14:58 -16:22

Hacía quince minutos que estaban listos para salir. Selva contaba la plata que tenía y calculaba mentalmente los gastos de esa tarde, sumando las entradas al cine, alguna golosina, una porción de pizza, una bebida gaseosa… Después acomodaba en uno de los bolsillos de su cartera las monedas para el colectivo, de ida al centro, hasta el teatro, del teatro a casa, y lamentaba que el niño, aunque no era demasiado alto, tuviera que pagar boleto de adulto en los transportes públicos. Aguardaba la llegada de Abel para entregarle la posta de la tragedia…

El niño miraba por la ventana que daba a la calle, a través del estrecho resquicio entre la persiana, baja y discreta, y el alféizar; se había camuflado debajo del cortinado de fibra sintética, lo cual siempre disgustaba a su madre porque pensaba que podía desengancharlo de los rieles, aunque eso jamás había sucedido.

--En un ratito nos vamos… ¿Qué mirás?

--Mami, hay una ambulancia afuera…

--A ver…

La mujer se unió al pequeño, detrás de la cortina, y constató la presencia del vehículo de PAMI justo delante de la casa. Dos hombres, en su interior, charlaban con actitud distendida, y Selva, después de pensar un momento y de decirse que era mucha casualidad aquel advenimiento en el lugar y en el momento indicados de su propia realidad, dedujo que Abel estaba por llegar, que los hombres esperaban a su tío para ocuparse de la finada.

--Tené cuidado, podés sacar la cortina del riel –advirtió el chico.

--¿Estás retando a mamá, mocoso? –bromeó Selva-. ¡Te voy a hacer cosquillas en lo mejor de la película!

--Noooo, era chiste, mami… ¿Nos podemos ir?

--En un ratito salimos; tené paciencia. Tiene que llegar el tío Abel. ¿Te acordás de él?

--Un poco. Ese señor alto…

--El mismo… Vas a venir para cuidar a la abuela un rato, así nosotros podemos irnos. ¿De acuerdo?

--Si… Pero… ¿y la ambulancia?

--¿Qué pasa con la ambulancia?

--¿Viene por la abuela?

Selva apartó a su hijo de la ventana y le explicó que no, que los hombres de la ambulancia estaban descansando, como lo hacen a veces los que andan en patrullero, carro de bombero o camión recolector de basura.

--¿Ya completaste tus tareas? –interrogó Selva, en un intento por cambiar el tema.

--Creo que sí… Pero hoy es viernes …

--Mmmm… ¿Creo que sí? –parodió. El niño se encogió de hombros.- Hagamos algo: mientras llega el tío, repasá el cuaderno y fijate si falta alguna cosa. Así descansás hasta el lunes.

--Ufa…

--Qué ufa ni qué ocho cuartos. Sentate a la mesa de la cocina y hacé lo que te dije. Antes de lo que canta un gallo estaremos viajando hacia el cine.

--Ufa… ¡Ufa dos veces!

--¿Ehhhh?

El chico rió y corrió a buscar la mochila del colegio, huyendo del pretendido enfado de su madre. Sacó el cuaderno y lo abrió sobre la mesa; después comenzó a leer las últimas hojas con desgano.

Selva, a resguardo de la curiosidad de su hijo, volvió a mirar por la ventana, casi en cuclillas, porque no quería alzar demasiado la persiana externa. La ambulancia seguía ahí, y los hombres en ella. En ese momento sintió que el fallecimiento de la nona era real, que las palabras PAMI y AICNALUBMA escritas sobre el metal del furgón tenían más entidad de muerte que el cuerpo sin vida tendido sobre la cama. Se preguntó cómo era el cayo que se formaba en el alma de los que trabajaban con lo que abandona el deceso de un ser humano, personas como los dos de afuera para quienes ocuparse del cuerpo exangüe de su mamá era parte de la rutina cotidiana. Una vez había intentado ser enfermera, sin éxito. Le faltaba corazón. O le sobraba corazón.

Vio el taxi que se estacionaba un poco más atrás, y distinguió en su interior la figura nerviosa e intimidante del tío Abel, aunque bastaran dos minutos de conversación con él para darse cuenta de que en verdad no era un hombre avasallador, pero sí nervioso, como si permanentemente lo espoleara un perseguidor invisible, urgido y falto de tiempo para acercarse o quedarse más de lo necesario. Vio que bajaba del auto y caminaba hasta la ambulancia. Observó que dialogaba con el que estaba sentado del lado del acompañante, aquel que confirmaría con rigor científico lo que ella había sabido con sólo mirar la expresión ausente del cadáver.

