17:52 -18:45

(Luisa y Romina también trabajaban en el teatro. Llegaban juntas, se retiraban juntas y se desnudaban en un mismo acto. En un acto de dos, que despertaba secretas fantasías en los asistentes al promediar cada show.

Luisa fue la primera que desembarcó en aquel escenario, aunque sólo por minutos. El día en que Hugo la eligió entre la docena de mujeres que participaron en el casting, siempre con la opinión de su adlátere casarense, advirtió en ella un halo de misterio, oculto bajo un exterior inquietante.

--¡Qué cuerpazo! –exclamó Carlos-. Si no fuera por los pies…

--Pensé que no ibas a notarlo. ¿Creés que son un escollo para el espectáculo?

Carlos dudó.

--Tiene buen lomo. ¿Quién le va a mirar los cascos?

Hugo sonrió y la contrató sin más dilaciones. La mujer que se había desnudado frente a él era una de las más hermosas que había visto, y sin duda daría categoría a las presentaciones. Su largo cabello castaño enmarcaba un rostro blanco, pero bruñido por el sol del verano y por alguna cama solar del invierno. Tenía dibujado en la piel el estigma del traje de baño, diminuto y tal vez a lunares justo justo. Era alta y esbelta como un junco, pero compacta y firme. Los senos, que poseían dimensiones algo más grande de lo normal sin llegar a la exuberancia, eran realzados por el contraste con la cintura de avispa. Las piernas, largas y contorneadas, fueron la parte de la anatomía de Luisa que convencieron a Hugo de que era la elección correcta.

--Las piernas son perfectas, fijate –comentó Hugo.

--Si… Aunque dicen que las mujeres no le dan importancia a las piernas, porque es lo primero que hacen a un lado –bromeó Carlos.

Ja ja! ¡Sos un turro! ¡Ja ja!

El modo de caminar sobre el escenario, ya sin prendas, embelezó a los dos hombres. Y cuando giró y dio la espalda, pudieron constatar que los glúteos estaban erguidos y se veían igualmente hermosos de perfil y de frente (ellos sabían que existía una magia en ese tema: algunos culos eran hermosos si uno los miraba de frente, pero desaparecían en los perfiles; éste no era el caso). El rombo que se formaba entre las piernas parecía trazado con una regla, y permitía que los ojos espiaran hacia el otro lado.

--Flor de mina, che.

--Una yegua.

--¡Dejate de joder con los equinos!

Un canal pronunciado le recorría la espalda hasta el hueso coxal, un cañón que separaba a la mujer en dos suaves mesetas  interrumpidas apenas por el promontorio de cada omóplato. Los hombres no se cansaban de mirarla, y no sabían si fijarse primero en sus ojos de color glauco mar, en sus nalgas, en sus pechos o en el grácil movimiento de sus piernas. Todo era igualmente hermoso y tentador, salvo detener la mirada en los pies, porque los pies... ¡mama mia!, la naturaleza había decidido que los cimientos donde se asentaría tanta belleza tenían que ser imponentes, como si la hermosura pesara o fuera a ladearse por  falta de una sustentación tan desacorde.

Hugo temió herir su susceptibilidad artística, pero en aras del cabal conocimiento de la postulante no pudo evitar solicitarle lo inevitable, antes de informarle que era aceptada:

--Señorita, hágame el favor de quitarse los zapatos.

Luisa hizo una mueca de contrariedad. Estaba acostumbrada a que la gente apreciara el exagerado tamaño de sus pies. Sin embargo, nunca dejaba de fastidiarla que la observación fuera tan concreta. En estos casos siempre le venía a la mente Marilyn Monroe, que más o menos sufría el mismo trauma, además de la polidactilia.

Los zapatos eran lo único que separaba su cuerpo del aire ambiente. Luisa solía usarlos algo más pequeños de lo recomendable, todo lo estrechamente dolorosos que podía soportar, cual una moderna Madame Bovary. Se sentó en una silla que estaba sobre el escenario, desacordonó su calzado y lo hizo a un lado. Se puso de pie.

