23:35 - 23:47

Mientras Selva preparada a las chicas, y éstas iban al escenario y al volver lucían con la naturalidad que da el oficio sus pechos y pubis frente a los tramoyistas y empleados de maestranza, que ya se habían acostumbrado a ver tales intimidades como el sepulturero a la muerte, el niño dormitaba acongojado, pues se sentía solo. Fue cuando se tornaron muy fuertes las ganas de evacuar la vejiga porque había bebido más líquido que de costumbre, y restregándose los ojos, semidormido como estaba, se levantó para ir en pos del requerido baño.

Buscó en la oscuridad los zapatos y se los puso sin acordonarlos. Tanteó la pared, impelido por el saco urinario colmado, encontró el pomo de la puerta, lo giró y salió al pasillo. Una luz mortecina marcó en las paredes despintadas su menuda sombra, que lo acompañó hasta la escalera que subía directamente ale costado del escenario. Allí vio gente en movimiento, ocupada en jalar cuerdas, trasladar cosas, direccionar luces, pasar a su lado en un febril trajín. Nadie pareció darse cuenta de su presencia, salvo un señor que llevaba unos discos de música en la mano y que, sonriéndole…

--Nene, qué hacés acá –le dijo al pasar.

Caminó otro poco y llegó a una escalera más oscura que el sótano. Bajó, corrió una cortina y desembocó en un ambiente nocturnal y con nubes de tabaco donde mucha gente, en su mayoría hombres, miraban, sentados a sus pequeñas mesas pobladas con botellas, hacia algo que estaba detrás de él, a la vez que bebían y reían y gritaban con euforia. El niño erró entre los respaldos de las sillas, pidió permiso como era su costumbre si deseaba que lo dejaran pasar, y provocó la molestia de algunos a quienes interrumpía la visión.

--Pendejo, salí de acá.

--¡Nene, andá a dormir! –se oyó desde un costado.

Un señor de barba, al verlo a su lado de improviso, quitó con prontitud la mano que tenía oculta bajo la falda de la rubia que lo acompañaba y lo miró con encono.

--Pero… ¡habrase visto!

--… busco el baño –se excusó el hijo de Selva.

El señor de barba seguía mirándolo casi con bronca, mientras la rubia se acurrucaba en su brazo.

--Seguí para aquel lado, salí al hall y ahí tenés el baño. Dale, rajá.

Caminó por el damero irregular que formaban mesas y sillas, y comenzó a comprender que no tenía que estar ahí. Sentía también que la vejiga quería explotar. Atravesó el cortinado rojo de tul casi enredándose en él, y llegó al hall del teatro, desde donde pudo ver,  a través de las puertas de cristal, una noche arañada por cientos de luces de la calle y de los negocios aledaños. Sin detenerse, deambuló en medio del gentío que estaba en el vestíbulo y conversaba con entusiasmo, hasta que encontró la puerta con el hombrecito rojo pintado que marcaba, según le había enseñado mamá, la existencia de un baño “de caballeros” del otro lado.

 --A ese tienen que ir los nenes –le decía Selva cuando lo llevaba al cine.

Entró.

El señor que orinaba en un mingitorio le obsequió una mirada asombrada, porque era normal que en lugares así se viera de todo, menos un niño en pijama celeste en el baño de caballeros. Después siguió orinando y mirando el chorro con hipnótica atención.

Martín se paró frente al lavabo, se aupó en él y se buscó en el borde inferior del espejo. Se vio despeinado, y el persistente mechón de pelo que se le encrespaba en la nuca, sobre todo cuando recién se levantaba, semejaba una antenita. Después optó por entrar en uno de los gabinetes que estaban desocupados, y ahí desbebió sus líquidos. Oyó, desde la fría intimidad del retrete, que entraban y salían hombres del baño, y algunos hablaban de mujeres… sobre un fondo sonoro de canillas abiertas y cascadas de agua en los inodoros. Había humo de cigarrillo, también en aquel lugar; ¿a quién se le ocurriría fumar en el baño? La distracción le provocó lo de casi siempre: unas gotitas de orín cayeron en el pijamas; intentó limpiarlas con un papel higiénico, que era más suave que el que mamá compraba en casa. Después apretó el botón, se subió la ropa, quitó el pestillo y entornó la puerta para espiar y salir. Vio la espalda de un hombre alto y de traje que estaba saliendo del baño sin mirar a los cuatro o cinco congéneres que quedaban en él. Era la espalda de Carlos, a cuyo paso la puerta del baño se cerró con la controlada suavidad que le daba el brazo neumático. Algo hubo en esa figura, alta y robusta, que lo atemorizó, y optó por encerrarse un rato más en el pequeño cubículo sanitario para esperar a que se secara del todo el pijamas, mientras el retumbar de los pasos del hombre se alejaba con una rítmica lentitud.

