21:31 -22:25

El taxi estacionó justo en la puerta del teatro. Sonia pagó y bajó. Carlos le notó los ojos acuosos y ojeras de pesar, pero como era una mina rara y pasó a su lado con un saludo displicente, no le hizo demasiado caso. Además, hacía apenas diez minutos que había llegado, y estaba apostado en la puerta principal del teatro únicamente para atajar a Hugo en cuanto apareciera con su sonrisa habitual de feliz cumpleaños y para decirle a ver si podían echarse un párrafo. ¡ qué cumpleaños!, pensaba; justo era él quien tenía que agriarle la fiesta esa noche, la fiesta que era la vida para Hugo, y encima después bancarse el chubasco y hacerse el boludo como perro que volteó la olla. De manera que cuando vio pasar a Sonia (con la cara de loca habitual pero mostrando indicios de haber abierto la tranquera de los ojos a una pena desbocada como caballo sin jinete) le devolvió el saludo en un tono de similar laconismo y siguió parado ahí con las manos trenzadas sobre el bajo vientre y el gesto insociable, sosteniendo una hierática presencia que era una mezcla de portero y centinela e infundía respeto a curiosos e impertinentes.

Informado por un empleado de que un momento antes que él había llegado Pilar, bien despachada como siempre pero con cara de culantro, se sintió tentado de ir a golpear la puerta del camarín y exigirle que le dijera de frente manteca si era sidosa o no, si era ladina o no, pero se sofrenó en seco y prefirió no levantar la perdiz con tan poca carpa, ya que al fin y al cabo era el encargado de mantener el orden en aquel lugar, el ladero de confianza del caporale, y no podía hacer quilombo sin pensar en las consecuencias ni meterse a guapo nada más ni nada menos que con la mina del trompa, a riesgo de quedar como un perfecto pelotudo.

Entonces decidió esperar y apretar las cachas para dominar los nervios.

Una a una ya empezaban a desfilar las minas por la entrada, tal como eran en realidad. La verdadera exhibición era esa, y no la que el público pagaba para ver sobre el escenario, el de mujeres que despertaban admiración y deseos y pasiones y. Cuando pasaban a su lado en la gran entrada del teatro acarreaban los vicios, tristezas y miserias de los que se despojaban junto con la ropa, a punto tal que muchas veces llegó a preguntarse si cuando se ponían en pelotas en realidad no se estarían purificando de las desgracias que las agobiaban.

--Hoooolaaaaa.

El saludo de Gabriela lo sacó de su abstracción. Era una piba simpática, joven, muy afable, y la única que le suscitaba un qué mierda hace acá; se notaba que venía de buena madera porque nunca se metía en bodrios ni participaba en los contubernios del camarín que las demás cultivaban como un deporte. También asomaba el qué hace acá cuando le miraba las patas flacas y el lomo huesudo de jamelgo viejo, pero Hugo le había explicado una vez que funcionaba de separador en el show, y le pareció razonable. Lo que más le gustaba de ella era su humor constante, sin altibajos: saludaba siempre con la misma entonación, paladeando las vocales, y cuando necesitaba algo lo pedía con el infaltable por favor. Lejos estaba de creerse una diva al estilo de muchas de sus compañeras, bataclanas baratas (o atorrantas caras) con pretensiones artísticas. ¡Y una piba así intentaba hacerse boleta, será de Dios!

Cuando miró a la derecha vio que Selva se aproximaba con un niño de la mano, y se entretuvo en analizarla con atención en el intervalo de tiempo en que tardó en llegar junto a él. Le pareció una linda mujer, suave en el trato, excitante. En esa noche en particular la vio preocupada como paloma de mago, pero eso no le quitaba sensualidad. No quiso desperdiciar ese momento preguntándose por la presencia del niño, porque lo sabría apenas conversaran; sólo meditó acerca de la forma extraña que tiene la mente de decirnos algunas cosas, pues mientras unas pocas mujeres del teatro lo calentaban y se imaginaba cogiéndolas con impiedad, en cambio cuando ideaba un posible encuentro con Selva se veía haciéndole el amor con ternura e introduciéndole su orondo pene con la suavidad necesaria para colmarla sin provocarle dolor.

El saludo de Selva puso fin a estos pensamientos. Carlos hizo lo propio con la mujer y con el niño, que ella le presentó diciéndole simplemente es mi hijo. El niño no se parecía en nada a la madre; intentó ver en él al padre y no imaginó una pareja así. Selva no dio lugar ni tiempo para preguntas; comenzó a soltar a borbotones sus infortunios de las últimas horas, evidenciando que había madurado en exceso los detalles de aquella charla. El colofón de sus palabras pusieron a Carlos en la incomodidad de tener que tomar una decisión complicada.

