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Era el rostro de Miranda, que asomó por el hueco con expresión de enfado. Su cuerpo, alto a juzgar por la elevación de la cabeza, más encumbrado que el del policía que iba al frente y más corpulento quizá, descansaba contra el lado interno de la puerta, presto a detener con su fuerza los inminentes intentos de los hombres por empujar, abrir e irrumpir en el camarín. Detrás habían quedado las otras mujeres, dispuestas a coadyuvar en la resistencia y el desacato.

--¿Qué pasa? –espetó la gladiadora con un inequívoco tono de molestia, dirigiéndose a todos los que estaban fuera y a ninguno en particular.

--Apártese de ahí. Vamos a entrar –informó el fiscal, que hizo un gesto al oficial para que se dispusiera a usar la fuerza en caso de que fuera ineludible.

El intercambio de palabras amenazaba claramente con derivar en un altercado de neto corte sexista: de un lado los machos, del otro las hembras, y en el medio Miranda.

--Este es un camarín de mujeres. Estamos trabajando, y además semidesnudas… No van a entrar, ¿entendió?

Miranda impostó sus palabras con la mayor convicción de que era capaz, pero vio en los ojos de los sitiadores que no cejarían en sus intenciones. El adjetivo “semidesnudas” pareció infundirles mayores ahíncos por cumplir con su deber.

--Tenemos una orden de allanamiento, y no vamos a discutir con usted –informó el fiscal-. Oficial, proceda.

El policía que estaba a cargo del grupo recargó su cuerpo en la puerta y aplicó algo de presión, en la creencia de que no le resultaría demasiado complicado apartar de su camino a aquella mole femenina y a las que la secundaban. Miranda apoyó su hombro contra el otro lado de la madera, y empujó a su vez. Se oyó un griterío de mujeres, insultos e imprecaciones de floridas variantes.

--¡A ver, los demás, ayuden con esto, carajo! –arengó el fiscal a los otros tres uniformados.

Todos los hombres se abocaron a la tarea de empujar la puerta, que no parecía ceder un ápice. La hoja oscilaba de diez a veinte centímetros del marco sin abrirse ni cerrarse, reaccionando a la energía que recibía en sus dos caras.

El fiscal se sumó a los otros y contribuyó con su fuerza (magra de por sí, y desgastada por el día agotador) a empujar la pesada hoja de madera. Desesperado porque ésta se resistía, la pateó y maldijo con las ganas contenidas desde hacía ya varias horas.

--¡Abran esa puerta de mierda, carajo, la puta madre que las remil parió!

--¡Hijos de puta! –se escuchaba desde el interior del camarín- ¡Los vamos a denunciar por acoso, pajeros de mierda!

--¡Atorrantas baratas, van a ir en cana hasta que se les seque la concha! –insistía el hombre de la justicia.

Miranda pensaba en lo bien que le vendría en ese trance la presencia de su hermano. Ellos dos solitos serían capaces de detener a una docena de esos alfeñiques del grupo de asalto de la policía. Pero las chicas no lo hacían del todo mal. En un desparramo de culos, tetas y sudores que se apiñaban y se confundían, estaban conteniendo el intento de los rati de conquistar el camarín. Podían seguir así un rato más, siempre y cuando no llegaran más hombres a reforzar a los del otro lado ni decidieran usar métodos más violentos para lograr su cometido.

Entonces los hombres recularon, dieron unos pasos de envión y lograron tomar por sorpresa a las mujeres mediante un violeto topetazo, que arrojó al suelo momentáneamente a las más débiles; la puerta se abrió el espacio suficiente para que un hombre pudiera traspasar por el hueco, y fue el fiscal Mercau quien intentó hacerlo. Pero las defensoras se recompusieron y volvieron a recuperar el terreno perdido, al tiempo que un ramaje de brazos de todos los colores, largos y grosores propinaba golpes al intruso y lo obligaba a retroceder hasta el pasillo. Miranda incluso logró sujetar del cabello a Mercau y zarandearlo dos o tres veces hasta que el pobre infeliz se zafó de la manaza y se contentó con sobarse la cabeza.

--¡Puta de mierda, te voy a matar!

Los policías no pudieron contenerse y largaron a reír. Con disimulo primero, y luego a carcajadas. En verdad la imagen del representante de la fiscalía era digna de un sketch de Buster Keaton, con su cara colorada como una jaiba, los pelos revueltos, la ropa arrugada y la expresión de dolor e ira, dos sensaciones que contrarrestaba puteando a mansalva y sin pausa.

