22:25 -23:00

El teatro no era tal; es decir, a nadie se le habría ocurrido que ahí se podría haber representado “Hamlet” o “Seis personajes en busca de un autor”. Lo único que buscaban los personajes que frecuentaban el mal llamado teatro era rasgar apenas la epidermis de la noche, ahuyentar los fantasmas de la rutina con los fantasmas del alcohol y poner a prueba la estrecha y supuesta relación que existe o se dice que existe entre los ojos y la próstata.

Hugo había pensado primero en ponerse al frente de un emprendimiento empresarial más relacionado con el comercio y más diurno; la idea del supermercado le rondó la cabeza unas semanas, y anduvo por ahí buscando locales y averiguando proveedores sin estar del todo convencido, porque no se terminaba de ver en una oficina con paredes blancas, lapiceras, calculadoras y un atiborre de papeles, soportando que un empleado entrara de improviso con cara de susto para avisarle que disminuía peligrosamente el stock de galletitas de agua. No señor, él quería ganar plata sin desatender el disfrute; no era sólo un asunto de dinero sino también de encauzar la vida en una actividad entretenida, además porque las últimas cosechas de los campos de Casares habían sido profusas y en la Argentina, como él y todos sabían, no hay forma más efectiva de enriquecerse que con la venta de los productos de la tierra… Después pensó en un albergue transitorio, grande, importante, en el centro o en una zona aledaña, pero las montañas de sábanas sucias, el silencio y la media luz de los pasillos, no eran para él. La dinámica que necesitaban sus días, grises y quietos de latifundista afincado en la ciudad sin demasiado que hacer, sólo podía hallarse en un piringundín o en algo que más o menos se le pareciera. En esa coyuntura de su vida fue cuando alguien le ofreció el teatro (en ese momento era aún un teatro), y fue a verlo.

--¿¿¿Un teatro, para mostrar mujeres en pelotas??? –reaccionó su esposa al enterarse, entre airada y apabullada por la noticia. Enseguida articuló palabras vacuas y monótonas como decencia, dignidad, quedirán, familia, noche, etc. etc., y remató el desacuerdo con su interjección predilecta:- ¡¡¿¿Pero vos te volviste loco??!!

Poco le importó a Hugo la opinión de ella. Volvió varias veces a ver el edificio, refaccionó en su mente las partes que no le gustaban, imaginó las modificaciones que haría dentro de aquellas paredes para adecuarlas a su gusto, y por último sintió, en la última visita al lugar antes de decidirse, que se hallaba justo en medio de lo que venía buscando, y que si además podía ganar algunos pesos bien valdría la pena soportar por unas semanas el enojo de su esposa. Así que estiró un poco su presupuesto original, hipotecó las siguientes dos cosechas de los campos de Casares, y cerró el trato adquiriendo el inmueble. El abanico que se abría frente a él, como la cola de un pavo real, le provocaba la sensación de incertidumbre que sólo puede provenir de la aventura. No necesitaba más: ya había parado su huevo.

El teatro era un teatro entonces, con escenario, butacas de cuerina tajeada y tachas semioxidadas, pasillos recubiertos con restos de alfombra, palcos descascarados y luces lánguidas. El frontispicio evocaba glorias artísticas de indudable ranciedad, y el olor a Shakespeare chorreaba todavía por los litúrgicos pliegues del polvoriento telón de raso rojo. Era un teatro con abolengo, de los que están a mitad de camino entre un foro romano y una iglesia cristiana, y Hugo pretendía portar la bandera de la revolución (para consternación de los conservadores de la arquitectura citadina).

Cuando le entregaron el manojo de llaves pensó por un segundo en qué carajo me metí, pero salió de la escribanía y fue directo a su adquisición. Le costó un poco abrir la puerta lateral, aunque sólo era cuestión de maña. Encendió las luces, se sentó en una butaca del medio y prendió un cigarrillo, dos, tres. Con los pies apoyados en el respaldo delantero se quedó disfrutando el momento, pensando y observando las volutas de humo mientras subían al techo lejano. Tres horas le insumió decidir cuál iba a ser la fisonomía que tendría su local. Al otro día a la misma hora estaba en la misma butaca, sentado junto a un arquitecto de confianza.

