03:07 - 03:19

 

Carlos fue el encargado de recibirlos. Delante venía el fiscal, que ostentaba una sonrisa socarrona y un aire de triunfo. Balanceaba un brazo al caminar con marcial cadencia, pero en la mano no empuñaba un arma sino el papel tan esperado: la orden de allanamiento. Detrás, con un cigarrillo en la boca que parecía masticar más que aspirar, el comisario mostraba síntomas de cansancio. Lo seguían de cerca los oficiales de policía, con visible fastidio por la changuita de buscar a un pendejo dentro del teatro, en plena madrugada, cuando podían haber estado durmiendo o en cualquier otro sitio, o quizá ahí mismo, pero presenciando el espectáculo de las mujeres (algunos solían hacer incursiones nocturnas por el lugar en calidad de espectadores, y esperaban no ser reconocidos ahora que volvían  con un cometido tan antipático).

Carlos abrió las dos puertas de vidrio con un gesto pomposo, que parecía decir a los entrometidos “muchachos, pueden entrar y revisar por donde quieran, pero aquí no van a encontrar nada”. El comisario había instruido a sus subalternos para que fueran discretos y no molestaran innecesariamente a la concurrencia. El fiscal no estaba muy de acuerdo con tal proceder, pero dada la magnitud de su confianza en el éxito del registro de aquel antro, poco le importaba esperar a tener al mocoso en sus manos para apretar las clavijas. Cuando eso ocurriera, el público sería puesto de patitas en la calle, y tanto el dueño como el encargado tendrían que ir a responder algunas cuestiones en la seccional del barrio.

Un periodista de un medio gráfico intentó colarse detrás de la policía, pero Carlos lo paró en seco y lo mandó a la vereda.

--Si hay alguna novedad (cosa que no creo), se enterará cuando salgan las autoridades.

El reportero lo miró con acritud y masculló “sólo hago mi trabajo”. Carlos agradeció al cielo que aún no se hubieran enterado los de la televisión, porque esos eran realmente insidiosos y llegaban con equipo tan pesado que llamaba la atención a cinco cuadras. El hombre que estaba frente a él tenía aspecto de FreeLancer, un espécimen de rapiña informativa que cuando muerde un hueso no lo suelta así nomás, porque le puede significar el pago de la cuota alimentaria del mes.

--¿De qué medio sos? –le preguntó Carlos, acuciado por la tentación de saber.

--De todos, y de ninguno…

--Entiendo… No pierdas tu tiempo acá; no va a pasar nada.

Carlos dio media vuelta para entrar en el vestíbulo del teatro, donde el comisario y el fiscal ultimaban detalles con Hugo para iniciar el procedimiento.

--Vengo del hospital. Tengo fotos de la chica muerta y quiero saber más…

Carlos sintió que la sangre le subía a la cabeza y atenazaba las sienes, toda la sangre. Giró en seco sobre sus talones y se plantó de nuevo frente al hombre de la cámara. Lo miró con fuego en los ojos. La primera intención fue sujetarlo directamente del cuello, pero un instante de claridad mental desvió sus manos a las solapas de muesca del chaleco de cinco bolsillos.

--¡Oime bien, pedazo de mierda! ¡Si llego a ver una foto de la finada en algún diario te juro que te meto la camarita en el orto!, ¿entendiste?

Atraídos por el vozarrón de Carlos, los demás salieron a la vereda. Hugo lo trincó por los brazos y tuvo que hacer fuerza para separarlo del desventurado cronista. El fiscal y los demás miraban sin entender.

--¿Qué pasa acá? –preguntó el comisario. E increpó al hombre que se acomodaba el chaleco, subido hasta las orejas por las manazas de Carlos:- Y usted, ¿quién es?

--Periodismo independiente… Sólo hago mi trabajo…

--¡Te estás metiendo entre las patas de un caballo, pelotudo! –le gritó Carlos, aún contenido por su jefe- ¡Ojo con lo que hacés!

--¡Pará, viejo! ¿Qué cagada se mandó este tipo? –indagó Hugo.

--Este pelotudo le sacó fotos al cadáver de Laura y vino acá a revolver mierda…

--Ah, ¿si? –El rostro del dueño mudó varios tonos de expresión, de la sorpresa al fastidio.

Mientras tanto, Barselli se había interpuesto entre los contendientes.

--¿Es verdad? ¿Usted es uno de esos que sobornan a los enfermeros para tomar fotografías?

--Sólo hago mi trabajo, y ese tipo me atacó injustamente. ¡Es una provocación a la prensa!

--¡En la prensa te voy a poner las pelotas! –vociferó Carlos, que había oído el diálogo.

--Imagínese que esta gente ignoraba que la señorita murió, y usted viene con esto... ¿A qué hora fue el deceso?

--Llegó al hospital fallecida.

El comisario se rascó la barbilla. Carlos se puso en estado de alerta, porque la urdiembre tejida por Agopián peligraba con deshilacharse.

