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En contadas ocasiones se ponía la camisa azul; la tenía colgada para acaecimientos que no tuvieran nada que ver con su vida cotidiana, y éste lo era. Algunas veces iba con los amigos a lugares similares a ese, se divertían en la madrugada, bebían algo y la mayoría terminaba paladeando un café con medialunas cuando empezaba a clarear sobre la ciudad húmeda de rocío, mientras los más aguerridos del grupo, aquellos a quienes unos padres generosos proveían dinero con más prodigalidad y sin preguntar demasiado o bien los que habían conseguido un primer trabajo provechoso, arreaban alguna puta o alguna desnudista de las baratas y dejaban a los demás preguntándose cómo habría sido el amanecer del afortunado al lado de una profesional de la piel; siempre con la camisa azul, claro, que por cábala reservaba para noches así, salidas así y amaneceres así. Una vez uno de los muchachos del grupete (sin conocer los detalles laborales de Sonia, aparentemente) había propuesto pasar por el teatro y tirar ahí la tanza a ver si se pescaba algo cualquier cosa un bagre o lo que fuera, y él se opuso tenazmente sin dar demasiadas explicaciones mientras el otro insistía y decía dale boludo dicen que es un lugar piola nunca fuimos ahí no te pongas en forro y arranquemos, y lo cargoseó tanto que llegó a creer que tenía el dato de Sonia que se ponía en pelotas sobre el escenario de ese lugar, Sonia que algunas tardes lo recibía en casa y le ofrecía un vaso de coca-cola o charlaba con él como lo hace cualquier mamá del mundo con cualquiera de los amigos de su hijo joven, y él como loco pensando que su amigo iba a ver a su mamá completamente desnuda y bañada por la luz de un reflector, loco por un gramo de vergüenza pero loco mayormente porque el corazón no le permitía tolerar los ojos del otro revoloteando alrededor de la mujer que era su mami, de esa mujer, en fin, loco de celos. La puta madre, pensó, qué hago acá y sonrió sin que lo notara el de la mesa de al lado, mientras se reprochaba el pensamiento diciéndose que su madre no era una puta o a lo mejor era una reverenda puta y él no lo sabía pero daba igual. La cosa era que estaba ahí y había pasado por la florería para disculparse con ella  (mirá que poner a la pendeja a mamar en el dormitorio y ni siquiera trabar la puerta qué cagada), y demorado unos veinte minutos en elegir el ramo adecuado (lo caras que cuestan esas cosas) porque valía la pena intentar la disculpa y borrar con el aroma de los pétalos la cara de asombro de ella cuando abrió la puerta y tropezó con semejante cuadro, disiparle la furia y secarle el llanto que seguramente había derramado, porque que lloró lloró, y lo último que quería en el mundo era hacerla sufrir ya que al fin y al cabo si su laburo era ese, con o sin entrega de concha, le había servido para criar a un hijo sin ayuda de nadie en la vida, a un hijo que era todo su capital como decía de vez en cuando, a un hijo que la amaba.

    No era lo mismo que cuando andaba con los amigotes y entre todos armaban una personalidad colectiva en la que los más osados se animaban hacia delante y los otros sofrenaban y mantenían el equilibrio; ahora estaba encallado ahí solo como un hongo con un Fernet-Cola que se entibiaba sobre la mesa y hacía girar con el borde de los dedos para calmar una parte de la ansiedad provocada por la espera, tensa espera de hijo que verá a su madre aparecer por un costado del escenario y hacer lo que en otra cualquiera disfrutaría hasta la excitación. Nunca le había prohibido ir, pero se lo había pedido como un favor especial: no vayas. No existía hipocresía ni secreto entre los dos, pero el tabú era cosa de todos los días y comenzaba justamente por no hablar de ciertos asuntos, incluyendo la forma en que se ganaba la vida. No resultaba fácil estar ahí para disculparse por el episodio aciago de la tarde sin recelar que su presencia en ese salón echaría amarras en el efecto perfectamente contrario, pero la curiosidad y el morbo lo habían llevado en andas. Primero apareció la mole esa con tetas, la grandota vestida de gladiadora romana que para él era incogible porque cuando la yuxtaponía a la imagen que se había armado de lo que era una mujer sobraba paño por los cuatro costados; después la pendeja vestida de nenita que agitaba las trenzas en el aire y se sacaba la pollerita a cuadrillé chupando una paleta dulce, un poco mejor pero ni ahí. Cada vez que anunciaban a la siguiente artista se le secaba la boca y bebía un trago para bajar la emoción y prepararse, y al fin, cuando escuchó el nombre de Sonia, se bajó todo, todo lo que quedaba en el vaso aunque la indómita sed siguió enroscada en la garganta con persistencia de reptil.