Carlos recorrió el breve pasillo que desembocaba en el hall de entrada y constató que todo estaba tranquilo, poblado pero tranquilo. Se acercó a la ventanilla de la boletería y vio que el empleado tomaba mate.

--Dame uno –pidió.

El otro se lo pasó a través de la reja, que en ese momento estaba libre de clientes.

--Parece una noche tranquila, jefe –comentó.

--Nunca hay que decir eso: es de mal agüero –objetó Carlos sin dejar de chupar la bombilla.

--Por lo menos no llueve –insistió el otro en un vano intento de amabilidad.

Carlos lo miró sin emoción mientras le devolvía el mate.

--Demasiada azúcar –sentenció, y caminó hasta el vidrio que impedía que la noche entrara.

Después de todo era cierto: no llovía. Abrió la puerta de vidrio y salió a la vereda. En noches como aquella sentía deseos de fumar, pero había dejado el vicio hacía un tiempo y respiraba notablemente mejor. Aspiró en profundidad, aspiró la noche, y ésta le llegó hasta la base de los pulmones. La noche era mucho más que la ausencia de la luz del sol; también se inspiraba, y en Buenos Aires poseía un aroma muy diferente al que tenía en los campos de Casares. Además, se oía: la noche emitía sonidos especiales, como si murmurase sobre la ciudad. Formaban parte de ella el ruido de los autos, las pocas bocinas que se oían a esa hora, el chirrear de las luces de neón, alguna que otra sirena a lo lejos… 

Carlos podía distinguir la sirena de un patrullero de la de un camión de bomberos o una ambulancia. La que se estaba acercando era claramente de la primera especie. La oyó crecer en intensidad, aproximarse por la avenida, y casi al mismo tiempo que el patrullero estacionaba frente al teatro con los haces de luz girando en el aire de la madrugada descubrió a su lado al de la boletería, que había dejado su puesto. Le oyó decir nerviosamente que le acababan de comunicar que había un pibe meando en el baño de hombres. Carlos creyó que se lo tragaba la tierra, a él y a Selva. Rápidamente comprendió la situación, y notó que no era de menor gravedad.

--¡Nunca más lechucées con eso de que va a ser una noche tranquila! –le dijo con visible disgusto.

Sintió que detrás de su enojo, del íntimo reproche que se formulaba por haber accedido a formar parte de una situación tan inusual y riesgosa, era su deber de compañero y de encargado de seguridad solucionar el contratiempo poniendo en juego lo mejor de su empeño y de su ingenio. Dio instrucciones rápidas y nerviosas al empleado y lo envió a ejecutarlas en el interior del teatro; acto seguido, recomponiéndose de la sorpresa, fue al encuentro de los agentes de la policía con calma y circunspección.

--Buenas noches –saludó el oficial más alto, mientras el otro abría una carpeta y anotaba.

--Buenas noches. Carlos Paladino, jefe de seguridad, para servirle. Usted dirá.

--Soy el oficial Córdoba y él es el doctor Mercau, de la Fiscalía del Menor. No voy a dar vueltas; se ha recibido una denuncia muy seria: parece ser que dentro del edificio hay un menor.

--¿Un menor? –replicó Carlos, afectando asombro- ¿Un adolescente, un joven…? Le aseguro que aquí no entra ningún menor de dieciocho años, y si tenemos dudas le pedimos el documento.

--Ahá. La denuncia es sobre un niño, concretamente.

--Es incorrecta, oficial. Alguien quiere gastar una broma, o la competencia, a lo mejor…

--Este es el único espectáculo en su estilo en muchas cuadras a la redonda. No hay competencia. Y en cuanto a lo de la broma, lo dudo. Además, la persona que nos llamó proporcionó datos muy específicos.

Carlos tragó saliva, con disimulo, de a gotitas.

--No sé qué decirle; aquí no hay niños. Este teatro brinda un espectáculo que es exclusivo para adultos.

--Entiendo. Sin embargo, vamos a proceder a revisar el lugar.

Mercau le extendió la carpeta abierta, señalándole en qué parte de la primera hoja tenía que firmar para notificarse de la veracidad de lo que acababan de informarle.

--Guíenos, si es tan gentil -concluyó Córdoba.

Carlos, como ex agente de la policía, conocía los trucos y no tenía intención de dejarse apremiar con el primer apronte.

