19:10 -19:41

Gabriela aún apestaba a gas. Hablaba y exhalaba metano, después de casi un mes. El último intento había fracasado, igual que los dos anteriores. Sin embargo, esa vez se la arrebataron a Caronte cuando ya la estaba subiendo a la barca para transportarla al Hades. Luis, uno de sus cinco hermanos, despertó en la madrugada alertado por la fetidez del gas. Tapándose la boca y la nariz con un pañuelo, corrió a la cocina, que se hallaba herméticamente cerrada. Advertidos los otros cuatro hermanos, acudieron en tropel a ver qué sucedía. El mayor pateó la puerta, trabada por dentro, y casi la arrancó de las bisagras. La escena que presenciaron al entrar era inequívoca: Gabriela yacía sobre el piso de baldosas coloradas, aparentemente sin vida, víctima de sí misma. Las hornallas de la cocina y el horno abierto despedían aún su veneno invisible. Uno de los cinco hombres levantó en sus brazos el delicado cuerpo de la única hermana y lo sacó a la calle para intentar resucitarlo. La tendieron sobre una frazada, en la vereda, bajo el hechizo de una madrugada perlada de estrellas que resaltaba el color blanco de su piel como el de una figura espectral.

El barrio se conmovió, a pesar de la avanzada hora. Alrededor de donde transcurría la tragedia pululaban hombres y mujeres nerviosos, en un desfile multicolor de pijamas, camisones y batas que después, pero sólo después, provocó hilaridad en los testigos. El hermano que tenía conocimientos de primeros auxilios le practicó respiración boca a boca y resucitación cardiopulmonar. Un vecino médico llegó enseguida para hacer lo suyo, y algunos minutos más tarde, que parecieron horas completas, la mujer daba síntomas de comenzar a respirar. Un móvil policial que patrullaba la zona intervino en el asunto, y gracias al pedido urgente que realizó el oficial a cargo, a través del Comando Central, la ambulancia acudió con presteza.

La llevaron al Piñero, semidesnuda como estaba. Los hermanos llegaron a la puerta de la sala de urgencias quince minutos más tarde. Sólo a la mañana siguiente la sacaron de terapia intensiva y la pasaron a un pequeño cuarto individual, ubicado en el extremo sur del segundo piso. No podían instalarla en una sala general. Cuando los consanguíneos entraron a verla ya casi amanecía, y la habitación hedía con un fuerte y desagradable olor a gas que vaheaban las entrañas de Gabriela. Despertó y vio a los cinco hermanos alrededor de la cama. La ventana, abierta de par en par, enmarcaba un patio arbolado. Gabriela miró los rostros preocupados de aquellos hombres, uno a uno. Debido a que se le había inyectado un potente sedante, únicamente logró articular una palabra.

--Perdón –dijo. Y lloró.

A esa hora, un poco después de las siete de la tarde, Gabriela comenzaba a prepararse para ir al teatro. No era nada sencillo disponer del baño el tiempo suficiente para darse una ducha tibia y arreglarse el cabello, pues era la hora en que sus hermanos volvían de sus actividades diarias. La casa se animaba con el parloteo de los hombres, el deambular por las habitaciones, las luces encendidas, la televisión vociferando su presencia y los más anticipados preparativos para la cena.

Quizá era eso lo que provocaba la simpatía de Gabriela por Miranda: las dos carecían de padres y vivían con hermanos. Pero Miranda tenía uno, y ella cinco. Por lo demás, las bases de la vida compartida mostraban similitudes que una y otra podían reconocer.

No hacía mucho que faltaban los padres. Siempre sería mucho, pero en verdad no hacía mucho: tres años, cuatro meses y cinco días. Gabriela se empeñaba en llevar esa aritmética, ese rosario del tiempo hecho con una sarta sufriente de ausencias. Un accidente en la ruta 2 se los había llevado el mismo día, con diferencia de horas. Su padre había perdido la vida en el momento mismo del impacto contra el camión con ganado, incrustándose el volante tan dentro del pecho que el corazón le había estallado en el cuerpo. Su madre sobrevivió al impacto, y agonizó una hora y media; murió en el quirófano cuando intentaban salvarle la vida infructuosamente, sólo para honrar el juramento hipocrático.

