18:45 -19:10

Deben ser cerca de las siete. No puedo leer el cuadrante del reloj. ¡Hay tanta obscuridad! Tendría que esperar una parte muy clara de la película para volver a intentarlo: un paisaje al mediodía, un interior con suficiente iluminación. Pero deben ser las siete. Ya llevamos casi una hora aquí, y Martín lo está pasando bien. Me encanta su risa. Pobrecito, hoy vio un cadáver. Dicen que la mente de los chicos es como una esponja: absorbe todo con rapidez, y es fácil estrujar su contenido indeseable. Seguramente ese recuerdo volverá alguna vez. Pero ahora está disfrutando la película. Todos los chicos ríen y gritan. Qué linda edad. ¿A ver si ahora puedo?… No veo bien dónde están las agujas. Tengo que adivinar. Deben ser las siete.

Es necesario que haga un esfuerzo y me concentre en el film. Seguramente él va a hacer comentarios cuando salgamos, y no quiero que piense que nada de esto me interesa. Es un chico muy vivo. Y yo una mujer con demasiados problemas. Qué mujer no los tiene. Qué madre sola no se enfrenta cada día al desafío de criar a su hijo con decencia. Conozco cientos de casos. Hay hombres a los que habría que cortarles la pistola. Engendran hijos y se van. No son hombres. Tengo que entender la trama. Hay animales extraños y paisajes lunares. Cómo hacen los pibes para engancharse con estos bodrios.

Necesito comprender esta película. Involucrarme en su argumento, vivirla a la par de Martín. Eso haría que dejara de pensar. De pensar en hoy, en mañana, en ayer. En casa ya habrán sacado los muebles de la habitación. Estarán apilados en un rincón del living. A lo mejor amontonaron todo así nomás, en la cocina o en la pieza de Martín. Y en el lugar desocupado situaron el féretro, los cirios, algunas flores. El ataúd dominará el centro de la escena, y a su alrededor deben estar desfilando algunos (pocos) conocidos. No había café. ¿Abel habrá comprado? ¡Qué vergüenza! Mañana va a oler a flores toda la casa. Seguramente la vecina gorda fue de las primeras en pasar a chusmear.

¡Pobre! Por suerte no sufrió. Se murió mientras dormía. Y pobre de mí. Mañana la vida será completamente diferente. Con quién voy a dejarlo; quién querría la responsabilidad de cuidar a un hijo ajeno cuya madre tiene que salir a trabajar. No se me ocurre nadie a quien pedirle semejante favor. La única amiga que tengo está en Esquel. Ella sí aceptaría darme una mano en este brete. Tengo que avisarle que la abuela murió. Que Selva la grande murió. Ella le decía Selva la grande. Yo soy la chica. La guacha se vengaba así cuando la nona le decía Leonora la grande. La nona la quería, y ella también. Casi nos criamos juntas. Qué mierda hará en Esquel. Voy a ver si mañana la llamo. Aunque sea para que se entere. ¡La nona la quería tanto!

Tengo que resolver un problema a la vez. Sino, me voy a volver loca. Lo más urgente es pasar la noche. Espero que Carlos me deje entrar en el teatro con Martín. Es un buen hombre y aceptará la situación, a pesar del riesgo que correrá al hacerlo. Ese no es lugar para un chico de ocho años. Pero ¿qué alternativa tengo? Martín va a estar cansado. Dormirá varias horas de un tirón. Le voy a armar una camita con las mantas que tengo allí. El cuarto de costura está bastante retirado, y el sonido de la música y del público alcanzan ese rincón con poca intensidad. Martín está acostumbrado al silencio del barrio. No puedo pensar en otra solución. Es por esta noche. Carlos es un hombre estricto y tendré que convencerlo. No me negará el favor. Es mi única esperanza. (Si le digo a Hugo me saca carpiendo.) Martín todavía ignora que no regresaremos a casa, hoy. Dios, qué día. Y no termina aún. ¿Habrán comprado café? ¿Alcanzarán las tazas?

Me río con él. No sé de qué, pero está mirando si me río, y yo me río con él. Si no fuera éste el día del paseo, me reiría con ganas. Dentro de dos años van a dar esta misma película por la televisión y la veré de nuevo. Entonces me reiré con ganas. Ahora sólo puedo fingir. Me mira. Me pregunto si él ríe con la misma naturalidad que los demás chicos.

Cuando salgamos del cine lo voy a llevar a caminar un poco, para que se canse más. El clima es bastante agradable, y también lo abrigué; hasta camiseta le puse. No quiero que se resfríe. Más tarde lo llevaré a comer una porción de pizza al lugar donde le gusta. Y a tomar una coca. Menos mal que tenía algo de plata en la cartera. Supongo que si mido los gastos me va a alcanzar para hoy y mañana. Podría pedir un anticipo de sueldo, pero Hugo es un tipo difícil. Me lo daría, pero tendría que explicarle todo con pelos y señales, y no tengo ganas. Me alcanzará. No falta mucho para fin de mes… ¡Qué haré mañana! ¿Carlos me dejará entrar con Martín? Me tengo que reír. El personaje hace piruetas y los chicos carcajean como locos. Me tengo que reír. ¿Cuánto faltará para que termine?

