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Carlos llegó al extremo del pasillo; con cada paso que daba sentía que el despojo de Laura pesaba un poco más. Intentaba mantener algo de entereza, diciéndose que a lo mejor estaba equivocado o había confundido los signos corporales de un desmayo con las marcas (inequívocas) de la muerte, pero entonces miraba nuevamente el rostro de la mujer, notaba que los brazos le colgaban en el aire y se balanceaban al ritmo de su andar, y asumía que lo que transportaba no era más que un cadáver, un bello cadáver, más hermoso de lo que había sido la persona Laura, la drogadicta irredenta sobre cuyas tetas descansaba el crucifijo de madera. El calor que sentía era insoportable, casi como si estuviera quemándose internamente. Subió la breve escalera que daba al vestíbulo de la oficina; nunca pensó que el ascenso de veinte escalones podía ser tan penoso. Cuando alcanzó la cima se detuvo un momento para acomodar el cuerpo en sus brazos; la carne había comenzado a enfriarse, y aunque no existía ningún apuro por llegar a la oficina del jefe, deseaba depositar cuanto antes a Laura, al cadáver Laura, a la cosa Laura, en un sillón mullido, cubrirla con una manta, serenarse un momento y sopesar de qué forma complicaba la noche aquel episodio aciago; nunca había sucedido una tragedia similar. Sentía que lo había meado un percherón, no un perro.

No le preocupaba la reacción del dueño cuando le presentara semejante cuadro de situación: podía tomarlo con absoluta calma o enloquecer hasta la furia. Era lo de menos. A esa altura de la madrugada estaba jugado. A esa altura de su vida estaba jugado. Llegó a la puerta de la oficina exhausto y sofocado, no tanto por el peso como a causa de los nervios. Apoyó el culo de la mujer cerca del picaporte, para poder girarlo con la mano momentáneamente libre y abrir. Hugo hablaba por teléfono y maldijo la irrupción, acostumbrado como estaba a los tres golpes que preanunciaban el ingreso de su ayudante. Abrió los ojos muy grandes cuando lo vio entrar con la mujer desnuda en sus brazos. Primero enmudeció. Después puso fin a la conversación telefónica.

--Más tarde te llamo. Me surgió un problema. Adiós.

Colgó el auricular y se acercó con rapidez para ayudarlo a acomodar a Laura en un sillón lateral, en el que a veces se tendía a reponer fuerzas.

--¿Qué significa esto? ¿Qué mierda le pasó?

Entre los dos terminaron de acomodar a la mujer. Carlos se derrumbó sobre una silla, mientras Hugo lo miraba consternado, a la espera de la respuesta.

--Alcanzame una almohada que tengo en aquel armario –ordenó Hugo-, y explicame qué pasa de una vez.

Carlos resopló.

--No te molestes con la almohada. Creo que está muerta. Llamá al médico enseguida y decile que venga con mucha discreción.

--¿Cómo que muerta? ¡Qué carajo decís!

--¡Muerta! ¡Dije muerta, ¿entendés?! ¡Llamá al médico para que lo confirme!

El arranque del otro le indicó a Hugo que hablaba en serio; nunca le había visto una reacción parecida. Miró a Laura con mayor atención y se convenció de que la afirmación no era descabellada, y en ese caso la prioridad era la presencia de un profesional certificante.

--Está bien. Calmate. Voy a llamar al médico… -Tomó el auricular y marcó el número, que conocía de memoria.- ¡La puta madre que la parió a esta falopera de mierda!

Desde que abrió las puertas del teatro Hugo chocó con la imposición laboral de tener un médico de cuerpo presente hasta que llegara el día, y en verdad intentó cumplir con esa norma legal, pero la suerte no lo favoreció. Había doctorcitos jóvenes dispuestos a realizar ese trabajo, bien pago y de escasa exigencia: muchos problemas estomacales por exceso de alcohol, alguna descompensación, ocasionalmente un cliente con dificultades cardíacas, y las chicas que jodían con diversas dolencias de escasa monta. Acondicionó una salita al lado del cuarto de costura para que el galeno pasara la noche mientras no se requiriera su presencia, y probó con tres residentes, uno peor que otro. El primero faltaba día por medio, aduciendo motivos de dudosa veracidad. El siguiente se pasaba la noche molestando a las chicas, y más de una tuvo que pararle el carro cuando intentaba practicarle respiración boca a boca. Al último lo perdía la bebida; las mañanas lo encontraban con la vista y la razón veladas por el alcohol, y entonces Hugo lo mandó a la mierda, vació la salita y pensó en una solución distinta.

