23:06 - 23:29

Selva tenía dos preocupaciones esa noche. También se preguntaba cómo iba a continuar su vida ahora que la nona no estaba, pero eso era una duda metafísica, un gran agujero negro que se engullía su futuro, antes que una intranquilidad sobre algo concreto y acotado por el espacio y el tiempo. De a ratos pensaba en Martín, de a ratos sentía cólicos en el alma cuando lo imaginaba durmiendo en el piso del cuartito de costura, en una cama improvisada con géneros y mantas de dudosa procedencia, con el pijamita celeste que le había regalado la nona dos jubilaciones atrás y que le quedaba precioso. Pero simplemente dormía, y de alguna manera tenía fresca la capacidad de ignorar el entorno, la mezcla de lupanar y varieté que enfrascaban las paredes del teatro donde su madre trabajaba…

--¡Ay! –se quejó Romina al sentir excesiva presión en el collar.

--¡Uy, disculpá! Lo apreté demasiado… -admitió Selva, diciéndose que debía concentrarse en lo que hacía y no pensar en su hijo.

--Dejá, yo me ocupo, así vos seguís con otra –intervino Luisa, y ciñó el adminículo de cuero sobre la blanca piel asegurándose de no dejarlo muy ajustado o muy laxo.- ¿Así está bien? –preguntó.

--Perfecto –respondió Romina; tomó la brida que estaba enlazada a la argolla delantera del collar, la puso en la mano de su ama y la miró a los ojos-. Estoy lista –agregó.

La otra tribulación de Selva venía por el lado de Gabriela, y su aseveración de que en breve habría de quitarse la vida o por lo menos incurrir en un nuevo intento; habría supuesto que sólo eran palabras, de no haber sido por el indicio claro y rotundo que ofrecía el entusiasmo de la chica, un aparente apego a la vida y a la propia juventud que, por lo inusual, sólo podía evidenciar su afán de disfrutar ambos dones apenas unas horas más.

Dos golpes en la puerta y la voz del director:

--¡Vamos con la futbolista!

La puerta del camarín se abrió y entró Estela completamente desnuda, transpirada y con el cabello suelto. Buscó con la mirada a Miranda y la encontró en un rincón, desnuda y lista para ponerse el conjunto de gladiadora. Al verla, la imponente compañera le pidió ayuda para sujetarse el corpiño que encorsetaría sus prominentes pechos; la pelirroja recorrió con parsimonia los pasos que las separaban, en medio de las demás mujeres que se vestían o se desvestían para alistarse a salir a escena, y sin decir palabra la asistió.

Gabriela levantó la pelota, se la puso debajo del brazo y salió entusiasmada, seguida persistentemente por la mirada de Selva.

--¡Allá voy! –se la oyó decir cuando ya estaba en el pasillo.

Se oyeron a lo lejos unos acordes del himno nacional; después, la voz del locutor anunció a la próxima artista, sobre un fondo musical de compases rápidos, trompetas y abundante percusión. Enseguida resonaron los aplausos y vítores con que la concurrencia animaba a Gabriela, un sonido ambiente más parecido al de una cancha en pleno clásico de fútbol dominguero que al que debería acompañar a la inminente desnudez de una mujer. El volumen de la música se elevó y, como nunca, llegaban al camarín los “¡ooooooooooooooo!” y los “¡uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!” que concitaba la chica con su demostración de fútbol Freestyle.

Selva hizo un gesto de preocupación, que Borges, a quien vestía de colegiala, no dejó de descubrir.

--¿Te pasa algo? –indagó- Tu hijo debe estar bien, abajo; no te aflijas.

--No es eso… Pero no importa, ya pasará.

A la pollerita corta cuadrillé siempre había que reforzarle los botones, porque Borges se la arrancaba con intencional torpedad; muchas veces Selva tenía que andar buscando algún botón perdido sobre el escenario, cuando bajaba el telón en el entreacto.

--Intentá no ser tan brusca con los botones –pidió Selva-; anoche tuve que reforzar los cuatro.

--Esa es la parte que más les gusta… -y se interrumpió cuando llegó hasta ellas una exclamación más sonora que las otras y una ovación.- ¡Parece que Gabriela los está matando! –exclamó.

