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El auto negro se detuvo justo en la puerta del teatro. Carlos lo había visto muchas veces y sabía bien quién venía en él. Sólo que en esta ocasión el ocupante se apeó con el rostro menos distendido que cuando andaba en tren de joda, casi molesto, y en visita obviamente formal a juzgar por la ausencia de la beodez que solía agobiarlo a esa hora de la madrugada.

--Lléveme con su jefe –dijo con un tono de voz que no admitía réplica, y Carlos optó por contener las ganas de mandarlo a la mierda. Además, Hugo lo esperaba.

Lo condujo hasta la oficina del dueño como si el visitante jamás hubiera estado allí. Iba unos pasos por delante, oyendo a su espalda el taconeo enérgico del otro. Dio tres golpecitos en la puerta y asomó la cabeza.

--Te busca Barselli –e hizo un movimiento lateral con la cabeza para que el patrón supiera que no sólo lo buscaba sino que además estaba detrás de él, con un ánimo visiblemente destemplado. Hugo, sentado ante su escritorio presidencial, entendió el gesto.

--Que pase, no lo hagas esperar –dijo con voz alta y clara, audible desde el pasillo.

Carlos dejó pasar a Barselli y cerró la puerta para que los dos hombres hablaran a solas y resolvieran el problema de aquella noche. Tuvo una primera intención de quedarse en el pasillo para tratar de oír la conversación, pero pensó que no correspondía y que además tal acción lo pondría más nervioso. Caminó despacio hasta la escalera, bajó y recorrió el salón. La suerte estaba echada, y mal barajada para él y para Selva. Selva…, pensó en Selva. ¿Terminaría alguna vez aquella noche?

Hugo se puso de pie para saludar a Barselli. Era el único que podía sacarlo del quilombo del pibe.

--Cómo estás, mi viejo –y le tendió la mano, que el otro apretó entre refunfuños.

--¿Cómo mierda querés que esté? ¡Para el orto!

--¡Epa! Calmate. Vamos a sentarnos y a analizar la situación.

Los dos hombres se sentaron a ambos lados del escritorio, y Hugo sintió que en esa posición tenía un control más directo de la realidad. Después de todo, para algo habían inventado esos escritorios imponentes.

--¿Querés tomar algo? –ofreció.

--No, gracias. Estoy en visita oficiosa, no de placer. Dormía plácidamente en mi casa cuando me despertaron para anoticiarme de lo que pasa acá.

--Vos podés solucionarlo. Son tus hombres los que están afuera… ¿o no?

Barselli se acomodó en su silla como si algo lo incomodara debajo del culo.

--El patrullero es mío, los hombres responden a mí. Pero esto viene de más arriba, y tengo a un fiscal de minoridad mordiéndome las bolas. ¿Entendés? El tipo está ahí fuera, controlando cada movimiento, y no puedo mandarme ninguna cagada. Ese pibe…

--¡Vamos, viejo! Nos conocemos…

--…ese pibe tiene que desaparecer antes de que llegue la orden de allanamiento.

--¿Para tanto es el asunto?

--Vos sabés que cuando pasan cosas así aparecen todos los parásitos de la sociedad: jueces con ganas de redimir viejas culpas, fiscales quijotescos, y la lacra de los derechos humanos y el periodismo.

--¿Todo eso por un pendejo a quien su madre no tuvo con quien dejar?

--Si, todo eso y más. A lo mejor esto es algo de todos los días, pero justo a vos te tocó la denuncia, el allanamiento, la causa, la vergüenza. ¿Me vas comprendiendo?

Hugo asintió con lentitud, abrumado bajo el peso de la lógica del otro. De Barselli se podía decir cualquier cosa, menos que hablaba al pedo.

--Entonces… ¿qué hacemos?

--Qué hacés, querrás decir. Yo sólo vine a a darte un par de consejos y a dejarte clara mi posición: cuando cruce esa puerta me tendrás en la vereda contraria. Así es la cosa, Hugo. No es nada personal, pero los huevos que están en la guillotina son los tuyos.