--Ahora camine, por favor –indicó Hugo.

Luisa obedeció, embarazada por la situación. Estaba acostumbrada a la desnudez del cuerpo, pero la de los pies siempre le resultaba martirizante.

--Muy bien, Luisa. Puede vestirse. La espero en mi oficina. 

Carlos continuó con sus tareas habituales. Hugo se fue a su despacho a esperarla, y diez minutos más tarde oyó que repiqueteaban en la puerta dos firmes golpes de mujer.

--Pase. –invitó. Luisa entró, vestida con elegancia y sobriedad, y maquillada con perfección femenina.- Siéntese, por favor… -Hizo una pausa para arrellanarse en el sillón presidencial, reclinándose en un ángulo de 45 grados para apreciarla mejor.- Primero que nada quiero felicitarla: ha sido la seleccionada en el cásting… Está contratada. Lamento haberle hecho pasar un mal momento al pedirle que se descalzara, pero como comprenderá…

--Comprendo –interrumpió la beldad-, no se preocupe. Y quiero que sepa que me las ingenio para disimular eso, sobre el escenario y en mi vida cotidiana.

--No dudo de que así sea… -Hugo hizo otra pausa para entrar en el tema que más le preocupaba.- Lo que queda ahora es hablar de dinero… ¿Le puedo ofrecer algo de beber? Los temas monetarios son menos frívolos con una copa en la mano.

 --No, gracias… -Luisa dudó un instante. Inmediatamente recurrió a la decisión que traía acopiada para aquella parte de la entrevista.- Si me permite, hay otro asunto que deseo que hablemos antes de pasar a los estipendios.

--Cómo no. La escucho. –alentó Hugo, repentinamente intrigado.

--Bien… Espero que usted sea una persona de mente abierta… Tengo la impresión de que lo es. Y es por eso que voy a contarle una parte de mi intimidad.

Hugo frunció el entrecejo.

--Deseo hacer mi acto con otra persona, una mujer cercana a mí, a quien me une una relación bastante especial.

--Ahá… A ver si comprendo… Digamos que usted es… ¿lesbiana?

--No le voy a dar vueltas al asunto: practico el BDSM, tengo una sumisa de 24 horas y creo que sería un interesante aporte a su espectáculo que ella y yo expusiéramos ante su clientela una insinuación de nuestras prácticas privadas... Hugo, si tiene dudas, no dude en preguntar lo que crea conveniente.

Hugo volvió con su sillón presidencial al ángulo recto y apoyó los antebrazos sobre el escritorio.

--Luisa, en buen criollo, es sadomasoquista. Y me ofrece llevar eso al público. ¿Es así?

--Palabras más, palabras menos…

--Déjeme aclararle que no puedo permitir que se practique sexo explícito sobre el escenario. Estaría infringiendo la ley…

--No habría sexo explícito, pero sí mucha sensualidad y toda la plástica de la sumisión y del bondage. ¿No quiere intentarlo, al menos?

Ahora fue Hugo quien dudó.

--Voy a serle sincero, ya que usted lo es. Estoy en condiciones de contratar a una mujer, no a dos. Además, ni siquiera conozco a su amiga. Póngase en mi lugar, Luisa.

--Se llama Romina, y no es mi amiga. Entre nosotros, podemos llamarla mi sumisa… Ella está en la puerta de este edificio, esperándome. Y si quiere arriesgarse, hágala pasar para que se la presente y le ofrezcamos una escenificación de nuestras inclinaciones íntimas.

El empresario levantó el auricular con afectada parsimonia, en un vano intento de disimular su repentina agitación.

--Descríbame a Romina. Pediré que le indiquen el camino.

--Es una chica joven, rubia, más baja que yo. Tiene puesta una campera verde. Apelo a su gentileza para que ordene que la traigan ante mi presencia.