Gabriela fue la última en enterarse, y la primera en ofrecerse para reconocer los cuerpos descoyuntados, un morboso placer del que sus hermanos, de común acuerdo, prefirieron privarla. No lloró. Hasta entonces no había llorado nunca, a lo mejor porque se había criado entre varones. Pero ellos sí lloraron, con la copiosidad de una lluvia de verano, maravillándose de los ojos secos de Gabriela y de su rostro inexpresivo frente al dolor, mas comprendiéndola al mismo tiempo. Durante el doble velorio fue ella quien se encargó de atender a los asistentes y deudos, de servir el café, de mantener frescas las flores de las coronas y limpias las bandas dedicatorias. Atendía a sus hermanos y les brindaba palabras de confortación… A pesar de la delicadeza de su cuerpo, insistió en ser la portadora de una de las manijas de cada féretro, y el primer puñado de tierra sobre la madera barnizada provino de sus manos frías y huesudas, de dedos largos y meticulosos. Algunos días más tarde, cuando la pena empezaba a sedimentarse, ocurrió su primer intento de suicidio.

Dos frascos de sedantes ingirió, en un bar de Congreso. Una a una consumió las dosis de la muerte, en el recato de una mesa adosada  a un típico ventanal de las dos de la tarde. Veía pasar a la gente y se llevaba a la boca las píldoras, con la parsimonia de lo que carecía de dramatismo pero cargaba toda la inevitabilidad de la decisión tomada. Una botella de cerveza ayudaba a bajar por la tráquea el medicamento comprado un rato antes en la farmacia de la esquina, dándole a su paladar un postrero deleite frío y espumoso. A nadie le llamó la atención su comportamiento. Ni siquiera el mozo se percató de que la jovencita de la mesa tres estaba quitándose la vida frente a sus ojos, más ocupados en que nadie le arrebatara las propinas dejadas por los que se iban. Gabriela miraba a la gente a través del cristal, desentendida del apuro que los llevaba a los bancos a punto de cerrar. Terminó de consumir la cerveza y guardó los frascos vacíos en la cartera. Pagó la cuenta y se encaminó al baño. Se miró la cara por última vez, sin pena. Luego se encerró en un retrete y se sentó a esperar.

El sueño comenzó a llegar. El sueño de la muerte, dulce y plácido. La sensación de estar pereciendo le provocaba un placer colindante con el orgasmo, pero en un nivel más interior y autónomo. Morir era para ella lo que para otras acabar. Los residuos de una angustia cósmica se manifestaban en Gabriela con su más pura perversidad, acercándola a una clase de sexo en estado puro que era absolutamente personal y que sólo llegaría al éxtasis con su último aliento. Contrariamente a lo que todos supondrían y hablarían cuando se enteraran de su deceso, no se mataba por el dolor de haber perdido a sus padres sino por el dolor mismo, que era infinitamente superior a las recientes inexistencias que signaban su realidad. Era tan grande ese dolor como la promesa de su cese a través de la muerte, y Gabriela sentía que moría desde las piernas hacia arriba, que se le agarrotaban los músculos y el frío le recorría el cuerpo, que la mente desaparecía, el corazón desaceleraba y la vagina se dejaba ir.

Una pareja tomaba café en el mismo bar y a la misma hora, pero más cerca de la puerta de entrada. Discutían asuntos de su profesión, que obviamente era la contabilidad. Habían desparramado sobre la mesa documentos de varios colores, formularios impositivos, una calculadora y biromes de colores. Ella sintió una urgencia estomacal y se excusó con su colega por tener que dejarlo solo un rato, que él explotaría pergeñando una sutil evasión fiscal. Cuando la contadora entró en el baño oyó un raro sonido, semejante al croar de un sapo de caña. Con cautela y curiosidad, trató de determinar la procedencia de aquella voz animal. Era inadmisible la presencia de un reptil en aquel lugar, y obviamente haría la correspondiente denuncia a salubridad, sin mencionar que se retiraría sin pagar la adición, porque si así estaba el toilettes, quién sabe qué cosa habría en la cocina.

El sapo se lamentaba dentro de uno de los retretes, eso era seguro. Intentó empujar la puerta, pero estaba trabada. No aguantó más y salió a buscar al encargado de la caja. El hombre, genéricamente gallego,  entró con desgano en el baño de mujeres, seguido de cerca por el ayudante de cocina que también se ocupaba de la limpieza de los baños. Los dos se miraron: croaba un sapo en el retrete. El peón de cocina se agachó y vio unos zapatos rojos.

--Don, acá hay una señora –informó.

--¿Está seguro? –preguntó la contadora. Y sin esperar la respuesta, golpeó con los nudillos sobre la madera.- Señora, ¿está bien?

El sapo croaba.

--Señora, ¿se siente bien?

Y no hubo respuesta.

--Hombre, vaya a buscar al policía de la esquina –ordenó el patrón galaico.

