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Carlos no podía disimular su preocupación por la presencia de la policía. De a ratos pegaba la nariz al cristal y pispiaba con la esperanza de ver la calle despejada de complicaciones, sólo para constatar que el patrullero seguía estacionado en el mismo lugar con los dos pelotudos dentro. Puteaba a mansalva, reiteraba a los empleados de la entrada que lo llamaran ante cualquier cambio en la situación y volvía a recorrer la sala con gesto inusualmente adusto, para asegurarse de no tener que enfrentar ahí otro inconveniente que lo distrajera de su problema principal, que era la presencia de un pibe de pocos años en un lugar donde muchos adultos se habrían escandalizado.

En la última pasada le preguntó al encargado de la entrada por un mocito muy joven que había divisado entre el público.

--Supongo que le pediste documentos –dijo, y el otro movió la mano en el aire como si deseara atrapar rápidamente la respuesta esperada acerca de esa persona.

--Si, uno de camisa azul…, si. Vi su DNI y es mayor; no hay problema. Además…

--¿Además qué?

--… es el hijo de Sonia.

--¿El hijo o el macho joven?

--El hijo… Al menos fue lo que dijo.

A Carlos se le escapó una mueca de asombro y duda.

--¡Parece que esta noche no falta nadie! –exclamó.

Su interlocutor no le respondió. Sólo sonrió y asintió con la cabeza.

--Bueno, si pasa algo me llamás. Y ojo con dejar entrar a la cana.

--Entendido.

Se encaminó a la sala pero dobló hacia la escalera que llevaba a la oficina de Hugo. Subió con lentitud, retrasando el momento de ver la cara de culo del jefe, algo ampliamente comprensible en un hombre que corre el riesgo de ver clausurado su negocio y de padecer HIV. Carlos se dijo que no quería estar en sus herraduras; ¿cuándo terminaría esa noche de mierda?

Había silencio en el corredor que desembocaba en la oficina, y poca luz, tal como le gustaba a Hugo; siempre decía que si le hubiese agradado la luz, habría puesto una playa de estacionamiento y no un quilombo como aquel. También había silencio al otro lado de la puerta. Carlos golpeó con moderación, tres  veces de corrido, rápidas. Sin esperar respuesta abrió con lentitud y entró. Sabía que cuando el jefe deseaba privacidad la puerta estaba cerrada con llave.

--¿Le dijiste a Pilar que viniera? –preguntó Hugo con inquietud, como si entre la charla anterior y ésta existiera una continuidad lógica.

--Ya le avisé. Te va a caer de un momento a otro, porque ya empezó el intervalo.

El jefe, sentado aún en su sillón, daba la impresión de no haberse movido; aún jugueteaba con la misma lapicera. Emitió un sonido gutural de aprobación, sin apartar la vista del escritorio, y se quedó callado.

--La yuta sigue en la calle –informó Carlos sólo para romper la incomodidad del momento.

--Humm… Este asunto me tiene los huevos al plato. ¿Te acordás del teléfono de Barselli?

--Está en tu agenda –dijo Carlos sentándose frente a su jefe.

--Tomá, buscalo –pidió éste al mismo tiempo que le acercaba la libreta arrastrándola sobre la superficie del escritorio.      

Abrió la agenda en la B y buscó; se le hacía difícil sin los anteojos, pero no estaba dispuesto a aceptar que el incipiente astigmatismo lo había convertido en dependiente de ellos. Barselli no estaba en la B sino en la C de comisario.

--Acá está.

--Decime el número.

Hugo extendió la mano para levantar el auricular y hacer la llamada, pero en ese momento el teléfono comenzó a repiquetear. Atendió contrariado, pero su cara se coloreó cuando oyó del otro lado una voz inconfundible. Apuntó con el índice de la otra mano y lo movió hacia el auricular para que Carlos supiera de quién se trataba: era Barselli.

--Viejo, me ahorraste la llamada. Buscaba tu número en este preciso instante. Necesito que me arregles este entuerto.

