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Al ingreso de los policías en la sala lo había precedido un signo fácilmente reconocible por el habitué de la noche: las coristas habían emigrado del salón; de pronto no quedó ninguna sentada a una mesa o caminando por detrás de las sillas. Claudio vio que Laura y Romina se acercaban a él: Romina, su esposa, y Laura, la madre de un hijo cuya fecundación era obra de tres voluntades. Vio enseguida que otra de las desnudistas les cuchicheaba algo secretísimo con gesto de nerviosismo. Vio después que volvían a alejarse sin siquiera mirarlo o decirle qué pasaba (tal era su perturbación), hacia la pequeña puerta que, a estribor  del salón y debajo de un cartel luminoso que rezaba “Privado”, exhalaba e inhalaba a la dotación femenina. El hijo de Sonia había disfrutado de la presencia de su madre muy al principio del descanso, unos minutos escasos; en medio de dos silencios ella le había musitado que tenían oculto al pibe de una compañera, un niño de ocho años que la había llamado “señorita”, y se rio; luego le obsequió la advertencia de que no se asustara si entraban agentes a efectuar una inspección de rutina y le  requerían identificación, que él, por supuesto, llevaba consigo (y tuvo que exhibirle su DNI para tranquilizarla, comentándole que “ya lo mostré en la entrada”, a lo cual ella opinó que su cara de bebé disimulaba a un hombre hecho y derecho). Después Sonia se había ido “a ver cómo está el pobre chico en el camarín”, y él contempló que la abertura “Privado” la engullía sin piedad. Las otras mujeres permanecieron en la sala, parloteando y haciendo copas, pero algo más tarde todas se retiraron en menos de un minuto, como activadas por un ademán inequívoco de peligro. Claudio consultó su reloj con dificultad, porque aunque las candilejas del descanso ahuyentaban la penumbra que bordeaba al espectáculo, no estaban pensadas para examinar un pequeño cuadrante con dos manecillas doradas que se movían con la pesadez del tiempo. A fin de cuentas ¿a quién podía importarle media hora más o menos? La madrugada únicamente posee dos momentos que la definen: la puesta y la salida del sol. Entre uno y otro evento cósmico transita sin culpa y sin prisa, mientras la gente duerme, escribe, hace el amor, llora o se emborracha. Todo posee una intensidad diferente en las horas de la madrugada: el amor, la nostalgia, el desconsuelo, la astrafobia y el dolor de muela. El unigénito de Sonia pensó en su madre y sintió que esa noche sería una bisagra en la vida de los dos. Claudio imaginó la paternidad y súbitamente notó que habían subido en demasía el volumen de la música funcional del entreacto, comparado con otras veces.

Claudio y el hijo de Sonia se vieron, hicieron contacto visual. Le llamó la atención la presencia de un hombre solo, sin amigos presentes, sin compañera permanente, con una simétrica expectativa hacia la puerta lateral. En algún momento de la noche lo había visto con compañía femenina ligada al teatro, y se dio cuenta, a juzgar por gestos y actitudes, que se trataba de una relación, aunque no pudo precisar de qué tipo; eso le provocó una especie de complicidad, la sensación de que los dos pertenecían a un nivel superior al de la clientela rasa, a la zona de nadie que no formaba parte del negocio pero que tampoco era totalmente ajena a él. Sonrió y recordó a un amigo que se ufanaba de codearse con las estrellas de la pantalla chica, sólo porque dos veces a la semana hacía las entregas de toallitas de papel para los baños y la cocina de un canal de televisión. Bostezó por primera vez y miró alrededor. Nadie le había llamado la atención, además del hombre joven que parecía estar en una situación similar a la suya. Los dos compartían una mezcla de inquietud y aburrimiento que se imbricaba en la soledad de la propia mesa.

Raúl se percató de que algo anormal sucedía esa noche; siguió acodado en la barra junto a su trago, intentando bromear con el barman. A éste no le caía simpático, y tampoco se sentía cómodo si le daban charla en medio del atareo de preparar tragos y proveer las relucientes bandejas plateadas que los mozos equilibraban en su mano. Siempre se preguntaba por qué una mujer como Estela tenía tratos con un petimetre así, más enamorado de sí mismo que de la beldad que la caprichosa y arbitraria suerte le había metido entre las sábanas.

