21:07 -21:45

De lejos, Miranda parecía un oso polar. Selva aferró en un acto reflejo la mano de Martín, que caminaba a su lado distraídamente. Su primera intención fue cruzar la calle, hacerse la desentendida, virar. Su segundo plan fue continuar caminando por la misma vereda al encuentro del oso, que venía en sentido contrario absorta en sus pensamientos y sin visible prisa, de seguro rumbo al bar de Maipú y Lavalle a tomar una cerveza antes de entrar en el teatro. Cavilosa y adusta, parecía otra. Selva pensó que estaba observando a la persona que se escondía tras la máscara de la Miranda festiva y desinhibida de cada noche, y se dijo que era una buena mujer… o un buen tipo con concha, como a ella le gustaría ser catalogada. Como sea, la intención A y el plan B estaban destinados a malograrse, porque Miranda la descubrió entre la gente que atestaba la vereda y caminó con paso vivaz hacia ella, llamándola y haciéndole señas como si se estuviese ahogando en el medio del océano.

--¡Selva, Selva!

Cuando estuvieron a poca distancia, el oso (o la osa, o las dos cosas a la vez) descubrió al hijo de su compañera, y el repentino asombro la dejó un instante sin saber qué decir, pero se recompuso enseguida y no se privó de mostrar su extrañeza.

--¡Ah, pero ¿y este caballero?! Debe ser Martín, tu hijo, claro… ¿Cómo estás, pibe?

Martín la miró de abajo arriba como a un ejemplar del zoológico, pero no respondió.

--Saludala. Es Miranda, una amiga. Dale, decile hola –apremió Selva.

--Hola…

--Qué lindo es. Te felicito… Si estás con él, supongo que hoy no vas a trabajar. ¿Ya le avisaste a Carlos?

La gente pasaba junto a las dos por ambos lados, esquivándolas en el medio de la acera. Selva deseaba salir de esa situación con rapidez, para no seguir estorbando a los transeúntes y por el fastidio de tener que explicar qué hacía con el niño tomado de la mano a esa hora. Por otra parte, sabía que las aclaraciones iban a menudear apenas se acercara a la puerta del teatro y se encontrara con la gente que trabajaba ahí, de manera que decidió entregarse a lo inevitable y le hizo a Miranda un resumen de lo nefasto que había sido para ella el día que estaba por terminar.

--Che, qué macana, pobrecita… Lamento lo de tu abuela… Lo que no creo es que Carlos te deje entrar con él –y señaló a Martín-. Si la yuta cae… y lo encuentra... se arma un despelote de la San Puta –reparó en el niño y se tapó la boca-, ¡perdón!, de la San Pipeta...

--No hay problema –la excusó Selva, más preocupada por los agüeros de la otra que por su forma de expresarse-… Te digo la verdad, espero que Carlos me dé una mano en esto, porque no tengo otra solución, y vos sabés… necesito trabajar…

--Te entiendo… -Miranda sonrió con picardía, la codeó en un gesto de complicidad y se largó a reír.- Hay algo que podés hacer para convencer a Carlos, bombón. Regalale un mimito y te deja entrar con un elefante africano. ¡Ja ja!

--No bromees, Miranda…

--¡En serio, mujer! Vos no te darás cuenta, pero el tipo te mira como para comerte. Intenta disimular, pero los colmillos le asoman cuando pasás.

Las dos rieron. Selva había notado esas reacciones en Carlos, pero no quería darse por enterada aún, menos que menos en esa noche de tanta complicación.

--Voy camino a tomar una cerveza. ¿Venís conmigo? Yo invito. Y para tu pichón compramos algo rico, porque debe ser goloso como todos los pendex.

--Recién salimos de una pizzería. Ya comió y tomó, y yo también. Antes de eso fuimos al cine y paseamos un rato. El pobre está cansado de tanto andar… Otra vez será, Miranda. Gracias.

--Cuando quieras. Y lo que necesites, decímelo; si te puedo ayudar, encantada. –Escrutó a Selva con la mirada y la tomó de la mano. Nunca la había visto tan abatida.- Vamos, mujer, ¡ánimo! Dios aprieta pero no ahorca. ¿Entendés?

--Si, tenés razón. Además, debo ser fuerte… por mi hijo…

--Después de que convenzas a Carlos vamos a buscar un buen lugar para que tu hijo duerma. El rincón ideal sería el cuarto de costura, ¿no? Ahí no se escucha tanto el bochinche y nadie lo va a molestar.