El comisario Barselli solía ser condescendiente y proclive a entenderse con sus protegidos. Hablaba sin apuro y daba la sensación de que rumiaba las palabras antes de expelerlas. Le gustaba la joda con amigos, los amaneceres y el alcohol, pero sobre todo se perdía en presencia de una mujer exuberante. Moría por cogerse a Miranda, y más de una vez había intentado acercarse a ella con la discreta complicidad del dueño del teatro. La última vez se había animado a tocarle las tetas sin previo aviso, y Hugo había tenido que interponerse para que la gladiadora no se le fuera a las manos. Un rato después Hugo le dejó bien en claro que las mujeres que trabajaban para él no eran putas y que tenía que respetarlas, pero Barselli se había retirado con la sangre en el ojo y desde entonces no se lo había vuelto a ver por el lugar. Habían pasado tres meses desde aquella noche.

--Calmate, Hugo, y dejame que te explique la situación… -dijo Barselli con la voz teñida de molestia, porque una hora antes le habían interrumpido el sueño informándole sobre la denuncia de un mocoso en el teatro.

--Yo sé cómo viene la mano. No te puedo ofrecer a Miranda sobre una bandeja de plata, pero si ponés un precio aceptable terminamos ya mismo con esta paparruchada.

 --Olvidate de Miranda, olvidate de la plata. Acá está en juego la tranquilidad de los dos. Hace rato me llamó un fiscal, de esos putos que andan por ahí volteando molinos de viento… El tipo está empecinado en encontrar al pendejo… Y ahora decime: ¿cómo mierda se te ocurrió meterlo en tu negocio? ¡Hay que ser pelotudo, che!

--Te podés imaginar que fue un descuido de la seguridad. Una empleada lo trajo, pero ahora eso ya no importa. Necesito que dejes de esquivar el bulto y me des una mano.

--¿Una empleada? ¡Echala a la mierda, por Dios! Y mejorá tu seguridad.

--Oime, Barselli, ese es mi problema. Ahora necesito que te pongas las pilas y muevas tus influencias.

--Veré qué puedo hacer. Voy a tener que levantarme y salir para allá, la puta madre. Mientras tanto buscá un buen lugar donde esconder al pibe. Subilo a los techos, no sé, pensá en algo.

--Creo que le encontré un buen lugar, de momento.

--Está bien. Una cosa más. Tenés otro problema.

--De qué se trata.

Carlos vio cómo la expresión de Hugo se demudaba. Después se puso rojo de ira, a medida que la voz de Barselli le decía algo desde el otro lado de la línea.

--¿Estás seguro? –preguntó- Necesito que me digas quién es… Si… si… Bueno… Averigualo como sea… ¡Como sea! Me tengo que… Si… Ahá… Me ten… Por supuesto… Me deshago de esa basura… Okei. Hacé todo lo que puedas. Te veo luego.

Y colgó. En realidad no colgó; golpeó el auricular sobre la horquilla, con tanta ira que saltaron unos pedacitos de mica.

--¿Tan mal está la cosa? –preguntó Carlos.

Hugo se secó la transpiración de la frente e intentó calmarse.

--No es sólo el asunto del menor. Parece ser que quien hizo la denuncia es una mujer, y este forro tiene motivos para creer que es una de las minas que laburan acá.

--Noooo.

--Si.

--Quizá nos pueda decir cuál…

--Es un dato que está en la fiscalía. Va a tratar… ¡Le corto el clítoris a esa hija de mil puta!

Carlos se puso de pie y acomodó el sillón como si hubiese cedido su lugar a alguien invisible.

--Ya veremos –dijo-. Voy a dar otra vuelta… ¿Necesitás algo?

--Nada. Andá nomás… Nada.

Carlos fue hasta la puerta y tomó el picaporte. Estiró la otra mano y consultó el reloj. De agujas grandes, para trampear a los ojos disminuidos. La medianoche había cedido el paso a la madrugada.

