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--Me voy –anunció no bien entró en el camarín.

Selva la escrutó con la mirada. No había dejado de preocuparse por ella en toda la noche, a la sombra de la otra preocupación, la de Martín, ahí, muy ahí. Gabriela era capaz de cualquier cosa, de sobra lo había probado. Y no valoraba su vida, a la que de vez en vez intentaba poner fin. Esa noche parecía estar especialmente decidida.

--No podés irte: aún falta un show –intentó persuadirla.

 --Pero lo haré igual. Primero que nada iré a ver a Laura; la llevaron al hospital. Después, no sé…

--¿Al hospital? –exclamó Miranda, acercándose para enterarse de los pormenores. Las otras hicieron lo mismo.

Gabriela se encontró de pronto sometida al interrogatorio visual del grupo. Las miró una a una, de izquierda a derecha, y soltó la terrible noticia.

--Laura murió.

El impacto no fue menor al que esperaba provocar con su revelación. Curiosamente, pocas de ellas inquirieron por la causa de tan prematuro final, pues la conducta de la finada, sobre todo en los últimos tiempos, hacía presagiar la desdicha, aunque como todo presagio que se precie, los signos sólo eran comprensibles desde la perspectiva del hecho consumado. Algunas se abrazaron a gimotear con angustia; otras se apartaron a un rincón a rumiar la impresión. Pilar, que debía salir a escena no bien Aldana regresara al camarín, fue la que llevó la peor parte.

--¿Cómo hago para ir a desnudarme? Me dejaste hecha un trapo –se quejó a Gabriela, que no respondió y fue al armario donde tenía guardadas sus cosas, en un casillero con llave. Selva la siguió de cerca.

--Dejate de locuras y quedate. Ya no podés hacer nada por Laura…

--Al menos la acompañaré un poco, ya que no tiene familia,  que sepamos.

--No me des otro disgusto. Te suplico que lleves esto que es tuyo –y extendió el brazo con la cadena brillando sobre la palma, como si siempre la hubiera tenido en la mano y sólo hubiera esperado el momento indicado para tentar su devolución.

Gabriela la ignoró, mientras volcaba el contenido del armario dentro de su bolsón, sin demasiado orden.

--Me voy –porfió, ignorando el ofrecimiento.

--¿Necesitás plata, piba? –ofreció Miranda-. Laurita se patinaba sus pesos en droga…

--No, gracias. Hugo se va a hacer cargo de los gastos del entierro.

--¿Le avisaste que te vas? –indagó Pilar.

--Lo sabe. –Caminó unos pasos y se detuvo frente a Martín, que la observaba con atención desde la improvisada cama.- Vos… ¿me prometés que vas a portarte bien?

Sin esperar la respuesta se agachó y le dio un beso en la frente. El niño respiró un poco del aroma de Gabriela, fresco y dulce, a mujer joven. Vestida y lista para salir, le pareció más bella, pero aún seguía viéndola en su descarnada desnudez. Respondió “sí”.

Algunas de sus compañeras se acercaron a ella cuando ya se encontraba junto a la puerta, a punto de salir.

--Tomá, enlazá sus manos con esto –pidió Pilar, y le entregó un rosario hecho con cuentas de plástico, blancas, que a pesar de su escaso valor simbolizaba la fe de la mulata. De inmediato salió a hacer su trabajo, sollozando en peruano.

Sonia se desprendió la cadenita con la estrella de David y se la dio.

--Esto también le servirá. Asegurate que lo tenga en su último viaje –pidió con pesadumbre, y quiso agregar otro pensamiento, pero se quedó callada como las demás.

Una aportó una estampita, otra una medalla de la suerte, alguna le ofreció a Gabriela acompañarla al Fernández.

--No, no… Prefiero ir sola… Gracias por esto, pero en realidad no sabemos de cuál religión era Laura…

--A ella le gustaba vestir de monja, llevar ese crucifijo enorme, pero no sé si eso significaba algo –meditó Luisa.

--Vos llevale todo, piba –concluyó Miranda-; a donde va, y como era ella, nada le sobrará.

Gabriela sonrió sin alegría. En ese momento irrumpió Aldana en el camarín, desnuda y con aire de haberse enterado recién del infausto suceso.