--Lo lamento, no puedo firmar esta notificación, y ustedes, claro está, carecen de una orden formal para ingresar en el local. Por lo tanto, tendrán que confiar en mi palabra: dentro de estas paredes no hay ningún niño.

Córdoba y Mercau se miraron. Y Carlos sabía que en ese punto de inflexión se definiría la cosa: persistirían u optarían por marcharse.

--Paladino, supongo que usted sabe cómo funciona esto. Nosotros podemos quedarnos acá de consigna hasta que llegue la orden de allanamiento del juez de turno… -previno Córdoba con el tono de voz imperturbable de quien sólo cumple un deber de rutina.

--Por supuesto, eso lo sé.

--… y no ignora tampoco que si llegamos a esa situación, van a venir varios patrulleros adicionales, más agentes, y el chocolate se va a poner espeso. ¿Le parece que vale la pena?

Carlos se percató de que su intento había sido infructuoso.

--Lo que deseo es evitar a toda costa un escándalo innecesario, en especial por algo sin fundamento -explicó.

Hizo una pausa, frunció el ceño y comprendió que aunque había fracasado la primera resistencia, debía persistir en la negativa y hacer el tiempo necesario hasta que el chico fuera difícil de encontrar dentro del teatro.

--Mire, se la hago corta: no tengo autoridad para firmar su acta –agregó-. Sería una solución satisfactoria que ustedes entraran y revisaran con el mayor disimulo posible para no perturbar ni a los espectadores ni a los artistas…, pero no puedo dejarlos pasar sin la aprobación del dueño de la empresa.

Mercau sonrió, porque consideraba que las desnudistas eran más putas que artistas. Córdoba se mostró contrariado con la resistencia que encontraba, sin percatarse de la falta de compostura de su ocasional acompañante.

--Podríamos hacerlo así, si usted quiere. El doctor Mercau y yo seremos muy discretos. Sólo nos aseguraremos de que dentro del teatro no haya un niño, y nos iremos sin otras molestias para usted y para la empresa. Vamos, Paladino, no se ponga difícil y firme.

--Es imposible. Por otra parte, ustedes podrían ir a hablar con el Principal para que les informe la excelente relación que tenemos con la comisaría. Vea, Córdoba, hablemos sin montura: pagamos una buena cantidad para no tener problemas como este. Confíe en mí: no existe el pibe del que les hablaron; les informaron mal.

Córdoba le hizo un gesto amable a Mercau para que lo dejara solo con su interlocutor, llevándose la carpeta. Cuando se quedó en privado con Carlos se sinceró con él:

--Ustedes nos pagan para que les cuidemos los alrededores, les saquemos a los borrachos y hagamos la vista gorda con la prostitución que puedan tener acá y alguna que otra cosita más. Pero la denuncia de un pendejo es otro asunto más grave… Entiendamé.

--Córdoba, me está hablando como si aquí hiciéramos visitas guiadas a las escuelas primarias. ¡Por favor!

--Si dependiera de la comisaría podríamos arreglarlo. Sacan al mocoso de ahí y asunto arreglado. Pero la denuncia entró de más arriba, y hay que buscar la manera de salir del quilombo.

--Una vez más: acá no hay un menor.

--Mejor para ustedes, porque si no es así, lo encontraremos… Me voy a comunicar con mis superiores para ver qué deciden. Mientras tanto, lo mejor que puede hacer es sugerirle al dueño que firme el acta y no se exponga a un allanamiento autorizado por el juez de turno.

Carlos se quedó mirando la breve caminata de Córdoba hasta el auto oficial. Lo vio sentarse en el lado del acompañante, tomar la radio y hablar. Le llegaba a los oídos la voz metálica que respondía desde quién sabe dónde a través de la frecuencia policial, pero no pudo comprender las palabras. Entonces se percató de que aquel asunto estaba lejos de resolverse y se puteó por lo bajo, diciéndose “qué pelotudo que sos”.

Dio media vuelta y entró al vestíbulo. Algunos clientes se habían acercado a la puerta de vidrio para tratar de enterarse del motivo de la presencia de la policía; otros continuaban con sus conversaciones como si nada. Carlos notó que la boletería seguía cerrada y vacía, y se quedó junto a su puerta para esperar al empleado.

Le dolía el estómago, que siempre le funcionaba como caja de resonancia de los nervios. Divisó, a través de la puerta, que Hugo estaba estacionando su auto justo atrás del patrullero, y entonces se le esfumaron las últimas dudas que le quedaban acerca de que aquella iba a ser una noche muy larga.

--¡Qué pelotudo sos! –se dijo una vez más, y sintió ganas de evacuar el intestino.