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Cecilia corrió el pasador esforzándose con una mano, sin soltar de la otra a Martín. Sintió que era una mano excesivamente pequeña para un chico de esa edad, pero Selva le había dicho alguna vez que el padre no sobrepasaba el metro sesenta de estatura; recordaba aún haberle hecho un comentario graciácido, algo así como que un tipo tan poco imponente no podía haber sido tan hijo de puta con ella.

Dio la vuelta y advirtió que todas sus congéneres la miraban con la misma interrogación en la cara.

--¿Qué hace este chico acá? –inquirió Aldana, la mujer délmon.

Selva quedó pasmada cuando vio a su hijo de la mano de la Borges, y en el descuido clavó un alfiler en una pierna de Sonia, a quien estaba acicalando para salir a escena.

--¡Ay, cuidado! –se quejó Sonia.

Pero Selva no la escuchó. Corrió hasta la puerta, izó al niño en sus brazos y se enteró, de boca de Cecilia, de lo que sucedía fuera del camarín. Las otras también oyeron la breve información.

--¿Quién habrá sido el hijo de puta que alcahueteó a la cana? –indagó Sonia.

--No se sabe, pero ahora ¡qué nos importa!… -exclamó Cecilia.

Selva observó a su hijo y descubrió que la mirada se le perdía en el entorno. Notó que miraba con una mezcla de embeleso y asombro la escena dentro de la cual lo habían inmerso de improviso; estaba dentro de una gran habitación llena de colores, enormes espejos, telas, lentejuelas, juguetes y mujeres desnudas. A todas les faltaba vestir alguna prenda, y muchas no tenían puesta absolutamente ninguna, a excepción de mamá, el único rostro familiar. Primero pensó que era un baño de damas, pero enseguida descartó la idea porque faltaban cosas que hubiesen sido imprescindibles. Se preguntó dónde estaba, qué lugar era ese en el que por primera vez veía los pelitos que las mujeres tienen entre las piernas, aunque algunas no tenían nada y…

Una mano le tapó los ojos. Era la mano tibia de mamá.

--No puede quedarse –afirmó Selva con decisión, encarando a sus compañeras-… Lo voy a sacar de acá… Es sólo un niño y no puede…

Selva caminó hacia la puerta con Martín en andas, pero Cecilia y las otras intentaron que recapacitara y se detuviera.

--No podés sacarlo ahora –informó Cecilia.

--Sería peor. Si la policía sigue fuera y lo está buscando… –agregó Sonia sin completar la frase.

--Pensá que hasta podrías tener problemas con la tenencia –sentenció Estela, y entonces Selva se detuvo y volvió sobre sus pasos, sin bajar la mano de los ojos de su hijo, que pugnaba suavemente por quitarse la improvisada venda.

--¡Martín, quedate quieto! –lo retó, y el niño se aferró aún más a su cuello- Entonces… ¿qué hago? ¿Dejarlo acá? Es una locura.

--Todo es una locura esta noche –comentó Gabriela desde el fondo, y se acercó al grupo que rodeaba a la madre con su hijo-. Lo peor que puede pasar es que lo encuentren, y lo sabés. Así que el mal menor es que se quede con nosotras.

--Pero es muy chico para estar… para ver… Y no puedo estorbar su trabajo pidiéndoles que se vistan.

Desde un costado se oyó una sonora carcajada que provenía de la boca de Laura, tirada sobre un sillón con las ropas de monja a medio poner para el siguiente show.

--¡Cállate, falopera! –le gritó Anabel- ¡Eres una pelotuda!

--¡Ja ja ja ja! Pelotuda es Selva, que no deja que su hijo mire el antro donde lo trajeron. ¿Cuánto tiempo lo va a mantener así?

Se hizo un silencio.

--Está drogada, pero tiene razón –admitió Romina-. Soltalo y le buscamos un lugarcito por ahí.

Selva dudó.

--Dale, Selva, no lo martirices –conminó Luisa.

