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Me llamo Martín. No es que sea un nombre especial, pero lo prefiero antes de que se refieran a mí como el niño, el chico, el pibe, el pequeño, el infante, el hijo de, el nieto de, el nene, etc. etc. Me llamo Martín. MAR-TÍN. Breve, conciso, mío.

Veo todo como en una vieja película en blanco y negro, empobrecida por las pasadas. Estoy a los pies de la cama de la abuela y tengo la mirada fija en su cadáver, deshabitado por el estupor de la primera vez. Recuerdo que me entretenían los paladines de la justicia que blandían su arma reluciente en la tele, y que gozaba cuando les pegaban varios tiros a los malvados y los hacían caer con el pecho manchado de rojo. Pero esos no eran muertos de verdad, y siempre estaba mamá detrás de mí diciéndome que era jugo de tomate, zonzo. Lo de la abuela, o la bisabuela si vamos al caso, fue real, y no tenía jugo de tomate sobre el pecho. Simplemente había dejado de respirar.

Con los años volví a ver cuerpos sin vida, restos de personas que fueron. Después de aquel día pasó mucho tiempo; fue en la adolescencia cuando llegó mi segundo cadáver. En la juventud, uno o dos velatorios familiares, un amigo que se metió con la moto debajo de un camión. En la adultez, Abel, entre otros, y después mamá. Mamá sí tuvo flores rojas en el pecho, y no era jugo de tomate, carajo. No hay nada peor que el cáncer de pulmón. Estaba en la pieza del hospital, ahogándose y mirándome con los ojos exageradamente abiertos, sentada en la cama. Me apretó la mano muy fuerte, le apoyé la otra mano en la espalda, la sostuve. Y entonces vomitó sangre, se manchó el camisón con un rojo muy intenso tan distinto al de la tele. En ese instante murió…, y eso que le decíamos que dejara de fumar. O se venía muriendo de antes, a lo largo de la enfermedad, un poco cada hora… En fin, es otra historia. Son impresiones diferentes. La de la abuela, la de la primera vez, es indeleble, porque se esculpió en una materia suave y sensible como era la mente de un pibe de 8 años, la mía, la de Martín. Yo soy Martín…

Y estaba ahí, sin saber qué hacer ni qué decir. Ni siquiera sabía si había que hacer o decir alguna cosa, o era mejor quedarse callado y quietito como rulo de estatua. Mamá me empujaba y me decía andá Martín, dale un beso a la abuelita porque no la vas a volver a ver, vos sos un hombre y no podés llorar así como si fueras una nenita. Yo no quería saber nada, imaginate, pero ella insistía y al final medio me llevó de prepo hasta la cabeza del fiambre y me insistió en que la besara, aunque yo lloraba y pataleaba y le decía que me dejara tranquilo que quería salir de ese cuarto. Entonces propuso hagamos una cosa (lo veo patente como si fuera hoy y en cambio no puedo acordarme dónde estuve hace dos días, carajo), si le das un lindo besito a la abuela te llevo al cine, dejate de joder sé hombrecito mierda. Y ahí estaba yo, lleno de asco y de pavura.

La memoria me alcanza hasta un poco más atrás, no demasiado, a lo mejor algunos episodios de los siete o los seis años, aunque también es probable que confunda las épocas o se mezclen las reminiscencias en ese raro vitraux que es haber vivido. Uno llega a esta edad con dos vidas, la real y la que se fue fraguando con el tiempo, y hay muchas veces en que ninguna de las dos es del todo verosímil. Yo estaba ahí, eso es seguro, y la abuela llevada pocas horas de muerta. Mamá estaba ahí, Abel también. La muerte era el convidado de piedra…

Es curioso, pero casi no tengo imágenes de la abuela cuando vivía, o quizá la iconografía de su cuerpo tendido sobre la cama, con un color sepia en la piel que parecía barnizada con un pincelito, borró de un plumazo lo anterior, lo bueno y enternecedor. Me gustaría ser justo con mamá, pero supongo que con ella me sucede un poco la misma cosa. Cuando enloqueció ya no fue mi mamá, y tantos años de esquizofrenia dañaron su sobrevivencia en medio de la enfermedad y enturbiaron a la que había sido antes de los primeros síntomas. No fue sencillo, o quizá yo no estaba preparado para soportarlo. Así que aquel día la que exhalaba detrás de mí, mientras yo trataba de recomponerme de la conmoción de ver a la finada, era la Selva del último tramo de su vida, y aunque intento ser justo… yo… no sé.