--Hace un rato, cuando entré, vi mucha policía en la puerta. ¿Pasa algo malo? –preguntó Raúl con voz pastosa.

--¡Puf, casi nada! –refunfuñó el barman, y siguió disponiendo un pedido de dos speed con vodka y una wiskola.

Raúl se mantuvo expectante y padeciendo el desdeño del empleado, que no parecía tener ningún interés en marcar un punto seguido en la oralidad y brindar la respuesta requerida. Insistió:

--¿Alguna pelea? ¿Un robo? –y se quedó mirándolo fijamente, para que el otro supiera que no iba a cejar en su interpelación.

--Un chico –otorgó el barman-, una muerte, ¡qué sé yo!

Raúl se dio por satisfecho y prefirió proseguir su sondeo en un interlocutor menos esquivo. Buscó rostros conocidos, pero ninguno halló. Entonces decidió que era mejor apartarse del mostrador y caminar hacia la zona de los clientes trasnochados. A esa hora habían ya algunas mesas libres –no muchas-, y pensó que si encontraba una pequeña se sentaría a esperar a Estela y a presenciar su última salida en el escenario. Luego se irían juntos a su departamento de hombre recientemente separado, aunque raramente ella pernoctaba con él y prefería regresar en auto a su faubourg de casas lindas y campos de golf.

Veinte pasos avanzó con su trago en la mano, y pasó detrás de Claudio, sin verlo. Éste giraba con dos dedos su vaso semivacío y volvía a mirar el reloj como si estuviera en la oficina y aguardara la hora de salir, y entonces levantó la vista y vio una espalda que creyó conocida, un corte de pelo registrado. Primero no estuvo del todo seguro, pero cuando vio el perfil lo identificó con certeza.

--¡Raúl! –lo llamó, y Raúl se volvió hacia él con una sonrisa extraña para la hora tan avanzada.

Pocas veces se habían cruzado en el teatro. Sus parejas los presentaron por imposición de la urbanidad, una noche que cruzaron todos juntos la entrada de cristal. Mientras ellas iban a acicalarse para exhibir sus dones los dos hombres convinieron en compartir la misma mesa con la intención de hacer menos solitarias las horas de sentada. Claudio iba muy poco a ver el acto de sus señoras, y no conocía a ninguna de las compañeras, a excepción de Estela, ahora. Raúl, por su parte, frecuentaba con mayor asiduidad el sitio de trabajo de su novia y se aseguraba de ser reconocido por las strippers y los empleados del lugar, con quienes fomentaba –con escaso beneplácito, válgase decirlo-  la conversación o el comentario banal. La misma repulsión maniquea del barman se revelaba en los demás; incluso sin conocerlo lo suficiente para distinguir aspectos perniciosos de la personalidad de Raúl, la primera impresión producía rechazo. Claudio no había sido la excepción; había maldecido a su suerte apenas proferido su asentimiento de compartir la mesa con un desconocido, movido por una condescendencia inauténtica. Las primeras piruetas de la conversación le habían producido un escozor enojoso, de sólo pensar que quizá pasaría un largo lapso de tiempo antes de que lograra deshacerse del imprevisto acólito.

Sin embargo, a poco de tratarlo fue mudando de opinión y descubriendo las transversalidades, que aunque no eran demasiadas les facilitaba un atisbo de conversación interesante en una madrugada sin horas. Claudio llegó incluso a confiar, en aquella ocasión primigenia, una buena parte de su vida a alguien que no orbitaba alrededor de ella y que por lo tanto lo escucharía sin juzgarlo (aunque más no fuera por cortesía), extraña gimnasia que no tenía cabida con su familia, sus amigos del barrio o los compañeros de trabajo. Además vislumbró, solapada en la verborragia de Raúl, una  carencia de prejuicios equiparable a  la ausencia de escrupulosidad. El combo completo se hizo evidente cuando le contó en pocas palabras que convivía con Luisa y Romina en una relación establecida sobre el amor y el sexo dominante, y Raúl, sin asombro ni aprensión, únicamente encogió los hombros y le respondió “¿y?, ¿cuál es el problema?”.  Esperó a que pegadito a un rebote tan auspicioso derramara sobre sus oídos una suave cascada de palabrería al uso que le diría lo que se suponía que deseaba oír, pero en lugar de tal demagogia Raúl dio una pitada a su cigarrillo y dejó que escapara de sus labios una bocanada de humo azul  que se intrincó con las de los fumadores más cercanos.