***

También Pilar notó por enésima vez la poca luz que había en aquel pasillo; los tacos altos golpeteaban en el piso de viraró casi con insolencia, denunciando la lentitud y resolución de sus  pasos. La llamada urgente de Hugo la había sorprendido a medio vestir para subir al escenario; al regresar de desnudarse para la concurrencia, con tanta sensualidad como podía afectar, había derramado sobre su cuerpo oscuro un vestido de gasa y un abrigo de paño rojo con cuello casaca que le llegaba a los muslos. Con esa mezcolanza de personajes, la peruana inmigrante y la corista de negra sensualidad, se encaminó al encuentro de su empleador y amante, de a ratos intrigada por el motivo del desacostumbrado llamado pero para nada preocupada porque todo estaba bien entre Hugo y ella; esa misma tarde, sin ir más lejos…

Casi llegando a la puerta oyó la voz inconfundible de Hugo que rajaba una puteada, y entonces supo que quien la había mandado llamar no había sido su amante sino el dueño del teatro, algo previsible si se quiere, porque jamás la había besado ni tocado un pelo ni dicho palabras de amor dentro de las paredes de la oficina donde regenteaba el lugar; lo de las palabras de amor era un decir, claro está.

La hoja giró en las bisagras y apareció Carlos en el hueco, que salía de una reunión a todas luces desafortunada a juzgar por su expresión. Se sorprendió al verla, a pesar de que él mismo la había convocado; enseguida la miró con una admonición que primero sorprendió a Pilar y después no supo entender.

--Pasá –le dijo, y cerró la puerta detrás de ella.

Hugo estaba parapetado en su escritorio. Se paró al verla y caminó hacia la pequeña abertura que daba al salón, a la izquierda de la puerta. Movió la persiana corredera de vidrios negros y miró el recinto, con la iluminación más potente del intermedio y una concurrencia nutrida. Volvió a cerrar sin decir palabra, mientras Pilar se limitaba a respetarle el silencio. Después caminó hasta la punta del escritorio, apoyó las nalgas en él, se cruzó de brazos y miró a la negra con una ferocidad que ésta desconocía en sus ojos.

--Si lo que me dijeron es cierto, vos sos una reverenda conchuda –dijo, y esperó la reacción que provocaría su insulto condicionado.

Pilar lo tenía frente a ella, tan cerca que creyó que su voz le golpeaba la piel como un viento frío. La cara se le maquilló de asombro, y sintió que las mejillas se coloreaban a su pesar. Repasó mentalmente los motivos por los cuales recibía tal ofensa, y no encontró ninguno suficientemente válido. Del estupor pasó a la indignación, producto de la injusticia, porque si con alguien había sido leal… y ahora…

--¡Oye oye, qué te pasa! ¿Por qué me hablas así?

Hugo no respondió. Lentamente deshizo los dos pasos que la separaban de ella y la tomó por el cuello con una de sus manos grandes. No la oprimió, pero Pilar comprendió la amenaza como si se la hubieran explicado con lujo de detalles. La parsimonia del hombre traslucía una ira asumida, controlada, calculada, pero no menos peligrosa o quizá más letal que un arranque de furia. Se quedó muy quieta, esperando lo que vendría e ignorando lo que vendría.

--Te lo voy a preguntar una sola vez… –dijo él acercándose tanto como si fuera a besarla en la boca; su aliento tenía una estela inconfundible de whisky.

--Yo… -balbuceó ella, pero se sintió atemorizada y calló.

--… me vas a responder “si” o “no”. Y quiero la verdad. ¿Entendiste?

Pilar asintió moviendo los ojos. La presión sobre su cuello había aumentado al ritmo de las palabras de él, y pensó que le quedaría la marca porque la piel negra también puede ser sensible. Apenas se contuvo de advertir a Hugo que estaba a punto de hacerle daño; se miró en el fondo de sus ojos y a pesar de todo no aceptó que él en verdad quisiera lastimarla. Prefirió encomendarse y esperar.