--Me crucé con Pilar y me lo dijo. ¡No puede ser!

--¿De veras te asombra? –retrucó Romina, y se hizo un silencio incómodo.

Gabriela dejó el bolsón en el piso y se encerró en el baño. Se miró en el espejo y vio a Laura. Ella era Laura, o mejor dicho su cadáver. Sintió que la sangre se le escapaba del cuerpo. Inclinó la cabeza en el inodoro y vomitó lo poco que había comido esa tarde, diciéndose que ella había muerto antes que su compañera, y que el reflejo de la respiración era una mera resistencia de su cuerpo a dejarse ir.

--Piba, ¿estás bien? –se oyó la voz de Miranda al poco rato, acompañando el golpe de sus firmes nudillos sobre la madera que las separaba.

Gabriela salió del baño, pálida aún, pero no respondió. Caminó hacia la salida, tomó el bolsón y dio una última mirada al lugar. Expiró un chau desganado y traspuso, con paso seguro y firme, la salida del camarín, que Cecilia le franqueó. Caminó por el pasillo y cruzó la sala, iluminada ya para el segundo intervalo. Aún se oían comentarios sobre la negra Pilar, que había cerrado el show anterior… Gabriela cruzó la sala con su bolsón colgando de la mano derecha, como quien camina por una estación de trenes rumbo al andén. La asociación le resultó significativa: un tren… Pero antes había que ocuparse de la occisa, verla una vez más, tratar de descubrir la esencia de la vida que se le había escapado tan estúpidamente, a diferencia de la suya, que había inmolado culposamente.

Cuando salió a la vereda vio a Carlos junto a un taxi con la puerta abierta; el encargado le hizo una seña para que se acercara.

--Supe que vas al hospital. Es muy gaucho lo que hacésTomá, esto te lo manda Hugo. Llamalo para lo que haga falta.

Gabriela aceptó el dinero y subió al auto de alquiler. Carlos cerró la puerta y se inclinó para agregar algo. Dudó y se abstuvo.

--Andá nomás, piba. –Y dirigiéndose al chofer:- Llévela al Fernández. Y no dé demasiadas vueltas.

El conductor lo miró con inquina, pero asintió.

 

 

En el camarín, una a una las mujeres se vestían para alternar con la clientela, orladas con sus mejores ropas de noche. Aunque no tenían la obligación de hacerlo, sentían que salir a la sala formaba parte de su trabajo, y además disfrutaban esos segmentos de la noche porque daban la posibilidad de calentar la garganta con un brebaje estimulante y conversar con personas heterogéneas. Nunca se sabía qué podía manar de esas charlas de trasnoche. Como los dos lados del planeta, las luces del camarín se atenuaban mientras las de afuera se encendían; en esos intervalos algunas preferían recostarse en los sillones, fumar en la penumbra y esperar el regreso de las compañeras, que siempre traían alguna historia para contar.

Martín dormía de a ratos, cuando el cansancio le inducía un sueño intranquilo; después despertaba sobresaltado, preguntándose qué situación había escapado de sus ojos mientras estaban cerrados. Vagamente había sentido el último beso de mamá, su caricia en la frente, y su ausencia de entreacto, porque iba al depósito a llevar y traer ropa. En el sillón del fondo se delineaba la silueta de Miranda, casi desnuda aún, envolviendo en su enorme masa corpórea a la más enjuta de Estela, cuyos dientes blancos dibujaban una sonrisa en el aire borroso del recinto. Cuchicheaban con los rostros arrimados; en la confusa opacidad que lo envolvía todo, el lento movimiento de una mano sobre el seno deseado conjeturaba una caricia. Martín adivinó el amor, otro amor, en esa escena nocturna que su mirada infantil ya conseguía desambiguar.

Un poco más cerca, en otro sillón, Pilar, apenas cubierta con una manta, dormitaba al lado de Cecilia Borges. Cecilia Borges blandía su cigarrillo como una mosca rojiza e incandescente en la noche, y miraba atentamente la escena de amor de sus compañeras, que no parecían advertir nada ni nadie de cuanto las rodeaba. El silencio era casi perfecto; de vez en vez escapaba un suspiro de los labios de la negra peruana, que se colaba entre los gemidos ahogados de Estela y los susurros de su entusiasta amante. Martín juzgó que todas ellas lo suponían dormido; sus ojos entrecerrados nutrían esa conjetura; el disimulo con que padecía su desvelo amparaba todo lo mágico que sucedía a su alrededor.