Fue hasta la cocina para asegurarse de que su hijo continuaba ocupado con el cuaderno. Cuando volvió junto a la ventana vio a Abel acercarse con lentitud a la casa, y reparó en la presencia de algunas vecinas que murmuraban cerca de él. No quiso ahorrarle segundos de incertidumbre frente a la puerta cerrada, de manera que esperó a que tocara timbre. El sonido metálico de la campanilla fue muy breve y apenas perturbó el aire silencioso de la sala. Segundos después, Abel delató su impaciencia golpeando tímidamente con los nudillos.

--¿Es el tío, mami?

Selva se percató de que el niño estaba a su lado en el momento en que abría la puerta. No alcanzó a responder. Sólo se estrechó contra Abel y se quedó sintiendo la emoción que le transmitía con su abrazó abarcador.

--Hola, Selva. Gracias por haberla cuidado hasta el final –le susurró el recién llegado casi como un secreto.

--Era mi mamá, cómo no iba a ocuparme de ella, tío.

Pareció que iba a preguntar algo pero se contuvo al ver al niño. Selva notó en los ojos del hombre un reflejo acuoso que sólo podía provenir del llanto contenido.

--¿Y este jovencito? Pero mirá qué grande está… Te felicito. Tenés un hijo precioso.

--Es un buen chico. Le va bien en el colegio y se porta como un adulto.

Abel condujo del brazo a su sobrina hacia el interior. La mujer llevaba la pequeña mano del niño y no la soltó ni siquiera cuando la puerta de calle estuvo cerrada y los tres ocupaban el centro de la sala.

--Selva, estuve haciendo los trámites. Vos despreocupáte de todo… Pero quiero pedirte un favor.

--Decime, tío.

--Mami, ¿nos podemos ir? –interrumpió el pequeño, liberándose del empalme materno.

--El tío y yo tenemos que hablar un poco. Después nos vamos... Terminá tus tareas.

--¡Daleeee mamáaaa!

--Portate bien y obedeceme. En un rato nos vamos.

Selva y Abel contuvieron las palabras hasta que el chico se alejó.

--Ahora sí, tío. Vamos a verla, y ahí me decís…

Caminaban por el pasillo hacia la habitación convertida momentáneamente en cámara funeraria, cuando oyeron el timbre. Esta vez fue un sonido largo e insistente, con algo de impertinencia.

--Debe ser una de las mujeres que estaban cerca de vos cuando llegaste.

--¿Las conocés?

--Son vecinas, chusmas de alrededor con necesidad de saber… Adelantate. Yo la despacho enseguida. –Oprimió la mano de Abel y le sugirió “Andá con ella”, casi como si la anciana madre estuviera esperando la visita del hijo.

Éste dudó, estuvo a punto de decirle a Selva que la esperaría, que prefería entrar con ella a ver a su madre muerta, pero enseguida se sintió indefenso y estúpido a la vez. Se recompuso ante la mirada de su sobrina y asintió.

--Atendé. Yo voy a verla.

Se separaron en la mitad del pasillo. Abel entró en la penumbra de la habitación con el sigilo de quien pretende no despertar a un bebé. Buscó una silla y la acercó al borde de la cama. Se sentó en ella y permaneció mirando a la difunta con los recuerdos de la infancia nublándole la visión. Veía pasar ante sus ojos imágenes que ya no sabía que existían; agazapadas en el puñal de la vida, estaban prestas a traspasarle el alma en el momento en que su madre muriera. De muchas de ellas dudó, pero otras conservaban aún su inmemorial sustancia: antiguos y enormes patios de juego, escenas de la vida infantil, y un vestido estampado con delicadas rosas rojas que ella solía ponerse cuando lo llevaba a pasear los domingos.

Besó la lívida mejilla y entonces sí, lloró.

Cobijó la mano rugosa dentro de las suyas y se inclinó, apoyando la frente en las tres. Sintió una congoja que era una suma de angustias que se habían ido acumulando a lo largo de los años, y la dejó salir desde el fondo del pecho con una respiración entrecortada por los sollozos. Algo murmuró, algo como una confesión o un desahogo, y entonces sintió que las lágrimas estaban corriendo por las muñecas y resbalaban sobre la sábana. Levantó la cabeza y miró el rostro inexpresivo de su madre, suponiendo que la secuela lógica de su llanto debería ser que ella sonriera y tratara de consolarlo como si no fuese un adulto, algo de lo que jamás había logrado convencerla. Extrajo el pañuelo del bolsillo lateral del saco y limpió la sábana húmeda; luego hizo lo propio con la mano inerte, y finalmente se secó los ojos. En el silencio de la media tarde, le llegaba, a través de la puerta entreabierta, el murmullo de la conversación entre Selva y otra mujer. No distinguía las palabras, pero el tono, bajo y plañidero, acompañaba indudablemente su sufrimiento.

