23:49 - 00:07

 

La puerta del baño se abrió, el hombre entró raudamente y lo tomó del brazo.

--¿Ya terminaste de hacer lo que viniste a hacer? Entonces vení conmigo.

--Me tengo que lavar las ma

--¡Nada de higiene! –lo interrumpió el hombre, visiblemente molesto-. Tu mamá debe estar preocupada por vos, así que vamos con ella.

Martín ya no tuvo dudas de que había hecho algo muy malo, al desobedecer la orden “quedate acá y no salgas para nada” que le había dado Selva. Estaba sorprendido porque lo único que él deseaba era ir a un baño a hacer pis, y ahora aparecía ese señor con sus modales hoscos para llevarlo de vuelta al cuarto desagradable de abajo, donde se suponía que tenía que estar dormido en ese preciso instante.

Wilmer se sentía molesto por haber tenido que dejar su cómodo asiento en la boletería para acudir al rescate de un chico cuya presencia era injustificable. Pensaba que debía pagar algunas deudas importantes ese mes, y que si por ventura caía una clausura por causa del  pibe todo se le complicaría de una manera que no sospechaba veinte minutos antes. Por otra parte, Carlos no era lo que se podía llamar santo de su devoción, y saber que lo que estaba pasando era su culpa mermaba en alguna medida su preocupación, pues estaba convencido de que después de un episodio así sin duda lo pondrían de patitas en la calle, a él  y a la ayudante del camarín. El dueño se pondría furioso cuando se enterara… Trataba de apartar de su mente esas ideas, porque no se sentía cómodo deseando un revés a un compañero, pero lo cierto era que –y se asombró al descubrirlo- lo que sentía era una mezcla de satisfacción y zozobra, en proporciones equitativas. Lamentaba que el coletazo de la situación alcanzara a la mujer, pero ella se lo había buscado.

Martín se miró el pijama una vez más y lo vio seco (la espera había valido la pena); después se dejó llevar por el hombre, que lo aferraba casi hasta provocarle dolor. Sintió que la palma de la mano que oprimía la suya estaba húmeda de transpiración, y el desagrado lo invadió. Había dos o tres hombres en el baño que reían frente a la situación, y uno de ellos encaró a su captor:

--¿No es un poco chiquito para venir a ver minas en bolas?

--En realidad es un enano –respondió Wilmer de mala gana, tratando de mantenerse dentro de la humorada.

Todos rieron.

Wilmer abrió la puerta y espió fuera, sin soltarlo. Dudó, metió la cabeza dentro y al rato volvió a asomarse. Repitió esa acción dos o tres veces más, nerviosamente y con visible apuro, hasta que la cantidad de gente fuera del baño le pareció adecuada para camuflar su tránsito hasta el camarín donde Selva trabajaba.

--Ahora sí, vamos –se dijo más a sí mismo que al chico, y salió de ahí llevándolo con firmeza de la mano, tan próximo a su flanco izquierdo que parecía querer confundirlo con él.

Caminaron el pasillo y llegaron a las cortinas que separaban la sala del teatro del vestíbulo principal. Wilmer puso al niño delante de él y caminó hasta el cortinado ocultándolo con su cuerpo. Juntos se zambulleron en la densa penumbra herida en su centro por la iluminación del escenario, casi como si fuera otra dimensión de la realidad, como si la cortina de tul poseyera poderes mágicos que le permitiesen separar el día de la noche mucho más rápidamente de lo que lo hacía la rotación del planeta.

Wilmer retrocedió dos pasos, se asomó un momento entre las cortinas y vio que afuera, en la calle, Carlos dialogaba con un oficial de policía y no parecía del todo satisfecho; sintió el apremio de llevar al mocoso con celeridad a donde estaba la madre, a quien debía transmitirle las instrucciones impartidas por su jefe. A toda costa había que evitar que los de la yuta encontraran semejante regalito en los intestinos del teatro. Si hubiera sucedido un mes más tarde las deudas habrían sido menos acuciantes, se repitió, y enseguida se amonestó con que era imposible saber cómo mierda iba a estar su bolsillo más adelante. Lamentaba la presunción de no poder hacer el viaje a Uruguay previsto para dos meses más tarde… Y entonces sintió que la pequeña mano contenida en la suya se había relajado, que ya no estaba tensa, tirante o resistente, y giró la cabeza hacia Martín, que miraba embobado lo que sucedía en el escenario, donde Miranda, despojada de la mitad de su disfraz de gladiadora, blandía una espada y hacía saltar sus enormes pechos al ritmo de un son acústico.

Wilmer sonrió.

--Primera vez que ves un par de tetas, ¿no, pibe?