 Envió a su ayudante, cual si fuera los ojos y oídos de un antiguo sátrapa, a averiguar si en alguno de los edificios linderos vivía un médico cincuentón, de preferencia trabajador de la salud pública, y encontró  justito en la vereda de enfrente al doctor Agopián, un tipo tranquilo que residía desde hacía años en un quinto . Hugo fue a verlo con una oferta de trabajo interesante. No le dio vueltas al asunto y le dijo redondamente lo que necesitaba de él: atención exclusiva de once de la noche a seis de la mañana, seis días a la semana. No hacía falta que durmiera en el teatro; podía hacerlo en su cama, pero con el teléfono al lado, y en caso de que se produjera una llamada cruzaría la calle en menos de cinco minutos, con el maletín equipado con las medicinas y los chirimbolos que sirven para curar a la gente. Exagerando un poco, se podían requerir sur servicios una o dos veces a la semana; no más. La paga mensual era generosa, así que el clínico aceptó sin dubitar. Hugo le pidió también que si le caía una inspección del Ministerio de Trabajo cruzara a explicar que era el médico contratado por la empresa, y cerraron el acuerdo con un apretón de manos.

Agopián atendió la llamada telefónica antes del tercer repique, y aseguró a Hugo que en ese instante se ponía en camino.

--Doctor, esto es más complicado de lo habitual. Véngase preparado para un deceso.

Del otro lado de la línea se escuchó un silencio.

--¿Tan grave es?

--Muy grave… Véngase ya mismo. –Y cortó. Encaró de nuevo a su ayudante, que continuaba sentado en la silla, se mordía el labio inferior y atusaba los pelitos del bigote con el extremo de dos dedos, y pensó que lo necesitaba más tranquilo:- Ya viene. ¿Querés un whisky, para relajarte?

Carlos se puso de pie.

--No. Voy a bajar para ver cómo sigue todo en la entrada…

Hugo se exasperó.

--¡No, eso ni pensarlo! A mí no me dejás solo acá, con un fiambre de regalo. Nos quedamos juntos hasta que llegue el tordo. Lo otro puede esperar.

Los dos hombres se acercaron al sillón.

--¿Estás seguro de que falleció? ¿No habría que hacerle masajes o algo, como en las series de la televisión? –sugirió Hugo.

--Si querés manosearle las tetas, adelante. Yo no me animo.

--No, ¡paso! –declinó, y cambió de tema:- Decime, ¿dónde la encontraste?

Carlos le relató su encuentro con ella en la puerta del camarín. Le refirió el resto, sin escamotear detalles. En realidad no había mucho para contar.

--Esto es por la droga, no cabe dudas. Ahora, decime vos, ¿las otras pelotudas no se dieron cuenta de que estaba en el límite?

--La droga es engañosa, Hugo. Caminás, hablás, hacés cosas, y de repente el corazón te revienta como un globo.

Unos golpes tímidos en la puerta los sacaron de la conversación.

--Andá; debe ser Agopián. Vino bastante rápido.

Carlos abrió y se encontró con Gabriela.

-¿Qué necesitás? –le preguntó con sequedad.

--Estamos preocupadas por Laura. ¿Qué le pasa?

--En realidad… está…

--Dejala pasar –interrumpió Hugo desde el interior.

Carlos le franqueó el paso. A Gabriela le tomó un instante hacerse una composición de lugar. La actitud de los hombres le dio mala espina; entonces vio a Laura sobre el sillón, desnuda aún, y sintió que se le congelaba la sangre. Caminó muy despacio hasta ella mientras intentaba infructuosamente decir algo.

Carlos cerró la puerta y la trabó. Luego los dos permanecieron de pie detrás de Gabriela, a la espera de su reacción. La muchacha se puso en cuclillas junto al cadáver y le tomó la mano. Bajó la cabeza en un gesto de tribulación.

--¿Está muerta? –preguntó en voz alta, pero a sí misma.

Los dos se miraron con una complicidad que no terminaron de comprender, pero que consideraron necesaria.

--Suponemos que sí… Agopián está por llegar para hacerse cargo.

Un silencio casi tangible los envolvió a los tres, tan perceptible por los sentidos que ellos ni siquiera quisieron moverse dentro de él; permanecieron inmóviles y observaron a Gabriela, que se acercó al cuerpo inerte casi hasta dejarlo debajo del suyo. Le acarició la frente y le pasó la palma de la mano sobre los ojos, aunque se notaban apretadamente cerrados y empezaban a hundirse en el cráneo. Luego dio en la mejilla izquierda un beso prolongado que ellos no supieron interpretar.

Allí estaba la muerte, tal como Gabriela la había imaginado, con su aspecto ceroso y su color púrpura, que se iría acercando al verde a medida que transcurrieran el tiempo. Sabía muy bien lo que sucedería con ese cuerpo en las horas venideras, y trataba de detectar los primerísimos síntomas de la nueva condición. Miró las uñas y las vio pálidas por la falta de sangre; hizo la misma observación en los labios, que tocó con un dedo, movida por el morbo de sus inclinaciones. Las manos y los pies comenzaban a teñirse de azul.