  --Cuánto lamento tu pérdida, Selva –dijo la mujer, parada en el umbral.

Selva meditó que si era eso, su pérdida y no la de la mujer, raramente podía lamentarla. Ella misma había estado en situación de tener que expresar un pésame con frases hechas, y entendía que era el precio que la vecina debía pagar por satisfacer su curiosidad.

--Gracias… Se lo agradezco mucho…

--Pero decime, ella no estaba enferma ni nada, ¿no? Nunca me comentó.

--Padecía los achaques de la edad, y un corazón cansado. Aparte de eso…

--¡Pobre! Al menos fue mientras dormía…

Selva continuaba con la puerta en la mano, y la interlocutora advirtió su ansiedad por concluir la breve conversación.

--Bueno, querida, si necesitás algo…, llamanos… Y dale el pésame al hijo, que vimos entrar…

--Se lo diré… Gracias de nuevo…

--¡Smuak!… ¡No somos nada!

Selva cerró la puerta y se pasó el dorso de la mano por la cara, para despintarse el beso. Volvió a sentirse inmersa en el silencio inquietante del interior, que ni siquiera su hijo perturbaba entonces. Pensó en dejar a Abel en soledad con la nona un momento más, y se dijo que tenía que ir ultimando los detalles para salir de la casa antes de que llegaran los de la funeraria a llevarse el cuerpo. No deseaba que el niño presenciara eso, el niño que estaba tan callado en la cocina.

Pero fue a la cocina y no lo encontró.

Temió lo peor.

Maldijo su descuido y por extensión, a la vecina entrometida.

Transpiró.

Corrió hasta su pieza y se petrificó en la entrada, sin saber cómo reaccionar ante la escena; había un elemento discordante en aquel collage armado por la vida, un cuerpo tan inconciliable a sus ojos como si una maja de Goya tuviese puesto un reloj digital. Ese elemento era el niño, que estaba paradito a los pies de la cama y miraba con ojos muy abiertos a su abuela muerta. Pensó que en verdad el pequeño formaba parte de otra postal, que miraba alguna cosa más adecuada a sus años, y que alguien había recortado su imagen y la había pegado ahí donde no debía estar. Abel, inclinado sobre el cadáver, sollozaba aún. Apoyado encima de la cama, el pañuelo del hombre, húmedo y con guardas azules, era un punto de atracción para la mirada. Selva notó que el niño casi no parpadeaba, y comprendió que la muerte estaba entrándole por los ojos. Su primer impulso fue tomarlo raudamente de un brazo y sacarlo de la habitación, pero comprendió que era preferible aceptar el hecho consumado y dialogar con él.

Se acercó lentamente a su hijo y le apoyó las manos sobre los hombros.

--Me mentiste, mami. La abuela se murió. –murmuró el niño, sin apartar la vista.

Abel descubrió en ese preciso instante que no estaba solo en la habitación. Se incorporó y miró al chico, asombrado de su presencia en la estancia. Luego intentó disculparse:

--Selva, perdoname, no lo oí entrar… Se ve que la puerta quedó abierta y… y…

--No te preocupes, tío. Él comprenderá. –Puso su cara junto a la de su hijo y le habló con voz casi inaudible:- Iba a decírtelo más tarde. Pero no quería que vieras…

--Está muerta –repitió su hijo.

--...no quería que vieras a la abuela así –completó Selva-. Ella tampoco desearía eso, mi amor.

Hubo un silencio de los tres. Abel tomó el pañuelo y se secó los ojos. Luego lo guardó en el bolsillo del saco y se puso de pie. Colocó la silla en su sitio y encaró a su sobrina, cuyas manos aún reposaban en los pequeños hombros.

--Como te anticipé, necesito pedirte algo. –anunció.

--Decime… Ahora podemos hablar frente a mi hijo, que sabe lo que sucede.

--Deseo velarla acá, en la casa donde vivió los últimos años. ¿Te parece que podemos organizar el velatorio en este mismo cuarto? Ni qué decir que después te pongo todo tal como está ahora.

Selva se asombró. Había pensado en un casa fúnebre, pero era su tío quien se encargaba de todo y no podía oponer reparos a sus decisiones, y menos a un pedido así.