Cuando Sonia apareció en escena y empezó a contornearse con sensualidad de mujer se reclinó en la silla creyendo que todos los ojos eran ventosas de octópodo que se le adherían a la cara, que todos reían de él y acechaban sus reacciones a medida que mamá descubría cada centímetro de su piel, despojada del delantal de maestra y de la ropita interior con motivos infantiles; sentía que cada uno de los presentes tenía la intención de palparlo y revisarle los bolsillos en busca de emociones exóticas, y sólo la penumbra en la que se disolvían los contornos mitigaba un poco la incomodidad de estar sentado ahí, viéndola con un dolor que no le nacía en el corazón sino bastante más abajo. Cuando mamá dejó caer la bombacha y ofreció su pubis de perfecta depilación se llevó una vez más el vaso a la boca, olvidando que carecía de contenido. Lo apoyó otra vez sintiéndose más estúpido. La camisa azul, impregnada de sudor nervioso, se le pegaba a la piel en la espalda, las axilas y el cuello. Deseaba fervorosamente que acabara el acto de Sonia, tanto como a quien le extraen una muela e implora que de una buena vez concluya el forcejeo. Antes de salir por el mismo costado por donde había entrado, Sonia se paseó frente al público como lo hacía en cada show y mostró sus dotes a los espectadores ávidos de belleza femenina, con una sonrisa que no era la de siempre porque por arriba de ella resbalaba una lágrima que nadie pudo notar merced a su profesionalismo, una secreción impulsada por el vago (y dulce) tormento de sentirse tan  especialmente observada desde un rostro que infructuosamente trataba de adivinar ahí nomás, en la imperfecta oscuridad que se movía y tintineaba ante el escenario como si estuviera viva. Una rara sensación le recorrió la espalda durante el acto, le acarició el cuello, bajó por los pechos y el vientre y le aguijoneó la pelvis. Él, girando el vaso nerviosamente y atravesado por tortuosos pensamientos, tuvo una erección.

 Las chicas que salieron después le parecieron insípidas e inexpresivas, o quizá sólo había ido para ver a Sonia. Estaba para adentro, por una mezcla de emociones y alcohol que amenazaban con levantarle la tapa de los sesos como a una olla a presión. El tiempo parecía haberse congelado, pues ya se sabe que  dos cosas incompatibles son el tiempo y los sentimientos, como si éstos respondieran a leyes de la naturaleza que nada tienen que ver con los libros de física. Un rato se escabulló por arriba o por debajo de él, o por alguno de los costados, sin rozarlo. El telón se cerró y la sala se inundó de luces, que pasaron inadvertidas para él.

El mozo lo sacó de su abstracción, apoyando sobre la mesa otro vaso de lo que había tomado y un cóctel de impecable hechura. Iba a retrucarle que se había equivocado de cliente pero Sonia apareció por atrás del empleado y aclaró la confusión.

--Lo ordené yo: un trago como el que pediste y un daiquiri para mí. Ya que venís a verme, lo menos que podés hacer es invitarme una copa.

Se había puesto un vestido corto y alisado el cabello. Los tacos altos resaltaban su esbeltez.

--Hola –dijo él. Ella se sentó a su lado.

--Hola.

Los dos se llevaron las copas a los labios y bebieron lentamente, como si las palabras que necesitaban estuvieran diluidas en el licor.

--No voy a preguntarte qué opinás de lo que presenciaste –dijo Sonia.

--Te lo diré… pero no acá. Vine a discul

--Ya sé, lo leí en la tarjeta que estaba con el ramo. No era necesario que…

--No volverá a pasar. ¡Lo juro! No te rías, es la verdad. (Pausa.) No quiero lastimarte… -Iba a llamarla mamá pero se contuvo.

--¡Ja ja! Sos un caso serio… Qué muchacho tan loco tengo. Tu novia debe sentirse orgullosa de vos.

--No es mi novia. No la verás de nuevo.

--Mirá, vos tenés que hacer tu vida con normalidad. Lo que pasó es natural, y yo soy la menos indicada para… En fin, disfrutá tu sexualidad… Eso sí, con los recaudos adecuados.