No era desinterés, sino respeto por los metabolismos anímicos ajenos. Raúl sabía que cuando la gente quiere manifestar sus secretos no hay Cristo que la haga callar, y lo mismo a la inversa: no hay Cristo. Así que se relajó y sostuvo un silencio cortés que a la postre desembocó en el resultado previsto: una charla de nóveles amigos donde, a excepción de los detalles íntimos, muy pocas cosas quedaron por darse a conocer. Él también delató su verdad, que para Claudio fue más impúdica que la suya propia, ya que significaba emigrar de lo convencional en el peor de los sentidos: separarse de su esposa y dejarla con dos hijos pequeños, pasar del amor conyugal a una inquina que comenzaba por la ex y que fatalmente se extendía a los vástagos, retacear la cuota alimentaria hasta llevarla a niveles de pauperismo… Eso sí era obsceno, y Raúl lo contaba como si terminara de pintar un mural revolucionario en la línea B de subtes. De tanto en tanto introducía interjecciones como “¡la mandé a cagar!”, “¡me tenía podrido!”, “¡por fin me la saqué de encima!”, y Claudio lo imaginaba atando al perro en un descampado y alejándose sin mirar atrás, porque seguro que la misma desaprensión había sufrido la mascota; un tipo así estalla de un día para el otro y hace un corte limpio, profundo y definitivo con su vida anterior. Claudio se dijo que si esa era la clase de oyente habilitado para admitir su realidad, prefería la sana incomprensión.

Aun así, habían logrado comunicarse aquella noche, a lo mejor porque Claudio despreciaba al moralismo más que a la mismísima canallería. Después volvieron a cruzar uno o dos saludos al paso en otras tantas convergencias de espera y diletantismo, pero nunca entablaron otra conversación larga y tendida como la de la primera vez. Y ahora, en este momento de aburrimiento y desasosiego, Raúl pasaba cerca de él y de alguna manera era la persona ideal y en el instante perfecto: no estaba muy alejado el final de la noche, y por lo tanto la amplitud para departir quedaba claramente acotada; por otra parte, Raúl, con su costumbre de informarse de todo lo que sucedía en los entresijos del teatro, a lo mejor le aclaraba el clima enrarecido que podía percibir flotando en derredor de él.

--¡Raúl! –lo llamó, y Raúl se volvió hacia él con una sonrisa.

Bien mirado el asunto, ¿qué autoridad tenía para juzgarlo? Ciertamente consideraba a la familia como algo sagrado (origen romano, apostólico y católico), pero la batalla debía librarse en el tuétano de la doctrina: era imprescindible metamorfosear el aspecto de la familia, romper el esquema de la madre, el padre y el hijo, otorgar la misma bendición a dos madres, el padre y el hijo, dos padres y el hijo, dos madres y el hijo, dos padres, la madre, el hijo y un gato. Lo importante era la familia unita (¿de dónde venía eso?), que como toda institución, necesitaba aggiornarse… Era indispensable poner al día a la familia, no destruirla como hacía aquel apóstata…  Al menos él pensaba de esa forma… Sin embargo, nadie lo había investido con una potestad de censura, así que ¡chito!, a vivir y a dejar vivir en paz…

--¡Raúl! –lo llamó, y Raúl se volvió hacia él.

Raúl se alegró francamente de ver a Claudio, quien tal vez supiera y le proporcionara algún dato acerca de la presencia policial. Las palabras del empleado del mostrador reverberaban en su mente y aguijoneaban su curiosidad. Una muerte, un chico, había dicho; dos misterios. En otro plano de sus pensamientos lo acuciaba la necesidad impostergable de sostener una conversación con Estela. Disfrutarla una noche más, y romper la relación. Poco le importaban los sentimientos de ella cuando le dijera que se separarían, pero no quería ser objeto de una reacción desmesurada, y mucho menos en público. El departamento era la mejor opción, y esperaría el momento del despertar para darle la mala noticia. Estela había mostrado siempre un temperamento sosegado y poco apasionado, pero nunca se sabía qué esperar de una mujer enamorada en el momento de ser repudiada. Ciertamente su novia (o como sea que se la pudiera rotular) tenía una figura preciosa y era la envidia de los amigos a quienes les contaba la actividad que ejercía (¿de qué sirve tener una hembra digna si uno no se lo cuenta a los amigos?), pero mayor admiración despertaría en ellos el saber que la abandonaba (eso sirve más). Imaginaba los comentarios y la envidia, especialmente de parte de los que continuaban en la mazmorra marital, los especialmente estúpidos… Eso sí, el cese del vínculo con Estela no lo alejaría del teatro ni de la noche. Nunca se sabía lo que podía surgir antes de que saliera el sol.