De teatro sólo le dejó el nombre. El nombre y el escenario. Su primera visión era la de un mismo nivel para todo lo que allí cabría; una enorme pradera de parquet plastificado,  con una leve inclinación desde el fondo hacia la primera fila. Hizo desmontar todas las butacas y las malvendió, sólo para sacárselas de encima. Levantó las alfombras rotas y se paró en medio de la pradera para otear el horizonte. A punto estuvo de desmantelar el escenario que habían pisado ilustres histriones durante las representaciones de piezas clásicas o picarescas, pero en ese punto se detuvo y postergó la decisión para el día siguiente. Al arquitecto poco le importaba; a los operarios les daba igual: sólo era comida para la punta de los picos y martillos, para los dientes de los serruchos. Hugo creyó que era trascendental (esa palabra le gustaba) no dar la orden a la ligera, y pospuso la gran finale durante unas horas.

--El escenario se queda –informó, ordenó, sentenció, apenas entró al otro día en el edificio en obra. Hizo que el arquitecto modificara los planos e invirtió dinero extra en nivelar el piso de la sala, que de pronto se había convertido en un proscenio absurdamente erigido en el fondo de una enorme nada, de un gran agujero liso y obscuro, como un dolmen solitario a la intemperie calcolítica. Lo que iban pariendo los albañiles paraguayos era tan absurdo que comenzó a creer, por oposición, en el éxito de su empresa, que de paso –indudablemente- le daría más divertimento, mucho más, que los campos sembrados. Inmediatamente después hizo armar un mostrador largo y ancho en un costado, y acomodó mesas redondas, con sus sillas, lo suficientemente separadas para que no se disipara la sensación de amplitud espacial que imbuía el salón aún vacío. Cuando todo estuvo concluido se había convertido en el propietario de una mezcla de boliche y teatro, de discoteca y basílica, un híbrido que cualquier arquitecto con dos dedos de frente habría repudiado, excepto el hacedor material de aquel engendro, que buena plata había embolsado por someterse a sus designios. Ahora sólo faltaba la gente, y los arreglos con la policía.

El resto de la historia sucedió en dos meses y no tuvo demasiados sobresaltos. Apareció Carlos por obra y gracia del azar, recomendado por un amigo de Casares que lo tenía en buena estima y lo sabía abandonado y cesante en la ciudad. Entre los dos eligieron a las primeras mujeres, seleccionaron al personal, arreglaron con quienes había que arreglar y abrieron las puertas del lugar. Carlos comenzó a vestir de traje y corbata, sólo para desentonar aún más en un sitio que era de por sí desconcertante desde el punto de vista edilicio y en la misma concepción artística. Nada tenía demasiado sentido ahí dentro; a pesar del traje de Carlos, era la informalidad la que brotaba en sus pétalos más dogmáticos.

Hugo obtuvo la clase de vida que soñaba, y el negocio resultó más redituable de lo que había esperado; con el tiempo se fue haciendo al métier de empresario artistique y fue conociendo la trastienda de la noche, donde únicamente entran los que viven de ella. Las mujeres se convirtieron en un deleite esperado y adicional, pero los horarios de trabajo y el aroma a hembra que llevaba a la cama cuando se acostaba en las mañanas, cuando se acomodaba despacito tras la espalda de su esposa a punto de despertar, desgajaban su matrimonio y lo sostenían en el aire con la engañosa telaraña del dinero, que de a poco empezó a llegar generosamente y lo liberó de tener que invocar al cielo por la bienhechora lluvia en los campos, para que la siguiente cosecha permitiera mantener el tren de vida.

Cambió el berlina negro por una cupecita roja con llantas deportivas, adoptó costumbres en la vestimenta que le dieron color y brillo a su imagen, se puso en el dedo medio derecho (para la buena suerte) un gran anillo de oro macizo con un zafiro engarzado, y muy al principio se dejó crecer una barba cuidadosamente desaliñada, aunque pronto desistió de ese detalle porque le picaba demasiado la cara y se sentía incómodo. Si iba a ser un hombre de la noche, había que lucir como tal. A poco de haberse puesto al frente del teatro alquiló un pequeño departamento a cinco cuadras de las marquesinas y optó por darle la dirección únicamente a Carlos, a quien trataba como debe tratar un empresario a su empleado de confianza: como a un amigo, pues bien sabía que no existe amistad más leal que la establecida sobre la base de un buen sueldo.

