14:28 -14:44

 

Claro que no es lo mismo afeitarse con un filo que con eléctrica. Y no me refiero al resultado final. No hablo de obtener un mejor rasurado con uno que con otra, ni de preferencias. Hablo de lo que a uno lo acostumbraron desde las primeras pelusas en el mentón, en los pagos de Carlos Casares. Eran otras épocas. Cuando aparecieron las primeras Philishave las usaban algunos pocos privilegiados que vivían en el casco de la ciudad, dueños de hectáreas y paisanos de plata con ganas de probar cosa nueva. Nosotros andábamos por los campos y disponíamos, para este menester, del estuche Gillette (que nos había regalado el viejo) con la afeitadora de mango dorado; había que girar la base para abrirle las fauces. Completaban el equipo la brocha de tejón y la infaltable caja de hojitas Legión Extranjera que mostraba al sempiterno soldado del desierto, de pie y exhausto… Agua y jabón y a darle nomás, pelo y contrapelo.

Ahora me miro en el espejo y casi no me reconozco. Es como si estuviera afeitando a otro que no soy yo, aunque siento que es mi mano la que empuña la afeitadora –hoy de plástico- y la desliza con pulso firme por los caminos que el hábito trazó sobre el rostro. Es como si la cabeza fuera la de otro Carlos que no logro reconocer en la superficie de azogue, con canas y surcos de expresión que no sé cuándo le aparecieron al que fui.

Esto de afeitarse a una hora tan avanzada del día no es igual que a la mañana temprano, con el canto del gallo. El trabajo en el teatro implica meterse en la cama cuando a los demás empiezan a sonarle los despertadores, y salir de ella ahora que los otros ya sienten el cansancio del trajín. A la larga viene la rutina, y termina siendo una señal de diferenciación andar por ahí recién acicalado, en medio de hombres a quienes les asoma en los pómulos la sombra de la barba y la ropa les delata las arrugas.

Sin embargo ese soy yo, sin duda alguna, soy yo. Ayer, sin ir más lejos,  me vi en esta misma superficie que refleja con algo de justedad al que creo ser (o creo seguir siendo). Me planto acá para peinarme o pispiar cómo quedó el nudo de la corbata y me enfrento con la visible realidad. No hace demasiado tiempo andaba por los campos de Casares montado en un caballo, recorría el ara, observaba los pastizales y cuidaba a los mejores ejemplares equinos que se crían en la región. Llevaba puesta la bombacha gaucha, el poncho en las mañanas de mucho frío, las botas con espuelas; a veces me ceñía la rastra de plata y me acomodaba el facón caronero, pero eso únicamente cuando cuereábamos un animal. Y no era una mala vida. Descubro que me falta el sombrero y me pregunto si alguna vez volveré… Me respondo que no volveré.

Qué lo parió, parezco el Martín Fierro, cuando se acordaba de sus cuitas y decía aquello de “Tuve en mi pago en un tiempo / hijos, hacienda y mujer, / pero empecé a padecer, / me echaron a la frontera, / ¡y qué iba a hallar al volver! / Tan sólo hallé la tapera.”

La cosa es que ahora estoy acá en Buenos Aires y ya no cuido caballos sino yeguas, en el teatro. (Qué boludo, me corté. Me pasa por pensar zonzeras.) Mi frontera fue la General Paz, cuando la crucé por primera vez hace una década. Para entonces ya no tenía mujer y el único hijo se lo había quedado ella, en la casita que le dejé con muebles y todos los chiches. Buscando el olvido me vine a la ciudad, y no tuve mejor idea que entrar a revistar en la Policía Federal… Fueron buenos años. Ahí se aprende sí o sí. Se aprende de todo: lo bueno y lo malo. Alguna que otra vez te cagan a tiros y entonces te vienen a la mente los pastizales, los caballos, la mujer ingrata y el hijo casi desconocido. Te meás en los pantalones pero no te queda otra que tirar también. Sos vos o él.

¿Si maté? Es lo que siempre quiere saber el que se entera de mi pasado en la yuta. Y claro que maté. Pero  no me quiero ni acordar. A lo mejor por eso sentí el alivio que sentí cuando me dieron la baja. La hernia de disco hizo por mí lo que yo no me atrevía a decidir: dejar aquello y dedicarme a otra cosa.

