03:39 - 04:06

 

—Señor, de qué se nos acusa –preguntó Cecilia con los labios muy cerca del hueco por donde había entrado la voz del policía.

Intentó sacudirse el estilo discursivo de la noche y recurrir al de los ámbitos académicos donde estudiaba a los grandes maestros de la literatura. Pensó enseguida que los oficiales de la policía poco o nada tenían que ver con los más encumbrados mojones del arte de la palabra, y más rápidamente aún se culpó por el detestable prejuicio. Al fin y al cabo el secreto era adaptar el estilo a la audiencia y a la situación, en aras de la efectividad de la comunicación; concluyó que lo mejor era hablarle a Barcelli con claridad y sin rebuscamientos retóricos, con una pátina de absoluta convicción en los propios enunciados y otra de respeto crítico a la autoridad.

--Señorita, no hay acusaciones contra ustedes. Sólo vamos a entrar a revisar el recinto en busca de un menor. Luego nos iremos. Abra, por favor.

Susana tomó a Martín de la mano, y Selva de la otra: el momento había llegado. Sacaron las ropas que habían entibiado el sueño (o la vigilia) del niño, y levantaron sus prendas y demás indicios de su presencia allí. Lo llevaron al baño del camarín y abrieron la puerta del vanitory, al que previamente habían vaciado de su contenido habitual y despojado de sus estantes.

Mientras Eliana revisaba las pertenencias de Laura y arrojaba al inodoro la droga que la occisa tenía fondeada en los bolsillos de ropas y cartera, Martín oía de su mamá y de la otra mujer lo que de él se esperaba.

Cecilia giró la cabeza y observó los preparativos. Necesitaban un momento más.

--Mi nombre es Cecilia Borges. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

--Comisario Barselli –respondió, halagado por el fingido desconocimiento de la chica, quien sabía de sobra a quién pertenecía la voz de su interlocutor

--Encantada, comisario… No hay ningún inconveniente en que revisen este sitio, pero consideramos innecesario que ingrese un grupo nutrido de agentes, tomando en cuenta que esta situación nos ha sorprendido semidesnudas, cuando nos preparábamos para un show. Si está de acuerdo, le permitiríamos el paso con dos acompañantes de su elección. ¿Estaría usted de acuerdo en eso?

Barcelli miró al fiscal, que estaba a su lado y le hizo un gesto de aprobación.

--Así lo haremos, entonces. Seremos tres…

--Cinco –interrumpió Hugo, apuntando con el dedo índice alternativamente a Carlos y a él mismo.

--También entrarán el dueño y el encargado de la vigilancia. ¿Tienen alguna objeción a eso?

--Ninguna… -respondió Cecilia, y abrió lentamente la puerta para que los hombres ingresaran de acuerdo con lo pactado.

Hugo y Carlos transpiraban, y el comisario, que no era tonto, percibió la turbación de los dos, al punto de no dudar ya de que dentro de ese camarín estaba escondido el pibe que desvelaba a Mercau. Si por una parte debía cumplir con su deber y no poner en riesgo su carrera policial, por otra sabía que peligraba un porcentaje importante de su ingreso monetario, y eso también estaba en la médula de su posición institucional. Echó un vistazo rápido a su alrededor y decidió utilizar el último as que tenía en la manga, aunque con escasas expectativas acerca de su eficacia. Observó a sus hombres, y un rostro concitó su atención: el del oficial Saturnino Kovasky.

--Venga, Kova –lo llamó.

El subalterno cubrió rápidamente los cinco pasos que lo separaban de su jefe. Había estado junto a él durante todo el operativo, incluso revisando la oficina de arriba, donde el comisario suponía que iban a encontrar al menor. Pero no había sido así.

--Usted entrará primero –ordenó Barcelli-. Eche una mirada rápida y si está todo bien lo seguimos.

--Entendido, señor.

--Oiga –protestó el fiscal-, ¿no podemos entrar todos juntos y dejamos de dar vueltas?

--Mi responsabilidad es proteger a mis hombres y a usted mismo. Tenga paciencia y aguarde unos minutos más.