Pocas veces tuvo Carlos que llamarlo al bulín o ir a buscarlo. Contadas veces, cuando sucedían acontecimientos graves o si se requería una decisión urgente del mandamás, o si había que llevarle alguna cosa o ir a buscar alguna otra. Esa noche Carlos pensó que el trompa podía estar en el departamentito, acollarado con la negra como solía hacerlo dos o tres veces a la semana, antes de mandarla para que cumpliera con su trabajo; tentado estuvo de preguntarle a Pilar si venía de ahí y si había dejado a Hugo solo en ese lugar, pero prefirió esperar un poco más y dedicarse a recorrer los pasillos, la sala y el vestíbulo, donde ya sacaban entrada los primeros parroquianos. Todo indicaba que esa noche se trabajaría bien; las bebidas espirituosas estaban listas, las bolsas de hielo entregadas con puntualidad, las mesas dispuestas, las mujeres se acicalaban para el show inicial, y las luces de colores tenues revoloteaban en la sala con alas de pájaro, derramando tintes que incitaban a la sensualidad y quitaban a la realidad el gris que le es tan propio.

Carlos cruzó el vestíbulo, entró en el enorme salón y caminó contorneando las mesas, para cerciorarse de que todo estuviera en orden. En el mostrador ya atendían a los primeros sedientos; uno de los cantineros le ofreció un vaso con gaseosa, que él rechazó porque era muy temprano. A mitad de la pared norte de la sala, entre el mostrador y el escenario, una puerta ancha y baja comunicaba con los camarines, el subsuelo, la tramoya, el depósito y otros recintos donde se estofaba la puesta en escena. Muchos de esos espacios presenciaban un vigoroso trajinar de personas, otros estaban abandonados, y uno, el cuartito de costura del fondo del sótano, era pisado por la planta de la única persona que trabajaba en ese cubil: Selva.

Durante la conversación que habían mantenido en la entrada, Carlos le había entregado a Selva una esquela escrita por el dueño cuando la noche previa se diluía en el albor. Una vez a la semana Hugo se sentaba frente a su escritorio y redactaba la programación de los shows para los siguientes siete días. Esta vez, el papel estaba repleto de instrucciones: las funciones tenían que ser dinámicas y variadas, porque concluía la semana y eran muchos los que iban al teatro a distraer la vista. Esa noche saldría la novia, pero también la monja, la policía, la obrera, la maestra, la dama de cuero... Selva ubicó los trajes y los llevó al camarín, justo cuando las chicas empezaban a desnudarse para ponerse sus disfraces y volver a desnudarse frente a los ojos de la concurrencia, que según se comentaba, sería más populosa que la de los anteriores viernes del mes.

--Buenas noches –saludó al entrar en el camarín, en medio de los cuerpos femeninos desvestidos casi por completo de la ropa usual-. Las primeras tres en salir serán la secretaria, la futbolista y la dama de cuero. El patrón hoy hizo cambios, así que tendremos que reorganizarnos. Acá les dejo la lista –y sujetó el papel con dos chinches en un cuadro de corcho que se usaba para informar y recordar.

Las mujeres miraron la hoja de papel con desgano; estaban cansadas, y sabían que ese era el día más ajetreado. No era simple mantenerse siete minutos sobre el escenario, jugando con el cuerpo. Por otra parte, ninguna deseaba abrir el espectáculo, porque en ese teatro en particular era mala suerte.

Miranda intervino para agilizar la cosa.

--Vamos, señoritas, hay una sala con hombres que quieren ver sus culitos y sus tetitas. A ver si se ponen las pilas, así arrancamos de una buena vez.

--Salí vos, que estás tan animada –bromeó Estela, afectando enfado por el apremio.

--Dale, cabeza de fósforo, dejate de joder y ponete el vestidito de la secre, que te queda pintado. –Arrimó la cara a la de su compañera para redondear la burla:- Vení, dame un besito…

--Salí, pesada…

Estela la apartó con suavidad, pero el piropo no le desagradó por completo. Selva la ayudó a ponerse la lencería negra, la camisa ajustada, el tailleur corto, los anteojos. Le recogió el cabello en un rodete que ella dejaría caer inmediatamente después de su falda, la maquilló y revisó de cabo a rabo, y habiéndose asegurado de que estaba lista para abrir la gala siguió con las otras chicas, en el orden que le habían proporcionado para esa ocasión.

