20:22 -21:07

A Selva le disgustaba ir al centro de día, pero en cambio caminar por sus calles después del ocaso le provocaba una indescriptible sensación de libertad. No era infrecuente que lo hiciera antes de llegar al trabajo, pero apenas un rato, porque  le escamoteaba ese tiempo a la compañía de su hijo. Comprobaba entonces la amabilidad de la relación que tenía con las compañeras al ver sus esculturales cuerpos bajo el sol artificial que las luces de neón derramaban en las veredas, cuando la saludaban al pasar con un guiño o una sonrisa. Después de varios meses de pernoctar con las chicas, vistiéndolas, arreglándolas y prestándoles el oído, sabía casi con certeza dónde podía encontrarlas en la hora previa al ingreso al teatro.

Martín comenzaba a  mostrar síntomas de cansancio. El pobrecito -pensaba Selva- se levantó temprano para ir al colegio y desde entonces no paró; en la mitad de eso vio el cadáver de la abuela que lo besó al despertar... Su mano se abandona en la mía y ya no tiene tantas ganas de caminar, así que es hora de llevarlo a comer algo rapidito y de ahí al teatro a ver qué pasa, pensaba Selva y notaba que ella también estaba exhausta y deseaba más que ninguna otra noche irse a dormir un sueño profundo que por lo menos le permitiera no pensar.

A pesar del cansancio Martín comió bien. Se deleitaba con la pizza que hacían en los negocios del centro, y su predilecta era una muy famosa de la avenida Corrientes de la que podia consumir hasta dos porciones, pero solas, porque la fainá le repugnaba. Selva prefería la de Pirilo, pero había que ir hasta San Telmo. Tuvo un rato de placer viendo comer a su hijo; ese fue su alimento, que acompañó con un balón de cerveza fría.

--¿Puedo probar eso, mami?

Selva sonrió y dijo algo así como “cuando seas grande”. Martín no insistió y dio dos tragos de su vaso de Coca Cola. Los dos se abandonaron a la distracción de observar a su alrededor para verlo con el propio asombros. Al niño le encantaban las luces y los adornos en las paredes; particularmente llamativas eran para él las fotos en blanco y negro que mostraban cómo era la ciudad cien años antes. Cuando terminó de comer recorrió el perímetro del salón y vio las imágenes de cerca, una por una. Los primeros tranvías se codeaban con los carros a caballo y las enormes voiturés con estribos; una perspectiva de casas bajas y árboles simétricos empujaba la vista hacia el horizonte urbano a través de una antigua alameda. La vestimenta de hombres y mujeres provocaba en Martín una cierta gracia que divertía a su madre, quien prefería deambular con la mirada por las personas reales antes que por las de las estampas, en un intento por descubrir sus emociones en el momento en que eran más vulnerables, justo cuando creían estar a solas con su propia humanidad, es decir justo cuando se llevaban a la boca una porción de pizza que chorreaba queso caliente.

Miró el reloj de la pared opuesta y pensó que era demasiado temprano para rumbear hacia el teatro. Enseguida argumentó para sus adentros que si iba a ir con Martín, tan pequeñito que ni siquiera podía pasar por un enano, lo mejor sería llegar antes de que comenzara el desfile de mujeres y empleados que ingresaba para trabajar, y la romería de los curiosos que desde temprano se amontonaban en las puertas. Por otra parte, sabía que le costaría un rato lograr que Carlos le hiciera ese favor, tan rígido como era Carlos, y por último tampoco quería que se le hiciera muy tarde si no lograba concretar su primera intención y tenía que pasar la noche con Martín en alguna otra parte. Una mujer sola, con un chico, cuando ya obscureció, por los barrios…, no era una buena idea. Bebió un sorbo de la cerveza, que con rapidez perdía su frescura. Encendió otro cigarrillo y observó a un hombre que orillaba los cuarenta, tres mesas hacia la salida, degustando a solas dos porciones de napolitana. Le llamó La atención el esmero con que vestía, los adornos que lucía, la forma de llevarse el tenedor a la boca. “Es gay”, se dijo, y sonrió. En realidad Selva tenía buen ojo para esas cosas: el tipo era gay… Las chicas del camarín, en ese aspecto, no representaban ningún misterio para ella, pues sabía (o creía saber con bastante certeza) cuál era su orientación sexual, y muchas veces una confidencia, un comentario al pasar, un chisme, eran la confirmación de lo que había sospechado en base a indicios aparentemente banales. La única que aún la intrigaba era Sonia, con su cuerpo alto y esbelto completamente depilado, sus senos desproporcionados para la pequeña espalda y el cabello largo que enmarcaba una cara de travesti. Si no la hubiese visto desnuda habría jurado que tenía pene, pero las evidencias de cada noche, cuando le veía la vagina en el escenario o pasaba a su lado mostrándola como un trofeo, desmentían tal acerto.