--Entiendo... –reflexionó el funcionario, y se dirigió a Hugo:- Su estriptisera murió –y evitó cuidadosamente la familiaridad en el trato, ya que el fiscal no perdía palabra de lo que se hablaba-. No nos vamos a ocupar de eso ahora, porque estamos acá por otro asunto… Supongo que el forense realizará la autopsia y seguirá el protocolo…

--Envié a otra de las chicas para que acompañara a Laura, y hace un rato me informó de la terrible noticia.

Carlos estaba más calmado. Lamentó haber perdido los estribos, pero supuso que en otras circunstancias se habría puesto en verdad violento con el fulano del chaleco y la cámara fotográfica.

--En cuanto a usted –le dijo a éste el comisario-, está interfiriendo en un allanamiento que no tiene nada que ver con lo que investiga. Manténgase alejado de la tarea de los oficiales.

--Supongo que va a arrestar a ese energúmeno…

--Si tiene alguna queja, vaya a la comisaría y haga la denuncia correspondiente.

El hombre dudó. Miró a Carlos de soslayo y atisbó, debajo de su resucitada serenidad, la ira contenida de antes, que no era auspiciosa para nada. Además, no quería quilombos legales.

--No denunciaré, pero asegúrese de que no seré agredido nuevamente.

--No puedo prometerle nada. Usted ha ejercido provocación, y además, si no denuncia, es como que nada pasó. ¿Entendido?

--Sí…

--Manténgase a distancia. Y en cuanto a las fotos de la chica muerta, le sugiero que las elimine.

--Veré…

Barselli respiró hondo. Aún quedaba lo peor de la noche, porque Hugo, el pelotudo de Hugo (pensaba), tenía escondido a un menor en alguna parte de su madriguera, y el personal policial iba a dar con él sin duda alguna. Lo que pasara después…

--¿Podemos proceder? –apremió el fiscal, que ya no resistía la impaciencia.

--Un momento más, por favor –pidió Hugo, y se acercó al reportero con una mirada inequívocamente amenazante. El otro retrocedió, pero no a tiempo para esquivar la mano de Hugo, que lo tomó por el codo con más suavidad de la presagiada.- Vos, decime, ¿cuánto te paga el diario por las fotografías?

El otro dudó, pero con celeridad se aprontó a la perspectiva de una negociación.

--Bueno, a decir verdad…

--Cuánto –insistió Hugo.

El tipo pronunció la cantidad, inadmisible para Carlos, pero bastante menor a la que Hugo esperaba escuchar.

--¡Supongo que no le vas a dar plata a este..! –quiso protestar Carlos.

--¡Callate! –lo paró en seco Hugo, y volvió a encarar al fotógrafo- Te doy eso, y un poco más para que olvides el altercado. Vamos a mi oficina ya mismo y me entregás el rollo o lo que mierda estés usando en esa máquina. ¿Estás de acuerdo?

Era mejor de lo que había pensado. Aceptó sin regatear. Después de todo, la chica muerta no valía gran cosa si no había una historia que respaldara las imágenes, y siempre cabía la posibilidad de que no pudiera colocar el material en ningún medio gráfico.

--Muy bien. Acompañame a mi oficina para liquidar el asunto… Espero que no haya otros como vos, con fotos de Laura. ¿Es eso posible?

--No, señor. Pude sacar las instantáneas en un momento en que el cuerpo quedó solo, pero después llegó la otra chica, la flaquita, y se instaló al lado de la muerta como perro guardián… No, señor…

Hugo sonrió, pensando en Gabriela. Qué piba rara…

Carlos miró al fiscal y notó que se salía de la vaina por iniciar formalmente el allanamiento. De su participación en esa clase de operativos, allá por sus años en la Federal, recordaba que, munidos con la orden judicial de registro, entraban sin consideraciones ni preámbulos, en la búsqueda de elementos delictivos o personas; nada ni nadie los detenía. Por lo general él iba delante, como caballo de carroza, y cuerpeaba el peligro que pudiera acechar detrás de puertas, paredes y cortinas de baño. ¡Se veía cada cosa..! Había que reconocer que Barselli suavizaba ahora este procedimiento, y de alguna manera mostraba consideraciones con Hugo que enardecían al fiscal y daban algo más de tiempo a las chicas para capear el chubasco... Pero el tiempo se agotaba.

--Bueno, señores, vamos a proceder –informó el comisario.

Dividió a los agentes en cuatro grupos y asignó las áreas a cubrir. Corría con innegable ventaja en esta ocasión, porque conocía bastante bien la geografía del teatro, merced a sus noches de esparcimiento por aquellas comarcas. Envió al primer grupo a recorrer el amplio salón y observar a los clientes con ojo avizor, y enfatizó la consigna de no perturbar el vodevil, pues daba por sentado que el chico no iba a ser hallado precisamente entre la concurrencia. Al siguiente conjunto de oficiales lo mandó a los baños, a revisar con pulcritud los recovecos del hall de entrada y la boletería, y de ahí a las bambalinas del escenario y la zona de tramoyas.