--¡¿De qué mierda se ríen, pelotudos?! ¡Unas putas de mierda pueden más que ustedes cuatro, manga de zánganos!

El oficial grandote se acercó a él con parsimonia, pero con gesto amenazador. Se detuvo a un paso, y lo miró con admonición. Mercau pudo percibir el aliento del agente, cálido por el esfuerzo, con cierta hediondez por las tantas horas sin ingerir comida ni líquidos. Sus miradas se cruzaron y parecía que no había necesidad de verbalizar lo que cada uno estaba pensando. Mercau recordó la teoría de las miradas de Sartre, en una materia de la carrera (el nombre aún lo intrigaba: antropología filosófica) que le había parecido entonces una pérdida de tiempo. Se dijo que repasaría viejas nociones de filosofía cuando todo aquello terminara. También se dijo que quizá era conveniente tratar de recuperar la calma.

--¿No le parece que usted está un poco alterado? Así no podemos trabajar, señor –dijo el policía con impertérrito tono de voz, y para Mercau fue palmario que después de todo los dos habían llegado a la misma conclusión.

Mientras los hombres reorganizaban su plan de acción y se recomponían después del forcejeo y del patético espectáculo que había protagonizado el empleado del foro, las mujeres hacían un esfuerzo denodado y bravío por cerrar la puerta y poner la traba. Se los impedía la dura tonfa con la cual habían previsto dicha contingencia, apoyada sobre el piso y a mitad de camino entre el camarín y el pasillo. Cecilia intentó empujarla hacia afuera, pero alguien la sostenía del otro lado. Tampoco era viable jalarla y arrebatársela al policía, porque sin duda la tenía sujeta por la correa.

--¡Esta mierda que no sale! –exclamó Cecilia.

--Dejala, no pierdas tiempo; saben cómo usarla –aclaró Emilia, que la había sufrido en el lomo durante una desconcentración política.

Selva estaba consternada. Por un momento se había acercado a la puerta y ayudado a las otras a impedir el paso de los oficiales, pero inmediatamente miró a su hijo y corrió junto a él, en medio del griterío y de los insultos de uno y otro lado.

Martín, sentado en el sillón, presenciaba la escena como si estuviera en casa y pasaran por la tele una película del far west. Sintió miedo por la bulla, e intentaba explicarse el motivo de semejante desbarajuste. También se preguntaba si siempre sería así el trabajo de mamá, y sintió pena por ella.

Selva lo abrazó.

No lo abrazó. Lo oprimió con fuerza, con tanta fuerza que Martín se sintió incómodo y protestó.

--¡Ay mi vida, en qué quilombo nos metimos! –exclamó Selva para sí, y se arrepintió enseguida.- Pero vos no te preocupes, mi amor. ¡Pronto se va a aclarar este embrollo y vamos a volver a casa!

--Si, mami –respondió Martín con escasa convicción.

Selva regresó junto a las demás, que porfiaban en sostener la puerta con todas sus fuerzas, a pesar de que en ese momento nadie empujaba desde el otro lado.

--Digo yo –meditó Aldana, la mujer délmon-, si íbamos a tratar de cerrarla, ¿para qué carajo la abrimos?

--Porque había que dar la cara con la yuta –explicó Miranda-… Si no asomábamos la nariz les poníamos en bandeja la excusa para reventar la puerta con el ariete. Ahora saben que aquí hay mujeres, trabajadoras…

--¡Ja ja! Mujeres, trabajadoras –se burló Anabel desde un costado.- Pareces Evita, caralho. ¡Lo que hay acá es basura! ¡Minas frustradas, rameras, viciosas, enfermas..!

Las otras iban a responderle pero en cambio permanecieron mirándola con extrañeza. Supusieron que su condición de extranjera tornaba más preocupante un enfrentamiento con la autoridad, pero de inmediato Anabel se cubrió la cara y empezó a derramar y a hipar con sonoridad un llanto que le estalló entre las manos.

--¿Qué pasa, brasuca? –indagó Susana sin apartar una palma de la puerta.

Anabel no contestó: la congoja le impedía hablar. Decidieron dejar que se desahogara un momento, que se tranquilizara y pudiera explicar su reacción, si es que en verdad obedecía a un motivo estricto y explicable, y no era una acumulación de situaciones y desdichas de una noche particularmente nefasta.