Sonia era la que llegaba más tarde, casi sobre la hora de la primera función. A Selva le molestaba tener que prepararla a las corridas y desatender a las otras sólo para que Sonia pudiera enfrentarse al aplauso del público con su sonrisa de dientes grandes y sus pezones planta baja. Aunque no lo aparentaba, ella era la mayor de todas; las malas lenguas hablaban de casi cincuenta años, pero si era verdad su cuerpo había atravesado ese medio siglo tan cuidadosamente que no se le podía endilgar más de cuarenta. Se sabía que tenía un hijo joven con quien compartía la vida de mujer separada desde la década anterior. Se sabía, salido de sus labios alguna vez, que la depilación completa de su cuerpo se emparentaba con la profesión de su fe judía, tal como la habían cultivado sus ancestros femeninos en el norte del Magreb. Incluso practicaba el rapamiento con la técnica del hilo, legado de lejanas bereberes conversas al judaísmo anterior a la reforma, que se enriqueció (y se adulteró) con la incansable interculturalidad de la región. Selva siempre estaba por preguntarle cómo era eso de depilarse con un hilo -y hacerlo con tanta efectividad-, pero la pregunta solía quedar para más adelante.

El carácter de Sonia era también una mezcolanza de tradiciones, costumbres y cultos. La rigidez ética del judaísmo estaba permeada, en esta ecléctica mujer, por la libertad sexual y las creencias animistas que ciertamente no entroncaban con el Islam sino con los más remotos usos de la etnia bererere. El legado que los tiempos habían depositado en Sonia le permitía ir todos los viernes a la tardecita (o los sábados) al templo de Once y unas horas después, sin mella de su piedad, destapar en el teatro su esplendorosa desnudez. Temía a Dios, pero lo desafiaba. Creía en el castigo divino, sabiéndose merecedora de él. Su ánimo fluctuaba con los días, y nadie se asombraba si una noche entraba sin saludar, hacía su trabajo en silencio y se retiraba sin haber pronunciado palabra, como si se hubiese impuesto a sí misma un voto de silencio (aunque fuera éste un voto de algunas órdenes católicas), ritual que duraba generalmente hasta la siguiente caída del sol, cuando sorprendía a sus compañeras con efusivos besos y abrazos y cultivaba con ellas el diálogo extrovertido.

A poco de salir a trabajar Sonia caminó descalza por el pasillo y se detuvo frente a la habitación de su hijo. La cena esperaba sobre la mesa, y deseaba dialogar con él antes de irse. No lo había visto en toda la tarde, desde que se había levantado de sus horas diurnas de sueño. Campeaba en el departamento un silencio que ni siquiera se contaminaba con las voces de la tele en la habitación del muchacho, ni se perturbaba con la turbulencia de la música que solía escuchar a esa hora. Supuso que dormía, y lo dejó. Se depiló con tranquilidad y se duchó sin intromisiones, aunque extrañaba la irrupción de su hijo en el baño cuando una necesidad le impedía esperar que ella lo desocupara; entonces hablaban a través de la mampara y sentía casi como si aún lo tuviera en las entrañas. Se secó a medias y se envolvió en un enorme toallón amarillo que olía a lavanda. Terminó de secarse en su cuarto, a los pies de la cama, revuelta aún de su paso por allí; a ella misma la pasmaba ver cómo se  enredaban las sábanas, la frazada y el cubrecama durante las volteretas con que su cuerpo buscaba la posición que mejor propiciara el descanso. Esa había sido siempre una de las quejas de su ex esposo, pero Sonia jamás había hecho un intento serio por hacer más soportable su compañía sobre un colchón, un poco porque no sabía cómo encarar el asunto y otro poco porque sencillamente prefería dormir sola. A veces su hijo se quedaba hasta tarde viendo una película en su cama de dos plazas, y entonces se dormía abrazada a él, con la preocupación de no incomodarlo con su indómito sueño. En otras ocasiones era ella quien se tendía junto al muchacho en el más reducido lecho que ocupaba el centro de su reino juvenil, cuyas paredes adornaban los afiches del club de fútbol favorito y los de grupos de rock exóticos que Sonia sólo conocía a través de referencias ocasionales…

A pesar de todo, Sonia temía a la ira de Dios, de Dios que la había agraciado con un hijo varón. Cuando lo abrazaba, lo tenía cerca y podía sentir su aroma y su calor, era la divinidad en persona la que la acercaba y a la vez la alejaba del muchacho. De algún modo sentía que Yahvé mismo delineaba su suplicio con trazos sutiles y punzantes como  agujas. La vida de Sonia no giraba alrededor de su hijo: la vida de Sonia era su hijo, pero la mirada admonitoria de su Dios, aunque no su dedo acusador, le recordaba que aquel era, de entre todos los hombres de la tierra, el hombre prohibido porque había salido nada más y nada menos que de su propio vientre. Lo había visto crecer centímetro a centímetro. Frente a su mirada de madre y mujer se había convertido en un hombre soberbio que era a la vez su orgullo y su martirio. Los caminos del Señor, se decía, son en verdad misteriosos.