¡Qué boluda! Todavía está en casa la última jubilación. La nona la guardaba en uno de los cajones de su cómoda. Espero encontrar ese dinero al regresar. No soy desconfiada. Pero la tentación de hurgar las pertenencias de un muerto es grande, y si alguien lo encontrara, se lo llevaría sin pensarlo demasiado. Con eso puedo pagar algunas cosas y tirar un poco más. Tengo también la autorización que la nona me hizo para cobrar en el banco. Algunas veces fui, cuando ella no podía caminar. Puedo volver a hacerlo, siempre y cuando no me pidan el documento de identidad. Me parece que el documento se lo queda la funeraria, y después de pasar por el Registro Civil va a la quema. El cajero me conoce, y muchas veces no me pide nada; sólo me paga. Pregunta cómo está la abuela, pero nada más. Sería cuestión de mentir, de decirle que está bien, y que no fue a cobrar por su propio pie a causa del reuma. ¡Qué sé yo! A lo mejor dos o tres meses la estrategia funciona. ¿Y si me enganchan? En este país todo está permitido. Lo haré. Tengo una fotocopia del documento. Lo haré. ¡Qué boluda! Si me hubiese acordado de que estaba esa plata habría comprado café. Lo haré.

Qué ganas de fumar un cigarrillo. Al salir de acá, voy al baño y enseguida enciendo uno. No me quedan muchos; no tengo que olvidarme de comprar. ¡Las chicas del teatro son unas vivas! Hay dos o tres a quienes les gusta fumar de arriba. Pero no me agarran más. Que se compren. La que se paga sus fasos es Borges; de ella no se puede decir nada. Pero no convida, si vamos al caso. Yo soy demasiado buena. Tendría que decir que no. La vida no me enseñó a decir que no, con lo útil que sería. Una es como es.

Hoy no pude descansar ni un poquito. Cuando salga del trabajo, mañana, voy a estar fundida. Sería bueno que las chicas no me dieran demasiado trabajo. A veces se ponen difíciles, que la ropa, que el peinado, que me queda largo, que lo veo corto, qué las parió. Como si les fuera a durar mucho. Un ratito y se sacan todo, revolean el pelo, transpiran y se les corre el maquillaje. Hay que reconocer que la que menos jode es Gabriela. Todo le parece bien. Buena piba, la Gaby. No se mete con nadie. Tampoco es atorranta, o al menos lo disimula bien. Debe tener sus fatos por ahí, pero no los lleva al teatro. Se crió entre hombres, me dijo una vez… ¿Por qué mierda estoy pensando en la Gaby?

 No voy a poder. Seguir en el teatro será imposible. Gano bien ahí, pero no puedo irme toda la noche y dejar a Martín solo. Tampoco dispongo de nadie que lo cuide, así que tendré que renunciar. Pedir algo de indemnización, aunque no me despidan. Una bonificación, algo, qué sé yo. Y después a lo de antes, a trabajar de overlockista, pero en casa. No es una época adecuada para buscar clientes, pero a lo mejor, si paso por la peletería y pido que me den tareas para hacer en domicilio, a lo mejor… depende de cómo esté el rubro. Con suerte, por ahí está todavía la encargada que me apreciaba tanto, que valoraba mi trabajo…. Y me dé una mano… por ahí… quién te dice… sería cuestión de conseguir una recta y desempolvar la overlock. ¡Menos mal que no la vendí! Pensé que nunca más iba a trabajar con pieles y ante. ¡Las vueltas de la vida!

Mañana llamo también a la encargada de la peletería. A Leonora y a la encargada… No, sólo a Leonora. Me conviene ir en persona por el tema del laburo. Es más serio. Una no puede tratar estos asuntos por teléfono. Voy a presentarme, a contar mi historia, a pedir el trabajo cara a cara. Será lo mejor.

También tengo que pasar por el cementerio. Mañana, sin falta. Ver la tumba de la nona, ver dónde la dejaron. Abel siempre pidió que lo cremaran, y quería convencer a su madre de que eso era lo más adecuado. Pero ella nunca estuvo de acuerdo. Prefería la cosa a la antigua. El velorio, la caravana, la pasadita por el barrio, la tumba con flores. Una vez me dijo que más que a la muerte, le temía al crematorio. De la tierra venimos y a la tierra vamos. (¿Venimos de la tierra? Si, supongo que sí. Del fuego seguro que no venimos.) Hasta pidió una buena ubicación y una placa grande donde se leyera su nombre. Decía que la visitaran seguido para no estar tan sola. ¡Qué mujer! Yo voy a ir, claro. Era mi mamá más que la madre de mi mamá. Abel no andará seguido por la tumba. Abel no va a ir.