Kovasky era uno de los más entusiasmados con la perspectiva de entrar en el camarín y ver a las mujeres “semidesnudas”, según lo referido por lo bajo por uno de los cuatro compañeros que habían arremetido contra la entrada y escuchado las protestas de las ocupantes. A Saturnino le gustaba el vino y lo mareaban las mujeres; para él eran dos brebajes de análoga graduación alcohólica. Sin embargo, nunca perdía de vista que antes que nada estaba su trabajo en la policía, del cual se sentía orgulloso hasta el punto de no arriesgarse a comprometerlo en conjunción con ninguno de los dos placeres que hacían más llevadera su vida en la capital.

Sin esperar a que le repitieran la orden, avanzó con paso decidido e ingresó en el camarín.

Saturnino era uno de los oficiales que en sus noches libres parrandeaba en el teatro en el que ahora debía realizar tan fastidioso operativo. Solía sentar a su mesa a algunas de las mujeres que estaban del otro lado de la puerta y que sin duda se acordarían de él apenas lo vieran, y gastar su dinero en bebidas espirituosas y en camas espirituosas si el paño alcanzaba y la cortejada agregaba prácticas sexuales a su oficio de desnudista y alternadora. El comisario estaba al tanto de las aficiones de su agente mesopotámico, entre otros motivos porque más de una noche habían cruzado un saludo por encima de las mesas, chocado las copas si la cercanía lo permitía, intercambiado opiniones cuando el azar los había llevado en horas distintas a posar los labios sobre los mismos senos.

Barcelli conocía a la perfección la debilidad del otro por una de las chicas que se desnudaban allí, a quien había visto sentada a su mesa más asiduamente que a las demás, al punto de sospechar que la ayudaba a pagarse los estudios a través de un intercambio sexual que para su gusto, el gusto de Barcelli, era una munificencia discorde con el salario de un oficial de la federal, que no se caracterizaba por su exorbitancia; sin embargo, a fin de cuentas era su vida y era su dinero, y la circunstancia de que decidiera derrocharlo en Cecilia Borges caía más allá de los alcances de su autoridad.

Cecilia vio entrar al oficial y no lo reconoció. El uniforme azul, el casco que camuflaba el cabello hirsuto, las botas y el arma reglamentaria colgando del cinturón la desorientaron por un instante, aunque no dejó de notar en aquel policía algo que le resultaba vagamente familiar. Cuando cerró más la puerta a sus espaldas y se levantó el casco, Cecilia se llevó una mano a la boca.

--¿Sos… vos?

Kova miró a su alrededor; se dijo que nunca había estado en un interior donde se juntaran tantas tetas y culos lindos, y que ese era un gustito que quería darse con más holgura antes de morir.

Inmediatamente volvió a la realidad y recordó la enorme responsabilidad que le habían puesto sobre los hombros. No en vano ni por casualidad Barcelli lo quería dentro del recinto antes que todos; intuyó que el suyo sería un último esfuerzo para que el operativo terminara sin resultados positivos, y que lo había mandado para evaluar la magnitud del desastre, algo que el comisario no podía intentar sin exponer su situación jerárquica. Pero ¿qué debía hacer?

--No hay tiempo… ¿Dónde está el niño?

Cecilia dudó. Confiaba en aquel hombre, pero no en el uniforme. Las otras la miraban con expectación. Todas conocían al parroquiano que ahora entraba disfrazado de oficial, pero sólo algunas se fiaban de él.

--Dale, te dije. ¿Dónde?

--En… en el baño –titubeó Cecilia.

--Bien, haremos lo que podamos, pero conserven la calma –dijo Kovasky.

--Hay una oferta para el comisario –agregó Cecilia por lo bajo, y le pasó un papelito pequeño doblado en cuatro partes.

Saturnino lo desdobló y leyó las escuetas palabras escritas con trazo azul fino, y abrió los ojos como platos. Sabía que el comisario no había conseguido concretar su más ansiado deseo con la díscola Miranda, aunque la noche del famoso quilombo él descansaba en su cama después de una fajina de casi dos días. Miró hacia el rincón donde la enorme mujer, apenas cubierta con una bombacha ajustada, tenía abrazada a una más pequeña y pecosa, y comprendió de inmediato que a su jefe le habían servido un manjar largamente apetecido; lo único que tenía que hacer era sentarse a la mesa e hincar el diente.