Anduve dando vueltas por la ciudad, haciendo lo único potable para quienes venimos de las fuerzas de seguridad: vigilancia privada de empresas, supermercados o barrios cerrados. ¿Qué otra opción me quedaba? Un día me llamó un amigo de Casares diciéndome que había alguien de allá, dueño de campos absentista, que buscaba a una persona de confianza para ponerla al frente de un lugar de strippers, acá en la Capital. Así conocí a Hugo, el dueño del  teatro donde trabajo. Eso sucedió hace casi cinco años, y él está conforme con mi desempeño. He llegado a convertirme en su mano derecha, aunque a veces es preferible ser su mano izquierda para no saber lo que la derecha hace. Puedo decir que sé todo del hombre, y lo callo. Eso bien vale la plata que me paga.

El teatro no es un mal lugar para trabajar, y no lo digo por las mujeres… (Una sola vez usé la eléctrica, una de segunda que me prestó mi hermano cuando me operaron de vesícula. Era práctica en la cama, donde no podés moverte demasiado porque te tiran los puntos. Después se la devolví y seguí con la de los tres filos, que te saca bien la barba. La otra no corta tan al ras.)

El teatro no es un mal lugar para trabajar, y no lo digo por las mujeres. Hugo me dijo de entrada, mirá negro, te quiero ahí para que cuides a las gallinas, no para que te comas los huevos. Si necesitás minas, vos sabés que hay a rolete. Pero no te metás con las laburantas del teatro, a esas sólo las cuidás. Y yo seguí el consejo a rajatabla. Además no son la clase de mujer que me excite. Todas tienen buen lomo porque de eso viven, del lomo. Pero de ahí a volteárselas, no sé, hay un abismo. Ni siquiera me llama la atención verlas cuando se desnudan o caminan en pelotas por los pasillos. O será que estoy acostumbrado… Si un tipo se excita así es porque nunca vio coger a una yegua y un caballo. Eso sí que es un espectáculo. Allá en el ara, con los peones, nos íbamos a verlos y nos envergábamos, y no porque fuésemos degenerados ni nada por el estilo. No hay mayor potencia sexual que la del caballo cuando está caliente y trepa a la yegua hasta conseguir lo que quiere, incluso lastimándola con los cascos. No hay nada comparable a eso. Bufa y relincha y la yegua abre los ojos que parece que se le van a salir.

Ahora bien, este Hugo es un desfachatado. Es el primero en romper la regla esa de no te comás los huevos y bla bla bla. Es el patrón, obviamente. Pero a la hora de elegir podría haberse recatado un poco más. Hay muchas que pudo tomar de amante antes que a la negra, o al menos una negra de afuera, para ser consistente con su perorata. A él le gustan las de color. Las de color negro como el azabache de los neumáticos. Qué berretín. Y ahora me toca decirle lo que me contaron ayer. Cuál de las dos negras será, la brasuca o la peruana. Ta`que lo parió.

(Mirándome bien, me gustaría usar el mostacho que tenía en Casares, con un rulo en cada punta que atusaba por divertimento. Aseguraban que me hacía un aire a Alfredo Palacios; a mí me gustaba verme así en aquellos espejos, y en el pueblo no llamaba mayormente la atención. Aquí la cosa es distinta, y tengo que recortar el bigote y darle una forma parecida a la de Pancho Villa,  con menos puntas pero siempre abundante y masculino.)

Casi nunca ando por esa zona pero ayer pasé a la tarde, camino a otro lugar. Trabajé algunos años en la comisaría de la calle Urquiza que está enfrente del hospital Ramos Mejía. Siempre se dijo que para los chorros, asesinos y terroristas (en su momento) era la seccional más temida, porque había un túnel que conectaba con la morgue del hospital por debajo de la calle empedrada. Así que el juez pedía un habeas corpus y ponía de campana a un oficial del juzgado en la puerta, al lado del agente de consigna, y no servía de nada porque si era necesario pasaban al susodicho por el túnel y andá a cantarle a Gardel; después salía por la morgue como NN. Durante meses pensé que lo del pasaje secreto era un mito, hasta que un subteniente me lo mostró y me mandó a buscar algo al otro lado. Ahora creo que lo tapiaron. Con el último gobierno peronista lo tapiaron por ambos extremos. Además, de tan conocido se había vuelto inutilizable.