Selva quitó la mano de la cara de Martín y lo bajó al piso. Por un momento especuló que las mujeres iban a sentir pudor de  su hijo, pero no fue así: la misma naturalidad que mostraban frente a los ojos de cualquiera les permitía ahora ser vistas por los de su pequeño Martín sin inmutarse en lo más mínimo. El niño las recorrió con la mirada como ningún adulto había podido hacerlo jamás entre aquellas paredes, pues si de algo se guardaban celosamente las mujeres del camarín era de la presencia de un hombre dentro del santuario donde se transformaban en vestales para ir hasta el altar del teatro. Se podía decir que aquel niño pequeño gozaba de un raro privilegio, y la forma en que él las recorría con la vista, la expresividad de su rostro de facciones delicadas y frescas, la tensión de su frente, revelaban que de alguna manera no ignoraba el hecho de que estaba presenciando un precioso espectáculo humano. Sonia se acercó a él, ataviada de maestra de escuela primaria, se agachó y le sonrió.

--Hola, ¿cómo estás? Tu mami nos había hablado de vos pero no sabíamos que eras tan lindo.

--¿Qué se dice? –indujo Selva detrás del silencio de Martín.

--Gracias, señorita.

Todas rieron. Laura se puso de pie y caminó trastabillando hacia donde estaba el niño.

--A ver a ver, qué tenemos aquí.

--Che, no te acerques, que lo vas a asustar.

Martín notó que de entre los hábitos emergían los senos de la monja. Ésta cayó de rodillas ante él y le dirigió una mirada enturbiada por los estupefacientes.

--¿A mí no me das un beso, nene?

Martín le dio un beso en la mejilla.

--Si, madrecita.

Hubo un nuevo acceso de risa que las recorrió a todas por igual, incluso a Selva, que por un momento olvidó lo complicado de la situación y se sintió orgullosa de tener un hijo tan educado, fino y simpático.

En ese momento alguien quiso abrir la puerta del camarín; al sentirla trabada desde dentro dio dos fuertes golpes sobre la madera.

--¿Quién es? –preguntó Borges, que se sentía un poco responsable de custodiar la entrada.

--¡Yo, boluda, quién va a ser! -tronó en el pasillo la voz de Miranda.

(Lo de ahí dentro era muy parecido a ver a mamá cocinando y convirtiendo los ingredientes en el alimento que llegaría a la mesa. Era como estar en la cocina del mundo. La maestra y la monja eran un ejemplo de la humanidad que latía debajo del hábito y del guardapolvo: mujeres en estado puro, relajadas y distantes de los salones de la escuela o de las arcadas del convento. Me pregunté si esa monja, si esa señorita, no eran más reales que las que había visto antes de aquella noche, y terminé pensando que las otras actuaban y éstas se mostraban tal cual eran: cuerpos con partes expuestas, que hablaban y se movían sin la solemnidad que da el oficio.)

Cecilia quitó el cerrojo el tiempo preciso para que la gladiadora entrara y para salir ella a cumplir su acto. Aldana volvió a trabar la puerta con prisa. Iba a exponer a la recién llegada un compendio de lo sucedido, pero Estela se adelantó. Mientras esto sucedía, los ojos de Martín se clavaron en el gigantesco cuerpo desnudo de Miranda, que lo observaba casi con la misma bondad con que a uno de los perros que paseaba. Estela le hablaba muy cerca de la cara, muy cerca de los labios. Martín sintió que aunque la mirada de la gigantona parecía obsequiarle su completo interés, en realidad eran las palabras que brotaban de los otros labios las que concitaban su atención, era la emisora y no el mensaje lo que le endulzaba los ojos.

--Estoy de acuerdo con Estela –comentó Miranda dirigiéndose a Selva-. Podrías tener muchos problemas si lo encontraran, y nosotras también. –Hizo una pausa esperando la réplica, pero ésta no llegó.- Acomodálo por allá –y señaló el fondo del camarín-. Nosotras seguimos trabajando como si nada, sin variar nuestra rutina, porque si la yuta asomara por acá… tendría que recular el ver mujeres en pelotas.

Hubo un silencio breve.

--El mamut tiene razón –bromeó Aldana.

--Mamut tu abuela, ¡cara de nada!

--Hagamos como que no pasa nada fuera de lo común –corearon cacofónicamente.

--¡Eso! Si si

--Bueno, che, ¡a laburar! –apremió Miranda- Acá no van a entrar…. Y vos, pibe –agregó, acercándose a Martín-, quedate chito y no te preocupes: tu mami y nosotras te vamos a cuidar.