Gaby era la que tenía cuerpo más delgado y a la que mejor le quedaba el equipo de fútbol con los colores de la selección nacional, además del hecho de que se había criado con cinco hermanos y era capaz de hacer algunos jueguitos con la pelota que a la platea futbolera encantaban, antes de suplicarle con silbidos que se sacara lentamente la camiseta y el pantaloncito y quedara en ropa interior, frotándose el cuero de la pelota por el cuerpo como si fuera un pene esférico. La bombacha también tenía los colores patrios, y aunque para algunos eso era una afrenta, la mayoría lo tomaba como una festividad chauvinista.

Selva necesitaba tener a tres chicas preparadas para salir a escena antes de que comenzara el show; de esa manera organizaba mejor su tiempo con las demás, y hacía girar la rueda de las salidas. A partir de ese momento, y hasta el primer intervalo, ya no tendría tiempo ni siquiera para ir al baño, porque las chicas demandaban toda su atención.

Estela aguardaba que le dieran la indicación de salida mientras conversaba con Miranda en un rincón del camarín. Selva peinaba a Gabriela en un sillón, de la fila de cuatro que había, y miraba su rostro juvenil en el enorme espejo de luna rodeado de luces que otorgaban a la piel un aspecto fantasmal.

--Estás loca –le dijo Selva, y Gabriela no pareció escucharla.

--Peiname bien. Esta noche quiero que me vean muy linda.

--Gaby, no me hagas esta broma, por favor. –Acercó la boca al oído de la muchacha y le susurró:- Guardé lo que me diste, pero sólo por un rato; antes de que te vayas te lo devuelvo y te vas a tu casa sin pensar en hacer locuras.

Gabriela sonrió.

--Quiero que lo conserves. O que lo vendas, pues el dinero te vendrá bien… -Revisó su peinado en el espejo e hizo un gesto de aprobación.- ¿Te gusta cómo tengo el cabello hoy? Le puse una crema de enjuague nueva.

--Tu cabello es precioso… Oime, no se jode con estas cosas…

El encargado del escenario dio dos fuertes golpes en al puerta y gritó desde el pasillo:

--¡Cinco minutos para salir! ¡Está llegando mucho público!

--¡Qué nochecita nos espera! –exclamó Selva, y se dispuso a dar los últimos retoques al peinado de la futbolista- ¿Te gusta así? –inquirió.

--Si, me da un aspecto deportivo y me hace más joven. Esta noche los voy a hacer bramar, vas a ver.

--No te pases de la raya. ¿Realmente querés salir a escena? ¿Te sentís bien?

--Me siento mejor que nunca. Tratá de oír el rugido de esos babosos cuando me plante frente a ellos; te aseguro que no se van a olvidar de mí.

Selva la tomó de la muñeca cuando se levantaba del sillón.

--Gabriela, ojo con lo que hacés. En el escenario y en la vida. ¿Entendiste?

La muchacha soltó una carcajada.

--¡Me gustaría sacarte una foto, con la cara que tenés ahora! ¡Ja ja! Relajate y no te preocupes por nada. Cualquier cosa que haga o que me pase, será mi decisión. –Liberó su mano y dejó el sillón libre a Luisa, que esperaba detrás de ellas.

Selva tragó saliva y vio que Gabriela levantaba la pelota y comenzaba a practicar algunas cabriolas. Se la veía radiante, muy hermosa y lozana, en las antípodas de una mujer que está por quitarse la vida. Pensar que la nona, con sus ochenta y dos años, quería vivir, y esta piba habla de ir en contra de la naturaleza, ¡la puta madre!

Luisa la sacó de sus pensamientos.

--¿No te parece que esas dos secretean muy acarameladas? –preguntó la dómina, después de pedirle que le preparara un rodete firme y compacto sobre la nuca y la maquillara sobre una base de negro que hiciera juego con sus ropas de cuero.

La acotación era atinada. Observó un momento a Miranda y Estela y pensó que aunque sabía que se entendían bien, nunca las había visto conversar con las caras tan arrimadas. Sonrió y sospechó lo mismo que había sugerido la pregunta de la otra.

--Puede ser. A lo mejor en algún momento salen a escena juntas.

--¿Como nosotras? –terció Romina, que se peinaba en el sillón contiguo- ¡No lo creo!