--Muy bien. –Discó el interno de la oficinita de su ayudante.- ¿Carlos? Oime, hay una chica en la puerta, rubia, con campera verde. Se llama Romina. Acompañala hasta acá, si sos tan amable. –Pausa. Click. Hugo apoyó el auricular sobre la horquilla.

--¿Satisfecha?

--Satisfecha. No me equivoqué, estoy frente a un hombre de mente despejada.

--Gracias. Yo debo confesarle también, Luisa, que cuando la vi sentí que un misterio envolvía su hermosura, y no me equivoqué. ¿Hace mucho que...?

--¿Qué disfruto estas prácticas? Bastante, si. Desde la juventud, casi. Apenas me divorcié, a los 27 años, conocí a una persona que me inició en ellas y me ayudó a descubrir mi personalidad dominante.

--Entiendo… Mire, yo salía con una chica que sólo tenía orgasmos si le pegaba muy fuerte en el rostro. Después de seis meses me dolía la mano de tanto abofetearla… ¡Ja ja ja! ¡Una vez casi le arranqué una muela! ¡Ja ja ja!

Pero Luisa no se reía. Y Hugo se llamó a la compostura, mientras pensaba que cuando le contara a Carlos el derrotero que había tomado aquella entrevista laboral se iba a recontra recagar de la risa.

Justo en ese momento golpearon a la puerta, a tiempo para sacar a Hugo del silencio incómodo de su interlocutora.

--¡Pase!

Carlos, sin soltar el picaporte, cedió la entrada a Romina y preguntó a su jefe si necesitaba alguna otra cosa.

--Por ahora no. Gracias. Andá nomás.

La puerta se cerró y Hugo se puso de pie para saludar a la recién llegada, que se había quedado impávida al lado de su ama. El hombre se acercó a ella y le tendió la mano.

--Encantado. Soy Hugo, dueño del teatro.

Luisa intervino:

--Saludá –ordenó.

--Un placer. Romina. –La chica, rubia como el sol, tendió la mano y la depositó dentro de la de Hugo. Éste la sostuvo un instante, regocijándose con su tibieza. Luego la soltó y se sentó en su sillón, detrás del escritorio. Se sintió seguro ahí, a cubierto de las miradas que podrían revelar a las huéspedes su incipiente erección.

--Bueno, acá estamos –dijo, condescendiente-. Luisa, haga de cuenta que soy el público. Si lo que me muestra es interesante y se adecua a mi empresa, podría estirar mi presupuesto y contratarlas a las dos.

Luisa se puso de pie y se quitó el abrigo. Extrajo un látigo BDSM de su cartera y otros implementos de cuero. Se paró frente a su esclava, bastante más pequeña que ella pero de proporciones armoniosas, y la miró con rigor, blandiendo y agitando en el aire, con suavidad y estilo, las siete puntas del látigo.

--Sumisa Romina, desnúdese completamente. Y no hable a menos que se lo ordene.

--Sí mi ama.

Y así comenzó todo. Una hora después Carlos vio pasar a las dos mujeres y franquear la puerta de salida. Intrigado, se dirigió a la oficina de su jefe para interiorizarse del resultado de la entrevista, con la morbosa curiosidad de saber quién era la más chiquita, aunque supuso que se trataba de la hermana de la yegua nueva o una prima, o algo así. Golpeó y entró. Carlos salía en ese momento del pequeño baño privado de que disponía a un costado de la oficina. Estaba demudado, rojizo, y se acomodaba el pantalón mientras caminaba hasta su sillón.

--¿Te pasa algo? ¿Estás bien, Hugo?

Hugo se reclinó en su sillón, casi tocando la pared de atrás, miró a Carlos fijamente y articuló unas pocas palabras.

--Sólo te puedo decir una cosa… -levantó las manos para reforzar la exclamación:- ¡Qué hijas de mil puuuuutaaaaaaa! ¡Me tuve que pajear!