Martín no respondió; toda la fuerza de su pequeño cuerpo le salía por los ojos. El sentido del tacto, la capacidad de comprensión, la posibilidad de asombro, todo eso y mucho más, condensado en la mirada, aleteaba alrededor de la gladiadora, revoloteaba sobre las dos montañas blancas de oscuro pezón. Lejanamente sentía la mano grande y huesuda del hombre que lo llevaba por entre las mesas, mientras la enorme mujer que bailaba a lo alto del fondo dejaba a un lado la espada y con movimientos feroces y gesto amenazador, cual una guerrera de verdad, se sacaba la breve pollerita que ocultaba partes de su cuerpo de mujer que él, Martín, jamás había visto (ni siquiera en mamá).

La prenda iba a caer a los pies de Miranda cuando Wilmer apuró el paso para llegar cuanto antes a la entrada de los camarines. Una mesa se interpuso entre la mujer desnuda y la mirada del niño, una silla, la espalda de algunos de los asistentes, y ya no pudo ver más. Sólo escuchaba los gritos eufóricos de la gente mayor, los veía reír, levantar la copa y brindar; una parte de él comenzaba a imaginar la zona de la mujer que se había perdido, como quien está frente a la Venus de Milo y puede inventarle los brazos fantasmales que aún penden de los egregios hombros,  prolongándose en el aire a pesar de los siglos de amputación.

Wilmer se impacientó.

--Vamos, pibe, dejá de mirar y caminá.

El júbilo que azuzaba Miranda en la concurrencia posibilitó que el hombre, con el niño a remolque, atravesara el salón casi inadvertidamente; sólo algunos observadores notaron la inusual presencia de un niño con pijamas y no pudieron evitar un gesto de interrogación, pero cómo explicar lo inexplicable que por otra parte no tiene demasiada importancia.

Llegaron a la pared lateral de la sala. Entraron al pasillo y fueron hasta el camarín. Wilmer dio dos golpes urgentes a la puerta y Cecilia Borges, disfrazada de adolescente escolar y lista para salir a escena, abrió y puso cara de asombro.

--¿Qué hacés con el pibe?

--No hay mucho tiempo. Metelo ahí dentro y avisale a Selva que lo encontraron en el baño.

--¿Acáaaaaaaaaa? ¿En qué cabeza cabe..?

--Son órdenes de Carlos. –Y entregó a Cecilia la mano de Martín.- Andá con ella, nene.

--¡Cómo van a traerlo con nosotras..! ¿Se volvieron lo..?

--Está la cana –interrumpió Wilmer, impaciente-. Escondelo bien y que no entre nadie. ¿Entendiste?

Cecilia miró al niño y vio en sus ojos pequeños, además de un verde muy intenso tan próximo al negro, la mezcla de curiosidad y fascinación que le provocaba una chica tan linda que a esa hora iba o volvía del colegio…

--Está bien, ¡y que sea lo que Dios quiera! –consintió Cecilia, mientras con un suave movimiento introducía a Martín en el camarín y cerraba la puerta enseguida, asegurándose de correr un grueso pasador que nunca se usaba pero que ahora revelaba su utilidad.

Wilmer se sintió aliviado. Había entregado al chico donde correspondía y transmitido las disposiciones de su jefe frente a  aquella contingencia. A lo mejor la cosa no pasaba a mayores y Carlos podía sacarse de encima a la policía, porque si algo había que reconocerle al hombre era su destreza en el manejo de las personas; si era capaz de gobernar a más de una docena de minas con sus quilombos y manías, se suponía que un oficial y un fiscal serían pan comido. También había que tomar en cuenta que las relaciones con la comisaría eran bastante buenas, y no olvidar que dos por tres el mismo comisario caía de joda con algunos amigos y gozaba de una atención preferencial por parte de los mozos y de las chicas, a instigación de Hugo… Pan comido.

   Cuando pasó por la cortina roja y salio al pasillo oyó voces altisonantes que provenían de la oficina de arriba. Ante la boletería, cerrada aún y con el cartelito “ya vuelvo” que le había colgado apresuradamente, media docena de personas esperaban para pagar la entrada. Afuera permanecía el auto policial con las luces estroboscópicas de la baliza aún girando en el aire, y un poco más atrás brillaba el tutú deportivo del dueño, pequeño y tan rojo como pocos. Las voces a veces crecían en intensidad, se superponían, pero era imposible distinguir la trama de la discusión. Era lo que siempre pasaba cuando Hugo se enfurecía.

--¡Vos sos un pelotudo atómico! ¡Cómo vas a mandarte semejante moco, pedazo de forro! –vociferaba en su oficina, de pie frente a Carlos, que ya casi no soportaba las ganas de defecar.

--Por qué no te calmás un poquito y hablamos…

--¡No me calmo una carajo! ¿A vos te parece que me puedo calmar, con la cana en la puerta y un pendejo de mierda escondido con las minas?

--Lo que tenemos que hacer ahora es solucionarlo –insistía Carlos-. Mañana, si querés, me echás

--¡Por supuesto!

--… pero ahora arreglemos el entuerto.

--¿Arreglemos, dijiste? ¡Esto lo solucionás vos! ¡Como sea, porque ya que te mandaste la caga…!

