19:41 -20:22

Carlos miraba por la ventanilla de colectivo, sin ver. Una vaga incertidumbre lo impulsaba a llegar al teatro más temprano que de costumbre. Viajar media hora antes conllevaba la magia de lo inesperado, y se sentía incómodo con rostros que no eran los que solía ver treinta minutos más tarde, con un tránsito más trabado y con las primeras luces eléctricas que se derramaban sobre la calle en un sesgo diferente. Advertía incluso que lo miraban con el recelo que se dedica a un intruso, algo perfectamente posible en Buenos Aires, una ciudad que debajo del caos de la muchedumbre en circulación escondía algunos soplos de habitualidad… Lo permanente, oculto y casi invisible en el río del tránsito ciudadano, también formaba parte de la vida de sus habitantes, y Carlos había decidido hoy sumergirse en el río para llegar a una calle que no lo esperaba con anticipación. Iba con la esperanza de que Hugo estuviese allí a su llegada, para sacarse cuanto antes la espina que tenía clavada en el pecho. Su jefe montaría en cólera no bien le dijera que la negra con la que estaba amancebado quizá fuese portadora de sida, y quedaba claro que la onda expansiva de esa furia de algún modo lo alcanzaría también a él, aunque eso no tenía importancia: lo que quería era deshacerse del dolor que sentía en la boca del estómago desde que su amiga le había hecho la  maldita confidencia, y dejar de frecuentar el baño tan seguido como en las últimas horas. ¡Las putas que las parieron a las dos negras! Si hubiesen sido caballos se las sacrificaba y chau Pinela, pero tratándose de mujeres no había Tutía.

Pero Hugo no estaría allí sino en su casa, pensando aún si aquel día iría al teatro o si, por el contrario, dejaría todo en manos de su ayudante. Casi no había podido dormir por la tos; las horas de permanencia en la cama, desde el despunte del día hasta las ocho de la noche, habían sido un infierno. No paraba de toser. Su habitación, ubicada en la planta alta del chalecito, lo aislaba a medias de la vida hogareña, hasta convencerlo de que su familia no moraba con él  durante el día. Los hijos estudiaban y trabajaban, y por ende su ausencia era constatable; pero la esposa, aunque raramente  entraba en el cuarto mientras él dormía, andaría por la planta baja y estaría enterada de su dolencia, así que si no le había subido un té sin duda era por inquina; muy probablemente supiera de la existencia de la negra, percibiera su olor cuando él volvía de disfrutarla en cuerpo y alma, sospechara la bruna existencia en las medias palabras que intercambiaban al llegar. La otra (esa palabra que sin ser colmillo muerde y sin ser cuchillo mata, dijo Manuel Benítez Carrasco) le habría llevado el té y contagiado calor, acurrucadita en su costado. No hay hombre que no desee de vez en cuando cambiar de casa y de cama, pero la mayoría comprende que eso es simplemente un espejismo de la vida y sigue tirando del mismo carro.

Pilar, la morena, tampoco se dejaba seducir por las quimeras. Sentada en el mismo banco de granito de la plaza Congreso en el que apoyaba el culo cada vez que necesitaba meditar, tamizaba su presente a través de la paz que le proporcionaba esa minúscula porción del espacio urbano. No era poco importante lo que tenía que decirle a Hugo, y el frescor que supuraba la inminencia de la noche, presta a derramar su  sólida negritud sobre los edificios y las calles, desenturbiaba las aguas de su ánimo y pivoteaba la realidad en la que creía naufragar, permitiéndole capear el oleaje de las dudas  y ver la tierra más o menos lejana hacia donde bracear con todas sus fuerza, porque ella venia del mar y lo mismo que le habían enseñado para las aguas frías y traicioneras del Pacífico le servía para la vida. En El Callao la respiración era menos agotadora y no le oprimía el cuello la sensación de ahogo que le provocaba la lejanía del mar, que siempre le había semejado un enorme ventanal por donde se colaba el aire puro. Buenos Airea carecía de ventanal, y ella se sentía al borde de la sofocación. Como si el ahogo total llegara con la próxima salida del sol, se decía que antes del amanecer tenía que hablar con Hugo. No lo amaba, y esa era la primera verdad que compartían. Pero lo respetaba en su doble condición de amante y patrón, porque era un buen hombre que la había tratado mejor que cualquiera de los habitantes de su pasado, incluso sin amarla, y esta era la segunda verdad, en homenaje a la cual le volcaría su alma.