--¿Y vos?

--¿Yo qué? –Lo miró buscando la explicación, mas él consideró que la pregunta era bastante obvia.- Entiendo, querés saber si yo… es decir, qué hago de mi vida.

--¿Tenés pareja? Nunca me hablaste de eso. Y quizá hay un novio que nos observa e imagina cualquier cosa, ignorando quién soy.

--No tengo a nadie. Por el momento estoy sola…

--De cualquier manera, a lo mejor te estoy desprestigiando con mi presencia. Por ahí soy demasiado joven y piensan mal.

Sonia suspiró, bebió un trago y consideró que él merecía la respuesta adecuada.

--Nadie se puede asombrar… Las veces que me vieron acompañada fue con hombres jóvenes.

--Ahá… -Dudó y también bebió su Fernet-Cola, que disminuía asombrosamente.- ¿Tuviste parejas jóvenes como yo?

Sonia percibió que ingresaba en el terreno de lo prohibido e imploró a su Dios. Dónde estaría su Dios a esa hora de la madrugada…

--El mayor tenía 27. ¿Satisfecho?

 Él no contestó. Se quedó mirando el gentío que los rodeaba; ya no se sentía observado por nadie, y se dijo que no iba a ser él mismo quien le pusiera grilletes a su libertad de pensar, de imaginar, de hacer.

Sonia bebió todo el contenido de su trago. Después tomó la mano de su hijo. Él se dio cuenta de que no la tenía vacía: le estaba entregando dinero subrepticiamente.

--Tomá. Acá las cosas son caras. Con esto te va a alcanzar.

--No necesito, en serio. Tenía plata juntada.

--Tomá, te digo. Terminá tu trago y andá a casa.

--No. Te voy a esperar. Y nos iremos juntos. (Sonia sintió que era una decisión inapelable.) Hoy sos mi agasajada. Antes de que te duermas te daré uno de esos masajes de pies que tanto te relajan.

Sonia lo miró como si lo viera por primera vez. Se preguntó en qué momento el niño, el adolescente y el joven habían cedido paso al hombre que le decía esas cosas con tanta convicción y que rehusaba su dinero.

--Está bien. Voy a circular. Intentaré terminar temprano.

Le dio un beso en la mejilla y se puso de pie. El muchacho la siguió con la mirada a través de las mesas, bendiciendo su decisión de haber ido esa noche. El sudor se le había secado. La muela ya no estaba.

***

Claudio ocupaba una mesa más cercana al escenario, a cuatro metros de la del hijo de Sonia. Aunque varias veces había visto el espectáculo de Romina y Luisa, esa noche poseía un significado que excedía el hedonismo de las anteriores. Siempre le provocaba placer verlas escenificar un pálido reflejo de la intimidad de los tres, y no se cansaba de decirse a sí mismo que el destino lo había privilegiado al permitirle convivir con esas dos mujeres, que por añadidura no presentaban conflictos entre ellas (y esta era la parte más difícil de sobrellevar cuando más de dos personas incursionaban en el terreno del amor); el amor, tal como lo habían inventado los habitantes del siglo XII, era una entelequia para dos, nada más que para dos, y tanto arraigo había adquirido esa parte de cualquier contrato humano –matrimonio, concubinato, noviazgo o lo que fuera- que todo lo demás caía fatalmente en el ámbito de las aberraciones…, algo para ocultar, si ocultar fuera simple en esos niveles de la vida. Por las venas de su padre corría sangre de la Puglia, que le había marcado hasta el apellido: eran los Pugliese; dos generaciones atrás, los bisabuelos cuidaban los olivares del señor y temían ofender a Dios con pensamientos espurios; en la primera postguerra migraron a la Argentina -con hijos y todo- al grito de fare la América e doppo tornare, pero la América terminó devorándolos y se murieron sin volver a ver jamás el color diáfano del Adriático. Claudio era argentino de primera generación, el hijo del emigrante niño, y su raigambre tenía más que ver con el obelisco que con el taco de la bota. Entonces, la cosa era pararse frente al viejo tano y decirle que quien iba parir a su primer nieto sería Luisa, la amiga que vivía en su casa y de la que nadie en la familia entendía cabalmente qué pito tocaba en su matrimonio, o sea abrir la posibilidad a un sainete estupendo si uno lo miraba desde el lado cómico, porque todo en la vida tiene un costado ridículo e hilarante, incluso la muerte o en especial la muerte. El ADN de mamá entroncaba unívocamente con un pueblito distante cincuenta kilómetros de La Coruña, así que sin lugar a dudas era preferible comenzar por el tano… y que Dios nos ampare.