 Todos vamos a morir. Pobrecito, Martín también va a morir. Qué mierda. Uno los trae al mundo con esa condena: van a morir, aunque ahora eso esté tan lejano para él. Borges, entre faso y faso, me dijo una vez una frase que me quedó grabada. Me parece que dijo que era de Cortázar. Era algo así como que los pibes tienen una inmortalidad de sesenta años. ¡Qué estúpida! Debo estar muy mal. No puedo pensar en la muerte de Martín. Hoy es inmortal. Y yo necesito vivir muchos años, para criarlo. Habrá que largar el pucho, aunque tampoco fumo tanto. Sería terrible morir de cáncer de pulmón.

La cabeza me da vueltas. Ya ni siquiera puedo fingir que me río. Estoy segura de que cuando vea esta película en la tele, en dos años, tampoco me reiré. Recordaré este momento y me invadirá la misma pesadumbre que siento ahora. Esta película es este momento de mi vida. Algo parecido me sucedió con Titánic. Yo era joven y viajaba a Chile para conocer. El tren llegó a Mendoza cerca de las diez de la noche. Recorrí la ciudad buscando un hotel barato, una pensión económica, pero nada se adecuaba a la escasez de mi bolsillo. Al otro día salía el colectivo a Santiago, el CATA. Era una noche calurosa, y decidí pasarla en la calle, con el bolsón y el cansancio. Caminé por el centro y me metí en uno de esos cines de trasnoche donde dan la misma película una y otra vez. Dormité en la bucata, y cada tanto despertaba y veía retazos de la proyección. Era una pareja que se enamoraba durante un viaje en barco; su amor estaba condenado por la distancia social y por la inminente tragedia. ¡Qué lindo estaba Di Caprio! Era 1997, cuando la estrenaron, o los primeros meses del 98. Y siempre, pero lo que se dice siempre, veo esa película en la tele y estoy en Mendoza, soy joven, paso la noche en un cine. La película es esa noche. A las 4 de la madrugada el cine cerró y salí a caminar, otra vez. Llegué a la terminal de ómnibus y dormí en un escaño. A esa hora hacía más frío, y me abrigué. A las 7 desayuné algo caliente, y dos horas después estaba viajando hacia los Andes. ¡Las cosas que hace una de joven!

Azúcar hay. Aunque la nona no podía consumirla, y yo prefiero no abusar de ella, justamente ayer compré una bolsita de kilo. Pensaba prepararle un flan a Martín, y a él le gusta con mucho caramelo. ¡Qué pibe! Se queda a mi lado esperando a que termine de cocinarlo. Después agarra un cuchillo y raspa con fuerza el fondo de la olla. No para hasta sacar todo el caramelo que quedó pegado. Le encanta. Me salió dulcero. El padre no era así. El padre no era nada. Y ya le dije: Martín, me vas a perforar la cacerolita esa donde se cuece el azúcar. Se pone negra mientras la revuelvo con la cuchara de madera. Azúcar hay. ¿Habrán comprado café? Aunque sea el barato, instantáneo. ¿Cuánto falta para que termine esto? Martín quiere más pochocho. Ya fue suficiente. Después no va a comer pizza. No quiero que se llene de porquerías. Mañana le cocinaré algo rico y nutritivo. Pollo, que le gusta. Está creciendo, y aunque es pequeño, lo quiero fuerte. Qué calor hace acá. Los gritos de los chicos me aturden.

Cómo me gustaría acostarme y dormir muchas horas. Cansarme de dormir, levantarme con esa modorra que deja el excesivo tiempo en la cama. Calentita y en un silencio tan intenso que casi se pudiera oír. Sola. Sin pensar en nada. Poner la mente en blanco. Tomar una pastilla para relajar los músculos y hacer de cuenta que mi vida empieza y termina en ese soplo del universo, como la de una libélula. Rodeada de un silencio que sólo sentí en los Andes, a cinco mil metros de altura; algo que no era la ausencia de sonido, porque así no sería silencio. Algo que era como la suave exhalación del mundo cuando está dormido, y una la puede percibir con el corazón antes que con los oídos. Había pájaros posados en un árbol solitario, quietitos y con los ojos entrecerrados. Me acuerdo que pensé que no volaban para no perturbar con su aleteo aquella música de Dios.

A Gaby le haría bien quedarse una semana en ese hotelito de los Andes, respirar aire puro de montaña y olvidarse un poco de los quilombos. ¡Pobre Gaby! Aún apesta a gas. Cuando habla y está cerca de una, todavía se puede reconocer el desagradable olor del metano. Y ya pasó casi un mes.

¡Por Dios! La película debe estar por terminar. Me parece eterna…

¿Habrán comprado café?