Mamá era brava, Dios la tenga en la Santa Gloria y no la deje escapar, pobre… He disciplinado a mis hijos de otra forma, y mi esposa es una madre irreprochable. Las cosas como son. Somos los padres de nuestros hijos, no los amigos. Y tienen que obedecer sin chistar. Veo ahora, a mis sesenta y tantos, la manera en que son criados mis nietos y se me revuelven las tripas. Los pibes se encaprichan, se encabritan y hasta se insolentan con los padres. ¿Sabés qué bife le daba yo, si era mi hijo? No jodía más.

Muchos te dicen que el bife, el grito, el rigor, no son la solución. Por lo menos no lo fueron para Sebastián, nuestro hijo mayor. Mi esposa me culpó por lo que Sebastián hizo, e insistía en que si no hubiese sido tan exigente con él, si me hubiese comportado como su amigo más que como su padre, si no lo hubiese presionado tanto para que estudiara y se alejara de las malas juntas…, Sebastián no se habría suicidado. Estamos hablando de la muerte, ¿no?, de cadáveres, pero no quiero referirme a Sebastián porque es lo mismo que describir mi propio deceso. He cometido el error de no ser su amigo, según se dice. Pienso que se habría matado igual, pero también se me hace un nudo en la garganta cuando sospecho que algo pude haber hecho para que no tomara esa fatal decisión. Sin flores en el pecho, esa vez. Sebastián era un muchacho tan especial. Y de esto hace ya tanto tiempo. El lazo que se lo llevó sigue oprimiendo mi cuello.

Pasé por todas las formas de la desolación, pasamos, mi esposa y yo, la familia entera. Lo primero que sentí fue la devastación de la pérdida, y me parecía que alguien se había encargado de darme vuelta el cuerpo como si fuera una media sucia. Perdí el interés por todo, y creo que me encerré en una pieza, drogado, para dormir, que era como morirme con él. Después me sublevé, lo puteé por hacernos eso, y te juro que si lo tenía al lado le reventaba la cabeza a patadas a ver si le salía mierda o qué. Al final, y muy despacito, me adormeció la tristeza, y sentí lo que decía Guillermo Blanco: la traición de continuar viviendo. Comencé a recordarlo, que era una forma de aceptar que lo había perdido. Lo habíamos perdido, y teníamos que seguir adelante con los jirones de nuestras vidas. Estamos hablando de la muerte, de cadáveres, y ninguna cosa me destrozó más que tener que ir a reconocer el de Sebastián, con su cara de pendejo y sus ojos marrones entreabiertos.

  Regresé a casa y le dije a mamá, vieja, el Seba se mató. Me miró desde tan lejos como se había ido, encendió un pucho y siguió viendo la tele. Y yo me quedé ahí, con la necesidad de un abrazo, porque mi esposa y mis hijos no querían ni hablarme y me miraban como a un enemigo. Al poco tiempo fui a vivir a una pensión. Solo, en un cuartucho donde apenas cabían la cama y la mesa, en una callecita oscura de Flores. Salía para ir a laburar, volvía y me acostaba a dormir. Ahí estuve tres meses. Una tarde el encargado me avisó que me buscaban y salí a ver. Era mi esposa. No me dijo nada. Me miró con la tristeza del hijo perdido, que todavía no se le va, me abrazó y se puso a llorar. No nos dijimos ni una palabra. Volvimos juntos a la casa y nunca más volvimos a hablar de él.

Con la abuela conocí la muerte, vi su rostro por primera vez. Con Sebastián la sentí clavándome las garras en el corazón.

Le dije a mamá que sí, que le daba un beso a la abuelita y enseguida nos íbamos al cine. Me acerqué a ella bordeando la cama,  me impulsé sobre los despojos con una rodilla, cerré los ojos y le besé la frente. Después salí corriendo y no volví a entrar en esa habitación por muchos meses. Al rato tomamos el colectivo en la esquina, me parece que era el 103, y llegamos al centro sin que mamá dijera una sola palabra. Yo tampoco tenía ganas de hablar. Para qué.

 Todo era más luminoso entonces, o yo tenía menos obscuridad. Mamá estaba radiante, a pesar de la tristeza que quizá sentía por haber perdido a la abuela Selva. Me parece estar viéndola, vestida con sencillez rayana en la pobreza aunque con elegancia (no en vano era modista). Muchos hombres se daban vuelta para mirarla, y alguno le decía cosas lindas a pesar de mi presencia. Pero ella nada. Quizá yo la alertaba mami, ese hombre te dijo algo, pero ella nada. Mami, ese hombre te dijo que sos linda, y mamá me sonreía sin darse por enterada.