También pensaba en sus suegros: teutones hasta la médula ósea. Pura cepa del Tercer Reich. (Después de mucho tiempo le habían mostrado las condecoraciones ganadas por el abuelo en la segunda guerra mundial, muchas de ellas con la firma grabada del propio führer, algo que en el mercado internacional de joyas y antigüedades cotizaba muy bien. Siempre estaban por viajar al extranjero para venderlas, porque en Argentina, además, con tantos pruritos e irregularidades, era imposible, pero permanecían celosamente atesoradas en algún lugar oculto y secretísimo del caserón, reservadas para los ojos de unos pocos privilegiados.) Hasta ahora había sido posible entenderse con ellos, pero esta nueva situación presentaba una complejidad especial, y aunque Romina era la favorita, la rubiecita de crianza bilingüe cuyos caprichos tenían fuerza de ley para sus progenitores, o quizá precisamente por eso, habría que verla tratando de explicarles que sería parturienta sin gestar y madre sin parir, y que el nieto que les ofrecía provenía de otro vientre (y para peor, no ario). Las reacciones de los junkers eran de esperar: de rechazo sin duda, o de tolerancia con reservas en el mejor de los casos, porque por encima de todo estaba la felicidad de su hija… Ayudaría el hecho de que Romina era una mujer de convicciones firmes a pesar de sus modales delicados, lo cual había quedado en evidencia cuando se plantó para decir que iba a casarse con un tal Pugliese, levantando una polvareda familiar que al disiparse la encontró de pie y sin un ápice de duda acerca del paso que estaba a punto de dar en el altar. Sus suegros terminaron aceptándolo e integrándolo en la familia, aunque Claudio sospechaba que se habían resignado a lo inevitable teniendo en mente el eje Roma-Berlín.

A los padres de Luisa no los conocía ni de nombre porque ella evitaba mencionarlos o tal vez no tenía nada que decir al respecto, y se respetaba su reserva. A duras penas le habían sonsacado que vivía sólo la madre septuagenaria, en una casa humilde en las afueras de Colón de Buenos Aires. Ocasionalmente Luisa iba un fin de semana a visitarla y regresaba con dulces caseros de las huertas cercanas, y Claudio, que imaginaba una viejecita campechana de modales afables y habilidad culinaria, deseaba conocerla e involucrarla más activamente en la vida de su hija, pero no podía intentarlo sin un indicio veraz de que no metería la pata hasta el caracú. Cada cual sabe sus cosas, y nadie más que uno entiende las relaciones carnales a la sombra del propio pasado. Sin embargo, un hijo era un hijo, y Luisa iba a parirlo aunque fuera de un hombre compartido: esa parte de la situación bastaba para que la anciana mujer se uniera más a su hija y le aceptara la vida tal cual la estaba componiendo.

Se dijo que la solución a la encrucijada de su vida era un desafío al pensamiento lateral. Rompería las convenciones,  encontraría soluciones innovadoras llevando en una mano a Romina y en la otra a Luisa, y nadie podría decir que no se trataba de personas de mente abierta. Afortunadamente les tocaba vivir en una época en que las barreras a las relaciones humanas caían una detrás de otra y expandían el tejido social en una forma novedosa. Sin ir más lejos, ya nadie se asustaba si dos personas del mismo sexo pretendían casarse o formar una familia. Más aún: en muchas partes del mundo el incesto consentido (entre adultos) era legal y comenzaba a ser socialmente aceptado, mientras que en algunos países no suscitaba penalidades o constituía un “delito” lisa y llanamente excarcelable. Dos hermanos, en Alemania, estaban luchando por su derecho a casarse para criar a sus hijos como Dios manda… Así que si la barrera del género carecía de sentido; si las ligaduras endogámicas perdían su sacralidad inmemorial; si en algunas regiones del mundo azotadas por crisis económicas se había legalizado el matrimonio de más de dos personas por considerarse que tenían más posibilidades de llevar adelante un hogar; si…; si… ¿Qué tan terrible podía ser que él, Luisa y Romina formaran una pareja de tres, un triángulo en cuyo interior todos los lados miraran hacia los dos restantes? Se dijo que para bien o para mal, era inminente su deserción de lo convencional, y una vez más percibió que ese era un viaje sin retorno.