Y en efecto, Gabriela los apabullaba con su dominio de la pelota, un espectáculo digno de Ronaldo o del chico que se ganaba unos pesos en la calle Florida dando una exhibición de parecido tenor. El propio Carlos había cesado un momento de caminar por la sala para prestar atención a lo que sucedía bajo los reflectores. No sólo eran rebotes certeros sobre el pie o  los hombros, uno detrás de otro, sino cabriolas en el aire, atajadas con la nuca, el pecho o las piernas, elevaciones de taquito, equilibrios sobre la cabeza. Entonces, de un  certero puntapié, Gabriela elevó la pelota casi hasta hacerla tocar el techo del escenario, y mientras bajaba se quitó la camiseta con un movimiento ágil. Sus pechos quedaron expuestos, pues esa noche no se había colocado el corpiño, y arqueando el cuerpo hacia atrás logró detener la esfera de cuero con el esternón, en una posición equidistante de los dos pezones. La platea ovacionó otra vez.

--¡Mirá vos la pendeja! –exclamó un mozo que pasaba frente a Carlos, y éste hizo una mueca de “¡qué bárbara!” bajando la comisura de los labios con el músculo triangular y balanceando suavemente la cabeza arriba abajo.

El parloteo de las mujeres cesó apenas un instante, y todas se quedaron escuchando los ruidos que venían de la sala. Después continuaron riendo y charlando como si nada.

--¡Deberían ponerla en la selección nacional! –sugirió Aldana, una morocha a quien las otras habían apodado Delmon porque todo en ella era de tamaño y características estándares: los pechos, la estatura, el culo, el rostro, el cabello, las manos y los ojos. Era la típica mujer que se podría topar en el mercado y a quien jamás se imaginaría haciendo strepteese a la una de la madrugada. Después de semanas de trabajar en ese camarín logró conocer el significado de su apodo; cuando se enteró de que aquello aludía a “del montón” se enfureció y no le dirigió la palabra a ninguna durante varios días, pero después la bronca se le disipó y se resignó a aceptar el mote con la gracia de la picardía ajena.

 Selva terminó de ayudar a Borges a vestirse de colegiala, y comenzó a ocuparse en hacerle las trenzas para que la sensación de estar ante una púber fuese más verosímil. En el fondo del camarín, dentro de una pequeña heladera, envuelta para su conservación, se guardaba la paleta dulce que completaba el cuadro de la estudiante de letras. Su lengua, deslizándose suavemente sobre la superficie multicolor, era un espolón en la libido de la concurrencia, que no se percataba de que la golosina permanecía sutilmente envuelta en su celofán, ya que a Borges no le agradaban los gustos dulces.

Selva había logrado armar las dos trenzas en pocos minutos. Separaba el pelo en seis hebras, y con tres armaba una coleta a cada lado de la nuca, que sujetaba en el extremo con una simple gomita elástica. Mientras esto hacía miraba de reojo que Laura comenzaba a ponerse la túnica monacal y la sujetaba a su cintura con un ceñidor de cuerda, al tono. Apenas terminadas las trenzas de Borges fue hasta Laura y la ayudó a ubicar los atavíos sobre su frente. Los efectos de la droga que había consumido parecían estar diluyéndose, aunque Selva no estaba del todo convencida de que el espectáculo que esa noche daría la monjita del teatro fuese todo lo espléndido que la impertinencia justificaba.

--Parecés una monja de verdad –observó mientras se ocupaba de los detalles, y Laura le guiñó un ojo sin estar del todo en aquel lugar.

Desde el escenario les llegó un aplauso sostenido, cuyos ecos aún no se habían disipado cuando Gabriela atravesó la puerta del camarín, sudorosa como nunca y con la pelota bajo el brazo como único atuendo.

--Los dejaste locos –le dijo Luisa al pasar junto a ella rumbo al escenario, llevando en la mano la correa con la cual sujetaba a su esclava, que caminaba dos pasos atrás-. Nosotras les vamos a dar otra sacudida a toda la testosterona que hay allá afuera.