--Había pensado exactamente en eso. Tengo algunas mantas por ahí, y con ellas le improvisaré una cama. Es sólo por hoy –se excusó.

--Vos tranquila. Poné tu mejor cara, usá tus encantos y hacé notar un poquitito la prominencia de tus pechos. Carlos no va a ser insensible a eso.

Selva sonrió. Jamás había pensado en seducir al adusto encargado del teatro, pero si una ocasión lo ameritaba, ésta era.

 

 

Anabel, recién bañada, se peinaba frente al espejo. Le gustaba terminar de atender a un cliente alrededor de las nueve de la noche porque en el albergue transitorio se podía bañar con más comodidad que en la pensión, donde compartía un baño muy transitado y abandonado de la mano de un buen plomero. El cliente observaba desde la cama cada uno de los gestos de la mulata como si admirase una obra de arte en movimiento. Anabel descubrió la cara satisfecha del hombre en un ángulo del espejo y le sonrió sin dejar de pasarse el grueso peine que siempre llevaba en la cartera.

--¿Te gusto? –preguntó.

--Me gustás, Anabel. Y mucho más desde que hablás en español, lo cual tomo como una deferencia.

La carioca dudó un instante sobre los alcances del término “deferencia”, pero la entonación con que el hombre había dicho la frase, la expresión facial y la mirada límpida despejaron todas sus dudas acerca de lo que palpitaba detrás de las palabras.

--Hablo muy poco español con los clientes; sólo con aquellos que me parecen especiales, y no son muchos.

--Ahá… ¿Y qué otro privilegio tienen, o tenemos, esos clientes selectos?

Anabel terminó de peinarse y se sentó en el borde de la cama, sin haber subido el cierre del pantalón ceñido que usaba para trabajar y con el torso aún desnudo.

--Sos muy curioso, como todo argentino –dijo, y buscó la pregunta en los ojos expresivos de él-. El resto es un secreto profesional, pero lo que siento con estos clientes, y lo que les ofrezco, es más de lo que pagan. Espero que esa respuesta te alcance.

Él la tomó con suavidad por los brazos y la recostó sobre su pecho.

--¿Te puedo ver otra vez?

--Claro que sí. Siempre me vas a encontrar en esta calle.

--Volveré pronto, no sólo por el sexo sino porque quiero saber más de vos.

Anabel se sintió vulnerable en los brazos del cliente, reclinada en él, más que cuando la había penetrado, gozado, comprimido, saboreado. Se incorporó y fue a buscar la blusa abandonada en el apuro a los pies de la cama.

--Es raro lo que dices. ¿Para qué quieres saber más de una prostituta brasileña? Es como si yo te preguntara a ti de qué trabajas, cuántos hijos tienes o el nombre de tu esposa… No vale la pena, créeme. Ven a mí sólo por sexo.

El hombre dio un brinco y salio de la cama. No dijo nada más y fue al baño a darse una ducha. A la mulata le agradó la muestra de confianza que él le otorgó al dejar en la mesa de luz su reloj y su billetera, algo que ningún cliente solía hacer por miedo a que la prostituta también fuese ladrona. En la mayoría de los casos ambas faenas eran casi inseparables, pues no conocía a ninguna colega que no hubiese aprovechado una buena ocasión para alzarse con un poco de dinero extra. Ella misma, alguna que otra vez… Pero a ciertos hombres no los victimaba de esa manera, válgame Dios. Aquellos que le provocaban tanto placer como el que ahora se bañaba a metros de ella estaban dispensados de semejante trato.

--Soy médico –le oyó decir desde debajo de la ducha.

Anabel entreabrió la puerta del baño y asomó la cabeza a una nube de vapor que envolvió su negritud.

--¿Qué dijiste, bonito?

--Dije que soy médico. Tengo dos hijos, y mi esposa se llama Telma.

Regresó al dormitorio y terminó de acicalarse. Miró la hora en el reloj de él e imaginó la impaciencia de su marido, abajo, en la calle, disgustado al pensar que llegaría tarde al teatro. Estuvo a punto de pedirle al médico que se apurara, y no lo hizo. En lugar de eso se sentó en la cama a esperarlo. Parecía un buen hombre en busca de afecto, sólo que él no podía comprarlo ni ella venderlo. Elevó la mirada y quedó enfrentada a su propia imagen, que le devolvió a una Anabel mucho más carente de afecto que cualquier hombre que requiriera sus servicios, sola, descuidada y triste.