 A continuación se produjo un silencio breve y molesto. Hugo exprimía su cerebro tratando de encontrar la forma de hacer desaparecer al hijo de Selva, pero el edificio no ofrecía demasiadas posibilidades. Si se concretaba el allanamiento el asunto se iba a poner en verdad fulero: con una orden de registro en la mano, la policía lleva adelante su cometido sin parar en mientes, sin andarse con chiquitas (especialmente cuando anda a la búsqueda de un chiquito). Hugo sonrió: la asociación le pareció estúpida. El comisario dio señales de adivinarle las cavilaciones.

--Supongo que estás pensando cómo sacarlo de acá… Será mejor que te apures, porque los minutos cuentan. –Se puso de pie, y entonces quien tuvo el control de la situación fue él.- No voy a quedar pegado en este asunto, Hugo. Un pendejo entre copas y putas no es algo que se encuadre en nuestra mutua conveniencia.

Dio media vuelta y caminó para irse, con el mismo paso enérgico que lo había llevado ahí. Se detuvo para regalar el segundo consejo.

--Una cosa más. No intentes nada por las salidas de emergencia, porque tienen consigna –agregó.

Después abrió, salió y dejó la puerta entreabierta a su espalda. Hugo se quedó absorto un momento, pensando en pensar, porque aunque era un hombre eminentemente pragmático y de acción, reconocía la exigencia que presentaba la hora en el sentido de meditar puntillosamente cada uno de sus actos. Unos minutos después lo sacó de su abstracción una presencia que había olvidado: la cara negra y redonda de Anabel lo escrutaba a pocos metros de la suya, y cuando dirigió sus ojos a ella la encontró disculpándose por la visible interrupción.

--La puerta estaba abierta… Carlos me dijo que querías hablar conmigo… ¿Querés que venga más tarde?

Hugo se demudó al verla y se puso de pie como impelido por un resorte invisible. En dos zancadas llegó a la puerta y la cerró enérgicamente, con tal expresión de disgusto que la brasileña temió por un momento que el patrón se pondría violento con ella.

--Sentate acá.

La negra obedeció sin abrir la boca, y ocupó la silla que poco antes había sostenido a Barselli. Hugo se apoyó en el escritorio, de pie y con los brazos cruzados, tan cerca de ella que casi podían tocarse; la miró en picada con ostensibles síntomas de disgusto, y finalmente se dijo que tenía que obtener de aquella conversación la respuesta al dilema que le había provocado cólicos las últimas horas, ni más ni menos que averiguar si su vida pendía de un hilo.

--Anabel, tengo una noche complicada, así que no voy a perder tiempo con vos. Te voy a hacer una pregunta simple, directa, y me vas a contestar la verdad enseguida. ¿Entendiste?

La morena asintió con  la cabeza, desorientada e intrigada a la vez. ¿Qué respuesta tan importante podía requerir el patrón de ella, ella, una humilde desnudista?

Hugo inhaló profundamente, y después exhaló con lentitud. Sin dudar más, espetó la terrible interrogación:

 --¿Estás infectada con sida?

La interpelada abrió los ojos tan grandes que parecía que iban a escapar de las cuencas. Por debajo de la negrura de su tez asomó el color rojo de la perturbación, de la reacción de su cuerpo a una pregunta que a todas luces acababa de sorprenderla. Hugo sintió que le temblaban las piernas, pues interpretó su asombro como una rotunda negativa; sin embargo esperó y sostuvo la mirada de ella sin claudicar, mientras trataba de leer en sus ojos la terrible verdad que iba a decirle, igual de terrible cualquiera que fuera la réplica: uno de los dos estaba condenado a morir antes de llegar a la vejez. Un silencio espeso los envolvió como el preludio de una tormenta tropical; ella no atinaba a responder, y él no tenía fuerzas para apresurarla. Anabel estrujaba en su mano la tarjeta personal del último cliente del día, la del doctor de comportamiento tan gentil que le había ofrecido ayuda sin preguntarle demasiado acerca de sus tribulaciones. Entonces hizo un bollito con el pedazo rectangular de papel glossy, casi como si inconscientemente deseara ocultarlo y preservarlo a la vez. Bajó la mirada al piso pero siguió castigada por la de Hugo, firme como una vara seca. De pronto sintió la mano de él en la barbilla, levantándole la cabeza para volver a mirarle los ojos, con una ternura desinteresada de la que no lo creía capaz. Cuando sus miradas volvieron a cruzarse ella comenzó a llorar, sin gemir, sin alterar el ritmo de la respiración ni mover los músculos faciales; sólo lloró inexpresivamente, abandonándose a la verdad de sus lágrimas.