  (Estar parado delante de Miranda era un esfuerzo para los ojos. Transitar con ellos tanta desnudez, tan imponente ropaje de piel, era sobrecogedor para un espíritu inocente. David debió haber sentido parecida conmoción cuando se paró frente a Goliat, pero Goliat era sólo un adversario, y Miranda una mujer, con dos pelotas de fútbol a la altura del corazón. Me sentí más pequeño, más niño, e instintivamente oprimí la mano de mamá…)

--¡Sale la maestrita en tres minutos! –voceó el director desde el exterior.

--¡Estoy lista! –respondió Sonia, y se acomodó el delantal blanco, debajo del cual sólo la cubría una pequeña bombachita y un soutine con dibujos infantiles.

En ese momento se oyó otra voz conocida que provenía desde el exterior del camarín, acompañada por dos golpes de nudillo sobre la madera.

--¡Flores para una dama!

Sonia abrió y vio recortada en el marco de la puerta la figura del cadete de la florería cercana, un asiduo conocido de las chicas del camarín.

--¡Justito! Sos la persona que vengo a ver. Estas son para vos.

--Gracias. La próxima te doy propina.

--¡No hay problema, ricura! –consintió el empleado regalándole una sonrisa de medianoche, fresca y desenvuelta,  que se le petrificó en el rostro cuando vio que Cecilia se acercaba completamente desnuda desde el fondo del pasillo. 

Sonia las recibió y se las entregó a Cecilia, que sonrió al percibir la cara azorada del muchacho.

--¡Vos sí que te elegiste el laburo justo, pibe! Volvé cuando quieras, siempre que traigas mercadería fresca.

El joven levantó el pulgar de su mano derecha y se retiró sin agregar palabra.

--Guardámelas un rato, Borges –pidió Sonia.

--Dame.

--Esperá, dejáme leer la tarjeta. No voy a aguantar hasta la vuelta.

Sonia abrió la tarjeta y la leyó con aséptica curiosidad. Era habitual que todas las noches se recibieran uno o dos ramos de flores de variados precios y calidades, dependiendo del poder adquisitivo del cliente y del impacto que hubiera provocado en él la desnudez, sobre el escenario, del objeto de sus deseos. Pero este obsequio era el último que Sonia habría esperado. Súbitamente palideció.

--¿Estás bien? –indagó Cecilia, con el ramo en la mano.

--Estoy bien. Pero no quiero subir a escena.

--¡Ya tendrías que estar arriba! –apremió el director desde el fondo del pasillo, oyendo sus palabras.

--Sonia, andá. Te cuido las flores… Andá.

Sonia dudó. Seguía consternada.

--Está bien. Tomá –dijo, volviendo a poner la tarjeta junto al ramo. Después caminó a prisa hasta la escalera que llevaba al escenario, desde donde provenía ya el sonido de su cortina musical.

En el camino sintió que la angustia le oprimía el pecho. Su cara, encendida como un fósforo, parecía a punto de explotar. Percibió que el sudor le reptaba en las axilas, el cuello y la espalda. No deseaba hacer su acto, pero Hugo, tal como era cuando se enojaba, podía dejarla sin el trabajo, y la verdad era que…

Cecilia trabó la puerta y llevó las flores al baño.

--Son de Sonia –advirtió.

--El galán es un poco pobretón –comentó Pilar, acariciando los pétalos y oliéndolos al pasar.

--El ramo es sencillo, pero vieras la cara que puso cuando leyó la tarjeta. ¡Casi se desmaya! Creo que este le movió la estantería, aunque sólo escribió… a ver… (abrió la tarjeta y leyó:) “Perdonáme. No volverá a suceder. Estoy entre el público.

--¡Le sacudió el tapete, como decimos en Perú! –rió Pilar.

--¿No me digas que alguien o algo puede conmover a esa roca? –exclamó Emilia- Tiene menos corazón que la conchuda de la presidenta.

--Che, che, momentito, dejá a la presidenta en paz –advirtió Miranda con brusquedad.

Estela tomó a su amiga del brazo y la condujo a un rincón para evitar un chispazo. Mientras tanto, Selva acomodaba la diminuta humanidad de Martín sobre un sillón deshilachado y lo tapaba con algunos abrigos.

--Tratá de dormir. Por lo menos cerrá los ojos, así mami trabaja tranquila.