  --¡Raúl! –lo llamó, y Raúl se volvió.

La música demasiado alta podía ser atestiguada por cualquiera que hubiera concurrido previamente a la sala cuatro o cinco noches. Las mujeres ya no recorrían las mesas halagando a los clientes con su presencia, lo cual actuaba en desmedro de los mozos, que servían menos copas y perdían una parte de la comisión sobre el consumo. Claudio se alegró de encontrar alguien con quien conversar; que fuera precisamente esa persona era sensiblemente preferible a un amigo de la familia, circunstancia que le infundía algo muy parecido al terror.

--¡Raúl! –lo llamó.

En ese momento se encendieron los juegos de luces que únicamente funcionaban cuando la clientela se retiraba y los de limpieza se dedicaban a asear el lugar. De pronto la bohemia de la madrugada era magullada por moretones blancos que carecían de explicación. No había nada como la luz para romper la magia, en tanto ésta es engañosa y aquella la desnuda. Eso fue lo primero que reseñaron apenas los dos estuvieron sentados a la mesa con tragos tibios a medio consumir.

--¡Epa!, ¿qué pasó? –exclamó Raúl, y enseguida convinieron ambos en que la iluminación desacostumbrada confirmaba la existencia de un problema serio de manera más concluyente que el enjambre de policías en la calle.

Después charlaron como viejos amigos que no eran, y compartieron el júbilo por la incipiente paternidad de Claudio, festejada con champaña. Comenzaban a brindar cuando irrumpieron en la sala los agentes encargados del allanamiento, quienes se dedicaron a circular entre las mesas con gesto circunspecto y una mirada de pesquisa que no perdía detalle de los allí presentes y de lo que había sobre las mesas (y debajo de éstas también, ya que apartaban los manteles con la punta de las armas largas para ver si los parroquianos ocultaban algo, además de las extremidades inferiores). No encontraron demasiado, o por lo menos no dieron con el objetivo de hallar a un niño en medio del nutrido grupo humano que bebía y halagaba los sentidos. Algunos de los presentes intentaron sondear a los uniformados acerca de los motivos de la requisa, sin conseguir que soltaran prenda, a más de un lacónico “inspección de rutina”. Un señor chapeó su condición de ex integrante de gendarmería pero obtuvo caso omiso a su currículum y tuvo que llamar a silencio su tentativa de dialogar de igual a igual con los agentes en servicio.

Claudio oteó una vez más hacia la mesa cercana y percibió el temor en el semblante del hijo de Sonia, lo cual delataba su mocedad y daba cuenta de que su presencia en el lugar era el resultado de una novatada. Le dio no sé qué verlo así, le dio lástima observar que tiraba ojos hacia la puerta lateral, seguramente preguntándose si la mujer que conocía acudiría a acompañarlo en semejante brete. Hay que tener mala suerte –pensaba-, pobre pibe, muy pocas veces ocurre esta circunstancia en el teatro (nunca hasta donde la memoria me alcanza), y justo le tocó a él esta noche que vino a concederle una salida nocturna a su joven hombría. Tampoco pasa nada –pensaba-, porque se nota que es mayor de edad (por poco), así que le pedirían documentos y listo el pollo. Pero parece atribulado por la situación –pensaba-, y me hace acordar a mí cuando tenía sus años, que no deben ser muchos más de veinte. ¿Qué hacía yo a los veinte? ¿Frecuentaba clubes nocturnos? La puta madre, no hace tanto tiempo de eso, y ya se me proyecta en la mente como una vieja película en blanco y negro.