Algo en el espejo llamó su atención; se levantó y se acercó casi hasta tocarlo con la cara. Si los ojos no le habían trampeado la realidad, un pájaro negro, una sombra, un fantasma había aleteado junto a su cuello y dejado en él la estela negra de su paso. Giró la cabeza hacia la derecha hasta donde pudo sostener la mirada en línea recta, corrió algunos centímetros el borde izquierdo de su blusa, apartó el cabello, comprobó y pensó.

La marca oscura que descubrió, del tamaño de una gema, negra en el centro y rosada hacia los bordes, no estaba allí el día anterior. Repasó mentalmente las últimas horas y no recordaba haberse lastimado esa zona de ninguna forma. A los clientes no les permitía que le mordieran el cuello, y el doctor había sido muy delicado en ese aspecto, aunque sí había apretado sus dientes en el clítoris carmesí, sosteniéndolo un instante.

Se humedeció la yema de dos dedos y frotó sin dejar de mirar lo que hacía su reflejo, pero la mancha permaneció intacta. Anabel se acomodó la blusa de nuevo, tapó la mácula cutánea con su cabello y se sentó en la cama a seguir esperando al doctor, justo cuando éste salía del baño secándose con un toallón blanco que tenía impreso el nombre del hotel.

--Qué calladita estás, Anabel. ¿Te pasa algo?

La mulata carioca no respondió. Se limitó a sonreír como si llorara. Sintió que el frío del pánico le recorría la espalda.

 

 

Estela siempre llevaba el auto al estacionamiento de Corrientes casi esquina Maipú. No era barato dejarlo toda la noche, pero lo que ganaba exhibiendo su cuerpo desnudo le permitía solventar tal servicio. Se quedaba tranquila: el auto estaba a resguardo de chorros, vándalos y de la grúa municipal, que en dos minutos levantaba y acarreaba al corralón cualquier cosa estacionada en lugares prohibidos. Buenos Aires había quedado chica, pero el auto era una necesidad vital para ella, pues deseaba salir de la ciudad unos minutos después de abandonar el teatro,  regresar a su barrio de bulevares y gente sin apuro.

El chico que estacionaba a esa hora había presenciado  en una ocasión el show de la desnudista y la conocía sin ropas; Estela reconoció su cara mientras se quitaba la bombacha y le regaló un guiño de complicidad que sólo tenía que ver con la gentileza. Desde esa noche el muchacho se turbaba cuando ella le entregaba la llave y le decía “cuidámelo como si fuera tuyo”; jamás aceptaba una propina, y a la pecosa le enternecía su cara imberbe y la sonrisa de chico que ha sido descubierto pasándole un dedo a la torta recién decorada.

--Cuidámelo como si fuera tuyo –le pidió como todas las noches.

--Si… si…, no se preocupe… Si. –respondió él con esmero, al mismo tiempo que le entregaba el ticket. Después subió al auto y desapareció con lentitud por una rampa lateral que ascendía en 45 grados.

Caminó hacia la noche. Cinco minutos en la entrada del estacionamiento, donde se respiraba olor a hidrocarburos en medio de una atmósfera espesada por el calor emanado de la combustión, le bastaron para valorar el aire de la noche, aunque fuera el del centro. Caminó con lentitud y dobló en Maipú, más estrecha y desvalida a la hora en que comienzan a circular los menesterosos y  exhuman una indigencia que el sol camufla con mayor eficacia. Se encontró a sí misma en medio de un paisaje lunar y confuso que no era más que el reflejo de sus propias vacilaciones. Entonces vio el cartel de neón azul y rojo sobre el bar donde Miranda tomaba algo antes de ir al teatro y supo que sus pasos la habían llevado inequívocamente hacia allí. Por un instante comprendió el desasosiego del chico del estacionamiento; sintió esos mismos nervios cuando vio a su compañera a través de un escaparate de fondo abierto, sentada a la barra con una botella de agua mineral que giraba en una mano y observaba como un entomólogo ante un raro espécimen. Estela la miró y sonrió al pensar que conocía bastante bien a Miranda y sabía que aunque invitaba a tomar (o decía que iba a tomar) “una cervecita” en realidad había que pensar en dos medidas de hidrógeno y una de oxígeno, porque uno de los requisitos para conservar su cuerpo con tal esplendidez era mantenerse alejada del alcohol.

Dio dos pasos hacia la puerta y entró. Miranda se sobresaltó cuando sintió la cálida y pequeña mano en el hombro, y cuando giró la cabeza y vio la cara pecosa de Estela y su cabello colorado tuvo que contener la sorpresa.