--Bien. –dijo, y pensó en voz alta:- No es fácil.

--París bien vale una misa –citó Cecilia, y se quedó esperando una respuesta que el hombre no articuló-… ¿Qué hacemos? –indagó enseguida.

--Dejen libre la puerta del baño, abierta y libre… Y recen. –Caminó hacia la entrada y la abrió por completo.- ¡Pueden entrar! –anunció.

Cecilia fue hasta el baño y abrió la puerta. Luego apartó de ese sector a Laura y a Selva, que parecían la guardia suiza y reflejaban un hieratismo que sólo podía justificar la preocupación.

--Relajémonos –dijo Cecilia, y esperaron lo peor.

Primero entró Barceli, seguido de cerca por el fiscal Mercau. Hugo y Carlos cerraban el grupo.

--Buenas noches –saludó el comisario.

--Buenas noches –corearon las mujeres, exhibiendo partes de sus cuerpos sin ropa, en un intento de distraer la atención de los hombres.

--Señoritas, el fiscal y yo hemos decidido pasar por alto el incidente de hace un rato. Desacatar una orden policial es una falta grave, y sin duda lo saben. Peor aún es atacar a un oficial de la justicia –y en este punto observó a Miranda, que le sostuvo la mirada mientras acariciaba una teta de Estela.

--No ha sido una buena noche para nosotras –argumentó Aldana.

--Lo sabemos. Lamentamos mucho lo que le pasó a su compañera, y en prueba de buena voluntad estamos dispuestos a olvidar el altercado.

Mercau miraba a su alrededor en busca del chico. Se preguntaba en cuál de todos los recovecos lo tendrían acovachado… Esa inquietud no le impedía detenerse con impudicia en el hermoso espectáculo de tetas que el destino había puesto frente a él, casi como un desagravio a las horas de mierda que habían comenzado con la denuncia telefónica.

--Sin embargo –continuó el comisario-, les advierto que un solo problema más que generen las hará pasibles de detención y causa penal. ¿Está claro?

--Si, señor –corearon otra vez.

--Si desean cubrirse el cuerpo, pueden hacerlo –sugirió Hugo-. Supongo que esto demandará el menor tiempo posible.

Las mujeres se quedaron quietitas en su lugar y sin estirar la mano para tomar una sola prenda.

--Está por comenzar el último show y tenemos que prepararnos… -justificó Anabel.

--Señor fiscal, vamos a proceder a revisar este recinto. Es todo suyo –dijo Barcelli.

Mercau comenzó a caminar por el camarín, dirigiendo su atención a los lugares más obvios donde podía estar oculto un chico de ocho años (conocía incluso la edad del párvulo); Saturnino Kovasky aprovechó cuando lo vio de espaldas y articuló en silencio una palabra clara, justo en el rostro de su jefe:

--Baño –y señaló hacia donde había ido Cecilia un momento antes.

El comisario comprendió el mensaje de inmediato.

--A ver, Kova, vaya a revisar aquel sector del fondo. Ahí parece que hay una puerta –ordenó.

--Ese es el baño de las chicas –aclaró Carlos, que había notado la puesta en escena.

--Sí,  señor.

Kova volvió a asegurarse de que Mercau no los miraba y extendió la mano con disimulo hacia su jefe. Éste tomó el pequeño papelito que le entregaba su subalterno y se lo metió en un bolsillo del saco. Un momento después comenzó a caminar también y a revisar los rincones del camarín. Con gran cautela desdobló el papel dentro del bolsillo, lo extrajo y lo leyó. El contenido le quitó el aliento:

“Miranda a cambio de que no encuentre nada.”