Claudio compartió su propósito con Raúl, que no perdía detalle de lo que sucedía a su alrededor, y los dos acordaron proponerle al pibe que se reuniera con ellos. Fue Raúl el emisario que caminó hasta el joven para transmitirle la espontánea invitación. El hijo de Sonia, sorprendido, aceptó inmediatamente y se trasladó con su copa en la mano a la mesa de los otros dos. Las presentaciones fueron rápidas y concisas: fulanito, menganito, perenganito, y enseguida apuraron un poco de sus tragos. La conversación apuntó a los motivos de lo que estaba sucediendo. El hijo de Sonia sugirió que la policía podía estar buscando a un menor de edad, pero se calló la revelación de su madre acerca de que lo tenían escondido en el camarín. Ese dato llevó luz a la mitad de lo farfullado por el barman. Lo otro tenía que ver con una muerte, y Claudio recordó que había visto pasar fugazmente, al final de uno de los shows, a un enfermero que empujaba una camilla, un cuerpo encima, dos o tres hombres escoltando el séquito, aunque –agregó- no parecía que llevaran un cadáver sino a un enfermo que tal vez murió después. Quien quiera que haya sido provenía de la zona de los camarines, una de las chicas, a lo mejor, andá a saber.

En general este lugar es bastante tranquilo, dijo Raúl haciendo gala de su asiduidad en el teatro, y justo en ese momento uno de los encargados del operativo se paró frente a ellos y los intimidó, Buenas noches agente, usted dirá, encaró Claudio, y el hijo de Sonia sintió que era objeto de la atención del policía, un bigotudo que lo estudiaba con aire de preguntarse cuántos años tiene este mocoso, Deme su documento por favor, le dijo el tipo con cara de pocos amigos, y mientras el pibe lo sacaba temblorosamente de su billetera los otros dos se miraban como diciendo bue´ qué va a hacer, Mire que este es un baby face pero tiene sus pirulos, comentó Raúl tratando de aflojar la tensión y de hacerse el gracioso con la autoridad, pero bien se sabe que no hay mejor cosa que jugarla de ocurrente para granjearse la ojeriza de un oficial, sobre todo si se introducen un par de palabras en inglés, así que el tipo repitió la orden, impaciente porque el pibe no encontraba el documento a pesar de que un rato antes se lo había mostrado a mamá, Documento, por favor, insistió, y puteaba para sus adentros porque sus compañeros estaban en un camarín con minas en pelotas mientras él lidiaba con los que se divertían en el salón, donde no iba a encontrar al maldito pendejo a menos que fueran muy boludos y lo hubieran escondido debajo de una mesa con mantel, Señor, no tengo toda la noche, agregó con impaciencia, y justo en ese momento el hijo de Sonia lo halló y se lo extendió sintiendo la incomodidad de su mano sudorosa, un padecimiento de su carácter (hiperhidrosis palmar) que siempre lo alertaba acerca de lo mal que lo estaba pasando, Aquí lo tiene, dijo y trató de aparentar serenidad y seguridad, y se quedó quietito durante los minutos que el agente leyó el carnet y comparó la foto con el rostro de su propietario, pudiendo constatar que el pibe despuntaba el disfrute de la mayoría de edad, Está en orden, dijo al tiempo que le devolvía la identificación, y agregó No se meta en problemas con un tono casi paternal, que el muchacho aceptó retrucando un escueto No señor. Antes de alejarse rumbo a la siguiente mesa el efectivo policial le regaló una mirada reprensiva a Raúl, quien comentó A éste nabo qué carajo le pasa cuando el otro ya se encontraba a una distancia que le impedía escuchar la protesta airada, porque después de todo Raúl era un poco arrebatado pero no le tiraba piedras a la comisaría, y a la vez el agente se quedó pensando un momento más en Raúl, diciéndose que si los boludos volaran éste sería mariscal del aire.

Durante el rato en que los policías recorrieron el amplio recinto, paseándose entre las mesas y sillas con aire autorizado y grave, las luces siguieron encendidas y la música con un volumen inopinado, que sin embargo no logró tapar el griterío que poco después les llegó desde la puerta por donde las mujeres desaparecían cuando iban a prepararse para sus actos. Raúl y Claudio se alarmaron y coincidieron en que era una falta de respeto, de parte de la empresa, no anunciar absolutamente nada por los altoparlantes, no ofrecer una explicación sucinta de lo que ocurría ni instruir a los mozos para que fueran ellos quienes informaran a la clientela las razones y la duración de la inspección, y sobre todo que no mostraran una particular deferencia para con los que de una forma u otra estaban emparentados o mantenían cualquier clase de relación con las desnudistas, las cuales, obviamente, no la pasaban bien a juzgar por el quilombo que llegaba hasta ellos como sonido de fondo. Claudio se alarmó y Raúl le contuvo la determinación de apersonarse en el camarín para asegurarse de la integridad física de sus esposas y de su hijo, convenciéndolo con sus palabras y con su calmosa actitud para que aguardara un poco antes de ir a generar más despelote. Justo en ese instante le preguntaron al pibe de qué la jugaba con Sonia, que se había sentado a su mesa esa noche, a lo cual él respondió, asombrándolos y acaparando momentáneamente toda su atención, que era su mamá (casi inmediatamente se arrepintió de haber dicho mamá; sin duda madre habría sido más apropiado, o quizá dar vuelta el vínculo y comentar que él era el hijo de Sonia, pero dijo mamá y deploró haber utilizado una palabra tan pelotuda a esa hora de la madrugada, en semejante ámbito).