Dos días más tarde Luisa y Romina debutaban en el show…

Las otras chicas las apodaron Tribilín y Wilbur, en alusión al dibujito animado pede  magnus y a su diminuta y tierna mascota.)

Poco antes de las seis de la tarde, como todos los días, las dos mujeres preparaban la merienda, por lo general con tostadas, manteca, mermelada, mate y café. Claudio salía de su trabajo en la telefónica a las cinco y media, y después de un breve recorrido en auto llegaba a la casa en media hora, minutos más o menos, dependiendo del estado del tránsito en la autopista 2. Apenas entraba saludaba a Romina con un beso en la boca, corto y tierno. Inmediatamente después saludaba a Luisa con un beso en la boca, corto y tierno.

No hacía mucho que vivían juntos los tres. Claudio, que había rebasado los treinta años en el lustro anterior, sabía desde joven que disfrutaba más sus relaciones sexuales si las encauzaba hacia la sumisión. El rol de sumiso en la intimidad lo llenaba de satisfacción, pero no era ni pasivo ni homosexual. Convencido de que aquel deleite era una gran estupidez producto de la soltería, tomó un día la decisión de contraer nupcias con su última novia, una chica bastante joven a quien quería más que a ninguna de las mujeres que habían desfilado por su vida y que podía recordar. Se casaron en una parroquia muy pequeña de Parque Chacabuco e iniciaron una convivencia que como cualquier relación matrimonial, se deslizaba por la vida con serenidad pero sin grandes emociones. Su esposa le fue dando de a poco las claves de su sexualidad, a medida que las descubría y que la confianza entre los dos le permitía revelarse sin tapujos. Él hizo lo propio…

El momento de mayor asombro fue aquel en que terminaron de descubrir sus íntimas predilecciones en la cama, cuando se convencieron de que tanto uno como otra disfrutaban el rol de esclavos sexuales, aunque no fuera más que un juego debajo de las cobijas. Algo que había comenzado con candidez terminó conformando sus inclinaciones más reservadas... Claudio y Romina eran sumisos desde las vísceras, y esa condición, además de unirlos, los aburría hasta la médula, porque el que ocasionalmente debía oficiar la parte dominante en los retozos previos al coito no se deleitaba en absoluto y se frustraba en tales circunstancias, ya que aquello era lo exactamente opuesto a su verdadera personalidad amatoria.

Luisa, por su parte, era una dominadora experimentada cuando conoció a Claudio y accedió a su pedido de ser aceptado como sumiso. La relación de los dos transitó el camino del sexo para él, y el del amor para ella. Claudio era el esclavo perfecto que cualquier dominadora BDSM podía desear en la vida. Luisa era la ama perfecta que abrió a su dócil prisionero el mundo de sensualidad y erotismo con el que siempre había soñado.

Una tarde, Claudio previno a Luisa de que tenía algo importante que decirle. La mujer le dio una cita en un bar intimista cercano a la avenida Montes de Oca, un rato después de que él concluyera el día laboral en la telefónica. Cuando colgó el auricular, Luisa permaneció sentada junto a la pequeña mesa donde reposaba su teléfono azul, intrigada por las enigmáticas palabras de su esclavo: “Ama, tengo algo que decirle que podrá cambiar nuestras vidas.” Se sirvió un café y se recostó en la cama tratando de no pensar en nada, y alejó de su mente la posibilidad de que Claudio hubiese decidido concluir la relación que los unía. Jamás le había sucedido algo así, algo como lo que sentía en aquel momento. Estaba enamorada del hombre al que vejaba y sometía para placer de los dos, y eso, de alguna manera, rompía con las reglas básicas que debía respetar una ama BDSM deseosa de conservar su cetro de mando. Si él se enterara de su amor ya no la respetaría, y el vínculo perdería sentido para uno como para otra.