Anabel, la otra mulata del teatro, caminaba a treinta cuadras  de allí. Todo en ella era opuesto a Pilar, desde el lado del continente del que provenía hasta la manera en que respiraba su océano. Aunque las extensas planicies del Atlántico quedaban al alcance de los ojos en la esquina de su casa de Río de Janeiro, rara vez iba a la playa, y no sabía nadar. La favela provocaba otras prioridades, y lo aprendido a partir de la adolescencia para pelearle a la vida no se practicaba en el agua salada sino sobre sábanas de dudosa pulcritud. Era aún púber cuando vendió placer por primera vez, y ese comercio, en épocas de dispar intensidad, la había perseguido hasta el presente como una mala canción. El desnudismo bajo las luces del teatro era para ella sólo una más de las formas del meretricio. Anabel ocupaba una pieza de techo alto y descascarado, con un balcón pequeño donde secaba sus ropas al sol. Se acodaba en la balaustrada de hierro repujado y pasaba sus ratos libres espiando el vuelo de la vida en una calle de Constitución. El alquiler de la habitación no era módico, pero el lugar le convenía y además la pensión era puerto de recalada de emigrantes de la misma favela carioca. Entonces su marido la sacaba de la abstracción y le venía a recordar que mejor bajaba un rato a la calle para hacer un cliente de última hora, antes de ir al teatro, y ella obedecía sin chistar al negro alto y atlético que había venido con ella desde el norte, porque para eso era su hombre y había que obedecerlo, caralho! No era un mal marido ni tampoco un desconsiderado manejador de sus transacciones sexuales. No la exigía más de lo necesario y siempre andaba rondándola para cuidarla de los loquitos que se hacen los piolas con las prostitutas. Eso sí, el moreno le tenía prohibido gozar con los clientes, y sus orgasmos sólo podían provenir de los momentos en que él quisiera saciarle la sed. Anabel obedecía esta máxima casi a la perfección, y sólo de vez en vez hacía trampas en secreto.

Así que salía a caminar a treinta cuadras de donde estaba sentada Pilar, a la espera de que alguien la solicitara. Siguiendo su costumbre, era lo que hacía el día en cuestión a las ocho en punto, la hora en que los casados salen a buscar a las putas (y esos siempre pagan bien, hacen las cosas con rapidez y buscan discreción). Vio que en dirección contraria venía un señor de mediana edad, cabello entrecano y aspecto nervioso, con un cigarrillo en la mano, y se percató de sus desmañados intentos por disimular interés en comprar lo que ella ofrecía.

--Olá bonito –saludó la brasileña cuando estuvieron frente a frente.

--Hola. ¿Cuánto…?

El apuro en concretar la transacción denunciaba a alguien poco habituado a esa clase de aventuras; quizá fuera su primera vez. Anabel informó el precio de la mercancía, y el hombre asintió.

--¿A dónde vamos? –preguntó.

--Na seguinte rua um hotel barato e limpo.

Hacia allí caminaron, a paso vivo, sin tocarse y en silencio. Anabel sólo le aclaró que disponía de una hora nada más, y él comentó que era tiempo más que suficiente para cubrir sus necesidades. Recordó en ese instante que aún no había inquirido el nombre de su comprador, pero declinó la tentación de preguntarle. En realidad no le interesaba ese dato, en la medida en que pudiera ser el pie para una conversación; le desagradaba alternar con los pasajeros de su cuerpo, y por eso les hablaba en brasileño. Al entrar en el hotel Anabel ladeó la cabeza hacia la esquina, con disimulo, y vio que desde media cuadra su marido presenciaba la escena; eso la tranquilizó y la hizo sentirse amada.

La pelirroja Estela también se sabía amada, y aunque la incomodaban las asimetrías, no retribuía el sentimiento de su pareja de turno, si pareja podía llamársele. No era muy extenso el tiempo que se mantenía dentro de una relación amorosa: cinco o seis meses a lo máximo, y mucho antes de eso comenzaban a afligirla el desgaste y la abulia. Sus hombres provenían de todos los estratos sociales, y por un tiempo la hacían feliz. Alguna vez creyó que había encontrado al príncipe azul, pero se decepcionó apenas descubrió que desteñía con el segundo lavado. Los últimos no le habían provocado emoción de ninguna índole, y en eso pensaba mientras veía pasar los árboles de la alameda junto al coche, envueltos en un halo de luces rectilíneas y regulares. La temperatura acariciaba la piel en el interior del vehículo, mientras el sonido de una radio melómana hacía lo propio con el sentido del oído. Estela pasó debajo del cartel verde que indicaba “Centro”. Decidió en ese preciso instante, justo debajo del cartel, que apenas llegara al teatro llamaría a Raúl para decirle que no seguiría con él, porque bla bla blabla bla. Una vez más se alejaría. Era un buen muchacho, pero no compartían más que pasiones ahuecadas por lo previsible. La frase después de leer la última página cierra el libro era la que regía sus acciones como un planeta, y lo que estaba a punto de hacer era  cerrar ese libro.