Las hormonas del comisario comenzaron a bailotear en su interior. El agotamiento de la noche se le disipó de repente, y también la lasitud de los años. Una vez más confirmó que la mujer descomunal que sus dedos casi podían tocar lo llevaba a un paroxismo de deseo, incontenible y abrumador como ninguna hembra le provocaba desde hacía añares. Algunas de las que lo rodeaban se habían abierto a su lujuria en otros amaneceres más venturosos que el actual, pero sólo una o dos merecían una segunda encamada que redondeara el desencanto incompleto de la primera vez… Guardó el papel nuevamente y miró hacia donde estaba el atractivo ofrecimiento; Miranda le sostuvo la mirada con energía, pero esta vez asintió con un ligero movimiento de cabeza. El hombre notó que los colores le subían a las mejillas, desde un rincón del erotismo donde Miranda reinaba con comodidad.

Carlos se interrogó sobre el mensaje cifrado en el trozo de papel que le habían entregado a Barcelli. Miró a Hugo y se dio cuenta de que el pasamano había sido desapercibido para él, tanto como la muda articulación de Kova; estaba absorto en los movimientos del fiscal, que abría los dos placares ubicados en cada extremo de la estancia, golpeaba las paredes en la pesquisa de espacios disimulados, husmeaba los rincones y desesperaba por los magros resultados de la redada.

Kova regresó junto a su jefe y lo informó del resultado de la última orden.

--En ese sector no hay nada, señor. Es un baño sin puertas ni ventanas.

Hugo frunció el entrecejo, confundido e intrigado por saber dónde habían escondido a Martín, que incluso era una incógnita para él, ya que jamás lo había visto. La noche entera, desde la primera pisada sobre el suelo del teatro, había estado signada por la presencia de un chico de ocho años a quien no le conocía la punta de la nariz.

Las mujeres intentaban comportarse con naturalidad, pero sólo lo conseguían a duras penas. Kova miró a Selva y se dijo que aunque tenía buen cuerpo, no parecía pertenecer a la misma categoría laboral que las otras. Carlos miró a Selva y la vio hermosa a pesar del mal momento. Se propuso que si por un albur del destino el problema se resolvía y la vida continuaba su discurrir habitual, trataría de conocer mejor a la costurera y asistente del camarín. Quizá había sido necesario un  disgusto así para que él mirara alrededor y viera el mundo con ojos más abiertos; menos Carlos Casares y más Capital; menos mocedad y más adultez. Al fin y al cabo ya estaba con el caballo cansado y necesitaba un palenque ande rascarse… Enseguida recapacitó acerca de la habitualidad: después de esa noche nada volvería a ser como antes. 

--Aquí no está el pibe, según parece –admitió el fiscal de mala gana, mirando las tetas de Emilia.

--Eso pensé –confirmó Barcelli.

--Voy a hacer una inspección ocular del baño, para no dejar ningún sitio sin revisar.

--Kova ya estuvo allí y no encontró nada; pero si gusta…

A Kova se le vino el alma a los pies; si el fiscal encontraba lo que se había empecinado en encontrar, su carrera policial se iría a pique como una piedra en el río. Había revisado el baño sin detectar rastros del mocoso, pero estaba seguro de que lo habían ocultado dentro del vanitory sobre el que descansaba el lavabo, aunque no se explicaba cómo habían hecho para meterlo en un espacio tan reducido. Él podría alegar que ni por asomo le pasó por la mente que pudiera estar ahí, pero si no lo exoneraban de la fuerza era seguro que se iba a comer una suspensión, una degradación o una quita de sueldo, es decir que difícilmente se la llevaría de arriba si el fiscal tenía éxito en su búsqueda. Carlos sintió que le bajaba la presión cuando vio que el fiscal caminaba rumbo al baño de las mujeres. El comisario Barcelli comenzó a despedirse del momento de fruición con Miranda, tanto como del importante adicional dinerario (por llamarlo de alguna manera) que para él representaba la tranquilidad de Hugo respecto de su teatro. Selva estuvo a punto de correr detrás de Mercau, pero Susana la tomó de la mano y la contuvo a duras penas.

