sabía qué carajo hacer, ja ja. Cuando se dio vuelta me pareció que estaba a punto de llorar. Yo cerré la puertita y me hice el boludo como perro que volteó la olla. No sea cosa que la ligara también. ¡Ja ja!

Miranda perdió la noción del tiempo. Sólo le quedaba la idea de la eternidad para medir la duración de aquella cogida. Sentía acalambrado cada centímetro de su cuerpo. El comisario demostraba más vitalidad de la que ella había supuesto, o quizá su ansiedad por dar por terminado el asunto y volver a ser la Miranda de siempre la inducía a sobreestimarlo. También se preocupaba por Martín. Una parte de ella no se perdonaría jamás haber abierto las piernas delante de sus ojos bonitos. Aunque no tenía nada que ver, se juró que jamás volvería a garchar ante la mirada de un perro.

Súbitamente sintió que él estaba a punto de llegar al clímax, a un éxtasis ajeno a ella pero que, a su pesar, la tendría como receptora. Sintió que las arremetidas contra su cuerpo se descompasaban como por ejecución de un mal intérprete, acelerándose y profundizando el vigor. Luego sobrevino un grito ahogado de él y la sensación, nueva e imprecisa, de que algo se derramaba en su interior. Optó por permanecer quieta, pasiva, entregada a la viril tortura, como hasta ese instante. Él hizo lo propio. Esos minutos representaron para Miranda la parte más mortificadora de aquel simulacro de amor y deseo. El acto posterior del silencio y la quietud, reservado para parejas reales, era lo más carente de sentido en tales circunstancias. Mientras esperaba que Barcelli tomara la iniciativa de separarse de ella y liberarla de su deuda, Miranda pensaba en Estela e imaginaba a las dos durmiendo muy abrazaditas. Se dijo que si lo que acababan de hacerle era lo que un hombre podía proporcionarle a Estela en un rato de pasión, sin duda ella estaba capacitada para abrirle las puertas a un mundo de verdadero placer sexual.

Súbitamente la puerta del baño se abrió con timidez y lentitud. Barcelli se desacopló de Miranda, al tiempo que los dos giraron la vista hacia la entrada, por donde la figura alta y exuberante de Anabel, en su morena desnudez, apareció con una sonrisa lasciva. La recién llegada cerró la puerta y se acercó al comisario, que no comprendía el  motivo de la irrupción; miró el pene a media asta y dio dos pasos más, exclamando un “mmm” de deseo. Miranda no sospechó lo que sucedía y se quedó pasmada.

--Bonito –dijo Anabel con voz sugestiva-,  ¿no te gustaría seguir conmigo?

A través de las hendijas Martín vio un nuevo par de pies, negros y de mujer. No le costó mucho trabajo reconocer a Anabel, a quien un rato antes había visto exasperada y en medio de un ataque de llanto. Era ella, aunque ahora hablaba con otra entonación, como si recitara una plegaria. Incluso él pudo darse cuenta de la carencia de autenticidad de las palabras que pronunciaba, aunque su sentido último era algo que apenas alcanzaba a sospechar.

Sin embargo a Barcelli, que aún estaba inmerso en la dinámica sexual, la invitación le pareció genuina y atractiva. Quitó los dedos de las caderas de Miranda y tomó por un brazo a Anabel, oprimiéndola contra su cuerpo.

--¿Así que vos también querés joda, brasuca? –Rio mientras su boca buscaba el negro cuello que se le ofrecía, y sin notar el pájaro que aleteaba en él, lentamente se dejó llevar por un nuevo brote de excitación.

Miranda vio que Anabel iba a entregarse y sintió repulsión. De pronto sobrevino un rayo que cruzó sus pensamientos e iluminó el trasfondo de la escena. No dudó sobre lo que tenía que hacer.

--Un momento –dijo-, así no es la cosa. –Tomó a Anabel de un brazo, con energía no carente de violencia, y la separó del hombre.- Si quieren coger lo van a tener que hacer en otro momento. Salí de acá, Anabel.

Ambas mujeres no necesitaron más que mirarse en el fondo de los ojos para entenderse y obsequiarse su piedad. Barcelli veía a dos hembras que, para su sorpresa, se peleaban por sus favores íntimos. Miranda descubría a una Anabel que, en solidaridad con el infortunio de una relación no deseada, intentaba vengarse del comisario inoculándole un poco de su propio padecimiento de muerte y dolor.

