14:44 -16:22

 

Frente a la casa de Selva se estaciona una ambulancia. Dice AICNALUBMA en el capot y a lo largo de las puertas traseras, y PAMI a cada costado. El conductor estira el cuello, verifica el número del domicilio y apaga el motor.

--Aquí es –le informa al médico que viaja a su lado.

--Correcto. Ahora esperaremos al hijo –responde éste.

Transcurren algunos minutos. Detrás del vehículo asistencial se detiene un taxi. Alguien en el interior paga el viaje con gestos rápidos, sin dar propina. El taxista, al contrario del otro chofer, no para el motor, y parte inmediatamente después de que el pasajero baja del vehículo y cierra la puerta.

Es un hombre alto, algo encorvado. Abundante cabello canoso, nariz aquilina, mentón prominente, cara de diamante, expresión cansada. Algo en su desaliño indica que ha venido con premura. Se acerca a la ambulancia y se acoda en la ventanilla donde se recorta el torso del médico. Respira hondo el aire de la tarde y pide:

--Déme un momento para avisarle a mi sobrina que llegamos. Hay un pibe en la casa, y no quisiera… -deja caer la frase, pero el doctor asiente:

--Tómese su tiempo. Estas son cosas delicadas.

El hombre alto da una palmada a la puerta metálica de la camioneta en señal de decisión. Gira sobre sus talones, inspira otra vez y mira a su alrededor. Dirige la mirada hacia las fachadas de la cuadra, a las persianas a media asta, a la gente que comienza a hacer grupúsculos.

Algunas personas del barrio notan la inusual presencia frente a la casa de la anciana: la ambulancia, el doctor, el hombre que es el hijo de Selva. La situación de espera de los recién llegados les hace hablar de cautela, de la inexistencia de una emergencia médica. Los comentarios posteriores versan sobre una posible muerte.

--Hoy no la vi en todo el día –comenta una vecina regordeta a otra, en un portal cercano. Siguen con la mirada el andar del hombre alto, rumbo a la puerta de las dos mujeres y el niño.

--¿Y ese quién es? –pregunta la interlocutora, narigona y huesuda como la momia de Seti.

--Ese alto es Abel, el hijo. Viene poco. Alguna vez lo he visto… -Insiste:- Viene poco.

--Pobre, ojalá que no sea lo que parece. ¿Cuántos años tiene? –indaga la anterior.

--Yyyyyy… Selva debe andar por los ochenta, fácil… -conjetura la regordeta, apoyando el dedo índice sobre la barbilla para facilitar el cálculo.

Abel mira de soslayo a las indiscretas, que están a unos metros a su derecha. Luego gira la cabeza y dirige la vista a otras dos que se han detenido a charlar a su izquierda; una de ellas porta de la correa a un perro diminuto, blanco y apelmazado. El animal se refriega contra las piernas de su ama para rascarse el lomo.

Hay poco tránsito. Cada tanto pasa un auto o gira un camión en la esquina, rumbo a la avenida cercana. Ahora aminoran la velocidad porque tienen que esquivar a la ambulancia, que obstruye casi la mitad de la angosta calle.

Abel está parado ante la puerta de calle. Levanta el puño para golpear con los nudillos sobre la madera, pero entonces parece advertir la existencia del timbre que está a un costado. Pulsa el botón y baja la mano. Desde el exterior, el ring no se oye. Quizá no funciona. Vuelve a elevar la mano derecha y golpea tres veces, con suavidad, casi como si no deseara que lo atendieran.

Espera. Gira la cabeza y hace a los hombres que están en la cabina de la ambulancia un gesto de espera. La puerta se abre y la figura de Selva aparece y se abraza a Abel; el niño, a su lado, presencia el emotivo saludo en silencio y con mirada de curiosidad.

Selva y Abel permanecen abrazados un momento más. La señora regordeta dice:

--Algo pasa ahí, ¿no te parece a vos?

El chofer de la ambulancia también contempla la escena, y comenta al doctor:

--Linda la sobrinita, ¿no? Dan ganas de consolarla.

--Sea serio, hombre… –responde el profesional, quien agrega:- Aunque… a decir verdad… está en lo cierto.

--A mí me parece que es como usted opina, nomás –dice la señora momificada a la regordeta.

La dama del perrito se ha tenido que ir, y la que chismeaba con ella se une al grupo liderado por la regordeta.

--¿Saben qué está pasando? –inquiere al acercarse.

--Suponemos lo peor –informa la regordeta.

--Qué barbaridad –profiere Seti.

--Vamos, doctor, que somos pocos y nos conocemos mucho –bromea el chofer, y el médico sonríe por lo que las palabras tienen de insinuación.

--Yo conozco a las dos Selva desde hace muchos años. Nos mudamos a este barrio en el ochenta y cuatro –informa la recién llegada, acomodándose el cabello rubio-pomo y sujetando la cartera como si estuvieran por robársela.

--Ojalá este hombre se apure, porque no quiero estar mucho tiempo parado acá –desea el ambulanciero.

--Yo conozco a Selva, la hija, desde que era soltera –anuncia Seti.

--Digo yo, ¿esos dos inútiles de la ambulancia no deberían bajar? –se queja la regordeta.

--Tómelo con calma, Gómez –sugiere el doctor-. Aproveche y mire a esas tres chusmas que están en la vereda.

Abel, Selva y el niño son tragados por la casa. La puerta se cierra y la cuadra queda en silencio por un rato.

--¿Qué hacemos? ¿Nos vamos o nos quedamos? –indaga la rubia-pomo.