--¿Sonia es tu vieja? –exclamó Raúl sin demasiadas contemplaciones, dándole al pibe una terminología alternativa que tampoco le pareció adecuada: vieja. Claudio acudió para salvar la situación pero sólo logró embarrarla más, al aclarar que “viejos son los caminos y siempre echan polvos”. Dado el curso que tomaba la conversación, prefirieron volver a focalizar el asunto que en verdad los preocupaba por igual, esto es, qué estaba sucediendo en el camarín, de donde habían provenido los signos de una batahola que pareció remitir sin dejar consecuencias. En medio de la confusión auditiva se habían podido distinguir voces agudas que proferían una diatriba virulenta, y otras graves que respondían en el mismo tenor. Claudio creyó extrapolar alguno que otro insulto, pero no podía aseverarlo. La calma chicha y el silencio que siguió lo desasosegó todavía más y por un momento le pasó por la cabeza la ponderación de que en pocos meses Luisa y Romina ya no podrían continuar trabajando sobre un escenario, a menos que encontraran una variante que incluyera el embarazo de la ama, lo cual, en resumidas cuentas, no dejaba de ser excesivamente bizarro. ¿Qué diría el viejo tano si se enterara del asunto? ¿Qué clase de puteada le regalaría su madre gallega? Y los teutones, ¿cómo reaccionarían si se sentaran a una de las mesas y lograran identificar a su hija rubia y primorosa detrás del antifaz que ocultaba las facciones de una sumisa? Por suerte ninguna de estas personas pisaría jamás el teatro ni sitio que se le pareciera, pero los caminos de la vida son misteriosos y siempre está Lucifer presto a meter la cola.

--Miren, un fotógrafo –comentó Raúl y señaló el periodista Free Lance, que todavía merodeaba por ahí con la cámara colgándole del cuello pero con más ganas de mojar el garguero que de oprimir el obturador de su Reflex o ajustar los objetivos y pensar en asas y cálculos de exposición. Agregó que el chabón tenía más pinta de paparazi que de fotógrafo social.

--Puta madre, justo pensaba en Lucifer –reflexionó Claudio en voz alta, y desamparó al comentario de postreras aclaraciones.

--Me parece que el de los cuernitos ya pasó por aquí esta noche –glosó el hijo de Sonia con buen tino. Enseguida los tres chocaron las copas y bebieron a desgano.

Poco después el pibe intentó entrar en un terreno escabroso mediante una frase sugestiva. La capacidad de asombro de los otros dos, colmada desde hacía mucho tiempo, les dejó sentir sin embargo un leve fastidio frente a la sospecha de que si alguno de ellos estaba en condiciones de superar lo consabido y consuetudinario, de transgredir el ethos de la civilización judeo-cristiana, ese era el pibe. Raúl y Claudio decidieron  tácitamente eludir el asunto y dejarlo para una noche más relajada; no faltaría oportunidad de ponerle oídos al muchacho y liberarlo de su necesidad de contar ciertas cuestiones, la clase de verdades que manan con mayor facilidad en la madrugada que después de la salida del sol. Además, el convite de una copa de champaña, mezclada con la bebida que ya tenía encima, había aflojado pasmosamente la lengua del muchacho, y supusieron que faltarían a los códigos de la hombría si abusaran de la ausencia del freno que otorga la sobriedad.