--Ustedes tres –continuó ordenando- vendrán conmigo a la oficina y el depósito. –Carraspeó.- Supongo que ahí es donde encontraremos al menor.

El fiscal lo miró con desconfianza. La mayoría de las aseveraciones del comisario le provocaban una reacción adversa, y prefería guiarse por sus instintos antes que por la experiencia del otro en operativos similares al presente.

--Los últimos –concluyó Barselli- van a revisar los camarines, con mucha cautela. ¡Ojo! No jodan ni se propasen con las mujeres. Quiero que hagan su trabajo con profesionalismo y no den motivo de queja. ¿Les quedó claro?

Todos asintieron. Sí, señor, sí, señor, murmuraron.

--Usted puede venir conmigo, si le parece –sugirió Barselli al fiscal-. Hallaremos al mocoso.

--Gracias, pero me quedaré con el último grupo –rechazó-. Los camarines son un buen lugar para ocultarlo.

El otro se encogió de hombros.

--Como quiera. De paso asegúrese de que los agentes no le amasen el culo a ninguna de las locas que trabajan acá. ¡Ja ja ja!

Pero el fiscal no se rio. Poca gracia le provocaban los esporádicos chistes del comisario, infaltablemente procaces. Además,  empezaba a notar el cansancio del día anterior: había madrugado como era su costumbre, desayunado con su esposa, depositado un beso en la mejilla aún dormida de su hijo antes de salir del departamento. El trabajo en los tribunales había sido particularmente denso ese día, y justo cuando empezaba a paladear el retorno a casa, justo antes de la cena, ¡zas!, la llamada telefónica al juzgado, la denuncia sobre el menor y todo lo que siguió después, hasta el presente instante. Tras unos pocos giros de la manecilla pequeña de su reloj, apenas cuando clareara, llevaría veinticuatro horas sin pegar un ojo. El  mundo había rotado una vuelta completa sobre su eje, y él como si nada. Pero valía la pena estar ahí; existía una cosa que no podía tolerar, y eso era la depravación infantil. Si los padres desatendían a sus hijos, si la escuela no cumplía su papel, si los servicios sociales eran ineficaces, ahí debía presentarse la justicia para garantizar los derechos del menor, y esa noche él encarnaba a la justicia.

Los grupos comenzaron a moverse con súbita rapidez, como si acabaran de llegar de sopetón y pretendieran aprovechar la ventaja de la sorpresa. El fiscal sonrió. Todo le parecía estúpidamente artificioso. A nadie le importaba un comino el niño acovachado en el burdel o falso teatro. Los oficiales deseaban terminar lo más pronto posible e irse a dormir. Si se hubiese tratado de drogas, armas o mercadería robada, la cosa habría sido más interesante, porque siempre desaparecía una parte de la evidencia. Pero un pibe, ¿a quién le importaba un pibe, más que a él?

Cada grupo se encaminó a donde le habían marcado. El público evidenció algo de desconcierto cuando los uniformados entraron en el salón y rondaron entre las mesas, pero a más de pedir documentos a uno o dos adultos de cara aniñada, nada sucedió. Todo estaba en perfecto orden ahí, y ni rastros de la presencia de un pibe. Los clientes que habían avistado a Martín en su excursión al baño, a primera hora de la madrugada, ya traveseaban lejos de ahí, en la parte de la noche que se disfruta sin notoriedad. Tampoco tuvieron suerte los otros grupos, aunque revisaron concienzudamente depósito, baños, boletería, pasillos, tramoya y recovecos sospechosos, o tantearon con un palo de escoba para dar con falsos techos que no existían. Carlos pensó que así de pelotudo se habría visto él en los operativos que daban resultados neutros. Después decidió ir a la oficina para quedarse con Hugo en semejante brete, y estar a su lado cuando el equipo de los camarines avisara que un chico se había hallado entre las tetas de Miranda (sonrió y se secó la transpiración).

La puerta del camarín estaba cerrada. Trataron de abrirla pero la traba interna no lo permitió. Un oficial enorme, visiblemente molesto y con expresión de constreñimiento, repiqueteó la tonfa sobre la puerta y esperó, con el fiscal pegado a su flanco derecho.

--¿Quién es? –preguntó desde el otro lado una voz femenina, levemente temblorosa y escamada, que el urso trató en vano de identificar en su mente.

--La policía. ¡Abra!, tenemos orden de allanamiento –ordenó el fiscal.

El silencio fue la única respuesta, y detrás del silencio, como música de fondo, el cuchicheo de una deliberación apremiante. El fiscal sintió en ese instante que la calma le volvía al cuerpo, porque estaba a punto de dar con el chico que había ocasionado toda la diligencia, precisamente detrás de esa puerta. Iba a pedir a los oficiales que se prepararan lentamente para echarla abajo e irrumpir en la estancia, cuando el inequívoco sonido de un pasador que se descorría preanunció que no sería necesaria tal acción.

La pesada hoja de madera giró lentamente y por el hueco asomó un rostro de mujer.