Ella llegó primero a la cita. Él entró en el bar con puntualidad, besó a la hermosa mujer y se sentó a su lado. Pidió un café. Se quedó mirando sus ojos como si los viera por primera vez. Le tomó la mano. Parecía que iba a confesarle su amor. Pero le habló de Romina, su esposa.

--Ama, deseo que la tomes por esclava también a ella. Te obedecerá fielmente, como lo hago yo.

Luisa quedó azorada por el inusitado pedido. En calidad de ama BDSM, aquello era un desafío interesante y prometedor. Como mujer enamorada, sólo podía sentirlo como una traición.

Indagó por lo primero que le vino a los labios, y que consideró elemental:

--¿Ella conoce nuestra relación? ¿Está dispuesta a…?

--Se lo dije hace dos semanas. Está excitada con la posibilidad de conocerte, mi ama.

Eso, claro, era mentira. Claudio se había trazado un plan, y lo estaba llevando a la práctica. Una vez que constató que Luisa no rechazaba de plano acceder a su pedido, aunque lo supeditaba a la forma en que se fueran desarrollando los acontecimientos, pasó a la segunda etapa del proyecto: tantear las reacciones de su esposa, Romina.

Necesitó valor para confesarle en primer lugar su relación BDSM con una ama experimentada. Romina lo escuchaba en otro bar, frente a otro café. Él había preferido tratar el asunto en un lugar neutral, alejado de la casa y de los ambientes donde transcurría su matrimonio. La llevó a un bar, aduciendo que tenía algo que confesarle. Se sentía seguro si elegía el sitio y las circunstancias…

Romina reaccionó con el mismo asombro de Luisa:

--¿Me estás diciendo que tenés una amante?

--No. Te estoy diciendo que me he convertido en el esclavo de alguien que conoce mucho de BDSM.

--No lo puedo creer…

--Romina, esto tiene que formar parte de nuestra sexualidad. Vos y yo tenemos la misma fantasía, y qué mejor que concretarla juntos…

Romina calló.

--Sabés muy bien –agregó él- que necesitamos a alguien como esta mujer, avezada en el manejo de sumisos, como lo que vos y yo somos, al fin y al cabo.

Hubo una pausa larga. Bebieron sorbitos de café sin decirse nada.

--¿Por qué no un hombre dominante? -preguntó ella.

--Eso sería demasiado complicado. Además, vos estás más cerca de la bisexualidad que yo.

Otros sorbitos de café.

--Romina, quiero que cierres los ojos y me digas una sola cosa.

--Qué.

--¿Te excita la propuesta?

Romina se tomó su tiempo para responder. Llevó la taza que aún humeaba hasta sus labios, sorbió otro poco de su infusión y la posó otra vez en el platito. Después asió la mano de Claudio y cerró los ojos.

--Si –dijo.

Claudio, viéndolo en retrospectiva, trabajó mucho y muy inteligentemente para llegar a ese día, para que las dos mujeres estuvieran ahora compartiendo con él la merienda, pasadas ya las seis de la tarde. Mientras disponían todo, Luisa y Romina se ponían de acuerdo en los detalles de lo que harían esa noche, cuando salieran a escena en el teatro. Casi todas las noches agregaban un nuevo elemento, una reacción diferente, una señal más o menos obvia de su placer, y una parte del público veía en ellas la representación vívida de sus fantasías más reprimidas. Hugo jamás se arrepintió de haberlas contratado, aunque estas dos mujeres eran las integrantes de su elenco de quienes más ignoraba.

Oyéndolas hablar, Claudio sentía que podía tocar el cielo con las manos. Los tres trabajaban día a día la relación no convencional que sostenían, y una parte importante de esa tarea cotidiana era mantenerla a resguardo del mundo exterior, de familiares y amigos, de vecinos y curiosos.