--Eso está claro, me mandé una cagada. Ahora hay que salir de esta.

--Mirá, si me clausuran el local por tu culpa… ¡te juro..!

--No lo van a…

--¡Te juro que te hago juicio!

Carlos nunca lo había visto tan rabioso; parecía un caballo desbocado. Lo dejó putear, amenazar y bufar unos minutos más, oyéndolo atentamente y en silencio, hasta que se cansó:

--Hay otro asunto más grave que tenés que saber.

--¿Más grave que esto? ¡Qué mierda puede ser más grave!

--La negra que te cogés quizá tiene sida.

 Hugo se calló de golpe, petrificado por las palabras del otro; abrió muy grandes los ojos mientras la cólera de antes se le iba desdibujando del rostro; los músculos de la cara, al relajarse, daban la impresión de un globo que se desinflaba lentamente. Un silencio le oprimió la garganta, una tregua en la que los ecos de la disputa se alejaban hacia la nada y de pronto habían perdido intensidad. Miró con incredulidad a Carlos, mientras repasaba mentalmente las horas de desnudez con su querida, sucias ahora con la posible peste. La falta de protecciones, la confianza, la falsa omnipotencia… Imaginó su vida como un enorme dominó cuyas fichas caían una detrás de otra, sin demasiado tiempo para pensar. Se acordó de su esposa; vio su rostro pintado sobre una de las fichas un segundo antes de caer. Se sentó en el sillón e intentó convencerse de que no podía ser. Se reclinó, sin dejar de mirar fijamente a Carlos.

--¿Qué decís…? –balbuceó.

 Carlos se sentó frente a él, del otro lado del escritorio. La contundencia de sus palabras había impactado de lleno en el corazón de Hugo; no había más que verlo. Intentó morigerar el alcance de su develamiento.

--Una de las dos negras tiene sida… Pilar o Anabel… Una de ellas se atendió en un hospital donde trabaja mi amiga Luisa, ¿te acordás que te la nombré?, y le diagnosticaron eso…

--Cuál…

--No sé. Luisa iba a tratar de conseguirme esa información… No sé.

Hugo inhaló profundamente.

--Dale, Carlos, podés decírmelo. ¿Es Pilar?

--Te juro por mi hijo que no sé. Puede ser cualquiera.

Hugo bajó la vista al escritorio y se puso a girar una lapicera sobre la cubierta de vidrio. Así se quedó un rato, pensando. Carlos se limitó a observarlo sin interrumpirlo.

--Sabés, cada tanto me cojo a mi jermu. Si se lo pasé… yo…

--¡Pará, pará! –interrumpió Carlos- Averigüemos la verdad antes de pensar en las consecuencias. Si querés yo las aprieto para que digan…

--No –sonrió Hugo con amargura-, eso me corresponde a mí.

Hubo una nueva pausa, incómoda.

--Vamos a hacer lo siguiente…

--Lo que quieras –repuso Carlos.

--Sacame de encima el problema con la cana. Y haceme subir a las negras para hablar con ellas.

Carlos se puso de pie.

--¿Seguro que podés..? ¿No querés que yo las encare?

--No. Eso lo tengo que resolver yo… Mandámelas acá, pero de a una y sin levantar la perdiz.

--Está bien. –Caminó hasta la puerta, la abrió.

--Carlos…

--Qué.

--Pilar primero. Quiero hablar con ella antes que con la bahiana.

--Como digas.

Carlos salió y cerró la puerta con tal sigilo que parecía no querer interrumpir el sueño de un bebé. Hugo estuvo a punto de pedir que le mandaran un whisky, dudó, y por fin desistió del antojo. Se dijo que necesitaba los sentidos perfectamente claros para sobrellevar la posible tragedia en que quizá estaba ya sumergida su vida o lo que de ella quedaba, tal como se sentía en ese instante. Enseguida pensó que no podía ser, y se dio argumentos que descartaban de plano la posibilidad de que Pilar estuviese enferma; además se lo habría dicho, como era Pilar… De inmediato arguyó a favor del HIV, puta peste que puede tener cualquiera hasta la más pintada, y además qué sabía de Pilar, andá a saber, pobre Pilar, putamadre hubiera usado forro y ahora qué importancia tiene el forro si me estoy muriendo, se imaginó muerto y enterrado en una ceremonia con poquísima gente y ni qué decir que la familia ausente, y también se imaginó sano y disfrutando de la vida con familia, amante y plata incluida, y finalmente las dos visiones se mezclaron porque poseían la misma posibilidad kantiana, así que dejó de pensar y decidió mandar al carajo las precauciones que le impedían mojarse la garganta, seca de tanto pensar.

Levantó el teléfono y discó el interno del bar. Lo atendió la voz de un cantinero que se diluía en el sonido del salón de abajo.

--Habla Hugo. Mandame un whisky doble. –Y colgó con tosquedad.