La autopista norte, descongestionada a esa hora, la hacía sentir solitaria. La mayoría de los autos salían de la ciudad, a la que ella se dirigía. A lo lejos titilaban las luces verdes y rojas del peaje. Aminoró la marcha. Silenció la radio. Apagó el aire acondicionado. Abrió a medias la ventanilla de su lado y respiró tan hondo como pudo…, tan hondo que tuvo un brevísimo vahído. Cuando se detuvo junto a la cabina del peaje ya tenía las monedas en la mano. La depositó en la palma de la empleada y ésta le entregó el boleto. Estela observó en la chica un leve parecido a Miranda y pensó en decírselo un rato más tarde, cuando la viera, pero inmediatamente consideró que sería una estupidez.

Retomó la marcha y dejó que el viento de la noche le enfriara la cara y las ideas. Quizá de esa forma no pensara en Miranda, aunque por qué no pensar en ella, se dijo, y separó las piernas dos centímetros, como si por ahí cruzaran las meditaciones. El aire frío y poderoso que entraba en el habitáculo le movía el vestido y le provocaba un sutil cosquilleo en los muslos. No le costó demasiado comprender que esa sensación se debía no sólo a la ventisca sino al hecho de que estaba imaginando a su compañera. Lo venía haciendo en las últimas semanas, pero sólo ahora se sentía capaz de asumirlo con menos pasmo. Había intentado alejar imágenes perturbadoras de sus ojos pero cada vez era más obvio que una parte de ella misma las convocaba. Casi llegando a la General Paz siempre pensaba lo mismo: ella vive por acá, y podría sorprenderla si pasara a buscarla con el auto para ir juntas al teatro. La suponía sentada en el asiento del acompañante, cuan grande era… De inmediato se contenía y seguía viaje. No ignoraba lo que le pasaba a Miranda con ella. El lesbianismo era algo que jamás había considerado como alternativa amorosa. Sin embargo el cosquilleo estaba ahí, muy cerca de lo inimaginable, y sus certezas inmemoriales comenzaban a tambalear.

Desde donde esperaba el colectivo Miranda veía la autopista. Le semejaba a un río de cemento, fierros y luces en constante movimiento, que bramaba a lo lejos. El barrio era más solitario a esa hora, y las casas bajas parecían antiguas y abandonadas. Pero volaba un aroma a glicinas y malvones que contagiaba juventud y aminoraba la marcha de las personas que pasaban junto a las plantas. Miranda detestaba las plantas, tanto como a su hermano lo cautivaban, pero esa repulsión pasaba por lo visual, porque en cambio el aire perfumado la transportaba en una ensoñación hasta épocas pasadas, el 1900 o quizá antes, cuando todo era más puro y simple. Unas horas más tarde, con el teatro lleno de noctámbulos y aventureros de una noche, el aire enviciado por el cigarrillo y las respiraciones innumerables enaltecería el recuerdo del barrio como el de un lejano paraíso.

Miranda miró su reloj a la luz de un farol mortecino. Habían pasado unos minutos de las ocho. Era muy temprano para ir al trabajo, pero le gustaba caminar un rato por el centro antes de meterse en el camarín y prepararse para el espectáculo. La cena de su hermano había quedado cocinándose a fuego lento, y él la consumiría cuando regresara del último paseo con los caninos. Ese día en particular casi no habían intercambiado palabras. Tampoco hacía falta que se dijeran demasiado. Antes de salir, eso si, le dio las pastillas de la noche, las que no podía dejar de tomar, y le recomendó que se acostara temprano. Él la miró como solía mirarla, desde lejos, y asintió. Después de eso Miranda atravesó el patio, salió de la casa y caminó las cuadras hasta la parada del colectivo… Ahora, mientras esperaba, miraba el río de la autopista y repasaba su presente como quien mira un libro que quizá leerá, salteando hojas. Necesitaba un cambio, pero sabía que todos, siempre, necesitan un cambio. A lo lejos el río no dejaba de fluir. Estela era, en él, una minúscula gota llevada por la corriente a través del cauce.

Otras gotas eran las que habían limpiado el cuerpo de Gabriela. Se abandonaba al placer del agua que brotaba de la ducha, y la prefería cuan caliente pudiera resistirla. El golpeteo de los chorritos sobre su espalda, su cabeza, sus pechos, escondía la magia de la purificación, y a tal prodigio se abandonaba antes de comenzar a enjabonarse. Lo hacía desde abajo, por las piernas, que eran piernas de hombre, según la habían convencido amigas y primas. Piernas largas y delgadas, ligeramente musculosas, con las que había jugado al fútbol desde que era chiquita, con sus hermanos. Ya había dejado atrás la adolescencia cuando todavía la invitaban a un picadito, pero poco después dejó de frecuentar las canchitas. Se enjabonada desde abajo, acariciándose. Media hora podía llevarle el ritual, y no lo extendía porque siempre estaban sus hermanos golpeando con los nudillos la puerta del baño. El más incordioso era Sebastián, que piyaba más a menudo que el común de los hombres. Gabriela salió del baño con la toalla en la cabeza y a medio vestir. Como siempre que sucedía eso, los varones de la casa se mofaban de ella.