--¿Cómo te enteraste? –preguntó en un susurro, denotando que la contingencia de que Hugo lo supiera era más aflictiva que la tragedia misma.

Por la mente del hombre pasó un aire fresco. Primero pensó en él: estaba bien. Por suerte no se había cogido a la primera negra caída en el lugar. Su siguiente pensamiento, casi como una extensión de sí mismo, fue para Pilar. Pobre Pilar, el mal rato que le hice pasar… De inmediato enfocó su piedad en Anabel, que lo seguía mirando con interrogación y dolor, con la mirada de un perro al que le han quebrado una pata. Hugo valoró las horas de incertidumbre que concluían con la confesión de ella, porque le permitían ahora comprender acabadamente el dolor de la mujer que se desganaba frente a él.

--No importa cómo… Lamento saberlo, Anabel. -Tomó la mano negra, de palma pálida, y la acarició.- Dos cosas voy a decirte: primero, que podés contar conmigo para lo que sea. No te voy a dejar sola en este brete… Si necesitás dinero para medicamentos, o lo necesario para regresar a tu país, no tenés más que acudir a mí.

--Gracias… Es mejor que lo sepas… Yo no habría sabido cómo decírtelo… Gracias… Mañana veré a un doctor.

--¿Todavía no lo hiciste? Hay tratamientos para esta cosa. Hay remedios… No te descuides. Yo conozco buenos médicos, si querés mañana hablo…

--Me enviaron el Tornú… pero no me animé a ir. Primero veré a un especialista que conozco, y… (Dejó caer la frase y recordó que el pedacito de papel que oprimía aclaraba que su cliente era infectólogo, un término con el que se estaba familiarizando. Supuso que él le agradecería su insistencia en el uso del condón.)

--Luego te cuento. ¿Te parece bien? -agregó

Hugo temió que se involucraba mucho en aquella cuestión, pero deseaba ayudar a Anabel.

--Lo que vos digas…

Hubo una pausa. Ella se limpió el rostro con el dorso de la mano. Parecía que se había sacado un peso de encima al poder hablar de su drama con alguien más que con su marido, cuyo esperma le había contagiado el terrible mal.

--¿La segunda…?

--Si… (carraspeó y recordó la tos de la tarde pasada, que estaba curada sólo porque la había olvidado en medio de tantos embrollos) La segunda cosa es un pedido que te haré. Quiero que tus compañeras lo sepan. Me parece justo.

--Pero…

--Confiá en ellas, no van a discriminarte. Y si alguna lo hace la rajo a la mierda por pelotuda.

Anabel se puso de pie.

--No sé si…

--Anabel, te sentirás mejor al contarles. No tiene que ser hoy, ni mañana. Tomate una semana… No más… Incluso pienso que ellas te ayudarán también, al igual que yo… Son tus amigas…

--Una semana…

--Si, creo que es adecuado.

--Está bien, Hugo. Si vos…

--Tenés cosas para hacer. Ir al médico, iniciar un tratamiento, compartir tu dolor con todos nosotros, y en especial…

--¿Qué?

--…no caer en el desánimo. ¿Entendiste?

Anabel no respondió. Se quedó mirándolo y reprimiendo las ganas de abrazarlo. Después de todo, la gente no era tan mala. Él quería saber más, enterarse de cómo y cuándo, indagar para satisfacer un morboso fisgoneo cuya acuciosidad lo sorprendió porque venía de muy dentro, pero se contuvo al pensar que ella no querría pormenorizar su drama.