El fiscal entró en el baño sin perspectivas de hallar ahí dentro al infante a quien perseguía con gran esmero desde unas horas atrás. El espacio donde las mujeres hacían sus necesidades y se higienizaban no le provocó suspicacias de ninguna índole. Entró y miró despreocupadamente lo poco que el baño ofrecía a la vista. No existían ventana que comunicara con el exterior o con otro recinto, ni más puerta que la que acababa de trasponer. Corrió la cortina que ocultaba una parte del bajo brocal y tal como pensaba, apenas encontró baldosas húmedas y una pérdida de agua insistente en la regadera; de puro maniático que era y cuidadoso con el derroche hídrico, ajustó la grifería pero constató que el goteo persistía, sin duda motivado por un cuerito desgastado. Observó el inodoro y el bidet (el bidet le pareció extemporáneo en aquella breve geografía de baldosas y azulejos, pero el aseo de las partes íntimas era especialmente recomendable en las mujeres de ahí). Se paró frente al lavabo y se miró en el espejo, casi sin reconocerse de tan cansado y ojeroso que estaba.

Kova se preguntó si bajo condiciones normales él hubiera abierto las puertas del mueble chato y poco profundo donde habían atrincherado a Martín, movido únicamente por su olfato detectivesco; la circunstancia de conocer acabadamente y sin lugar a dudas ese dato convertía la íntima respuesta en un juego de azar. Se imaginó en el lugar de Mercau y prefirió pensar que su interés pasaría de largo sobre aquel objeto. Miró a Cecilia y le sonrió tranquilizadoramente. Nunca como ahora consideró adecuada la frase la suerte está echada.

Miranda cruzó una vez más su mirada con la del comisario; esta vez la buscó, pero no se miraron: se midieron; eran dos adversarios sobre un ring, antes de que sonara la campanada inicial del combate. Se midieron. Aunque Barcelli era un hombre bastante alto y fornido, la titánide lo miró como el entomólogo al insecto, desde arriba, ya que le llevaba casi dos cabezas de altura. De todos los hombres de la tierra, era el que más odiaba en aquel momento; de sólo pensar que el destino podía dejarla a su merced se volvía loca de una ciega tristeza que orillaba la angustia por un lado y por otro la resignación. Hinchó los pulmones y le hizo un movimiento con la cabeza, que apuntó en dirección al baño. No hacía falta que pronunciara una sola palabra, pues nunca como entonces el mínimo gesto, el aliento contenido y las alteraciones en el rubor facial habían cobrado tanta densidad significante. El hombre no tuvo que hacer demasiados esfuerzos para aprehender el mensaje de su antagonista: debía ir detrás del fiscal y detener el inminente descubrimiento del pendejo (de haberlo explicado con palabras Miranda lo habría llamado así: el pendejo), si en verdad deseaba hacer suya a tan magna mujer. En otras palabras: andá, Barcelli, y ganate el  premio que te endurece los testículos.

--Lo mataría –susurró al oído de Estela, y apoyó la cabeza en la de su pareja no consumada aún.

--¿Estás segura de lo que vas a hacer? –preguntó ésta, sin intentar ocultar que conocía los detalles del intercambio. A decir verdad, todas las hembras se habían dado cuenta de la propuesta, y del otro lado sólo lo sabían el propio interesado y su ayudante.

--¿Esto nos afecta? Quiero decir, si vos no querés continuar… yo lo entend…

Estela le puso un dedo en la boca, que sabía a néctar del mismo Olimpo.