Martín no respondió. Su vista seguía atentamente a Miranda, que no se había vestido y que en ese momento, sin importarle demasiado el entorno, pasaba el dorso de una mano por la mejilla de Estela. Ésta tomó la mano y la puso sobre el centro de su torso desnudo, a la altura del corazón, mirándola fijamente, mirándola como nunca lo había hecho, como nadie miraba a Miranda desde hacía demasiado tiempo.

Las demás, advertidas de la situación, se fueron acercando a la pareja y comenzaron a bromear.

--¡Bueno, bueno! ¡Parece que ha llegado el amor! –exclamó una de ellas.

--Che, hacen una buena parejita –agregó otra.

--¡Que se besen! –propuso una tercera.

--¡Si, si, que se besen! ¡Que se beeeeeeee-sen queeeeeeeeee seeeeeeeeeeeeee beeeeeeee-sen! entonaron.

Miranda sonrió. Enmarcó la cara de Estela con sus manazas y le dio un beso largo y profundo en la boca. Después tomó una de las manos de la pelirroja y la aprisionó en la hondonada de sus tetas, al mismo tiempo que la recorría longitudinalmente con un dedo y se detenía a la altura del pubis. Estela parecía más colorada de lo que era por naturaleza, y las otras aullaban de júbilo y aplaudían.

(No podía cerrar los ojos, que me dolían de no pestañear. Temía que un único parpadeo, que el aleteo de una mariposa sobre mis pupilas, me arrebatara un instante del cosmos humano del que yo era apenas un minúsculo espectador. Nunca había visto un cuerpo completamente desnudo. Era la primera vez que dos personas sin ropa gozaban su amor en mi presencia: la gigantona y Estela. Todavía puedo ver la cara de la colorada… La memoria la hizo más bonita y menos pecosa…)

Golpearon a la puerta, y Cecilia, asegurándose de que era un conocido, entreabrió unos centímetros.

--Decile a Pilar que el jefe quiere verla –pidió Carlos.

--Está por salir. Va a tener que ser más tarde.

--Avisale que apenas termine, vaya a la oficina. Hugo la quiere ahí inmediatamente. –La mujer hizo un gesto de aprobación, con el que los dos dieron por terminado el asunto.- Otra cosa…

--¿Qué?

--Por nada del mundo el pibe puede salir de acá. ¿Entendido?

--No saldrá.

Carlos se mordió el labio inferior y se alejó por el pasillo en dirección al frente del teatro. Cecilia se quedó pensando que la cosa debía ser en verdad importante, ya que el propio Carlos había ido a transmitir las órdenes.

--¿Qué moco te mandaste? –preguntó a Pilar, a quien Selva asistía con ropa y peinado. La mulata simplemente la miró frunciendo el ceño.- Vestite rápido y andá a ver a Hugo. ¡Justo hoy tu acto va al final!

--¡Sale la mujer policía! –voceó el director, y de inmediato Emilia, la abanderada de la oposición al gobierno, salió con su disfraz azul rumbo al escenario, que Sonia abandonaba entre aplausos.

--¡Faltan Aldana y Pilar y terminamos el primer show! –exclamó Selva, y fue hasta la otra punta del camarín en busca de la mujer délmon, que ya se había adelantado poniéndose el vestidito de ama de casa con el que salía a escena, sin olvidar la bolsa para hacer las compras. Ella era la más fácil de ataviar y la que más sorpresa despertaba en la concurrencia, casi como si la vecina de toda la vida se desnudara en la cola del almacén.

(Observé a la policía a medio vestir, con el pantalón sin abotonar y una placa falsa colgándole entre las tetas, miré de reojo a la monja casi desmayada en un rincón, perseguí con los ojos el caminar de la maestra desnuda cuando volvió de hacer su acto, y descubrí esa noche el ingrediente principal del mundo: la mujer. Me parece que fue entonces cuando perdí la capacidad de apreciar todo lo demás. Algo parecido me sucedió con los maniquíes de una vidriera, ataviados con diferentes vestidos a través de las estaciones. Una tarde estaban desnudos y brillaban con grisáceas tonalidades, a la espera de las venideras promociones... Esa imagen fue la que se grabó en mi retina para siempre. Desde entonces prefiero verlos así.)