--Shhh –agregó el hijo de Sonia, y comenzó a mostrar una sonrisa estúpida que el alcohol le dibujaba en la boca-, les voy a decir un secretito. -Tomó su copa, la elevó en el aire para brindar y les confió un dato que a no dudar les resultaría interesante.- Tienen al pendex en el camarín. Ahora mismo mi vieja lo debe estar cuidando… ¡Salud!

Raúl y Claudio se miraron con alarma. Luego dieron un rápido vistazo a su alrededor, a la espera de no encontrar a ningún agente que hubiera pescado al vuelo las palabras de su joven y descuidado acompañante. Por fortuna el más cercano estaba dos mesas hacia la salida, ocupado con una rubia de aspecto aniñado que bebía junto a un señor de la tercera edad, un sexagenario que holgadamente podía ser el padre pero que sin duda no lo era, a juzgar por la clase de mimos que le prodigaba.

Pibe, bajá la voz, le demandó Raúl con tono perentorio, y el aludido pidió Perdón y se dedicó a seguir con trabajosa atención las alternativas del operativo policial, que se desarrollaba con normalidad y sin incidentes dignos de contar a sus amigos de la facultad donde cursaba el ciclo introductorio, Hace calor acá, comentó Claudio, y mientras los uniformados empezaron a retirarse de a poco sin haber encontrado lo que buscaban, el salón volvió a adquirir, también de a poco, su fisonomía habitual de la madrugada, a medida que las luces se iban atenuando, la música bajaba de intensidad y aparecían presagios de que el siguiente show, aunque demorado, adquiría una inminencia ostensible, Parece que vamos a seguir viendo culitos, comentó Raúl, y enseguida propuso no limitar las expresiones de júbilo cuando salieran al escenario su novia, las esposas de Claudio o la mamá de pibe, a lo que los otros dos le respondieron con un silencio y una sonrisa, Supongo que podemos relajarnos y dejar de lado las susceptibilidades, reflexionó Claudio en voz alta, y le preguntó al pibe si estaba de acuerdo con la propuesta del novio de Estela, ya que si se había sentado a esa mesa para mirar a su mamá desnuda arriba de un escenario, se suponía que su mente estaba abierta y que comprendía que la profesión, No sé si llamarla profesión, aclaró, que el trabajo de ella era estimular a la concurrencia con su cuerpo bien torneado, y él, el hijo, no debía sentirse incómodo o escamado si escuchaba una manifestación subida de tono, En especial porque copeteamos un poco, ¿viste?, reforzó Raúl, así que los tres acordaron presenciar el siguiente espectáculo abstrayéndose del hecho de que en algún segmento del mismo verían a las mujeres que amaban, De diferentes maneras, claro, trató de contextualizar Claudio, a raíz de lo cual el hijo de Sonia reflexionó que todas las maneras eran muy parecidas y Raúl se preguntó si los otros dos amaban a sus mujeres o sentían, como él, una desaprensión que había que reservar.

Estela abrió el show. Último show de la noche. De una noche compleja y cargada de emociones. De emociones que eran producto de mezclas infrecuentes, cócteles de emociones en los cuales se asociaban los sabores y las dosis en combinados confusos para el paladar de la vida. Cada uno de los allí presentes apuraba su propio brebaje y quien más, quien menos, descubría el vértigo de lo novedoso y desconocido. Estela dirigió su atención hacia una mesa donde tres hombres jóvenes bebían y exteriorizaban el alborozo de verla despojarse lentamente de sus prendas, a la espera de descubrir su completa desnudez entre tantas miradas que le exploraban cada centímetro de la piel. Uno de esos hombres era Raúl, que a pesar de haberla tenido muchas veces en la cama seguía siendo un mal pasajero de su cuerpo, alguien que con seguridad titubearía si ella le preguntara cuál de sus tetas tenía una pequeña mancha azul cerca del pezón, de qué color eran sus ojos o algo tan simple y cotidiano como sus gustos preferidos de helado. Raúl la miraba sin verla, la abrazaba sin sentirla, la cogía sin goce. Y estaba bien así, no le pedía mucho más a la pobre relación que los arrastraba por el tedio y el desamor, porque ella misma ignoraba tantas cosas de él que le parecía mentira que hubieran compartido esas noches insípidas, todas olvidables. Uno de los que lo acompañaba en la mesa era Claudio, el marido de Tribilín y Wilbur, un moderno explorador noruego que pretendía la aventura de cruzar el océano montado en un Kon-Tiki hecho con envoltorios de alfajor, lo cual le otorgaba al intento un carácter épico que despertaba admiración. El otro era un chico muy joven a quien jamás había visto en el salón y que delataba los síntomas de una incipiente beodez. No pudo distinguir mucho más. El público era una masa de ojos brillosos, dientes blancos, botellas que titilaban y pedacitos de rostros. Ella se desnudaba para el monstruo de muchas cabezas sin experimentar temor o timidez. Sólo la presencia de Raúl la incomodaba y lograba que se sintiera verdaderamente despojada e indefensa. Se dijo que era mejor que estuviera ahí. Más tarde le llevaría dos minutos acercarse a él y decirle que ya no existía nada entre los dos. Después cada uno saltaría fuera de la vida del otro como quien brinca en un pie al siguiente cuadrado de la rayuela…, y nada más: seguir saltando en una pata y empujar la piedra del alma hasta el Cielo, tratando de no caer en el Infierno, que siempre queda detrás.