--Anabel…

--¿Qué?

--¿Seguís haciendo la calle antes de venir acá?

--Hoy… -titubeó y apretó la tarjeta personal que se arrugaba en su mano- hoy atendí al último cliente de mi vida.

--Me da gusto saberlo. Es la decisión correcta… -Estiró la mano, le hizo una última caricia en la cara y se recompuso.- Ahora volvé al camarín. Ya empezó el segundo show y todavía nos queda mucho por hacer.

Anabel caminó hasta la puerta. La abrió, iba a salir y se detuvo. Dio media vuelta y encaró nuevamente a Hugo, a quien notó más afligido que en otras conversaciones que habían sostenido. La presencia del sida en una de sus mujeres era motivo de dolor, pero haber visto al comisario salir de esa misma oficina le indicaba a las claras la existencia de una preocupación más urgente: el niño.

--No te aflijas… El menino no va a salir del camarín, y nadie entrará a buscarlo. Van a tener que pasar sobre mi cadáver, bonito.

Hugo soltó una carcajada.

--¡Ja ja! No hables de cadáver, es yeta. Y andá a prepararte para tu presentación; los hombres quieren ver tu cuerpazo, mujer.

Ella sonrió y se fue. Ni tiempo tuvo Hugo de sentarse, antes de que sonaran tres golpecitos en la puerta y entrara Carlos.

--Justo te estaba por llamar. Cerrá la puerta…

Carlos obedeció. Hugo lo tomó de los hombros y lo sacudió para compartir su júbilo.

--¡Zafé, viejo! –exclamó- La pobre Anabel es la que está infectada. Voy a tener que hacerle un buen regalo a Pilar para que me disculpe.

--Me alegro por vos, y lo lamento por la brasuca. Ha tenido mala suerte.

--Jugó a la ruleta rusa y le tocó la bala. ¡Qué mala leche, pobre mina! –Reflexionó acerca de que su alegría se basaba en la desdicha ajena, y se ensombreció.- Le pedí que se lo hiciera saber a las otras, apenas pudiera.

--¿Te parece que lo van a tomar bien?

--Lo tienen que saber manejar. Son adultas. Nadie está exento…

Hubo una pausa. Carlos estaba interesado en el otro asunto.

--¿Qué pasó con Barselli? –preguntó con poquedad.

Hugo se sentó detrás de su escritorio y recordó la entrevista con el representante de la ley. Se produjo un silencio que a Carlos le pareció eterno, mientras contenía la respiración y aguardaba la respuesta.

--Ese hijo de puta se despegó. No va a ayudarnos.

--En la cancha se ven los pingos, y este rajó como rata por tirante.

--Pero bien que se enfunda la guita todos los meses…

--Una ponchada de pesos, sí…

--Oime, asegurate de que el pendejo no salga del camarín. Si cae la inspección… no deben encontrarlo, y menos ahí. ¿Entendiste?

--Entendí. Voy a ver que todo esté bien por ese lado. Si hay novedades te aviso, Hugo.

Carlos salió de la oficina maldiciendo a Barselli y acordándose de la madre que lo parió. Le pasó por la cabeza la idea de salir a la calle y hablar con él de hombre a hombre, de policía retirado a policía, pero enseguida lo descartó porque nada lograría con eso; además, de alguna manera sabía que no le caía bien a la máxima autoridad policial de la zona. No quedaba otra que esperar.

Bajó y se encaminó al camarín, por el pasillo, pero alguien lo atajó y le dijo que lo necesitaban en la entrada. Allá fue. El empleado de la boletería lo esperaba, detrás de la ventanilla, con expresión de alarma.

--¿Qué pasa?

--Salga y mire. La cosa no pinta bien.