Carlos había reanudado su recorrida por el local. Todo estaba en perfecto orden, a pesar de una concurrencia que era bastante nutrida a esa hora y que se incrementaba minuto a minuto. Notó la presencia de muchos turistas brasileños, algunos norteamericanos y otros de indescifrables idiomas y colores de piel de los que sólo podía afirmar que no eran japoneses; rara vez habían tenido mesas con japoneses, y en ese momento se dijo que era un boludo porque pensaba pavadas como esa en vez de preocuparse por ir a ver si Hugo había llegado a su oficina y nadie le había avisado… A lo mejor, después de todo, no era tan mala la idea del trompa de contratar a una desnudista del Lejano Oriente.

Miró para el lado del escenario y vio que Luisa entraba en él con paso lento y cadencioso, al son de un ritmo inquietante, lento e inquietante; por lo general era recibida con un aplauso tímido, poco entusiasta, ya que su acto comenzaba sin espectacularidad. Un momento después de su aparición el público notaba que oprimía en la mano una correa larga, de la que comenzaba a tirar con suavidad frente a los ojos ansiosos de los espectadores. Entonces aparecía Romina al final de la cuerda, vestida también con cueros y con la cara cubierta por un antifaz, que al llegar junto a su ama se prosternaba en señal de sumisión y obediencia. En ese momento algunos se acomodaban en sus sillas, otros dejaban su copa a un lado, pero todos daban señales de enfocar la atención en lo que sucedía sobre las tablas. Los aplausos eran muy mesurados, pero mientras que Gabriela concitaba ovaciones y otras recibían silbidos, gritos y comentarios subidos de tono, el silencio que se adueñaba de la sala cuando Luisa y Romina hacían su acto era el más profundo de la noche, casi como si se estuviese llevando a cabo un ritual o se expurgaran las más inconfesables pasiones de la mente y de la carne. Lo que presentaban la dominadora y su sumisa infundía respeto, tanto por quienes se identificaban con esas prácticas como por aquellos a los que simplemente les fascinaba el retorcido misterio del submundo sado. Hugo, ni lento ni perezoso, había advertido esa situación y establecido que el acto de las dos durara casi el doble de los demás.

El silencio que se enseñoreó de la sala parecía traspasar las tramoyas, recorrer los estrechos corredores e invadir el camarín, donde atenuaba las voces de las mujeres casi hasta el susurro y aminoraba la algazara. Selva, que terminaba de preparar a Laura para suceder en la escena a la dominadora y a su sumisa, pensaba lo de todas las noches al observar a la falsa monja: qué paradoja. Era una rara hermosura la que le confería el sagrado atuendo, tanto más radiante cuanto mayor era el disfrute que le provocaba envilecer algo que representaba lo que ella no era. Esa noche en particular insistió en usar todo lo que había disponible para ofrecer la completa sensación de santidad: pidió que le colocaran el casquete, el rostrillo y la cofia; fue el único momento en que se mantuvo quieta, con los ojos cerrados y una expresión de calma interior que bien podía ser un efecto colateral de alguna de las drogas que buceaban en su sangre. Selva estuvo a un tris de informar su estado para que alguien decidiera acerca de la conveniencia de sacarla de la función, pero de pronto Laura abrió los ojos, inhaló tan profundamente como pudo y le dirigió una mirada desafiante.

--Estoy lista. Ocupate de la siguiente –apremió. Y se paró junto a la puerta, esperando la orden de salida.

La que seguía en la lista era Anabel, que traía de su tierra la gracia y el ritmo del carnaval y hacía gala de la vestimenta y la coreografía características de una comparsa carioca, con un ritmo de batucada acompasando el despojo de las prendas. Seguía Susana, que ofrecía un cuadro selvático y salvaje poco convincente pero suficientemente sensual. Luego se apoderaba del escenario la imponencia de Miranda, que entre luces que se movían agresivamente y compases celtas desafiaba al público con un remedo de Onomaris que no carecía de espada y otras armas arrojadizas.

Miranda se acercó a Laura denotando su preocupación.

--¿Te sentís bien para salir?

Pero la monja sólo respondió con una mueca de desdén. Miranda, al borde de la exasperación, desistió de insistir cuando sintió la mano de Estela sobre su hombro.