Muchas cosas pasaban por la cabeza de Miranda mientras echaba casi a empellones a la negra y volvía a cerrar la puerta del baño. Aun con el odio visceral que le provocaba aquel hombre, permitir que frente a sus ojos corriera el riesgo de adquirir el virus del HIV le pareció excesivamente cruel. También se preocupó por la negra y su inmensa carga de odio, que, al igual que se volcaba de la peor manera en la presente circunstancia, podía explotar ante la mínima provocación; la fatalidad de una mujer llamativa y desquiciada, en posesión de semejante arma biológica, la transformaba en una bomba de mecha muy corta. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Se agachó y levantó del piso la vedetina, mientras él ya se vestía con parsimonia.

--Estamos a mano –dijo-. Nunca más intente tocarme, Barcelli. ¿Está claro?

--Quedate tranquila –replicó, y sonrió con desgano-. No volveré a molestarte.

Miranda se dijo que había pagado en exceso el favor de mirar para otro lado. Él nunca sabría que de alguna manera le había alargado la vida. El secreto únicamente lo conocían ella y su atribulada compañera.

Barcelli terminó de vestirse y se miró en el espejo para acicalarse. Abrió la canilla y se mojó la cara. Se secó con un pañuelo que extrajo del bolsillo recto del saco. Del interior de éste tomó un peinecito, lo mojó y alisó una cabellera entrecana que amenazaba con ralear. Cerró la canilla y guardó el peine. Se acomodó la sobaquera con el arma.

--Cuidate –recomendó. Dio dos pasos hacia la salida. Ya con la mano en el picaporte volvió e encararla.- ¿Sabés?, aunque me odies por lo de antes o por lo de recién, no soy un mal tipo. –Resopló de cansancio.- No volveré a acercarme a vos, si es lo que deseás. Pero siempre encontrarás en mí a un amigo dispuesto para ayudarte en lo que te haga falta.

Sin esperar una respuesta que bien sabía que no iba a recibir, abrió y salió. El click del pestillo sonó en los oídos de Miranda como música celestial. Sentada en el inodoro, apenas contenía las ganas de llorar. Estiró una mano,  abrió el vanitory, y sus ojos acuosos se reencontraron con los de Martín, llenos de un asombro que todavía trataba de asimilar.

--Salí, pibe. –Lo tomó del bracito y lo ayudó a deshabitar su pequeño reducto.- Nos ganamos tu libertad.

El niño le soltó la mano y dejó que se sumergiera en cavilaciones que la  desentendieron de él como si la hubieran operado y no lograra despertar de la anestesia. Fue hasta el rincón donde había caído el meteorito y lo buscó. Levantó del suelo el sobrecito plateado y lo guardó subrepticiamente dentro del calzoncillo, postergando su observación minuciosa para un momento de soledad. Una ansiedad desconocida excitaba su curiosidad por abrir el misterioso envoltorio cuadrado y desentrañar el insospechado contenido, pero podía esperar. Entonces volvió a pasear sus ojos por Miranda, que seguía en la misma posición sedente, con la cabeza apoyada sobre los puños y los brazos acodados en el regazo. Se detuvo una vez más en los enormes pechos con pezones negros similarmente grandes que semejaban mascarones de proa. Lentamente elevó una mano para tocarlos, amparado en la distracción de la giganta, temblando de la emoción. Inmediatamente la bajó, sobresaltado por el ruido que hizo la puerta del baño al abrirse y dar paso a su mamá y a Estela.

Selva lo abrazó y lo besó con una inexplicable intensidad. Le preguntaba si estaba bien y volvía a abrazarlo sin darle tiempo a responder. Enseguida lo levantó en andas y lo sacó del baño como si escaparan de un monstruo de sus películas.

Estela cobijó la cabeza de Miranda sobre su vientre y le acarició el cabello sin preguntarle nada. Nunca la había visto tan derrotada, y se propuso poner todo su empeño para que jamás volviera a estar así. Sintió que unos leves espasmos de congoja la estremecían y la dejó llorar un rato, respetándole un silencio que bastaba para unirlas y explicarlas. Suponiendo el peor de los escenarios, planeó cuidadosamente las medidas que había que tomar apenas Miranda se recompusiera un poco y pudiera volver a pensar con un rudimento de frialdad: abrir la ducha para que se bañara, hacer que se pusiera un óvulo espermicida (por suerte tenía eso en la cartera), ir a una farmacia a las nueve de la mañana, cuando abrieran los negocios, y comprarle la pastilla del día después, que eran dos.

--Voy a dejar toda esta mierda –susurró Miranda con voz temblorosa y casi inaudible, y Estela comprendió.

La pecosa se agachó y enmarcó con sus manos el rostro humedecido de su pareja. Meditó cuidadosamente las palabras, que tenían que reflejar con exactitud y autenticidad los dictados de su corazón, y las obsequió sin dudar:

--Yo voy con vos.