El uniformado llegó pronto, y entre los tres hombres desacoplaron la puerta de los goznes. Gabriela, sentada en el inodoro, con la cabeza apoyada sobre una pared de azulejos blanca y lavada a los lengüetazos, parecía dormida pero mal dormida, con la boca abierta y los ojos levemente purpúreos. Con cada débil inhalación le salía de la boca un ronquido perturbador, como si un sapo estuviera atrapado en su cuerpo. Se la veía hermosa con su blanca palidez, muriendo hermosamente. La piel de cera le brindaba una rara semejanza a una muñeca de tamaño natural, cuyas articulaciones hubiera movido una gigantesca mano para acomodarla en aquel escorzo de suicidio. La inminencia de la muerte resaltaba sus facciones, seguía las líneas rectas de la cara, profundizaba los surcos y la embellecía. Era casi un bello cadáver de mujer, dormida para siempre como la doncella del Llullaillaco.

--Esta mujer agoniza –determinó el policía. Inmediatamente informó por handy a su central y pidió una ambulancia con carácter de urgencia. Después se quitó la gorra, en un gesto automático que tienen los de la fuerza cuando van a salvar una vida (en cambio cuando matan lo hacen con la gorra puesta), y se dispuso a hacer lo que creyó conveniente en esas circunstancias.

La contadora, afligida a tal punto que ya no se acordaba de su urgencia intestinal, exclamaba pobre chica, qué le habrá pasado tan joven ojalá que se salve y patatín patatero, y los demás comenzaban a mirarla con impaciencia.

--Hombre, yo regreso a la caja; ustedes hagan lo que puedan con la dama –dijo el gallego, y se fue tan calmosamente como si acabara de comprobar una pérdida de agua, o más calmoso quizá, porque las pérdidas de agua en verdad lo preocupaban.

--Vos: vení, ayudame –ordenó el policía al peón de cocina-. Vamos a ponerla de pie y a llevarla hasta el lavabo. Y usted, señora, arremánguese la camisa porque va a tener que hacer algo que le diré.

La contadora oyó esas palabras y tuvo el impulso de salir corriendo, sacudida por la situación. Lo de ella eran los números; ya bastante había hecho al encontrar a la chica casi con vida, y el policía no podía tratarla como si fuera su… ni pedirle que… Enrolló la manga derecha de la camisa y nada objetó.

--Esta chica –continuó el uniformado- ha consumido una substancia que la dejó así. Mientras llega la ambulancia tenemos que lograr que vomite esa porquería.

Entre los dos hombres la pararon y la llevaron hasta el lavatorio. Los zapatos rojos de Gabriela se arrastraban sobre las baldosas. La pararon frente al espejo, el mismo en el que se había mirado por última vez un rato antes, y abrieron la canilla. El policía la tomó por el pelo firmemente con la mano libre y le inclinó la cabeza hacia atrás.

--Ahora, señora, métale los dedos hasta la garganta, tratando de no lastimarla. Tiene que hacerla lanzar…

La contadora dudó.

--¡Vamos, qué espera! –se encrespó el agente, animándola con su voz imperiosa - Si no hace lo que le digo esta chica se muere. Depende de usted…

La mujer, saliendo de su estupor, abrió la boca de Gabriela y le metió dos dedos, buscando el sapo. Primero lo hizo despaciosamente, casi con pudor, como si estuviese penetrando una vagina, algo que alguna que otra vez había hecho. Pero el interior de la cavidad bucal era muy distinto al de una vagina. Tocó la encía, palpó la lengua y la empujó hacia abajo, se animó e introdujo los dedos hasta la úvula. Los retiró, se mojó la mano en el chorro de agua y volvió a la carga. Tocó de nuevo la lengua, el paladar, sintió las puntas de los dientes, llegó hasta los pilares, y entonces el cuerpo de Gabriela se contrajo hacia delante.

--Así, así; va bien, señora. ¿Cómo se llama? –preguntó el policía.

--Mónica.

--Va muy bien, Mónica. Un poco más y lo logra.

Retiró los dedos, los volvió a mojar, los volvió a introducir en profundidad, esta vez sin piedad. Gabriela se retorció, la cabeza se le fue para adelante y los dedos alcanzaron a salir de su boca justo cuando arrojó sobre la bacha una lluvia multicolor de comida rancia, jugos intestinales y pastillas a medio digerir.

--¡Eso es, comoquiera que te llames! –arengó el representante de la ley, poniéndole la mano sobre la frente transpirada- ¡Vomitá toda la mierda que tomaste! Y usted, Mónica, hizo un excelente trabajo.

--Gracias, Juan –respondió orgullosa la contadora, después de leer el gafete sobre el pecho del policía.