--Dejala. Sabrá lo que hace…

Laura, que oyó el comentario de la pelirroja, emergió repentinamente de su mudez para dedicar a sus compañeras una frase intencionada:

--Déjenme en paz y ocúpense en disfrutar juntas.

--¿Qué dijiste? –atacó Miranda. Pero la presión de la mano de Estela sobre su brazo, jalándola hacia un extremo del camarín, le hizo recapacitar que era en vano pelear con una drogadicta que no aceptaba ayuda.

--Miranda, ¡por favor! –la acució Estela casi al oído-, vamos a sentarnos un rato.

Las dos se apoltronaron en uno de los sillones de cuerina que Hugo había dispuesto para que las mujeres descansaran entre sus salidas (cuando no iban al salón a hacer copas), y se miraron a los ojos.

--Si no era por vos… le arrancaba la cabeza…

--Lo sé –admitió Estela, y rió.

En ese momento Laura le hizo un gesto a Selva para que se acercara.

--Te olvidaste del crucifijo. Ponémelo corto, para que la cruz caiga arriba de las tetas.

--¿Estás segura? Mirá que la última vez que lo usaste hubo quejas en la sala.

-- Vos hacé lo que te digo. Hoy quiero dar un buen espectáculo. Lo de aquella –y señaló a Gabriela-, con la pelota, va a quedar chiquito.

Gabriela la miró con desdén, desde los pocos metros que le habían permitido escuchar la charla.

--Cuando quieras hacemos un picadito –le dijo, pero Laura no se dio por enterada del comentario.

Selva le indicó con los labios a la habilidosa futbolista que callara. Después fue hasta el armario apoyado sobre la pared opuesta del camarín, dentro del cual estaba guardado el crucifijo, a un costado de la pelota que había maravillado un momento antes a la concurrencia de aquella noche. Regresó junto a Laura y la acollaró con él, dándole el largo justo para que reposara sobre el pecho, tal como le habían pedido. “Esto no está bien”, pensó, pero no emitió una palabra.

Se abrió la puerta y entraron Luisa y Romina, desnudas. La primera aún tenía en la mano la correa que enlazaba el cuello de la más joven.

--¡Vamos con la monjita! –se oyó desde fuera, y Laura salió a paso vivo, frotando el crucifico con la mano como si deseara quitar un pedazo de chicle viejo pegado a esa madera.

--¿Todo bien? –preguntó Selva a Romina.

--Perfecto. Les encanta nuestro acto.

--Te voy a desprender esto –dijo Luisa a Romina, y ésta se acercó casi hasta apoyar sus pechos sobre la piel de la más grande.

--Hay algo que no notaste, Luisa.

--¿Qué cosa? –preguntó mientras desasía el collar.

En ese momento golpearon a la puerta y Selva abrió. Alguien le entregó un ramo de flores enorme, bonito, casi caro, con una tarjeta pendiendo al costado.

Selva caminó con el obsequio entremedio de las mujeres desnudas, que suspiraban, reían y se preguntaban cuál de todas sería la destinataria de tan romántico gesto.

--Es para vos, Luisa –y Selva se lo entregó.

Luisa las tomó, se las llevó a la nariz y percibió su delicado aroma, sin saber bien qué decir.

--Leé la tarjeta –sugirió Romina.

--Ponelas en un jarrón con aspirinas –dijo Delmon desde un costado.

Luisa giró la tarjeta y la leyó. Los ojos se le iluminaron. Abrazó a Romina y ésta le respondió. Las otras mujeres aplaudieron el momento, ignorando de qué se trataba.

 --¿Sabías de esto? –preguntó Luisa, separándose un poco y observando las flores como si pertenecieran a una rara especie botánica.

--Vos lo merecés. Además, esta noche Claudio hizo algo sin consultar a su ama. Eso era lo que quería decirte hace un momento.

--¿Qué cosa hizo? –y frunció el entrecejo.

--Vino a vernos. Está en la sala, observando a sus mujeres…, pero no lo notaste.

Hubo una pausa de emoción. Luego Luisa le quitó la tarjeta al ramo y se la entregó para que leyera.

“Ese hijo es el fruto del amor de los tres. Te amamos. Claudio y Romina.”