Estela miró otra vez a Raúl mientras daba uno de los últimos giros en el escenario, y pensó que alguien muy parecido a él, aunque no tuvieran nada que ver, estaba violando, desvirgando o profanando a Miranda. Lo pensó así, como una retahíla de verbos que acudieron a su mente en tropel y que se asociaron para conformar por aproximación la sensación que la atormentaba... Su desconsuelo también era un cóctel, de amargo sabor.

El leitmotiv musical de su presentación se disipó en el aire del teatro, que a esa hora solía espesarse por el milagro del humo y del cansancio, y ella bajó los tres escalones del costado del escenario vestida sólo con los zapatos de tacos altos. La ira que le provocaba la situación suscitada en el camarín se había agravado con sólo ver el rostro de Raúl, a pesar de sus intentos por calmarse y darse la esperanza de que todo terminaría bien. Sabía a la perfección lo que significaba para Miranda la penetración de un hombre, y aquilataba la magnitud de su inmolación. Caminó con paso lento por el pasillo ensombrecido, sin percatarse demasiado de las personas con quienes se cruzaba. Estaba decidida a hacer tiempo hasta que el comisario satisficiera su pasión, porque temía que su autocontrol le jugara una mala pasada. Si de sólo imaginar la perturbadora escena…

Entró en la cabina del sonidista y se quedó observando cómo manipulaba los discos en las bandejas. El hombre la miró sorprendido y no desperdició la ocasión de regodearse con su desnudez, sólo un momento; después pensó en lo infrecuente de la visita.

--¿Tan grave es? –indagó sin expectativas de una respuesta.

Estela tomó un vinilo al azar y leyó la etiqueta.

--Cuidado, no lo manches con transpiración –encomendó el hombre.

Volvió a apoyarlo sobre la mesa de trabajo y se echó el pelo hacia atrás.

Decidió desandar el último tramo del camino, los metros que la alejaban del costado del escenario. Ahí habían dejado el trajecito de secretaria, que Selva se encargaría de recoger más tarde y de acomodar en el depósito, después de prolijarlo y asegurarse de su pulcritud. Volvió a vestirse ahí mismo, con una súbita urgencia que no quería dejar pasar porque la motorizaba una decisión impostergable. Mientras Luisa y Romina desarrollaban su acto, adelantado por la ausencia de Gabriela, Estela caminó por el pasillo de salida e ingresó en el salón por la puerta lateral. El cambio de ambiente la despistó un instante; enseguida recuperó su orientación y avanzó en línea recta hacia la mesa donde Raúl departía con los otros dos.

Los hombres no se percataron de su llegada, entretenidos como estaban en comentar el acto de la dominadora y su sumisa, con algunas explicaciones que Claudio proporcionaba acerca de ciertos aspectos de la plástica exhibida para la concurrencia. Estela apoyó una mano sobre el hombro de Raúl y sintió un rechazo nuevo, distinto y casi inexplicable, y un deseo de blanquear cuando antes el corte de una relación que en realidad había concluido hacía mucho tiempo, casi al empezar. Se agachó y le susurró unas palabras al oído, escasas y suaves pero de feroz contundencia. Le depositó un beso en la mejilla y se alejó sin llevar sobre los hombros el peso de una vacua relación.

Las últimas dudas acabaron de disiparse: Miranda era su Cielo. Tenía que regresar pronto al camarín y rodearla hasta donde se lo permitiera el largo de sus brazos.