--Si… Supongo que no hay problema… Claro que sí, tío. Pero antes de que vengan los de la funeraria déjeme acomodar algunas cosas y salir con él, porque no quiero que vea más de lo que ya vio…

--Es muy chico, ya va a tener tiempo de tutearse con la muerte. ¿A dónde pensás ir? Si querés te arrimás a mi casa, aunque ya sabés que está cerca de Luján… No sé, fijate.

--Ya veré cómo me las arreglo.

--Voy a hacer entrar al médico que está en la ambulancia, para que certifique el deceso.

--Andá, tío. Yo llevaré a este caballerito al otro cuarto.

Abel salió y los dejó con el cuerpo sin vida. Selva se agachó, giró al niño y lo puso de cara a ella, sujetándolo por los brazos con tierna energía.

--Tenemos que salir. Va a venir un doctor…

--¿Después volvemos?

--No, tesoro. Si querés despedirte de ella con un beso, podés hacerlo. Pero no estás obligado…

El niño se abrazó a su madre y se lanzó a llorar. Selva lo levantó así, abrazado a ella y con los pies colgando, y lo llevó a su cuarto.

--Terminaremos de prepararnos y nos iremos. No llores más, ¿si? ¿Lo hacés por mamá? –le pidió mientras caminaba con él y le besaba las mejillas húmedas.

La habitación que ocupaba el niño era más pequeña, pero más colorida y luminosa. Aunque la mujer cerró cuidadosamente la puerta, la conversación entre Abel y el médico llegaba a ellos casi con claridad, incluso cuando fueron a ver el cadáver. Selva notó que su hijo sostenía un porfiado silencio, cabizbajo y concentrado en las imaginarias circunstancias del cuarto contiguo.

--Mami, ¿ese hombre se va a llevar a la abuela? –prorrumpió finalmente el chico.

--No. Ese señor es un doctor, y va a revisar a la abuela para asegurarse de que ya no está… viva.

--Entonces… ¿no es seguro?

Selva sintió que tenía que salir rumbo al centro apenas se fuera el doctor.

--La abuela está muerta. Vos la viste. No sufrió. Sólo se quedó dormida para siempre. Y para que pueda descansar en un lugar adecuado el doctor tiene que darnos un papel.

--Si, pero…

--Mi cielo, basta. –Y lo oprimió con fuerza.- Ponete la campera y esperame en la sala un momento más… El doctor ya debe estar por irse…

Salieron del cuarto. Selva acomodó la sala a las apuradas, se aseguró de que su hijo estuviera vestido de punta en blanco, como le gustaba, y entró un momento a despedirse de la finada.

--Buenas tardes, doctor.

--Buenas tardes, señora. La acompaño en su dolor.

--Gracias…

--Selva –terció Abel-, el doctor acaba de darme el certificado de defunción. Ahora me ocuparé del resto, tal como lo hablamos.

--Está bien, tío. Eso sí, va a tener que comprar café, yo no tengo –se disculpó Selva, turbada por la presencia del médico.

--No hará falta. La velaremos toda la noche los más allegados, y mañana a las diez saldremos camino al cementerio. Seremos unos pocos, y si no hay café nos arreglamos con mate.

--Yo tengo que irme, usted sabe que trabajo de noche, que no puedo quedarme…

--Andá tranquila; yo lo entiendo, ella lo entiende -y señaló a su madre, intentando ser poético sin caer en el patetismo.

Selva se inclinó sobre la mejilla de la anciana y depositó un último beso en la superficie rugosa de la piel muerta. Luego dejó el cuarto con lágrimas en los ojos, que tuvo que disimular enseguida, cuando su hijo le preguntó si ya se podían ir.

Detrás de ella salieron los dos hombres, caminaron hasta la puerta de calle y se despidieron allí con un apretón de manos. Selva depositó en la palma de su tío un juego de llaves de la casa y se despidió de él con un beso, triste beso de deudos. Abel arremolinó el cabello del niño y felicitó a la madre por lo bien que lo tenía educado, como si la luz del día y el aire de la calle conminaran a obviar cualquier mención sombría.

--Mañana te llamo, tío. Dale mi cariño a tu familia.

Abel permaneció en la puerta, mirando a su sobrina cuando se alejaba con el niño de la mano, con paso tranquilo y resignado, hacia la esquina de la izquierda, por donde pasaban los colectivos que iban al centro. En el mismo momento la ambulancia arrancó y se deslizó con lentitud en sentido contrario, con un andar lento y silencioso.

El niño giró la cabeza y vio a la ambulancia doblar a lo lejos y perderse en la ciudad.