--Shh, no sigas. Estoy a tu lado…

Estela evocó una práctica sexual originada en el mundo anglosajón, de la que recientemente había tenido referencia: el hatefuck (o jodiar, según su bautismo español), y la asociación le vino por el lado de que Miranda estaba a las puertas de vivenciarlo por obra y gracia de una contingencia y no porque se hubiera propuesto semejante experiencia de cama, ya que era muy entera para eso, muy visceral, demasiado auténtica y definida en sus preferencias, tan químicamente pura que el nexo entre el odio y el sexo seguramente le repugnaría como una locura típica de gringos que no sabían qué hacer con su abundancia de plata y tiempo libre; así que pensó que si le contara que el hatefuck formaba parte del diccionario urbano y que se habían compuesto himnos que coreaban los cultores de tal parafilia, si le detallara que el secreto era provocar el sexo con la persona que más se abominaba y que la idea era no permitir el coito con la que se amara, que la tendencia era dar vuelta el corazón dentro del cuerpo y poner patas arriba la lógica de la entrega sólo por el afán de ensayar cosas extravagantes y rotularse como una rara avis desprejuiciada y liberal (aunque ya se sabe que la liberalidad erótica es hija y madre de la ranciedad), entonces Miranda la miraría con sus grandes ojos negros y pondría cara de asombro y de ofuscación, o más de ofuscación que otra cosa, y le diría que ahora que a ella le estaba por suceder exactamente eso de dar vuelta su sexualidad y ofrecerse a la esencia misma de lo repelido e imitado, ahora que el destino la ponía al alcance de un pene y encima del pene más emético porque el tipo era un pelmazo y se había quedado con las ganas de cruzarle la cara cuando apoyó una de sus manos sobre la teta izquierda (sin duda la izquierda, pues desde ese día dejó de sentirla parte de su anatomía como si padeciera BIID, y le incomodaba para sostener el arco ilusorio de moderna amazona, al extremo de sufrir la pulsión de cercenársela y listo), ahora –le diría- se creía a punto de morir (con causa, pero morir) y el hombre, el pene, la situación, esa rara alineación de astros y a más semejante marco teórico para su desgracia, lo único que le provocaban eran ganas de bajarse del planeta y de irse a vivir a Saturno, siempre que ahí existieran pájaros y jardines bajo el sol.

--Jeitfuc… -murmuró sin darse cuenta.

--¿Qué dijiste?

--Nada, Miranda. Pensaba que me gusta saber que te tengo cerca.

Mercau tardaba mucho en el baño, o quizá la ansiedad que todos compartían había acelerado el paso del tiempo y un minuto era más profundo y diverso que el mar, como decía Borges, pero no Cecilia, sino el que llevaba siempre bajo el brazo.

Barcelli se había detenido un momento en el dintel del baño, sólo para perfeccionar la decisión estimulada por la seña. Finalmente entró y encontró al fiscal frente al espejo, mirándose con lentitud. Vio que se apartaba un poco del lavabo, se inclinaba y estiraba el brazo hacia la puerta del vanitory, sin haber advertido su presencia detrás de él.

--¿Todo bien por acá?

La voz del comisario lo sobresaltó. El agotamiento le había bajado la guardia. Consideraba inservible revisar el pequeño mueble donde no cabría lo que buscaba, pero aun así había estado dispuesto a ejecutar ese pequeño acto de estupidez. Ahora, en cambio, la escena había dado un giro inesperado: una cosa era hacer el papel de botarate para sí mismo, y otra muy diferente quedar como tal a los ojos de alguien que no tendría misericordia cuando describiera el episodio… Alejó la mano de la pequeña puerta intentando solapar su intencionalidad anterior, y se irguió; luego miró a Barcelli desde su propia imagen en la  superficie de azogue.

--Todo en orden... ¿Su gente revisó la totalidad de este edificio?

--Tengo entendido que sí.

Se miró una vez más, se alisó el pelo y giró para encarar a su colocutor.

--Aun así, iré a cerciorarme. Daré una mirada a los otros rincones, a ver si hay más suerte que en éste.

--Como quiera.

--¿La oficina del dueño estaba limpia?

--La revisé yo mismo. Impecable.

--Empezaré por ahí, si no se ofende.

--Para nada…

Salieron del baño con paso remiso y se detuvieron en mitad del camarín. Los corazones de las mujeres batían sus parches como redoblantes viejos.

--Señoritas, gracias por su colaboración –dijo el comisario-. Ya pueden continuar con lo suyo –y clavó sus ojos ardientes en Miranda, mientras imaginaba a qué hotel la trasladaría para cobrar la deuda presente y una parte del desairado exabrupto anterior.

Carlos respiró.

--Bueno, chicas, arranquen con el último show -apremió Hugo, y humedeció los labios en un nervioso gesto, para contrarrestar una sequedad bucal que poco después lo llevaría a apurar el segundo vaso de whisky de la noche, lo que nunca.