--Para vos también, pibe: buen trabajo. Ahora tenemos que hacer que camine hasta que llegue el médico. ¡Vamos!

El sapo había dejado de croar.

La pasearon por el baño, arrastrándola primero, y observando después que Gabriela apoyaba las piernas y daba señales de comenzar a moverse por sí misma. Cada tanto Mónica le mojaba la cara y le hablaba, aunque la chica no había abierto los ojos y sólo movía los párpados en un baile de nervios.

--Mónica, abra la cartera de la piba y vea si encuentra una identificación –pidió Juan, mientras paseaba a Gabriela con la ayuda del peón de la cocina-. De paso vea si encuentra indicios de lo que consumió.

La mujer abrió la cartera y buscó a consciencia.

--Se llama Gabriela –informó-. Es una piba, no llega a los 30. ¡Mi Dios! Y esto –mostró los frascos vacíos- debe ser con lo que se empastilló.

En ese momento entró el médico y fue informado de todo lo que se había hecho. Felicitó a los presentes por la tarea realizada, diciéndoles que habían salvado una vida.

--Llévenla hasta la ambulancia que está en la puerta. La vamos a trasladar al hospital para hacerle un lavaje de estómago.

Los hermanos se sintieron desolados al conocer la noticia. La jovial Gabriela, liviana y desaprensiva como se mostraba al resto de los mortales, abúlica y distante, en realidad enmascaraba la profundidad de sus sentimientos y alcanzaba la cúspide de su pesar con la muerte de sus padres. Intentaron animarla y la llevaron de vacaciones ese verano. Con el paso de los meses pareció volver a la normalidad y dejar en el pasado el trago amargo de la orfandad, y todos pensaron que nunca más volvería a agredirse a sí misma… Pero se equivocaron.

Gabriela deseaba la muerte por la muerte misma. Aunque no le gustaba el tango, se sentía identificada con la letra de Abel Aznar:

¡Che mozo! Sirva un trago más de caña,

yo tomo sin motivo y sin razón;

no lo hago por amor que es vieja maña,

tampoco pa'engañar al corazón.

No tengo un mal recuerdo que me aturda,

no tengo que olvidar una traición,

yo tomo porque sí... ¡de puro curda!

Pa'mi es siempre buena la ocasión.

Pensaba que si ella hubiese sido la letrista, habría cambiado el vino por el suicidio. Deseaba fervientemente matarse, y no existía para ese deseo más explicación, causa o motivo que el deseo mismo de matarse. Jamás intentó explicárselo a nadie con tal crudeza y carencia de lógica. Ni siquiera ella lo comprendía acabadamente, pero así lo podía sentir. Su vida era una espera impaciente del momento oportuno, porque si algo se reservaba para sí era la posibilidad de elegir el día y la hora de su partida.

--¡Dale, Luis! ¡Apurate, que no llego al teatro! ¿Te falta mucho con el baño?

Todos los días era lo mismo. Parecía que sus hermanos se confabulaban para dificultarle la salida de casa rumbo al teatro, a horario y sin apuros. Cuando Gabriela les comunicó su decisión de desnudarse sobre un escenario sintieron casi la misma perturbación que cuando se enteraron de su intento de suicidio. Esgrimieron miles de argumentos contrarios a esa insólita actividad que se le había metido en la cabeza. Argumentos religiosos, éticos, familiares, económicos, policiales, sanitarios, artísticos, sociales. Nada logró torcer su decisión. Dos de sus hermanos montaron en cólera y la amenazaron con encerrarla en su habitación si persistía en su idea de dedicarse al desnudismo. Gabriela retrucó advirtiéndoles que si eso sucedía la encontrarían muerta sobre la cama, y eso puso fin a la discusión.

Nadie dudaba de que Gabriela hablara en serio. La muerte era una cosa con la que ella no jodía. Aún tenía en el brazo las marcas de su segundo suicidio frustrado, que había intentado en un hotel de Constitución. Entró sola y se registró con un nombre falso. Pagó dos días completos, hasta las diez de la mañana de un jueves de invierno. Pidió un café doble y mientras lo bebía en la habitación se cortaba las venas del brazo izquierdo con minuciosidad y morbosa lentitud, usando hojitas de afeitar, que parecen  hechas más para ese menester que para el rasurado facial. Después se tendió a dormir en medio de la sangre.