--A mí me parece –opina Seti- que habría que averiguar qué pasa y ver si podemos ayudar a esa pobre chica.

--¿Pobre chica? ¿Me está hablando de Selva, usted? –se ofende la regordeta- Vaya una a saber…

--Doctor, fíjese bien en esas tres mujeres. Tienen más información que la SIDE.

--Ja ja. Ahora mismo deben estar preguntándose qué sucede dentro de la casa.

--Apostemos algo, doctor.

--Qué tiene en mente, Gómez.

--Es seguro que una de ellas va a ir a tocar timbre en la casa para averiguar. Ya lo hemos visto, usted y yo.

--Si, ¿y?

--Yo apuesto a que mandarán a la flaca huesuda a investigar.

--Mmmm, suena interesante. Yo le pondría las fichas a la gordita, que se ve más desesperada por la curiosidad.

--¿Apostamos?

--Apostamos. Eso sí, nada de jugo de paraguas. Juguemos un café como la gente.

--Hecho. Al menos así la espera será más interesante.

--¿Por qué lo dice? –trata de sonsacar la rubia-pomo a la regordeta- ¿Acaso sabe algo..?

--Me parece que usted nos oculta información –especula Seti, y sonríe con picardía.

--No sé… No sé… -duda la regordeta- A mí me huele a huevo podrido que una mujer deje a su hijo y se vaya a trabajar de noche… No sé… Será que yo, a los míos, los crié las venticuatro horas.

--Pobre chica –insiste la rubia-pomo-. Dios le tiene que dar una mano.

La regordeta pone cara de contrariedad y sale del tema señalando a los hombres de la ambulancia.

--Podríamos preguntarle a esos dos zánganos de PAMI, a ver si nos dicen algo. ¿No les parece?

El doctor gira la cabeza hacia ellas y las mira fijamente. Ellas desvían la mirada y se hacen las distraídas.

--¿A esos? ¿Con la cara de culo que tienen? –inquiere Seti-. No, no. Me parece que lo indicado es ir a preguntarle a Selva si nos necesita para algo. ¿No les parece?

--Gómez, miraban para acá con ganas de acercarse a preguntar, pero las ahuyenté –informa el doctor.

--Doctor, su cara de ano siempre es un arma efectiva.

Hay una pausa. Los hombres se arrellanan en los asientos de la ambulancia, y las mujeres continúan sosteniendo su charla de vecinas. De pronto Gómez toca el hombro de su compañero y le hace un gesto para que mire hacia las comadres.

--Vea, doctor –dice-. Ya están listas. Una de ella irá a tocar timbre… Ahí va nuestra apuesta.

--Disimulemos. No deben notar que las observamos.

--Ahí va… ahí va… Están cabildeando cuál cumplirá la misión… Ya casi lo deciden…

--Se separan un poco –observa el doctor-, toman confianza… y… ¡la gorda camina hacia la casa!.. Gómez, me debe un rico café.

--Lo felicito, doctor. Es evidente que usted conoce bien a las mujeres.

--Son los años, Gómez. Nada de lo cual jactarse.

--Fíjese lo ansiosas que están. La gorda toca timbre y espera, mientras las otras observan desde su puesto de comando.

--Sus años en el ejército lo persiguen, obviamente.

--Si hubiésemos tenido grupos comando tan bien organizados, habríamos ganado las Malvinas, doctor.

--Gómez, si nuestros militares poseyeran la estrategia de esas tres, hoy estaríamos tomando café en Londres.

--Ja ja. Tiene razón. Ja ja.

La puerta se abre y Selva sostiene una breve conversación con la vecina entrada en carnes. Los tripulantes de la ambulancia vuelven a comentar que la sobrinita está buena. Selva se despide con un beso en la mejilla de la gorda, y ésta regresa junto a las otras tertulianas. Las tres mujeres dialogan unos minutos más y finalmente toman caminos separados. Al pasar frente a la ambulancia, Seti y la rubia-pomo miran al médico y al chofer. Éstos conversan sobre sus asuntos y no lo notan.

La calle queda vacía un rato. Entonces Abel sale de la casa y se dirige hacia la ambulancia.

--Doctor, ya puede entrar. El niño está en su cuarto… Ya puede entrar.

--Bien. Veamos qué sucedió ahí, Abel.

El médico toma su maletín de cuero para visitas domiciliarias y baja de la camioneta.

--¿Lo acompaño?

--No hace falta, Gómez. Pero si llego a necesitarlo lo mando llamar.

Se alisa el guardapolvo y camina con paso lento junto a Abel, sin hablar. Cuando entran en la casa Gómez enciende la radio y se apoltrona en el asiento para dormitar.

--Gómez… Gómez, despierte, hombre.

--Eh... eh… disculpe, me dormí. ¿Y? ¿Qué pasó, doctor?

--La jovata está más muerta que la pistola de Tutankamón.

--¿La causa?

--Natural, sin duda. Un infarto mientras dormía. No sufrió.

--Ahá

El doctor aborda y cierra la portezuela.

--Ya extendí el certificado de defunción, así que hemos terminado acá –dice-. Lo próximo que haré será cobrar mi apuesta. ¿Nos vamos, Gómez?

--Nos vamos, doctor. –Echa a andar el motor-. Conozco un lugar donde preparan muy rico café…

--Estoy en sus manos… Y no se amilane, hombre. A lo mejor con la próxima muerta tiene más suerte.

--Ja ja.

La ambulancia avanza lentamente hasta la esquina. Dobla y se pierde en la ciudad.