***

También Gabriela sentía que realizaba un viaje de ida, que la próxima mañana la encontraría sumergida en el orgasmo de la muerte. La madrugada la sorprendió deseando, a su manera, salir de lo convencional, sólo que para ella lo convencional era vivir. Sentía la asfixia del camarín mucho menos piadosamente que cualquiera de las otras noches, y sólo la presencia de Martín, desde su carita blanca y sus ojos vivaces, aventaba con su frescura la ranciedad de todos los que estaban ahí dentro. Envidiaba a ese chico cuya mirada sorprendía de a ratos siguiéndole los movimientos y espiándole las zonas expuestas del cuerpo, porque algunas horas antes había estado en contacto con la muerte, se había codeado con ella y la había reconocido en el rostro de su abuela, un hecho que a Selva la llenaba de aflicción pero que a ella la conmovía de distinta manera, ya que nunca había visto un cadáver (la excrecencia que la muerte deja a su paso), y no le perdonaba eso al destino. De todos modos ya no importaba; en pocas horas más ella misma migraría hacia otra dimensión y dejaría sus despojos para que alguien los vistiera, los acariciara, los enterrara y extrañase a la persona que fue.

Si bien aún desconocía la manera que elegiría esta vez para quitarse la vida, la firmeza de su decisión convertía a ese detalle en un tecnicismo de exigua importancia. Lo único taxativo era que no le gustaba repetir métodos de suicidio: 1) lo de las pastillas había sido enojoso, porque no sólo no había logrado su cometido sino que le había dejado una rémora de malestares estomacales durante los diez días posteriores; 2) el gas era inapropiado, lo peor de todo, por los dolores de cabeza y por el olor que siguió despidiendo su cuerpo después del intento; 3) cortarse las venas estaba descartado también, pues las marcas en el antebrazo le recordaban permanentemente que tampoco esa vez lo había conseguido. 4) La vía del ferrocarril sería lo mejor, a no dudar: buscar un cruce equidistante a las estaciones, uno de esos donde el tren no viniera con poca aceleración o disminuyendo la velocidad y la encontrara de pie sobre el durmiente, con la mirada fija y desafiante en el monstruo de un solo ojo, oyéndolo ulular a medida que se acercara para engullirla como a un copo de nieve.

No dejaba de notar la preocupación de Selva, que era la única confidente de sus planes de extinción física y que de a ratos se acercaba a ella para preguntarle si se sentía mejor.

--Nunca me sentí mal. Quedate tranquila… -respondía ella con soltura, y cortaba la conversación para no entrar en la zona de la prédica optimista que le semejaba tanto a la de sus finados padres y sus hermanos.

En un aparte que hicieron en el primer intervalo, Selva intentó restituirle la cadena de oro como quien arroja un salvavidas al que ha caído por la borda en mar abierto; en su mente, la aceptación de Gabriela habría significado la renuncia a sus aciagos planes. Pero la muchacha no estaba dispuesta a tal concesión con la única depositaria de su secreto, pues aunque advertía que la preocupación de la otra se enfocaba casi exclusivamente en su hijo y en el problema policial que había suscitado su presencia en el teatro, la sombra de inquietud que pasaba por detrás de sus ojos cuando la miraban era precisamente lo que la mantenía a flote en esas horas finales de su existencia.

--Antes de que te vayas voy a darte esta cadenita, y mañana la vas a usar como es tu costumbre –conminó Selva con tono enojado.

--No. Vendela, convertila en dinero, haceme feliz dándole una utilidad que para mí ya no tiene.

--¡Gabriela, no me compliques la noche más de lo que ya la tengo!

--No te aflijas. Tu hijo está bien, y este asunto se va a resolver.

--No estoy tan segura de que esto termine bien. Y en cuanto a Martín, miralo: no logra dormirse en medio de este barullo, y tiene los ojos como el dos de oro.

--¡No es para menos, con tantas tetas y culos al aire! –exclamó Gabriela riéndose, pero se sintió descolocada al notar que su broma no causaba gracia. Agregó, poniéndose seria: - No, pero hablando en serio, la inocencia de Martín saldrá intacta de este camarín y de esta noche.

--Cometí el error de mi vida al traerlo acá… Soy una boluda.

Gabriela la abrazó. De pronto Selva reaccionó con el enfado de antes.