--¿Tendrá problemas de dinero? –insinuó Romina a su ama muy por lo bajo, pero la negra las oyó.

--No es eso –dijo-. Es…

Hubo un silencio expectante, en el que ni siquiera se colaban sonidos provenientes del pasillo.

--¿Es qué? ¡Dale, confiá en nosotras! –urgió Miranda entre impaciente y molesta.

Anabel se secó las lágrimas con la mano.

--Tengo sida. –Y escrutó con la mirada la reacción de sus compañeras, que se habían quedado mudas, sin atinar a pasar en limpio la confusa mixtura de sensaciones que la confesión les provocaba muy en lo íntimo, en un apartado lugar de la sensibilidad que todavía no se había restañado de la muerte de Laura.

Entonces todas pensaron en Laura. Pero el recuerdo de la finada se enturbió de pronto por dos enérgicos golpes de nudillos dados a la puerta, seguidos por la voz más recia aún de la máxima autoridad policial, quien les hablaba a través del resquicio asegurado por el palo de madera que atravesaba el umbral. 

--Señoritas, soy el comisario. Quiero dialogar con ustedes. A ver, alguna que se asome.

Miranda reconoció de inmediato la voz de Barcelli. Todavía lo tenía atragantado aunque ya había pasado más de un mes desde que se le había ido al humo, y si no hubiera sido porque la habían parado en seco, a tiempo…, todo habría terminado muy mal. Un rato más tarde de aquel episodio, casi al amanecer, Hugo la había amenazado con echarla a la mierda si volvía a ponerse violenta con un cliente del salón, especialmente si involucraba a uno importante (y Barcelli lo era). Claro que Hugo no podía comprender la repugnancia que le provocaba el comisario, no podía sospechar que cuando le apoyó la mano sobre la teta, una mano híspida y fría de hombre caliente, se le habían escapado los pájaros como si le hubieran abierto la jaula de repente, los pájaros de su juventud y los de su sosiego.

Hugo y los demás habían oído el alboroto que provenía del vestíbulo de los camarines. Los policías terminaban de revisar su oficina cuando llegó hasta ellos el griterío de las mujeres, las puteadas y amenazas de voces agudas y graves. Aunque no se distinguían con claridad las palabras, no era difícil extrapolar una película mental de lo que acontecía. Hugo se preocupó por la clientela que se divertía en el salón; previendo algún tipo de escándalo había ordenado que aumentaran el volumen de la música. Miró a Carlos, que transpiraba en un rincón, y consiguió cruzar con él un guiño de inteligencia que los otros no advirtieron. Las chicas en verdad estaban frenando la arremetida de los cacos, y la cuestión era ahora capotear las inciertas consecuencias de su desobediencia a la autoridad.

--Vamos para allá. No quiero quilombos en este procedimiento –ordenó el comisario.

--Lo hago responsable de la seguridad de las mujeres. Espero que ninguna salga lastimada, ¿me entendió? –previno Hugo.

Barceli asintió de mala gana y todos salieron con prisa de la oficina. Bajaron la escalera y entraron en el pasillo. Allí vieron al fiscal rascándose la cabeza, insultando a Dios y a María Santísima, y a los agentes en actitud de espera.

--¿Qué está pasando acá, carajo? Ordené que no hicieran despelote.

El oficial corpulento miró con expresión de encono al fiscal e intentó una explicación:

--Señor, las empleadas impiden el paso; rechazaron nuestro primer intento. Esperamos sus órdenes…

--¡Estas conch..! –amagó a exclamar el fiscal, pero recordó que tenía que calmarse- Estas mujeres no dejan que ingresemos a ejecutar el allanamiento. Hay una grandota que quiero que se lleve detenida, por agresión. ¡Haga que sus hombres entren ahí, de una buena vez!

--Creo que sé de qué persona me habla –comentó Barcelli sin exteriorizar sus rencores para con Miranda, y desechando la posibilidad de cobrarse la deuda pendiente-. Entraremos en ese recinto, de eso no le quepan dudas. Pero les daremos una última oportunidad para que depongan su actitud… En cuanto a la mujer elefante…

--…la hija de mil puta que me agredió…

--…tengo entendido que era la pareja de la bailarina que murió hace unas horas –mintió-, así que tratemos de comprender un poco su exasperación. -Posó una mano amistosa sobre el hombro del otro y agregó:- Haremos lo que vinimos a hacer: encontrar al pendejo, y nada más. Terminaremos de revisar este lugar y concluiremos el procedimiento. Cuento con que usted va a coincidir con mi modus operandi.