A poco de salir a trabajar Sonia caminó descalza por el pasillo y se detuvo frente a la habitación de su hijo. Era demasiado el silencio, le incomodaba, y era poca la luz. Se había puesto un vestido negro ajustado, que levantaría miradas por el camino. Acercó la oreja a la puerta y entonces el silencio de adentro adquirió más densidad. Dio un paso hacia atrás y oyó el dócil crujido del piso de madera, sólo perceptible en el medio de la nada. Tomó el picaporte, tibio y liso. Habitualmente golpeaba con los nudillos o llamaba al muchacho por su nombre, pero ahora entraría sin anunciarse, con el sigilo de lo inesperado. El metal y la mano estaban fundidos a la espera de que la duda se disipara y un suave empuje hacia abajo abriera la puerta; apenas ese impulso presionó el mecanismo, la hoja de madera giró en las bisagras con lentitud y serenidad. La luz de adentro y la del pasillo se fundieron en una sola claridad que los envolvió rápidamente, insinuándolos con delicadeza. Sonia no avanzó; se quedó atónita en el umbral contemplando la escena. El joven, con los ojos cerrados, no advirtió la presencia de la madre; la chica tampoco, ocupada de manos y boca en dar placer al juvenil pene erecto de su amigo con obvia naturalidad y pericia. El corazón de Sonia se convirtió en un caballo desbocado que intentaba galopar fuera del pecho; se llevó la mano a la boca como si quisiera impedir que el corcel escapara por allí.

Entonces él abrió los ojos y la vio. Las miradas de los dos se cruzaron en un haz de reproches. Cuando pudo reaccionar, el muchacho tapó su semidesnudez con la sábana, olvidando debajo la cabeza de su compañera. Ésta emergió del género blanco con una expresión de sorpresa por la abrupta interrupción de su labor sexual, hasta que notó la presencia de Sonia a pocos metros de la cama.

--¿Qué pa… -intentó decir.

El joven se puso de pie desentendiéndose de ella, mientras se subía el cierre del pantalón con gestos desmañados.

--¡Mamá! ¿Por qué entrás así en mi cuarto?

Por un instante Sonia sufrió la culpa de espiar a su hijo. Sentía una sequedad en la garganta que no le permitía hablar. Tampoco sabía qué decir. El sexo era algo habitual en su vida, pero hacía años que venía evitando ligar mentalmente a su hijo con nada que se pareciera al contacto carnal… Y ahora esto, descubrirlo así, ver que frente a sus ojos ejercía la masculinidad en la que ella se negaba a pensar para bien de los dos.

Se quitó la mano de la boca y dejó caer los dos brazos; hizo un supremo esfuerzo y sostuvo la mirada de su hijo con la firmeza del dolor, sólo para demostrarle que su callado reproche era el más sustancial de los dos. A punto estuvo de soltarle a borbotones su completa desilusión y la furia casi incontenible de ese instante, pero la garganta aún se negaba a dejar pasar las palabras.

El hijo comprendió, a medias comprendió. Sonia se sonrojó ligeramente al sospechar que su hijo comprendía más de lo que ella podía tolerar. El muchacho avanzó un paso a su encuentro, pero ella retrocedió.

--Mamá, perdoname, no queríamos…

El plural le sonó más hiriente que la propia falta. No era necesario incluir a la chica en la vinculación tan especial que sostenían; Sonia jamás tomó en cuenta que sobre la cama había una mujer joven que aún se acomodaba la blusa, como si se tratase de una voluta de humo que podía disipar aventando la mano. La cosa era entre él y ella, que nutrían día a día el amor y los conflictos de la maternidad, y tal vez un poco más… Trató de mantenerse imperturbable, pero se sentía desnuda como la primera vez que se quitó las prendas sobre el escenario. Atinó solamente a tomar la puerta, cerrarla con brusquedad y dejar encerrado en la pieza el disgusto de lo que acababa de presenciar. Después volvió a su cuarto y se puso los zapatos negros que iban a tono con el vestido. Se cubrió con un tapado de piel sintética, recogió la cartera de la mesa del comedor y salió a la calle buscando oxígeno. Alguien la saludó en el ascensor, pero no contestó. Caminó media cuadra y subió a un taxi.

--¿A dónde, señora?

--Lléveme al centro… Y hágame un favor… -el taxista la miró por el espejito- Ignóreme lo mejor que pueda, porque voy a llorar todo el camino.

--Adelante, no se prive. Haga de cuenta que el auto tiene piloto automático.

Sacó un pañuelo de la cartera y se cubrió el rostro con las manos. Por suerte no se había maquillado, porque sino habría corrido por su cara un alud de lágrimas negras que no era apropiado para una piel suave como la suya.