Carlos iba a detenerla pero Hugo lo contuvo con un gesto.

--Hay que darla vuelta –ordenó Gabriela.

--¿Para qué? –preguntó Hugo, azorado.

--Quiero ver una cosa.

Entre los dos la pusieron de costado, y cuando lo hicieron descubrieron unas manchas rojizas en la parte baja de su espalda.

--¿Qué es eso, Gabriela? –quiso saber Carlos.

--Lividez cadavérica… Pónganla en la posición anterior.

Así lo hicieron. En ese instante resonaron en la puerta nuevos golpes.

Carlos dejó pasar al doctor Agopián.

--¿Qué pasa, Hugo? –preguntó el galeno sin que mediara un saludo previo.

--Véalo usted mismo.

Gabriela se hizo a un lado y todos contuvieron la respiración mientras Agopián realizaba la comprobación científica de una realidad evidente.

--No hay duda –dictaminó, tras concluir su examen-: se ha producido el deceso hace un rato. Todo indica que la causa fue un paro cardiorrespiratorio. ¿Saben qué lo provocó?

--Era una adicta… -comentó Hugo.

--Entonces es sobredosis… -Agopián se rascó la barbilla y anunció lo que debía hacerse- Tendremos que informar a la policía, aunque ya deben saberlo, porque están en la calle.

--No, doctor –corrigió Hugo-, esos vienen por otro asunto.

Carlos observó a Gabriela, que se mantenía impávida a un costado del médico, con los ojos fijos en Laura. La tomó de un brazo y la condujo con suavidad hasta la puerta.

--Regresá con las chicas y tranquilizalas. En un rato tendremos un allanamiento por el hijo de Selva…

--Martín…

---… sí, por Martín, y quiero que hagan lo necesario para que la policía no entre a buscarlo en el camarín. ¿Entendiste?

--Sí…

--Ahora lo importante es eso. Lo de Laura ya no tiene solución; tarde o temprano iba a sucederle esto, y la culpa no es de nadie. Podés llevar un caballo al agua, pero no obligarlo a beber…

Inconscientemente Gabriela se negaba a irse. La muerte que se había apoderado de su compañera actuaba sobre ella con una fuerza hipnótica y gravitacional. Carlos tuvo que ejercer más presión sobre su brazo para que traspusiera la puerta.

--Andá –le ordenó, y cerró.

--Doctor –dijo Hugo-, ahora que estamos los tres solos, vamos a aclarar esta situación. Necesito que me haga un favor muy especial. Por supuesto que será gratificado como corresponde…

Agopián frunció el entrecejo.

--Lo escucho –dijo-.

 

***

Barselli se acercó a la ambulancia que se detuvo delante de su auto, a metros del frente del teatro. El enfermero abrió el portón trasero para extraer la camilla, con la ayuda del paramédico a quien acompañaba.

--¿Cuál es la urgencia? –interrogó el comisario sin demasiado preámbulo, despuntando el modo desconsiderado con que se dirigía a quienes tenían la mala suerte de circundarlo.

--Nos llamaron para llevar a una persona descompuesta –respondió el chofer-enfermero mientras empujaba la camilla hacia la fachada del edificio.

En ese momento Carlos salió a la vereda, se identificó con los hombres de guardapolvo y les dijo que lo siguieran hasta donde estaba la mujer desvanecida.

El fiscal, que presenciaba la escena dos metros detrás del comisario, se peinó el cabello para atrás con los dedos y se quedó mirando a los tres hombres, que fueron tragados por las fauces del teatro. Consultó el reloj en su muñeca y se preguntó cuándo más demoraría en llegar la orden de allanamiento; cada minuto perdido era uno que favorecía al dueño del lugar, y en ese tiempo podía pergeñar alguna estratagema para eludir la investigación de la justicia.

--Esto me huele a chicana –dijo por lo bajo acercándose a Barselli, que lo miró con impaciencia-. Asegúrese de que el niño no se nos vaya en esta ambulancia.

Barselli contuvo la respiración un momento, sólo para no violentarse con su interlocutor. Frecuentemente tenía que lidiar con individuos de esa especie, pero éste era el más obsesivo que había conocido.

--Vea, yo sé cómo hacer mi trabajo. ¿Acaso lo duda?

--Me alegra que lo diga. Sería penoso e inconveniente que pasaran al menor delante de sus narices, comisario… Vamos a estar muy atentos, ¿le parece?

Barselli no respondió y se unió al grupo de sus subordinados de uniforme, mientras el otro se paraba justo debajo de la marquesina y miraba a través del cristal los movimientos en el hall del teatro.

--¡Cómo me gustaría cagarlo bien a trompadas! –exclamó para sus hombres, mientras regalaba una mirada de rencor al adverso fiscal.