Caminaba llevándome de la mano. No sólo me tomaba para cruzar la calle: caminaba conmigo de la mano, y hasta cuando entrábamos en un negocio me tenía agarradito como si yo estuviese por abrir alas imaginarias y lanzarme a volar. Yo era un pibe como cualquier otro y prefería andar con libertad, más o menos como los de hoy. Ahora las madres caminan unos metros adelante o atrás, y los pendejos van como guachos en el desierto. He visto incluso algunas mujeres con su reproductor de música calzado en las orejas, o hablando por sus teléfonos portátiles, sin prestar demasiada atención a lo que hacía el que les salió del vientre. Una vez, en el subte, entró un borrego que tendría tres o cuatro años, y la mamá, que venía pelotudeando como a cinco metros, vio que se cerraban las puertas y que el tren partía sin ella. Gritos en la estación, la cara del pibe apoyada contra la ventana, la mujer que se desmaya, el chico que llora. Intervino la policía, y la madre recuperó al hijo tres estaciones más allá. Lo peor es que el mundo está lleno de boludas así.

En ese aspecto, mamá era protectora. Parecía un pájaro con su pichón. Aunque a veces el brazo se cansaba, uno se sentía a gusto con el calor de sus dedos rodeando la pequeña mano. Era una fiesta salir con ella al centro, y cuando entrábamos en un cine la sensación de dicha era indescriptible. Me conformaba con poco, aunque éramos una familia de escasos recursos y esa clase de paseo implicaba un esfuerzo para su bolsillo. Papá se había borrado por completo, y ni por casualidad se le ocurrió hacernos llegar un peso para comida o colegio. Volví a saber de él un año después de haberme casado. Me avisaron que estaba agonizando. Por supuesto que no fui a verlo, tampoco mamá. Una semana después nos hicieron saber que había fallecido. No fuimos al velatorio. No tenía sentido. No hay nada más grande que el amor por un hijo. Y no hay nada más intenso que el odio de un hijo.

Aquel día en particular llegamos al centro con bastante anticipación al comienzo de la vespertina de las 6, y dedicamos ese tiempo a pasear por las angostas callecitas y por las amplias avenidas, comprar las golosinas y mirar las marquesinas de los cines para que yo pudiera elegir la película. Si me preguntás qué vimos,  no tengo idea; supongo que alguna de dibujos animados o de héroes del espacio, que eran mis preferidas. Mamá se animó un poco durante el paseo y hasta consiguió que yo borrara de mis ojos a la muerte disfrazada con la epidermis de la abuela. Tengo la impresión de que el centro era entonces un más bello lugar; la gente vestía con más elegancia, no gritaba tanto y había más limpieza en la ciudad. Todos eran más educados y amables. Había menos tránsito de vehículos y colectivos, claro, y las calles lucían más cuidadas. Cualquiera que deambule hoy por esos mismos lugares va a toparse con veredas rotas y sucias, calzadas intransitables y poceadas, demasiado ruido y humo en el aire, personas nerviosas que corren hacia ninguna parte… En general, yo no soy de echarle la culpa de todo al gobierno, como el campesino italiano que veía caer la lluvia y maldecía al cielo exclamando piove, governo ladro!, pero por la ciudad pasaron administraciones rapaces y corruptas que se llevaron lo que tenían a mano y poco hicieron por los vecinos y su hábitat. El resultado está a la vista, y lo que perdimos en educación, seguridad, salud, justicia y muchas otras fracciones de la vida gregaria no se recupera más. Hoy habitamos una ciudad de mierda, gracias a tantos hijos de puta.

Escribo estas memorias a mano alzada, cuando ya pasaron prácticamente seis décadas desde aquel día. El tiempo es implacable con los detalles, desvanece los contornos, achica o agranda cosas y lugares a su real antojo. Sin embargo, aquel no fue un día como cualquier otro, y vale la pena hacer un esfuerzo para verlo desde tan lejos, aunque sea a través del caleidoscopio de los años.