Entonces sintió paz. Por primera vez desde la mañana del día anterior, sintió paz. Los eventos previos le semejaban a una película, una película dentro de otra película, una realidad que se espejaba infinitamente y disminuía a medida que se alejaba, perdiendo los contornos. La mañana previa, el colegio, la abuela muerta, la ambulancia y el doctor, mamá y él en el cine, mamá y él en el bar, el teatro y sus múltiples protagonistas, configuraban la agitación vital del nicho de realidad donde había caído, y cesaba en aquel momento de sosiego. Después de todo mamá no trabajaba en un lugar tan feo. Sus compañeras eran simpáticas. Raras pero cordiales.

Dos golpes en la puerta pusieron en alerta a Cecilia Borges, que abrió para que entrara Sonia, con una previa identificación; después continuó fumando en el sillón, en la misma posición ovillada en que lo hacía siempre, que su cuerpo había memorizado para darle comodidad. Cuando los ojos de Sonia se adaptaron a la falta de claridad vio que la pareja de mujeres disfrutaban su amor; observó a Pilar, dormida tan profundamente como si estuviera en su propia cama, con la boca entreabierta. Enseguida caminó hasta el sillón donde dormía Martín, o parecía que dormía. Se arrodilló y le acarició la cabeza; acercó su boca a la diminuta oreja como para contarle un secreto.

--Sos terrible – susurró-; te hacés el dormido…

Martín abrió los ojos, cansados pero atentos. Sonrió mirando a Sonia, a quien sentía muy cercana porque un rato antes la había visto cubierta con un guardapolvo de maestra. La caricia de la mujer sobre su rostro hizo que se sintiera bien y en confianza, casi como si la maestra fuera en realidad su segunda mamá.

--Quiero hacer pipi –confesó. Se quedó quieto y en silencio, a la espera de las indicaciones que necesitaba para satisfacer su necesidad. No quería que se repitiera lo de la vez anterior. Si tenía que ir al baño, lo mejor era que lo llevaran para no equivocarse nuevamente. Mamá a lo mejor iba a tardar un rato, y no se enojaría si una de sus compañeras, ésta especialmente, lo llevaba a evacuar sus líquidos.

Los ojos de Sonia brillaron en la oscuridad. Las pupilas se dilataron por un misterioso estímulo. Vio en Martín la materialización de un hermoso recuerdo: el de su único hijo, que ahora se había convertido en un adulto. Le resultaba difícil asociar la evocación con el hombre que esperaba por ella en la sala, insistiendo en su disculpa por un episodio cuya intimidad había rasgado el azar frente a sus ojos de madre y mujer. Se preguntó en qué momento aquel infante había trasmutado en el varón cuya presencia la martirizaba silenciosamente. Entonces apartó las prendas que entibiaban a Martín y tomó su mano diminuta con la mayor delicadeza de la que era capaz.

--Vení conmigo; te voy a llevar al baño que tenemos acá, así hacés pipí y después tratás de dormir un poquito.

Esta vez Martín no se puso los zapatos. Caminó de la mano de Sonia hasta el fondo del camarín, donde estaba el retrete que todas ellas compartían, con el bidet instalado poco antes como una conquista de la que se sentían orgullosas. Cecilia Borges los siguió con la mirada un momento, pero enseguida volvió su atención a la escena de amor de sus compañeras, que continuaba sin pausa.

Sonia entró en el pequeño excusado sin soltar la mano de Martín; encendió la luz y entrecerró la puerta a sus espaldas…

Los azulejos estremecieron la piel párvula de Martín, y sintió frío en los pies. Observó la grifería cromada que colgaba de una pared, sobre un cuadrado delimitado en el piso, a un costado, y se preguntó si alguna vez su mami se habría empapado bajo el agua de aquella ducha. Mientras sus ojos y su mente divagaban por las paredes blancas, Sonia lo tomó por los hombros y lo acomodó delante del inodoro.