Dos semanas le insumió a Claudio organizar la entrevista entre Romina y Luisa, la primera cita, el primer encuentro entre la experimentada dominadora y la aprendiz de esclava. Muchas veces dudaba del éxito de la relación, por la timidez de una, por la intransigencia de la otra, por la tiesura de las dos a la hora de tratar detalles más o menos enjundiosos. Dos semanas, con sus largas noches de excitación y murmuraciones al oído de su esposa, y con las tardes al lado de su ama, respondiendo preguntas acerca de Romina, cuyas reacciones y deseos exageraba un poco para hacerla más asequible a la bella dominadora BDSM. Se sentía a gusto por el hecho de no tener ya la obligación de disimular sus encuentros extra maritales: Romina sabía ahora puntualmente, de sus propios labios, los tiempos y los pormenores de sus citas con Luisa. Ésta, por su parte, estaba al tanto de la intimidad matrimonial de su esclavo… Al finalizar esos catorce días ambas mujeres se sintieron lo suficientemente seguras para enfrentarse una a la otra y medirse mutuamente sin la mediación de Claudio. El resultado de tal experiencia era un albur.

Luisa ordenó que el encuentro fuese a solas, sin la asistencia de Claudio. Romina estuvo de acuerdo. Tomarían un café en el barcito cercano a Montes de Oca, al promediar la tarde de un miércoles. Luisa, como siempre, llegó primero. Romina entró y buscó nerviosamente con la mirada, pero no había demasiada gente a esa hora y no le fue difícil dar con la bella mujer que la esperaba. Ésta le hizo un gesto con la mano, indicándole su presencia. Romina se acercó con lentitud y se sintió intimidada ante aquel portento femenino a quien iba a someterse a la par de su esposo. La primera actitud de las dos fue de recelo.

--Sentate –ordenó Luisa, dándole un beso a la recién llegada. Sabía que tenía que tomar el control desde el primer momento, y a pesar de que la mujer joven y rubia que estaba a su lado era quien se interponía entre ella y su amor, estaba dispuesta a llevar adelante la relación BDSM sin apartarse de los códigos de ese ghetto sexual.

Romina se sentó.

--¿Qué tomás, Romina?

--Un café, por favor.

--Bien.

Luisa llamó al mozo y le hizo el pedido. No tenía apuro por entrar en materia, así que le preguntó si le había costado encontrar el bar.

--No. Claudio me indicó muy bien el camino.

--Me lo imaginaba. Mi sumiso es eficiente en estas cosas –y escudriñó el rostro de Romina, buscando su primera reacción.

Romina sonrió y asintió. Oír que Luisa llamaba a su esposo sumiso o esclavo no le producía asombro, pero sí un grato cosquilleo en el bajo vientre.

Conversaron un rato bastante largo, de generalidades. Luego Luisa preguntó, abruptamente, si en verdad estaba interesada en la propuesta o era una exigencia de su marido.

--Me excita este juego. No me costará nada someterme a vos.

--Además de un juego, es un tipo de relación en el cual deberás guiarte por normas y códigos estrictos, que estableceremos de común acuerdo.

--Me parece bien.

Luisa la miró detenidamente, y se detuvo en sus ojos, de un color azul claro. La chica era agradable y tenía una linda cara. Su figura, sin ser llamativa, seguramente era excitante, a pesar de que a ella no le interesaban las mujeres como objeto de deseo sexual. Pero lo que más le llamó la atención fue la piel de Romina: era suave y blanca, y en los abismos de su corazón sintió que no la rechazaba. Consideró que era el momento de comenzar a ponerla a prueba con algo simple:

--Quiero que vayas al toilette, te quites la braga y me la entregues.

Las pupilas de Romina se dilataron, y su rostro enrojeció. Iba a decir algo. Luisa la interrumpió:

--Sin comentarios. Mi esclava me obedecerá sin objeciones. Andá.