--Y vos… ¡dejá de pensar esas pavadas! Alguien debería ponerte sobre sus faldas y darte unos buenos chirlos en el culo.

--¡Ja ja! Seguro que Miranda se ofrecería gustosa. ¡Ja ja!

--Miranda ya tiene un culo para chirlear o acariciar –comentó Selva sonriendo a su pesar.

Gabriela caminó hacia un espejo y se miró. Selva fue hasta el sillón donde Martín estaba tapado hasta el cuello con los abrigos y la ropa con que se había improvisado su cama. Un suéter doblado en cuatro cumplía la función de almohada. Se sentó junto a él y le acarició el cabello lacio.

--Mirá que si no dormís mañana vas a estar cansado y sin ganas de jugar. -Martín la miró sin decir nada.- Dale, cerrá los ojos y tratá de dormir. Pensá en cosas lindas, mi amor.

--No tengo sueño, mami.

--Si cerrás los ojos el sueño viene… Tratá de no distraerte con toda esta gente que anda por acá…

Martín cerró los ojos mientras Selva volvía a sus ocupaciones, porque el siguiente show comenzaría en breve y tenía que ir preparando las cosas para las chicas. Gabriela, desde su rincón, sonrió al observar que el niño volvió a abrir los ojos apenas espió que su madre se había apartado de él.

***

Estela se sentó en el bidet y abrió el chorro frío. El bidet era la última conquista que le habían arrancado a Hugo, a fuerza de insistirle entre todas las chicas casi diariamente. Al final se cansó de escuchar la monserga reiterada y mandó al arquitecto para que lo instalara, aunque cada tanto mascullaba “para qué carajo necesitan un bidet en el camarín”.

El primer contacto del agua fría con la piel la estremeció, apenas un segundo. Reguló la altura y la fuerza del agua y se quedó unos minutos sobre ella, notando que le apaciguaba la tibieza en la entrepiernas. Aún sentía la impúdica mano de Miranda recorriéndola frente a todos en su absoluta desnudez, y diciéndole al oído las cosas que le haría cuando terminara la noche. A su pesar, tenía que aceptar el hecho de que había pasado mucho tiempo desde que un hombre la había transportado a tal grado de excitación. Los últimos amantes, en especial, habían sido en su vida una suave brisa apenas refrescante, y Miranda entraba ahora en ella como un viento huracanado que barría a su paso las preferencias, los conceptos, los valores, los mecanismos de los que se había servido para regular su comportamiento. Miranda era un tifón, y ella acababa de abrirle la puerta a pesar de la Estela que había sido hasta esa noche (aunque no se engañaba al extremo de creer que el cambio sucedía por un chasquido de dedos, y asumía que derivaba de un lento proceso de transformación actitudinal hacia su propia sexualidad).

Ya era demasiado tarde para echarse atrás. Miranda no lo permitiría, y ella no poseía el ánimo necesario para oponerse a su enorme amiga y a la enormidad que cobraban minuto a minuto sus propios deseos. La incertidumbre era parte del misterio, y el misterio estimulaba su libido. (Tampoco pretendía justificarse diciéndose que Miranda iba a ser el instrumento de una experiencia de cama después del cual regresaría a sus hábitos y mandatos consabidos; de haber sido así, la incertidumbre no habría existido. Lo que en verdad la sorprendía era un asomo de amor por su compañera, un sentimiento casi imposible de explicar. Se imaginaba siendo el juguete sexual de Miranda en su hora de pasión brutal y desenfrenada, pero igualmente anhelaba el momento posterior para dejarse abrazar por ella y serenarse con su contención.)

Lo que la atemorizaba era salir de lo consabido, aunque en la biósfera donde realizaba su trabajo lo lógico eran las mutaciones. En el instante mismo en que pisó por primera vez un sitio de desnudistas con la intención de quitarse la ropa en público, en el momento mismo en que dejó caer la primera prenda frente a un público expectante, supo que su vida estaría expuesta a mutaciones inimaginables, que la corriente de las noches la arrastraría a la deriva como a un camalote. Recién ahora comprendía la exactitud de tal impresión, porque jamás había imaginado… que…

Cortó el chorro del bidet y se secó. El baño de asiento acababa de disipar las últimas dudas. Era un hecho que su vida entraba en la fase final de un cambio profundo. Pensó en Miranda y sonrió.

--Qué hija de puta –pensó-. Lo consiguió.