--Yo te ayudo –le dijo, y le bajó el pijama celeste. Martín sintió vergüenza y miró con asombro a la maestra, mientras pensaba que ni siquiera mamá era tan atenta con él para aquellos desahogos.

Luego Sonia, encuclillada a su lado, le bajó el calzoncillo hasta las rodillas y lo miró a los ojos.

--Tengo un hijo, que alguna vez tuvo tu edad, y siempre lo ayudaba cuando hacía pipí… -Le puso una mano en la espalda y suavemente acercó la pelvis infantil al borde del inodoro.

Martín sintió una mezcla de asombro, vergüenza y deleite. No quiso pronunciar una sola palabra y se entregó con confianza a las habilidades de la compañera de mamá, que a todas luces sabía muy bien lo que estaba haciendo, ya que tenía su propio hijo, como le había contado hacía un instante.

--Te voy a tirar el cuerito para atrás así no te manchás. Cuando empiece a salir el pis tratá de que caiga dentro de la tasa.  ¿Estás listo?

Sin darle tiempo a responder, pero con solemnidad, Sonia se frotó una mano por el pecho, para entibiarla; luego tomó el pene diminuto de Martín y lo manipuló para facilitarle la micción. Primero comprobó con suavidad que el prepucio se deslizaba con facilidad, y entonces lo empujó hacia atrás hasta dejar el glande expuesto.

--¿Vamos bien? ¿Te molesta?

Martín negó con la cabeza, ya que presentía que las palabras no le saldrían de la boca, o lo harían con una voz animal. Temió por un momento que la manipulación provocase algo de dolor, pero prevaleció la confianza. Sonia lo miró hasta el fondo de los ojos, hasta donde la mirada de mamá nunca había llegado.

--Ahí vamos –anunció, y sus pupilas resplandecieron como si poseyeran su propia luz.

  Con una mano apoyada en la pequeña espalda y la otra sujetando el pene y apuntándolo hacia el centro del inodoro, le hizo saber que ya podía comenzar a orinar. Martín nunca había hecho pis de tal manera, y aunque un momento antes los deseos de deshacerse de sus líquidos habían sido acuciantes, ahora sentía que ni una gota saldría de su cuerpo si no lograba relajarse y vencer el pudor que le estrechaba la vejiga. Sonia no parecía tener apuro para que él  expeliera sus impurezas; lo miraba con arrobo, directamente a los ojos, como si el mundo se hubiera detenido en aquel preciso instante.

--Tranquilo –la oyó decir-, ya va a salir. Concentrate un poquito y lo lográs.

Un momento más estuvieron así, mirándose. Después Martín se sintió apenado por no poder hacer algo tan sencillo como orinar, ayudado por la señorita, pero no se atrevió a decirle que ya no tenía ganas. Las ganas estaban, pero no lograba convocarlas adecuadamente.

Entonces un aire frío le aleteó en la nuca. La puerta del baño, apenas entreabierta hasta ese momento, giró por completo sobre los goznes  y una presencia se dejó sentir detrás de Sonia y de él. La fuerza del aire le indicó, misteriosamente le hizo saber, que quien se había incorporado a la escena poseía un cuerpo grande y majestuoso, y pocas dudas le quedaron, aún sin verla, de que Miranda estaba detrás de ellos.

--¿Qué pasa acá? –exclamó la recién llegada, con un tono de molestia que no parecía dirigido a nadie en particular y a todos al mismo tiempo.

Sonia soltó el pene con un movimiento rápido, y evitó que la recién llegara discerniera la totalidad de la escena. Martín intuyó que algo escapaba de la normalidad, pero no alcanzaba a darse cuenta de cuál era el detalle que le provocaba una culposa sensación. Sintió que la mano que Sonia mantenía apoyada en su espalda se contraía  y se extendía espasmódicamente, como si de un animal se tratase; la miró y percibió serenidad en su rostro, a pesar de la otra sensación. Por un instante se preguntó si la culpa, en caso de que existiera, se cobijaba en lo que él y la maestra hacían o sólo en el tono de voz de la gladiadora.

--El chico quería orinar. Dejalo tranquilo que enseguida termina –repuso Sonia sin mirar a su compañera.