--Yo no pagaría ni cinco pesos por verte desnuda –arrancaba Sebastián.

--Serían los cinco pesos peor gastados de tu vida –retomaba Luis, y todos reían intentando verla enojada pero no ofendida.

--Lo tuyo es el balonpié, Gaby; ¿cuándo volvés a ponerte la camiseta?

Gabriela sonreía y se encerraba en su pieza, para terminar de vestirse. Ella también se había preguntado durante bastante tiempo por qué carajo le habían dado cabida entre tantas mujeres voluptuosas, hasta que un día Hugo la sacó de la duda:

--Mirá, Gabriela, vos sos una linda piba, y a muchos hombres les gusta tu tipo de mujer, delgada, delicada, sutil… Pero yo siempre ubico tu acto entre los de dos terribles yeguas, para resaltarlos. No es nada personal… Son negocios…

Eso no la halagó, pero la dejó satisfecha. Además, siempre había hombres que preferían un cuerpo grácil con piernas masculinas.

Luisa no solía permanecer demasiado tiempo bajo la ducha, pero aquella noche hizo una excepción. Se enjabonó con suavidad el vientre, buscando estúpidamente una comba que delatara el embarazo de días.

--Luisa, ¿estás bien?

La voz de Claudio la sacó abruptamente de sus meditaciones. Era una voz joven, varonil pero levemente aguda, que venía desde fuera del baño. Él no entraría allí a menos que ella lo ordenara, y el mismo comedimiento mostraba con su habitación. Por un momento tuvo la tentación de impartirle la orden de que la esperara en su cama cuando volviera del teatro, pero se arrepintió enseguida. Dormir con él dos horas, antes de que se fuera a trabajar, no los acercaría, y cabía la posibilidad de que con tanta sensibilidad cayera en la tentación de decirle que en su vientre estaba engendrándose el hijo de los dos. ¿Para qué? Ni él ni Romina merecían eso. A decir verdad lo que Luisa deseaba era alejarse de Claudio, pero hacerlo sin dolor era impensable.

--Ama, si necesitás algo de mí o de Romina, por favor pedilo. –insistió Claudio.

Corrió la cortina para responder, apenas un poco. Romina entraría a bañarse cuando ella saliera, pero esa vez necesitaba una cercanía que su piel pudiera interpretar como afecto.

--Decile a Romina que venga a ducharse. Quiero que lo haga conmigo.

--Le encantará, ama. Ya le digo.

Cerró la cortina y siguió bajo el chorro de agua tibia, que parecía relajarla. Un momento después oyó que se abría y volvía a cerrarse la puerta. Romina estaba del otro lado de la cortina de plástico; sus pasos eran tan sigilosos que casi había que adivinar su presencia. Era una de las cualidades que una sumisa bien entrenada debía poseer.

--¿Me llamaste, ama?

--Si. Desnudate y entrá en la ducha conmigo. Nos hará bien a las dos.

La chica obedeció. Se quitó la ropa con la lentitud de un ritual. Corrió la cortina un instante y se puso frente a su señora, esperando indicaciones. Su cuerpo blanco completó la escena en la bañadera, y Luisa dirigió el chorro de agua más al centro para que las alcanzara a las dos.

--Aquí estoy…

--Tomá –le puso en la mano el frasco de shampoo-. Lavame el cabello. Esta noche necesito eso. Luego yo lavaré el tuyo.

Luisa se agachó y apoyó la cara contra el abdomen de Romina. La sintió respirar, hinchar suavemente el cuerpo al inhalar, crujir con el aire que la recorría longitudinalmente, exhalar. Poco después notó las manos de la muchacha en su cabello, lavándolo con la delicadeza que le dedicaría a un bebé, y se preguntó si existía una magia capaz de trasladar la concepción de Claudio desde el vientre incorrecto hasta aquel donde debía fecundar.

--Luisa, quiero decirte algo, y creo que este es el momento.

Luisa pensó que Romina no interrumpiría el silencioso deleite que compartían para comentarle una trivialidad. No debía ser así.

--Decime lo que quieras…

Romina quitó la espuma de la cara de su ama y la tomó por la barbilla para elevar su mirada. Los ojos de las dos se confundieron. Los de Romina brillaban con un fulgor azul, y los de Luisa estaban a punto de llorar.

--Lo que deseo decirte es que Claudio y yo te queremos mucho, y que por lo tanto no tenés que preocuparte…

Hubo un silencio breve que les ahorró todas las explicaciones.

--Todo va a salir bien –agregó-. Tu hijo nos tendrá a los tres.