--¿Entendiste? –machacó él enfatizando la pregunta con un tono agresivo.

La negra movió los ojos otra vez: la cosa estaba más que clara.

--¿Sos portadora de HIV? 

La pregunta le hizo el mismo efecto que un latigazo en el pecho. Creyó que el corazón le salía por la boca, y temió lo peor. La desazón no le permitió vislumbrar de qué parte de la realidad podía provenir la interrogación a la que se la sometía. A lo mejor Hugo estaba infectado y creía que ella era el origen del contagio; claro que si era así, su propia vida bailaba sobre una cuerda floja. Como por arte de magia acababa de desaparecer la confianza que había depositado en su amante, sólo que la palabra mágica no era abracadabra sino hiv. Después de un breve forcejeo en el que ocupó todas sus fuerzas logró deshacerse de la manopla que la atenazaba. De un salto alcanzó el rincón más cercano a la salida, haciendo gala de la agilidad destinada en otras épocas a los partidos de voley. Se acarició el cuello como si la mano aún estuviera ahí y miró a Hugo con encono.

--¿Pero te has vuelto..?

--¡Si o no! –insistió él con impaciencia.

--¡Nooooooooooooo! ¡Claro que noooooo! Si tienes sida no es por mí. Y si me lo pasaste… yo…

Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar, mientras el hombre la observaba con una mezcla de culpa, compasión y desconfianza.

--Está bien –dijo él-, tu respuesta es no. Si vos no tenés sida, yo tampoco. –Sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo blanco recién planchado y alargó la mano. Pilar lo aceptó y se enjugó las lágrimas.

--No entiendo lo que te pasa –dijo mientras se sonaba los mocos.

--Solamente quería tu respuesta. Luego te explicaré.

La tomó de un brazo y ella se dejó conducir dócilmente hasta el sillón que un rato antes había dejado Carlos. Ahí siguió llorando y ensuciando el pequeño género. También maldijo para sus adentro, fuerte y a ambos lados: allá, por haber tenido una infancia triste, una juventud sacrificada, hombres que no valían nada; acá, por haberse convertido en lo que era: una inmigrante que se desnudaba en la noche y se acostaba con el empresario que le pagaba el sueldo. Maldijo a Perú por haberla expulsado; maldijo a la Argentina por todo lo que le sucedió después.

Se quedó gimoteando un momento más envuelta en la parquedad de él, en la mirada de él, que seguían siendo una injusta acusación. Entonces comprendió que sus palabras no habían sido suficientes para convencerlo, y que la aceptación de su verdad dependía de algo que sucedería después, de algo que le dirían otros labios. Ella tampoco desechaba aún la idea de que su vida estaba en peligro, pero a esa altura del partido ya no sabía qué pensar.

--Andá al baño, lavate la cara y regresá a lo tuyo.

En medio del odio que le había florecido súbitamente como una mala hierba, Pilar sintió deseos de abrazarlo. Se contuvo y se puso de pie. Después caminó a la puerta sin mirarlo.

--Esto no queda así –advirtió-. Me debes una buena explicación.

--La tendrás –y aspiró profundo-. Apenas aclare un par de cosas, te diré todo.

Pilar iba a decir algo más pero en vez de eso alargó el pañuelo sucio para devolverlo. Él lo rechazó con un gesto.

--Llevalo –ordenó-. Lavalo bien, planchalo, y dejalo junto a nuestra cama.

Dio una última mirada al lugar y salió, dejándolo de pie en el centro de la estancia, con los ojos ocupados en seguir sus movimientos. No estaba tranquila, pero confiaba en que el mal momento tenía una explicación razonable. Recién cuando volvió a taconear en el pasillo notó que había visto la hora en el reloj de pared de la oficina (era casi la una menos cuarto), pero sólo ahora asimilaba la información de las manecillas.

Sentía como si la mano de Hugo estuviera aún entibiándole el cuello.