Romina se puso de pie y caminó hasta el baño. Se quitó el pantalón. Luego la bombacha. Era de color rosa, nueva, sedosa, y se la había puesto apenas una hora antes. El tono imperativo de Luisa, “andá”, la había llenado de inquietud. De pronto se notó excitada y contuvo sus deseos de acariciarse.

Volvió con paso tranquilo, y se sentó a la mesa oprimiendo en la mano derecha la bombacha como si fuese un pájaro al que no debía dejar escapar. Temblaba como una hoja barrida por el viento. En ese momento comenzó a sentir que su acompañante tenía sobre ella una prerrogativa mayor a la que había supuesto.

Sobre la mesa había dos vasos con licor.

--¿Te gusta el whisky? –indagó Luisa.

--Me gusta, de vez en cuando.

Luisa abrió su cartera italiana, una Gucci original, y le expuso a la chica el interior con cosméticos y otros adminículos personales.

--Poné tu bombachita acá.

Romina obedeció. La cartera, cerrada nuevamente, volvió a la tercera silla.

--Bueno, Romina, ahora brindemos.

Levantaron los vasos y los tintinearon con delicadeza.

--Por nosotros tres –brindó Luisa.

--Por una hermosa relación –replicó Romina.

Esa noche Claudio llegó a la casa alrededor de las 9. No necesitó preguntar por el resultado del encuentro entre las dos mujeres. Cerró la puerta de calle, tomó a Romina de la cintura y la condujo a la habitación. Le quitó la ropa e hizo lo propio con la suya. Abrió la mano y mostró a Romina la prenda íntima que había ofrendado unas horas antes. No necesitaron decirse nada. Después se hicieron el amor casi con fiereza.

Claudio, como ahora, solía sentarse entre las dos. Ocupaban el sillón que estaba en el comedor, y mantenían la televisión siempre en el mismo canal pero con el sonido bajo, para que no distrajese la charla de cada tarde. De a ratos él prefería quedarse en silencio, oír el parloteo de ambas mujeres y enterarse de las cosas sucedidas durante el día. Aunque hablaran sobre trivialidades, para él eran los más grandes sucesos de la jornada. Al comienzo se había sentido extraño en la clase de relación que estaban llevando adelante, y suponía en ellas similares vivencias durante esos días. Luisa había sabido manejarlo con gran inteligencia, pero no cabía esperar menos de ella, tratándose de una mujer de amplia experiencia vital y de una dominadora curtida. Romina, por su parte, le había ofrecido la mayor sorpresa de su vida: la muchacha tímida y retraída con la que estaba casado era hoy la pieza que calzaba con exactitud en el galimatías en que parecía haberse convertido la vida de los tres; su propia inteligencia había aportado orden y claridad allí donde sólo se podía suponer el caos.

--¿Está bien de azúcar tu café? –preguntó Romina, solícita como en los primeros tiempos de casados.

--Si, está perfecto. ¿Vos no tomás?

--Prefiero compartir el mate con Luisa.

--¿Querés más tostadas con mermelada, Claudio? –intervenía ésta.

--Sólo una más. Gracias.

Inevitablemente, Claudio percibía de tarde en tarde algunos chispazos de competencia entre Romina y Luisa, pero no solía atribuirles demasiada importancia. Su esposa estaba consciente de su amor. Y Luisa mantenía su lugar sin generarle mayores inconvenientes.

Tres meses después del café entre Romina y Luisa, el día en que Romina entregó su prenda íntima a la dominadora, los tres se conocían un poco mejor. Los encuentros íntimos se producían en hoteles de pasajeros, a veces en el departamento que Luisa alquilaba en Santa Fe al 2300, otras veces en la casa del matrimonio. Crecía la intensidad de la relación y se iban aclarando los alcances de la misma. Por instigación de Luisa, fueron redactando un contrato de sumisión al modo de los más elaborados documentos BDSM, en el cual se especificaban los deberes y derechos de cada parte y los límites que no se podían traspasar. El escrito fue dividido en seis secciones:

   I – Consideraciones generales.