El fiscal recapacitó.

--Mire, Barcelli, puedo obviar mi altercado con ese ogro con vulva, pero mi instinto me dice que el mocoso está ahí dentro. Así que hagámoslo a su manera, pero terminemos con este asunto. ¡Ya se perdió demasiado tiempo y se tuvieron excesivas contemplaciones con esta gente!

Hasta Miranda habían llegado fragmentos de lo que se conversaba del otro lado. Se apartó de su puesto de defensora y le pidió a Cecilia que fuera la vocera del grupo ante el comisario; luego le susurró algo al oído:

--Ofrecele a ese corrupto lo que quiera de mí, con tal de que no encuentren a Martín.

 Cecilia se apartó y la miró con ojos extrañados. Creía entender el metasentido del encargo, pero aun así necesitaba confirmación:

--¿Lo que sea? ¿Estás segura?

Estela sintió que Miranda le buscaba una mano y la atesoraba en la suya. No necesitaba conocer los pormenores de lo que fabulaban la Borges y su amante para saber qué cartas se jugaban en aquella partida de póker propuesta por la vida, y qué botín reposaba sobre la mesa. Estela oprimió con fuerzas los dedos de la otra, para transmitirle coraje y aprobación.

--Estoy segura –afirmó Miranda, y miró a Martín con los ojos del corazón.

“La gladiadora me miró. Nunca voy a olvidar que en medio de la fría y gris zozobra que teñía el aire del camarín sus ojos fueron dos pincelitos que me glorificaron con los tonos suaves y cálidos de la serenidad. Eso hizo  la diferencia. Sentí que todo iba a salir bien. Estaba ella para defenderme. Mamá era la reina de mi infancia, pero en aquel minuto de tribulación sólo podía ofrecerme amor y ternura, mas no seguridad; de eso otro se encargaba la giganta Grid, con el escudo de su fuerza y la espada de su tristeza. Había algo de renunciamiento en su valor, pero eso lo comprendí más tarde y lo aprecié con el tiempo. Cuando recuerdo aquella noche me río y no sé por qué, me angustio y no sé por qué. Alguna vez he contado esta historia a mis amigos y compañeros de trabajo y nos hemos cagado de risa porque la situación bien puede relatarse como un paso de comedia, si uno no se sumerge en las pasiones que ennoblecían cada actitud. Todo en la vida es comedia y drama a la vez; depende del punto de vista, si se está dentro o fuera, cerca o lejos. Cuando un tipo se cae de bruces en la vereda y se lastima la nariz nos reímos con ganas, pero él sangra y sufre. La teoría de la relatividad se aplica con enorme contundencia a las pasiones humanas: el dolor, el amor, el odio, la misericordia, la nobleza y la solidaridad, entre otras, siempre tienen lecturas dispares. El mundo moderno profundiza esta construcción diádica de la realidad, y la tecnología la potencia. En la televisión podemos ver altruismo o miseria al cambiar el canal y recibir recortes disimiles de una misma situación… No quiero dar más ejemplos porque no viene al caso. Me río cuando me acuerdo de esa parte de la noche, me río al relatarlo entre amigos, pero se me cae una lágrima cuando lo recuerdo a solas. Cierro los ojos y sigo sentado en el sillón, y veo a las mujeres a medio vestir o medio desvestir que están gritando y puteando a viva voz, y luego hablan por lo bajo y de a ratos me miran con la entrega que da la madrugada, siempre que se topa con una causa emancipadora de la vida pedregosa que ha conducido al sitio y el momento presentes… Me gustaría saber qué fue de la vida de Miranda, volver a verla, si no ha muerto ya. La imagino tomando mate en un patio con jaulas colonizadas por jilgueros y cardenales, grande y con batón, gorda y vieja, cálida hasta la médula. De alguna manera esta imagen se superpone y percude la escena del baño del camarín, su silencio de dolor y los suspiros del comisario mientras se la cogía, si es que el vocablo coger puede nominar aquel acto unívoco y yermo. Este es un recuerdo que deseo perder para siempre, después del de la muerte de Seba, que me atormenta cada día de mi existencia…”