--No se caliente, comisario. Ya nos vamos a sacar a este forro de encima. Además, si no llegara a aparecer el pendejo, el tipo tendría mucho que explicar…

--Lo sé. Pero nosotros debemos hacer bien nuestro trabajo. Sólo espero que el pelotudo de Hugo no intente sacar su problema oculto en una camilla.

A decir verdad, Hugo sí había pensado en tal artilugio. Si el hijo de Selva era un pibe avispado y se quedaba quietito, podían ocultarlo debajo de la sábana con que cubrirían a Laura, meterlo en la ambulancia y llevarlo a otro lugar…

--Eso es impracticable, Hugo. Ni lo sueñes –denegó Carlos-. Lo verían a diez kilómetros. ¿Vos te pensás que los que están afuera son como el sargento García, el de El zorro?

--Podríamos prepararlo bien…

--Olvidate de eso. Y vamos a concentrarnos en Laura.

--¿De qué hablan? –indagó Agopián.

--De nada, doctor –repuso Hugo-. Lo que necesito pedirle es que saque a esta mujer de aquí como si estuviera descompuesta, y certifique que murió durante el trayecto.

--¿Eso es todo?

--Eso es todo…

--Si usted acepta –terció Carlos-, ya mismo llamo al servicio de traslado que tenemos contratado, y pido una ambulancia para que lleve a Laura hasta un hospital cercano.

Agopián dudó, pero no demasiado.

--Llame nomás –instó-. Indique al paramédico que yo me haré cargo de la paciente.

Y así se hizo. Pusieron la almohada debajo de la nuca de Laura y la taparon con una manta. Cuando Carlos regresó con los hombres de la ambulancia Agopián les explicó que la paciente estaba desvanecida, con un cuadro cardíaco, y que era imperioso que la transportaran cuanto antes al hospital más cercano. Entre todos la subieron a la camilla, la taparon bien y se aprontaron a sacarla de la oficina.

El paramédico dirigió a su compañero una mirada de inteligencia. Sospechaba que lo que tenían ahí era un cuerpo sin vida, pero ya que había un profesional a cargo de la situación, lo único que podían hacer era cerrar la boca y actuar como se esperaba de ellos.

Hugo le dio a cada uno una generosa propina.

--Muchachos, esto es para ustedes. Gracias.

--Faltaba más, señor.

--Bueno, ¿nos vamos? –urgió Agopián.

Cuando atravesaron el extremo de la planta baja la concurrencia observó con interés el movimiento. Salieron raudamente al hall y se dirigieron a la calle.

--¡Ahí vienen! –alertó el fiscal.

Barselli se acercó, secundado por dos de sus agentes, y detuvo la maniobra.

--Un momento. ¿Quién es esta mujer? –preguntó.

--Una de nuestras desnudistas. Tuvo un paro –explicó Carlos.

El fiscal miró la camilla por debajo y palpó el cuerpo de la mujer, sobre la cobija.

--¿Qué hace? –preguntó Agopián, indignado.

--Sólo hacemos nuestro trabajo –explicó el fiscal-. ¿Usted quién es?

--Soy el médico de la empresa. Y ustedes están poniendo en riesgo la vida de esta persona, al demorar su ingreso en guardia.

--Está bien, pueden irse –intervino Barselli, que no quería verse complicado en una dificultad legal.

Los dos hombres de delantal introdujeron la camilla en la ambulancia, y Agopián se acomodó en la parte de atrás, junto al cuerpo. Le puso la mascarilla de oxígeno y simuló tomarle las pulsaciones, ya que tanto el fiscal como el comisario observaron atentamente cada uno de sus movimientos hasta que los portones traseros del vehículo se cerraron.

--Nos vamos –dijo el paramédico, y se acomodó en el asiento del acompañante.

--¿A dónde la llevan? –preguntó Barselli a través de la ventanilla.

--Al Fernández –intervino el chofer.

Las luces de alerta se encendieron, y el ulular de la sirena precedió el desplazamiento de la ambulancia hacia el hospital. El fiscal se quedó mirándola mientras se alejaba por la avenida.

--Es obvio que no intentaron nada raro. Relájese –le dijo Barselli.

El aludido lo miró y volvió a consultar el reloj.

--Voy a llamar para que se apuren con la orden de allanamiento –dijo con un descontento evidente en el tono de voz.

Gabriela había estado en la vereda hasta que la ambulancia emprendió la marcha y desapareció en la noche. Intentaba no perder ningún detalle de lo que sucedía, aunque su único objeto de interés era el cuerpo inerte de su compañera. Se acercó a Barselli, que la conocía de haberla visto en escena, y que la reconoció a pesar de que llevaba puesto un abrigo corto y no tenía la misma expresión con que salía a desnudarse.

--¿Dónde queda el Fernández? –le preguntó.