Traspuso la puerta de vidrio y se paró debajo de las luces de la fachada. Lo que vio no le gustó para nada: dos patrulleros más se habían estacionado en la cuadra. Ahora había tres autos policiales con las balizas azules encendidas en el techo, y el sedán negro del comisario seguía justo en la puerta, sin ocupantes. Un grupo de hombres uniformado dialogaba con Barselli, maldiciendo al operativo para sus adentros (supuso), como él lo hacía cuando estaba en actividad y tenía que trabajar de noche. La otra figura que se destacaba porque no llevaba uniforme era la del fiscal. Carlos pensó que ese era el conchudo con el que había que intentar un arreglo, aunque su aspecto le indicaba que no era un tipo de arrear con la mano. Barselli lo vio y caminó despaciosamente hasta él.

--En un ratito nomás llega la orden de allanamiento. Vamos a intentar que todo transcurra sin sobresaltos. Espero que usted nos facilite las cosas.

Carlos afirmó con la cabeza y le obsequió una expresión de altivez.

--Se cumplirá con la ley –dijo, y volvió a meterse en el vestíbulo.

Encaró de nuevo al uruguayo de la ventanilla y lo puso sobre aviso de que en un rato les caería una inspección. Dio instrucciones a los encargados de la entrada mientras se secaba la transpiración de la frente con un pañuelo.

--No intenten oponerse; igual van a entrar. Hagamos que esto sea lo más rápido posible, y con poco bullicio –pidió-. Sabemos que no buscan droga, prostitución, chorros. Lo que quieren es algo concreto: al pibe que está dentro. Ustedes hagan lo más indicado: nieguen todo y pongan cara de boludos. ¿Comprendieron?

Los interlocutores asintieron y se quedaron a la espera de lo que vendría. Carlos iba a subir a la oficina de Hugo para darle la noticia pero prefirió hacerlo por el teléfono del mostrador.

--Ya vienen –informó, y del otro lado sólo recibió un lacónico “Está bien”.

--Hacé lo mejor que puedas –agregó Hugo.

Carlos colgó el auricular y fue directo al camarín. En el salón transcurría el segundo show sin sobresaltos y con un público tupido y entusiasta. Se dijo que si todo eso hubiera sucedido un martes no habría tenido tanta importancia, y después se corrigió con el pensamiento inverso: especialmente un martes habría sido igual, o peor, de catastrófico. Además, la abuela de Selva había dado el muertazo precisamente ese viernes, y quién era él para cuestionarle la decisión.

Entró en el pasillo lateral desde el salón. En dirección a él Laura volvía de realizar su presentación, caminando a los tumbos. El crucifijo sobre el pecho le daba a su absoluta desnudez un toque grotesco. Avanzaba sosteniéndose en las paredes, y él pensó que jamás la había visto tan dada vuelta por la falopa.

Se encontraron en la puerta del camarín.

--¿Qué pasa ahora… Carlos? O no venís nunca… o lo hacés… muy…

No pudo completar la frase. Carlos atinó a sostenerla antes de que cayera al piso, desvanecida. La levantó en andas y pateó la puerta del camarín para que le abrieran.

--¿Quién es? –preguntó Cecilia Borges desde dentro.

--Carlos. ¡Abrí!

Cecilia destrabó la puerta y se encontró con el rostro demudado de Carlos, que llevaba en sus brazos a Laura, drogada y exangüe.

--¿Cómo mierda la dejaron salir así? Avisales a las otras que en un rato entra la cana. Guarden bien al pibe. Ahora todo depende de ustedes.

--Bueno, pero ¿qué vas a hacer con ella?

--La llevo a la oficina de Hugo. Cerrá y hacé lo que te digo.

Cecilia obedeció. Carlos caminó por el pasillo con la mujer en sus brazos, desnuda e inanimada. Se detuvo debajo de un foco y le miró el rostro con atención. Recordó sus años en la Federal, los drogadictos de la calle, la piba del departamento de Recoleta que tenía la misma expresión de paz y ausencia, idénticos matices alrededor de los ojos y en los labios, y descartó cualquier duda.

Era obvio que Laura acababa de morir en sus brazos.