Las mujeres se negaban a creer que el meticuloso y obstinado fiscal hubiera estado a un palmo de distancia de Martín sin percibir su respiración o su diástole. Tácitamente prefirieron esperar a que saliera del camarín para abrazarse y ejecutar un silencioso pogo de  besos y abrazos efusivos. Selva pensaba en Martín; la portilla del vanitory no era ciega, y por sus seis o siete hendijas se colaba el oxígeno necesario para la respiración. Pero la sensación de encierro seguramente no habría de ser agradable para su pequeño… Quiso caminar hacia el baño pero notó que Susana aún la sujetaba por una mano, recordándole que no era tiempo ni de festejar ni de sacar a su hijo del pequeño mueble.

--Buenas noches –se despidió Kova, y dejó el recinto con la intención de regresar uno o dos días más tarde con traje de paisano para regodearse una vez más en los primores de Cecilia. Detrás de él salieron Hugo y Carlos sin agregar una sola palabra, sin intentar explicarse el trasfondo de lo sucedido pero con la sensación de haberse sacado de encima un peso de cien kilos. Por un instante recelaron que el fiscal había hecho la “vista gorda” a instigación de Barcelli; después atribuyeron a la habilidad de este último la derivación del asunto. Finalmente endilgaron el curso de los sucesos a un hecho mucho más prosaico e inelegante: habían tenido un culo más grande que una casa.

El comisario dio paso a Mercau y salió detrás, cerrando la puerta a su espalda cuando estuvieron en el pasillo. Ahí se habían congregado sus hombres, y aguardaban flamantes órdenes.

--Muchachos, vayan a dar otra pasada por donde ya estuvieron, pero esquiven la sala. Usted, Kova, venga con nosotros –ordenó señalando al fiscal; de inmediato los uniformados se desparramaron de nuevo por los intestinos del edificio.

--Si me necesita estaré en la oficina –informó Hugo, y se alejó por el vestíbulo en la compañía de su ayudante, a quien pidió que recorriera la sala y constatara que todo marchaba bien, a pesar del embrollo.

Los tres que quedaron se dirigieron con caminar de cuatro de la madrugada a la escalera que subía a la oficina, envueltos en la penumbra del vestíbulo

--Mercau, dígame una cosa…

El fiscal se detuvo. Barcelli también. Kova replicó la detención a cuatro metros de su jefe, distancia que consideraba respetuosa y prudente.

--Qué…

--¿La denuncia que hicieron en la fiscalía era seria? –preguntó Barcelli con afectada incredulidad- Es decir, ¿no se trataría de una joda y estamos acá  perdiendo nuestro tiempo?

Mercau consideró un instante el sugestivo comentario, y lo descartó rápidamente y de plano:

--No. Aunque la denuncia fue realizada por teléfono, la persona se identificó ciertamente y no dudo de que conoce los tejes y manejes de este negocio.

--Ahá. –Barcelli se rascó la barbilla y arrojó su mejor disparo:- ¿Y se puede saber quién es ese informante en quien usted tanto confía?

Mercau no adivinó las intenciones del policía, y a decir verdad andaba con ganas de darle el dato que le hacía falta para comprender que no trabajaban al pedo, movilizados por un anónimo de morondanga. La información se le enzarzó en los labios, pero se contuvo a último momento.

--Ya lo sabrá a su tiempo, comisario. Y estará de acuerdo conmigo en la confiabilidad del denunciante.

El comisario puteó para sus adentros, y desistió de su indagación.

--Kova lo acompañará en el recorrido. Yo debo atender un asunto urgente –y le guiñó un ojo con picardía-. Nos vemos en un rato.

Mercau entendió que el comisario tenía una prisa intestinal. Continuó rumbo a la oficina de Hugo, escoltado por el silencio saturnino de Saturnino.

Barcelli pensó que cuando despuntara el día, a lo sumo en una semana, nunca más allá de un mes, conocería él también, a ciencia cierta,  la identidad del ladino o de la conchuda que había armado semejante quilombo, y que por ese dato iba a requerir un estipendio que justificaría las horas de desvelo. Hugo daría lo que fuera por estar en posesión de ese nombre, y él se lo daría para que tomara todas las medidas apropiadas, excepto la violencia.

Después volvió sobre sus pasos y cuando se vio solo en el pasillo golpeó con suavidad la puerta del camarín. Tenía que amainar una apremiante tormenta interior. Una tempestad que no se formaba en los tubos intestinales sino en las gónadas soliviantadas.