--Es imposible, Selva –le respondió después de morderse el labio inferior, gesto que denotaba en él la contrariedad entre lo que debía y lo que deseaba hacer.

--Usted sabe que si vengo a trabajar con mi niño, sólo por esta noche, es por un motivo importante.

--No digo que no, y en verdad lamento sinceramente que haya perdido a su madre y que ahora no pueda estar despidiéndola… ¡Pero póngase en mi lugar…!

Selva miró a Carlos y notó lo poco que sabía de él. Estaba cansada, sin deseos de discutir, pero decidida a sostener su petición alegando las dos aristas incontrastables de su verdad: la necesidad de no perder el día de trabajo y la imposibilidad de llevar al chico a casa hasta que hubiesen trasegado a la difunta al cementerio.

Borges pasó junto a ellos y los saludó. Llevaba su infaltable libro debajo del brazo y un pucho colgando de la mano derecha. Carlos le hizo un gesto de espera a Selva para decirle algo a la recién llegada:

--Borges, en lo posible tratá de no fumar en el camarín; algunas de las chicas se quejaron y…

--¿Me está cargando? –replicó la muchacha, molesta por la recomendación- Usted sabe que hay algunas que hasta se drogan en el camarín... Este es un vicio social, un vicio sano. ¿Usted no tiene ningún vicio?

Carlos no respondió; sólo hizo un ademán de molestia, de esos que se pueden interpretar como hacé lo que quieras, y dio por terminado el asunto.

--Nos vemos adentro, Selva –saludó Borges, y marchó rumbo al camarín.

--¡Qué cabrona, no se le puede decir nada! –exclamó el encargado con obvia contrariedad- Pero volvamos a su asunto. ¿Dónde estábamos?

--Le decía que haga una excepción por esta noche y me deje entrar con él –y levantó la pequeña mano de su hijo-. Lo único que necesito es un lugar apartado donde ponerlo a dormir. Está cansado. Venimos del cine y de comer una porción de pizza… Va a dormir toda la noche de un tirón… -Luego musitó:- Necesito este trabajo, Carlos.

Carlos comprendía bien las dificultades que le relataban y fue descubriendo que su negativa perdía contundencia con cada palabra que oía, pero no a causa de la convincente explicación que ella le derramaba en los oídos sino simplemente porque quería ayudarla, entre otras cosas debido a que era una buena persona. La miró con menos inclemencia y confirmó que la mujer que estaba frente a sus ojos, con su hijo de la mano, poseía una belleza diferente a las de las streaptiseras que se exhibían sin misterio. Llevaba bordado en el rostro el dolor de una vida fatigosa, y esos pliegues, hermosos a su manera, se exhibían realzados por la tragedia de ese día. 

Detrás de ellos se oyó la voz de Miranda, que llegaba junto a Estela; las dos mujeres se unieron a la conversación.

--¡Vamos, Carlos, no te hagás el duro! Vos sos un gaucho de tierra adentro, ¡no podés fallarnos! –instó Miranda, denotando que estaba enterada de todo el asunto.

--Selva no le pediría esto si no fuese estrictamente necesario –terció Estela acomodándose el pelo rojo.

--¡Epa epa! ¿Qué hacen ustedes llegando juntas?

Miranda tomó a Estela del brazo y la acercó a su cuerpo.

--Somos amigas, ¿no? ¿Qué tiene de extraño que lleguemos juntas?

--Vamos, ¡a trabajar! Selva no necesita una sociedad de fomento –dijo Carlos-… Veremos cómo se arregla esto –se ablandó.

--Te vemos adentro –auguraron las dos mujeres a Selva, y entraron al teatro guiñándole un ojo.

--Parece que su causa es muy popular…

Selva lo miró en silencio. Se había quedado sin palabras, pero en los ojos de él vio que ya no necesitaba agregar ninguna otra cosa. Sólo se quedó parada frente a él, a su merced, oprimiendo la mano de Martín.

Por el rabillo del ojo Carlos vio entrar a Anabel. A la otra negra no podía encararla, pero a esta sí. Pensó en hacerle preguntas en algún momento de la noche, en alguno de los descansos entre  presentaciones, para saber si era ella la paciente mencionada por su amiga enfermera. Aquel asunto lo preocupaba hasta la irritación, no sólo por Hugo, sino también porque cuando las chicas se enteraran de que una de ellas era portadora de sida el fastidio cundiría en el inflamable camarín. Estas reflexiones hicieron que deseara solucionar cuando antes el asunto de la costurera.