--Hola, Miranda.

--¡Hola! ¿Qué hacés acá?

--Como siempre decís que venís a tomar una cervecita a este lugar decidí pasar a ver qué tiene de especial.

--¿De especial? Nada. No tiene nada de especial, pero es tranquilo.

Estela se sentó en el taburete contiguo y las dos se apoyaron en la barra, mirándose.

--Lamento decirte que acá te estafan, Miranda, porque la cerveza que te sirven es un poco aguachenta.

--Qué graciosa que estás. ¿Te comiste un payaso? –observó Miranda, y le ofreció una cerveza de verdad.

--Una cerveza no, pero un café me vendría muy bien.

--Ya mismo. –Chasqueó los dedos y llamó la atención del encargado.- Che, Manolo, traéme un café para mi amiga. –La miró de reojo como si la evaluara y agregó:- En un jarrito y con un plato abajo, porque ella es una dama.

Estela se sintió halagada pero no hizo comentarios. De alguna manera estaba perdiendo la voluntad junto a la gladiadora, y aún no lograba saber si eso le provocaba excitación o simplemente curiosidad. Se preguntó qué hacía ahí, y desistió de darse una respuesta obvia. Miranda le contaba algo de Selva, de que la había encontrado en la calle con el hijo, algo de una abuela, pero la escuchaba sin entender, haciendo lo posible para que no se notara lo distante que estaba de ese momento y de ese lugar, pero no sola sino con su interlocutora.

De pronto se hizo un silencio que Estela tardó en asimilar. Cuando levantó la mirada del café que bebía a sorbitos se enfrentó con los ojos de su compañera y con su silencio y con su presencia.

--¿Por qué me mirás así? –inquirió.

--Porque quiero saber qué te trajo acá, y no sé si me lo vas a contestar.

Estela experimentó la sensación de alguien emboscado detrás de una roca a quien súbitamente le quitan la roca y dejan sin parapeto.

--Dejame tomar el café y te lo digo –respondió.

 

 

Selva estaba a una cuadra del teatro, cuyas marquesinas vio ya iluminadas.

--Ahí trabaja mami –le señaló a Martín.

La voz de Gabriela, justo detrás de ellos, interrumpió la respuesta del niño.

--Selva, esperá

Selva dio la vuelta y la vio, radiante y juvenil. Se había maquillado con más esmero que otras noches, vestido con las mejores ropas, y sonreía al hablar. Le dio un beso en la mejilla y puso otro en la de Martín.

--Antes de entrar quiero decirte algo, y te encarezco que me guardes el secreto. ¿De acuerdo?

--De acuerdo –accedió Selva con un tono de extrañeza.

--Tengo una cadena y un anillo de oro, y quiero dártelos. Tomá –y puso el metal dentro de la mano de Selva asegurándose de que  lo retuviera cerrando la palma, como si se tratara de un pájaro que podía escapar.

--¿Y esto por qué?

Gabriela la separó dos metros del niño, para que la confesión fuese totalmente privada.

--Vos sos la única a la que le diré esto, y recordá que comprometiste tu discreción –explicó a media voz.

--Lo que me digas quedará entre nosotras.

--Esto que te diré no tiene vuelta, así que no te angusties… -Inhaló hasta donde pudo, más embarazada por lo que iba a decir que por lo que iba a hacer:- Esta noche me voy a matar.

--¡Pe…!

--Shhh, no digas nada. Olvidate de esta charla y ocupate de tu hijo, que te necesita.

--¡Pe… ro!... ¡¿Qué decís?!

Gabriela dio otro beso a Selva y comenzó a caminar, dejándola atrás con su consternación y elevando la voz a medida que se alejaba:

--Apurate que se te va a hacer tarde… ¡Y ya verás, esta noche me luciré!

Gabriela desapareció tras la puerta de un locutorio cercano al teatro y Selva permaneció inmóvil en la vereda, viendo a la muchacha a través del cristal mientras hablaba por teléfono,  con el oro apretado aún en la oquedad de la palma.

--¿Qué te dio, mami? –indagó Martín.

--Nada, nada… Algo para que se lo cuide un rato… Después se lo devolveré.

Guardó las joyas en su cartera y nuevamente tomó la mano de Martín.

--Vení, te voy a presentar a Carlos, mi jefe.

Y comenzó a caminar la media cuadra que la separaba de su trabajo.