A medida que la muerte la invadía comenzó a desvariar y a quejarse. Fueron gemidos suaves al principio, como si estuviera haciendo el amor (porque cuando hacía el amor sólo gemía muy despacito, de una forma casi inaudible para su partenaire, a menos que le prestara mucha atención y su oído casi estuviera apoyado en la boca femenina. En realidad descreía de esas mujeres y esos hombres que están en medio de un coito como si relataran un partido de fútbol, con sus detalles obvios y sus mentiras más obvias aún. Ella simplemente gemía, y lo hacía de la misma manera ahora, cuando la sangre escapaba del cuerpo y la consciencia se disipaba en medio de una sensación casi placentera.) Al igual que la primera vez, la muerte comenzaba desde abajo, enfriándole los pies. Estaba convencida de que el cuerpo comenzaba a morirse a partir de las extremidades inferiores, como el de Sócrates.

Cada minuto que pasaba la mancha era más grande sobre la sábana y los gemidos de Gabriela se transformaban en palabras inconexas y gritos ahogados, que colmaron de angustia a una mucama que lo espiaba todo desde la claraboya de una puerta lateral, subida a un banquito. Esa empleada le salvó la vida al alertar al conserje… Sin embargo, cuando Gabriela se recuperó y estuvo otra vez de pie, una semana después, se quejó e hizo investigar a la mucama, ¡faltaba más!, porque no se fiaba de sus buenos sentimientos. Los dueños del hotel, a poco tiempo de sucedido el episodio, descubrieron que la mujer fisgoneaba a los huéspedes para después robarles con la ayuda de un cómplice… Tuvieron que despedirla sin más trámite, y Gabriela se alegró por eso, pues no podía perdonarle que hubiera invadido su privacidad y arruinado su momento de gloria.

Antes de que se descubriera la verdad sobre la mucama, Gabriela fue al hotel y la enfrentó. Se sentaron a tomar un café en el bar contiguo al vestíbulo, lejos de las indiscreciones consabidas, y se miraron como enemigas que se medían antes del combate.

--¿Por qué tuviste que estropear mis intenciones? Había planeado cuidadosamente mi muerte y vos te entrometiste. ¿Para qué? ¿Con qué derecho?

La mujer, de cutis cobrizo y gruesa figura, le regaló la mirada centelleante de sus ojos negros, y guardó silencio. Parecía que lo único vivo en ella eran los ojos.

--Hablá –insistió Gabriela-. No nos conocemos. Y no me digas que lo hiciste para cumplir con un deber cristiano. Alguna otra cosa fue la que te motivó. Decímelo y me voy… Y claro, no creas que te lo voy a agradecer. –Hizo una pausa y se arrellanó en la silla.- Dale, te escucho.

La mujer bebió un sorbito de café. Apoyó el jarrito sobre el plato, lo giró dos o tres veces hasta que pareció decidirse a decirle a su interlocutora aquello que deseaba saber, y hablo con voz pausada pero segura.

--Lo hice porque estabas en esa cama hinchando las pelotas y ensuciando las sábanas. No te ibas a morir con esos tajitos en  las venas. Si querías matarte tenías que haberte cortado una arteria y ¡listo!, en cuatro minutos eras historia. Pero así…

Gabriela la miró con estupor.

--Cuando alguien se quiere suicidar cortándose como vos es porque en realidad no lo desea o porque no averiguó cómo es la cosa. La sangre de las venas sale muy despacito, te quedás inconsciente y cuando se coagula ya está, no te morís. ¿Entendiste, tontita?

Hubo una pausa cargada de tensión que las dos pudieron sentir recorriéndoles el cuerpo.

--Lo que entiendo –respondió Gabriela- es que la vas de médica y sólo sos la mina que tiende las camas. ¿Por qué tendría que creer todas esas estupideces que decís?

La mujer apoyó el brazo izquierdo sobre la mesa y levantó la manga del delantal. Lo puso muy cerca de los ojos de la muchacha, asegurándose de que no perdiera detalle de las cicatrices que le adornaban la muñeca y el antebrazo, de factura no demasiado reciente pero incuestionables y convincentes como argumentación.

--Acá tenés el diploma. ¿Te gusta? –Bajó la manga del delantal y se puso de pie-. Y ahora dejame de joder porque tengo que  trabajar. Gracias por el café, piba.

Se fue caminando hasta la puerta que daba a la escalera y por ahí desapareció. Gabriela no volvió a verla jamás, pero supo entonces que tenían en común intentos de suicidio frustrados por obra de la improvisación. Se quedó un rato hasta que terminó de beber su café y después caminó por la avenida 9 de Julio hasta el centro con la cabeza bulléndole para la siguiente vez.

A partir de ese día, antes de subir al escenario  del teatro cada noche tuvo que dedicar diez minutos a maquillar su antebrazo con una receta casera, para ocultar las nervaduras dejadas por los cortes.

Eran las ocho menos veinte cuando por fin Gabriela pudo disponer del baño.