--¡Está bien, está bien! Vamos a hacer una cosa –consintió al fin-: lleve al chico a la sala de costura del sótano y asegúrese de que no salga de allí en toda la noche. Intentaremos que nadie lo vea, para no exponernos a perder el empleo ni usted ni yo.

  Selva respiró hondo, aliviada, y dejó su ¡gracias! flotando en el aire alrededor de Carlos, antes de bajar al sótano con su hijo. Él se quedó pensando en que acababa de poner en riesgo su trabajo y la propia confianza de su empleador, a quien no enteraría de su permisividad porque tenía otros asuntos que tratar con él y porque seguramente Hugo lo miraría con la expresión grave que ponía cuando se molestaba y le diría ¡cómo mierda pudiste hacer semejante cosa! Normalmente no se habría reblandecido con tanta facilidad ante un pedido de tal naturaleza, a punto tal que estaba convencido de que si hubiese sido cualquiera de las otras la que hubiera solicitado entrar al teatro con un niño, no habría obtenido su permiso… Pero Selva era una mujer especial.

Luisa y Romina entraron en el edificio con prisa; miró su reloj y constató que habían pasado algunos minutos de las diez de la noche. La historia de esas dos mujeres le provocaba curiosidad. Sabía que ninguna de las dos era lesbiana, porque una lesbiana es algo que se reconoce a la legua como caballo de Troya, y sin embargo andaban juntas y jugaban a esa cosa rara del sadomasoquismo en el escenario y en la vida, muy cerquita una de la otra, cuidándose y brindándose todas las atenciones.

Justo detrás de ellas llegó Susana, loca como una cabra y obsesionada con el asuntito del medioambiente y de la ecología como si en el país no hubiera cosas más importantes de que preocuparse; alguna que otra vez habían sostenido una pequeña charla relativa a las ballenas y demás yerbas, pero la verdad era que a él le importaba un comino si las ballenas se salvaban o si los japoneses las pasaban por una picadora y las convertían en aceite o se las morfaban sin demasiadas consideraciones, aunque por respeto le siguió un rato la conversación y aprovechó para mirarle las tetas de cerca… ¡y el puto de Hugo que no aparecía!

Carlos entró en el hall del teatro y preguntó a un ayudante que estaba en la boletería si aún faltaba que llegara alguna de las chicas. Él había visto pasar a varias, pero durante la conversación con Selva había dejado de prestar atención al movimiento del personal. Le respondieron que una había llamado recién para avisar que no se presentaría por problemas personales, y que de otras dos no se sabía nada.

--Bastante bien –comentó-. Eso quiere decir que tenemos una docena de potrancas en el corral. Con esa cantidad podemos trabajar… -Cambió de tema abruptamente, afectando  que la pregunta le venía a los labios por azar:- ¿Se sabe algo de Hugo?

 --Nada. Debe estar por llegar.

No pudo evitar un gesto de contrariedad, tan fugaz que el otro no lo percibió.

--Voy a dar una vuelta por la sala –dijo-. Si surge cualquier problema me llamás… Y si viene Hugo avisame enseguida, pero con carpa.

--Está bien, señor.

Selva ya estaba en las entrañas del teatro. Pasó de largo frente a la puerta entornada del camarín, de donde comenzaba a brotar la trapisonda provocada por la suma de voces femeninas que intentan hacerse oír, y bajó la escalera sin soltar la mano de Martín. La sala de costura era un cuchitril que estaba al final del subsuelo, pequeño y con poca luz. Había una máquina de coser, retazos de varios colores, tijeras, algunas botellas con quitamanchas, una radio que se encendía de vez en cuando, botones, lentejuelas y artículos de mercería. Selva dejó un momento a su hijo y fue a buscar unas mantas que alguien había apilado en el depósito, vaya a saber con qué propósito; volvió e improvisó con ellas una cama en el suelo, a un costado de la puerta gris. Le quitó los zapatos al niño, le puso su pijama celeste y lo acostó a dormir.

--Vos me preguntabas siempre por mi trabajo, y ahora ya lo conocés. Hijo, tenés que dormir acá y no salir para nada, mientras mamá trabaja en el piso de arriba, muy cerquita de vos… Voy a venir a verte de a ratos, mi vida, no te inquietes. ¿Está bien?

--Mami, ¿por qué no duermo en casa?

--Es únicamente por hoy. Mañana hablaremos y te explicaré.

Lo besó en la frente, sobre la almohada preparada con géneros. Apagó la luz, cerró la puerta y fue a hacer lo de todas las noches.