  II – De los deberes de los esclavos.

 III – De los deberes de la ama.

 IV – De los derechos de los esclavos.

  V – De los derechos de la ama.

 VI – Caducidad.

Algunas de las cláusulas contenidas en el contrato versaban sobre generalidades, pero otras se adentraban en el meollo de la relación.

VI 6) En la eventualidad de resultar embarazada la esclava Romina, el vínculo de sumisión se romperá de inmediato y la dominadora deberá, en un período a convenir, dejar de sojuzgar a sus dos esclavos.

Cuando transcurrió un año completo de aquel vínculo triangular, fue la propia Romina quien propuso que Luisa se mudara con ellos y habitara el cuarto vacío. La decisión fue arriesgada e intranquilizó a Claudio, pero sus temores resultaron infundados. Otro tanto sucedió cuando Luisa puso sobre el tapete la idea de que Romina trabajara con ella en un espectáculo, con su rostro cubierto por una máscara. Esto le resultó a Claudio más difícil de aceptar, pero finalmente transigió y constató que la economía de aquel hogar de tres se solidificaba con equitativos aportes individuales, ya que ahora la totalidad de los gastos no recaía sólo sobre sus hombros.

Para Luisa no fue sencillo incorporarse al matrimonio. Además del impacto emocional de sentir que se agregaba a él casi como una entrometida, la tarea que debía realizar en ese hogar involucraba mucho de ella. Aunque poseía dos esclavos de tiempo completo, ser ama de 24 hs. requería toda su imaginación. Estaba allí para el goce de los tres, pero más concretamente para reavivar la alicaída sexualidad de sus convivientes; tenía plena consciencia de que en definitiva para eso la habían convocado. El matrimonio no tenía sexo si ella no lo ordenaba o lo aprobaba, y muchas veces el coito se consumaba en su presencia, viéndolos y asistiéndolos. En otras oportunidades era ella, la dominadora, quien se servía de sus esclavos, por separado o en conjunto. Lo que más disfrutaba eran las ocasiones –relativamente esporádicas, para que su amor permaneciera en el anonimato- en las cuales pasaba la noche con Claudio; entonces se distendía y terminaba dormida en sus brazos.

--Luisa, ¿te sentís bien?

Claudio notó una infrecuente palidez en el rostro tornasolado de la mujer. Su ánimo no era el de siempre. Esa semana había estado taciturna y reservada, y deseaba saber si le sucedía algo en lo cual se la pudiera asistir.

--Estoy bien. Cosas de mujeres... –y sonrió. Se puso de pie.- Ya regreso; voy al baño.

--Mientras tanto yo voy a calentar el agua de la pava –informó Romina.

Luisa entró en el baño y abrió su lado del botiquín. Tomó un recipiente que había dejado allí un rato antes. Se sentó en el excusado con  el corazón latiéndole de prisa. Era la tercera vez que hacía aquello, y ya no había lugar a dudas. Extrajo la cinta y la miró. Constató entonces que había roto una de las cláusulas del contrato, guiada por un amor inconfesable y enmascarado detrás de la faz de la dominadora. Sonrió al pensar que ella misma había redactado aquella regla, y que en su momento, a pesar de haberla considerado inverosímil, se había incorporado al documento casi como una pieza de relleno:  

II 6) La dominadora no tiene permitido quedar embarazada de su sumiso. Si esto sucediera, solucionará el problema de manera inconsulta con la otra parte, bajo su exclusivo cargo.

Antes de salir del baño borró todas las huellas de su pecado. Ni Claudio ni Romina tenían que enterarse de su estado de gravidez. Se observó en el espejo y éste le devolvió una Luisa que no era la de siempre. La dominadora impertérrita cedía su lugar a una mujer sensible y asustada, pero esa Luisa no era la que tenía que regresar al comedor.

Miró el reloj y eran casi las siete de la tarde.