Miranda dudó, pero prefirió guiarse por su instinto receloso.

--Dejalo solo. No te necesita tan cerca para eso. Salí del baño, vamos –mandó.

--¿Qué decís, boluda? ¿Por qué mejor no te vas a poner algo, así el pibe no tiene que verte en pelotas?

El rostro de la gigantona se encendió.

--Sonia, no te lo voy a repetir. Dejá al pibe solo o te saco de los pelos –amenazó levantando la voz.

Estela apareció detrás de Miranda, atraída por el bullicio.

--¿Qué mierda les pasa, por qué discuten?

Ninguna de las dos le respondió, ocupadas como estaban en mirarse con desafío. Sonia asumió que la advertencia era mucho más que un bluff. Los ojos de Miranda despedían el fuego de la violencia contenida. En el fondo, las dos sabían perfectamente cuál era el trasfondo de la discusión, y en la medición de fuerzas el desenlace era más que previsible.

Sonia se puso de pie, pálida como la arcilla, seguida por los ojos del niño, que luego se quedó mirando los cuerpos coritos de Estela y su enamorada.

--Si eso te hace feliz, ocúpate vos –masculló Sonia a la vez que encaraba a su adversaria-. Dejame pasar.

Miranda no deseaba que la cosa se definiera así nomás; hacía tiempo que rumiaba el berretín de propinarle un correctivo a la otra, con quien apenas cruzaba palabra y de quien detestaba el engreimiento y desdén que marcaba su relación con el resto del mujerío… Entonces sintió las tetas de Estela en su espalda, el pubis de la pelirroja apoyado en su culo, las manos tibias y delicadas sujetando sus brazos, y se relajó. Corrió su humanidad de la puerta y permitió que su adversaria dejara el baño, pero con una advertencia clara y rotunda:

--Estás avisada. No te acerques al pibe. ¿Entendiste?

Sonia no repuso palabra y salió con dignidad.

Martín se sintió desamparado y cohibido. Sonia lo había abandonado con la parte baja expuesta a las miradas de las otras mujeres, y eso defraudó la confianza que había arriesgado en ella. Podía ver a Miranda y a Estela con un medio giro del torso, pero su pelvis continuaba frente al retrete con la misma imperturbabilidad de antes. Miranda se cruzó de brazos y lo miró con una mezcla de enfado y cariño.

--Y vos, pibe, meá de una vez, solito y tranquilo. Después volvé a la cama…

--Es un nene. Sé más dulce, carajo –reprobó Estela.

--Martín, no dejes que nadie te acompañe al baño nunca más –dulcificó la gladiadora, tomando la mano de la otra a modo de disculpa-. Cuando termines, yo vendré a apretar el botón y a apagar la luz…

--Si, señora –dijo Martín, que no entendía acabadamente lo que había pasado, pero que de alguna manera percibía que el regaño (o la alerta) tenía su razón de ser.

Cuando se quedó solo el chorro ambarino brotó como por arte de magia. Le causó un raro orgullo notar que esta vez no habían caído gotitas en el pijamas; subió sus prendas inferiores y abandonó el baño. Tal como había anunciado, Miranda oprimió el botón de la mochila, apagó la luz y cerró la puerta... El camarín empezaba a iluminarse y a agitarse, como un animal que despierta en la mañana. Las mujeres estaban regresando de su excursión por la sala atestada de devotos del desnudismo; Martín observaba, cada vez con más curiosidad y menos pudor, la manera en que cada una se quitaba las prendas usadas para alternar; apreciaba que lo hacían con maravillosa naturalidad, lo que acrecentaba el encanto de cada gesto. En contraposición, Miranda y Estela se ceñían algunas prendas íntimas para cubrir su desnudez, ayudándose mutuamente con la dedicación que sólo puede provenir de la seducción.

Una detrás de otras regresaban las mujeres, y Cecilia Borges se ocupaba de abrir y cerrar rápidamente la puerta, que era el frente de batalla a defender. Flotaba en el ambiente la inquietud del inminente peligro, que a toda costa había que conjurar. Lo que estaba en juego era la fuente de trabajo, pero la causa común tenía su basamento en la maternidad. Martín, virtualmente, era el hijo que todas querían preservar.