--No de la misma manera –explicó Selva-, pero dos mujeres en el ruedo pueden hacer un sinfín de cosas interesantes.

(…cinco, seis, siete, ocho, nueve… contaba Gabriela los rebotes de la pelota sobre su pie derecho, desentendida del entorno.) Borges, en bombacha y con los pechos al aire, se acercó a ella y se quedó admirando su destreza con el balonpié.

--Veo que estás mejorando…. ¿También practicás en tu casa o sólo acá, antes del show?

Gabriela sonrió sin apartar la vista de la pelota.

--(…quince, dieciséis, diecisiete…) Antes jugaba con mis hermanos, pero dejé de acompañarlos a la cancha hace mucho. (Veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco…)

En ese momento Laura salió del baño con la esclerótica irritada, caminó con lentitud entre sus compañeras y dejó caer el peso de su cuerpo en un enorme sillón, al lado de donde Pilar se pintaba las uñas de los pies; el sobresalto provocó que el pincel se le cayera al piso.

--¡Ehhh, ten cuidado! ¡Te arrojas como un saco de patatas!

 Pero Laura no contestó. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Miranda dejó a Estela junto a la puerta del camarín y se acercó para intervenir.

--Laurita –le dijo, tomándola por un hombro-, estás hecha mierda. ¿Qué carajo tomaste? –Pero no hubo respuesta. Miranda se quedó mirando el cuerpo letárgico y preguntó a Selva si podía reemplazarla otra de las chicas en el primer show, mientras ella le conseguía una gran taza de café.

--Le toca la monja; tiene como veinticinco minutos. ¿Qué hacemos? –indagó Selva, mientras ajustaba la ropa de cuero sobre el cuerpo de Luisa.

En ese momento Laura abrió los ojos, se paró a los tumbos y miró a su alrededor con una mezcla de furia y rencor.

--Pero… ¿por qué no se meten en sus cosas? ¡Una no puede cerrar los ojos sin que le rompan las pelotas!

--Oime, che, nos preocupamos por vos; parecés un cadáver. Así que no te hagás la cocorita y dejá que te ayudemos un poco. Te voy a conseguir un café…

Las manos de Laura se crisparon, y por un momento pareció que iba a abalanzarse sobre Miranda con las pocas fuerzas que parecía tener.

--¡Metete el café en el culo! –escupió- Y vos, Selva, cuando quieras vestime con los hábitos. ¿O acaso no soy una monjita? –Soltó una carcajada y empezó a desnudarse con lentitud y desmaña.

Miranda y Selva intercambiaron una mirada de inteligencia, que llevado a palabras podría haber sido “¡Me dan ganas de matarla! Dejala, está mal y es mejor no exaltarla.”

--¡Un minuto! –se oyó del otro lado, después de dos golpes enérgicos sobre la puerta- ¡Vamos con la secre!

--Preparada –respondió Estela, y tomó el picaporte para abrir y salir.

Hasta el camarín empezó a llegar el sonido de la cortina musical que marcaba la apertura del show de las once. Después sonaron las palabras del animador en off, que venían lejanas y sólo inteligibles a fuerza de escuchar las mismas frases una y otra vez.

--Ya vuelvo –dijo Estela, y abrió la puerta. Miró a Miranda y advirtió el sutil movimiento de los labios de la gladiadora que tomaban la forma de un beso. Sintió que algo se conmovía en ella, y salió. Caminó por un largo pasillo, entre gente que hacía su trabajo y no la veía ni cuando iba ataviada ni cuando volvía vestida sólo con la piel. Pasó junto a la cabina de sonido y llegó a la breve escalera que desembocaba en el escenario. Subió los peldaños de madera crujiente mientras oía que comenzaba a sonar la canción que acompañaba su acto. Se acomodó los anteojos que formaban parte del disfraz y dio sobre el escenario los primeros pasos sensuales, frente a la vista del público. Un aplauso cerrado la recibió, algunos silbidos de aprobación, comentarios subidos de tono y tintinear de vasos. Entre los haces de luz que la bañaban por completo pudo vislumbrar que el salón estaba bastante poblado, tomando en cuenta que era el primer show.

Pensó en Miranda, en la obscenidad del beso con que la había despedido, y se dejó llevar por la cadencia de la música.