Dije que mamá no se daba por aludida si la piropeaban en la calle, pero al menos una vez no fue así, y yo estaba con ella en aquel momento. Lo único que puedo precisar es que había sido antes de ese día, porque después nuestra vida cambió y las escapadas al centro a solas con mamá se hicieron infrecuentes. El hombre se llamaba Oscar, vestía un traje gastado que obviamente había obtenido de algún difunto y sonreía en exceso. Era un hombre relativamente joven, dentro del traje de un anciano, quizá de su padre. Su porte era superior al de mamá, y el cabello, peinado a la gomina, estaba a mitad de camino entre la época del hombre y la del traje. El conjunto era anacrónico, pero los zapatos, eso si, brillaban como si el sol estuviera justamente encima de ellos y poseyeran una superficie espejada. Eso me llamó la atención. Eso, y la pulcritud del señor. Todo en él emanaba limpieza y profuso perfume, y uno tenía la impresión de que acababa de salir de la ducha. No sé ahora (me parece que no), pero en aquella época lo primero que miraban las mujeres en un varón eran los zapatos.

Oscar le habló en el colectivo, por un motivo fútil, que es la manera en que comienzan estas cosas. Un rato después bajamos todos en la misma parada y no sé cómo fue, pero terminamos en un bar, tomando algo fresco. Era verano entonces, y mientras ellos conversaban yo paladeaba un rico helado. Volví a ver a Oscar cuando lo visitamos en su casa, mamá y yo, una o dos veces. También me vienen a la memoria algunas conversaciones, pero quizá las imaginé. Después desapareció de nuestras vidas, y mamá jamás repitió la experiencia.

Así que el día en cuestión, el de la muerte de la abuela Selva, andábamos por Corrientes o Lavalle, dejando que la magia del séptimo arte nos imbuyera con su efecto amnésico. Para entonces los cines habían perdido gran parte del esplendor épico en Buenos Aires, pero todavía concitaban la atención de la gente y seguían siendo un paseo interesante. Mamá me contaba que cuando era niña las salas eran inmensas y se llenaban siempre, poseían butacas de cuero, había un señor que recorría los pasillos con una bandeja repleta de golosinas, gaseosas y helados, y hasta existía un enorme salón sobre la avenida Corrientes cuyo techo corredizo se movía en verano y dejaba ver las estrellas sobre las cabezas de los espectadores, lo cual era muchas veces más interesante que la propia película. Yo no lo viví. Las de mi infancia eran salas pequeñas pero muy funcionales, con asientos de plástico; hoy ni siquiera eso existe, y la gente ve filmes extraños en unas cajitas diminutas que sólo ellos entienden. Qué época de mierda. Ya no hay alegría.

Hasta los caramelos eran más ricos en esos días. Los chocolates, las bebidas, las galletitas. Tengo un paladar con excelente memoria. El helado de palito, ese barato que nos compraban a la tarde, era una exquisitez que no he vuelto a probar. Y sólo para dar un ejemplo concreto, voy a mencionar al sugus, un caramelo riquísimo, grande, colorido, que poco tenía que ver con eso que hoy te venden bajo el mismo nombre. Tan rico era que se hablaba de la sugusmanía… Carajo, me expreso como un viejo choto, que es lo que soy en definitiva.

Mamá no era de pararse a mirar vidrieras. Sólo caminábamos entre la gente, mientras esperábamos que fuera la hora para ver la proyección. Solíamos entrar en el vestíbulo unos veinte minutos antes de que se apagaran las luces, para maravillarnos con los carteles de la película de esa tarde y curiosear los de los estrenos venideros. Entonces sí, me soltaba de su mano y permitía que me mezclara con los otros chicos, siguiéndome de cerca con su ojo avizor. Correteaba en ese recinto, jugaba con mis coetáneos un rato con la despreocupación que da la libertad, pero en el fondo sabía que ella estaba muy cerca de mí para protegerme.

Era jodida la vieja, pero qué linda estaba aquel día, a pesar de la tristeza. Tengo que matar la imagen de la loca indiferente en que se convirtió después. Sólo así seré justo con su recuerdo. Mamá, cuando era ella misma, cuando todavía era mamá, no la iba con el bife, los gritos y el rigor. No me acuerdo de que alguna vez me haya levantado la mano, a lo mejor porque sentía que para balancear el amor de un padre absentista me tenía que querer el doble. Voy a afinar un poco más la memoria: no me decía zonzo ni mariquita, y pensándolo bien, tampoco me obligó a besar a la abuela. Me parece que a la abuela no la besé, y que la vi en su lecho de muerte (lecho de muerte siempre me sonó a frase armada, pero la conexión con la superfície donde estaba tendido el cadáver de la abuela es inevitable; además, lecho me sugiere una situación más íntima y cálida, y aleja la idea de morir en la cama de un hospital) porque me colé en su habitación cuando mami y Abel estaban distraídos.

Sentí en ese momento como si mis ojos la vieran por primera vez.