Súbitamente sonaron en la puerta golpes insistentes, provenientes de muchas manos. Cecilia se alarmó y preguntó desde dentro qué sucedía, quiénes deseaban entrar, por qué machacaban la puerta con tanto apremio. Del otro lado resonaban las voces de varias mujeres, aunque aún restaba más de media hora para el fin del  intervalo; era infrecuente que las chicas desaprovecharan tantos minutos de esparcimiento y tertulia en la sala, especialmente cuando el público la atestaba, como aquella noche. Tampoco era habitual –pensó- que regresaran en tropel: por lo general iban llegando de a una en fondo, en una lenta invasión bárbara que solía concluir cuando el siguiente show ya se encontraba en curso.

--¿Qué pasa? ¿Por qué tanto alboroto? –insistió Cecilia, con la mano puesta en el pasador pero sin atreverse a abrir.

Los golpes no cesaban, y las voces se superponían, en el exterior.

--¡Dale, abrí, boluda!  -urgió Emilia, elevando su voz por  encima de la bulla.- ¡Dale, que llegó la cana!

Cecilia comprendió rápidamente la situación. Corrió el pasador y abrió. Si no se hubiera apartado rápidamente del marco, la habrían hecho caer. Las cinco desnudistas que faltaban entraron casi a los empellones, agitadas y con expresión de alarma. Una se aseguró de trabar de nuevo la puerta; agitó el pasador para comprobar su efectividad.

--Ya están acá –informó Emilia, sofocada por haber subido la escalera a los trancos.

Todas abandonaron lo que hacían y se amucharon en el centro del camarín. Martín miraba atentamente los cuerpos a medio vestir, algunas prendas íntimas cubriendo apenas la mitad de la superficie para la que se las había confeccionado, breteles sin enganchar, bombachas mal acomodadas, culos, tetas y lo de adelante…

--¡A ver, chicas, no desesperemos! –arengó Miranda.

La barbulla de las mujeres no cesó; todas querían exponer su punto de vista acerca de la situación, su idea de la forma de encararla. Martín observaba el caos con una mezcla de curiosidad e inquietud.

--¡Cállense, carajo! –agregó la gladiadora, que parecía pronta a comenzar una batalla.- Vamos a decidir lo que haremos…

En ese momento la puerta volvió a repiquetear, y sobrevino una mudez generalizada. Las mujeres se miraron.

--¿Será la yuta? –preguntó Aldana en voz baja y con el ceño fruncido.

Cecilia caminó hasta la puerta.

--¿Quién es? –preguntó.

--Soy Selva. Abrime.

Selva entró y se topó con el silencio de sus compañeras, y su mirada, y la mirada de Martín.

--¿Ya te enteraste? –indagó Estela.

--Si. Carlos me mandó a decir que ya están en el teatro. ¿Cómo conviene proceder..?

Susana se abrió paso desde un extremo del grupo. Miró a Martín, a Selva y a las otras mujeres.

--Yo tengo una idea que podría dar resultado…

Luego la expuso. Y todas coincidieron en que era lo mejor que se podía hacer.

Apenas terminaron de ponerse de acuerdo cuando una vez más resonaron golpes en la puerta. Ahora eran más enérgicos, más imperiosos, menos dispuestos a esperar. Ninguna de las mujeres dudó acerca de su procedencia, pero era necesario impedir el ingreso de la policía al recinto, o al menos retrasarlo lo más posible.

--¿Quién es? –preguntó Cecilia, pero esta vez no tenía la mano sobre el pasador sino que se acariciaba el cuello en un gesto que denotaba la inminencia del peligro, como si fueran a cortarle la garganta y quisiera protegerse.

--La policía. ¡Abra!, tenemos orden de allanamiento.

Ahora la sangre salía a borbotones del cuello de Cecilia, y su mano, aunque se agitaba nerviosamente sobre la herida, era incapaz de detener la hemorragia.

Regresó con sus compañeras y preguntó por lo bajo qué iban a hacer. Susana porfió en lo que ya había sugerido, y se dispusieron a llevar a cabo esa solución coyuntural.

No sólo era lo mejor que había en el horizonte. Era lo único.