Pasé frente a la comisaría y por suerte no me crucé con ninguno de los compañeros de esos años, si es que siguen ahí. El vigilante me miró sin demasiado interés. Crucé la calle y ¿a quién me encuentro en la puerta del Ramos Mejía? A Mecha. En aquel entonces estaba fuerte y salíamos de vez en cuando, las veces que ella no terminaba su turno demasiado cansada y podía zafar del dorima. Todavía es enfermera. De vez en cuando nos cruzamos por el barrio porque no vive muy lejos. Eso sí, engordó tanto que ya no dan ganas de invitarla a salir.

Mecha es una buena mina, y sabe, porque se lo conté, dónde trabajo desde hace tiempo. Me saludó con un beso y ostentó su ancha sonrisa. Si algo hay que envidiarle a Mecha son esos dientes hermosos y blancos que tiene, apenas disimulados por los labios carnosos y rojos como kakis. El conjunto siempre ofrece esa sonrisa amplia, y ella la regala dando la impresión de que es una mina feliz (aunque uno que la conoce sabe que no es una mina feliz). Me saludó y me dijo negro, te tengo que contar algo. Bueno, le dije, decime. Me dijo que mejor me contaba tomando un cafecito, así que la invité al bar de Independencia y Urquiza, en la esquina de la facultad de Psicología. En medio de tanta pendejada estábamos fuera de ambiente, pero al menos ahí pudimos hablar y el café que sirven es bastante rico.

Negro, me dijo, ¿seguís laburando en el teatro? Si, le dije, por qué. Porque resulta que el otro día atendimos a una mina en consultorios externos, le hicimos los controles y resultó que tenía sida, me dijo. Era una negra de buen cuerpo y manifestó que hace striptease en el teatro donde vos estás. La atendió una compañera y el doctor Donato, bueno, a vos no te importa quién es el doctor Donato, pero mi compañera me contó y me dijo fijate qué desperdicio esa morena, joven y linda y con sida, pobre. La derivaron al Hospital Tornú, donde realizan los tratamientos infectocontagiosos. Pude saber que es de las tuyas pero nada más. La negra es portadora asintomática por ahora, pero te quiero avisar por si te la estás volteando, aunque yo sé que a vos las negras no te gustan, a vos te gustan los caballos, y Mecha se cagó de risa a carcajadas en medio de los futuros psicólogos que la miraron como a un posible caso de estudio.

Mecha, sabés cómo se llama la negra, le dije, y me dijo que no, que tendría que averiguar buscando los registros, aunque eso era difícil y también era difícil que la enfermera que la atendió se acordara de ese detalle, imaginate que es un hospital público y atendemos a cientos de pacientes por día. Oime, Carlos, dijo, cuántas negras podés tener trabajando con vos, desnudándose en ese lugar, a ver decime. Y le dije que eran dos negras. No me digas dijo Mecha, y charlamos un rato más para tratar de determinar si la negra era la brasuca o la peruana, pero no hubo caso, Mecha no me supo decir ningún otro dato y después le vino el apuro por rajar. Me dio un beso y me dijo que si sabía algo más me ubicaba y me decía. Ta´que lo parió.

Yo podría esperar a que Mecha me tirara la punta del ovillo pero andá a saber cuándo será eso. Así que lo mejor es que vaya esta noche y hable con Hugo a calzón quitado. Y le diga mirá Hugo, me dijeron tal y tal cosa. Puede ser la brasileña o puede ser la peruana. Yo tengo que decírtelo para que tomes tus previsiones… Uuuuuuuu, me va a volver loco tratando de que averigüe más, o quizá él mismo se encargue de llegar al fondo del asunto. Si una de ellas no dijo nada, es sólo un tema laboral. Si la otra no dijo nada, es una hija de puta porque se la está cogiendo el patrón, un tipo que tiene esposa y hijos.

También puede ser que Hugo ya lo sepa y yo me estoy haciendo la película al divino botón. Hugo sabe todo lo que les pasa a las minas que yugan para él. No sé cómo, pero el tipo se entera. Está al tanto incluso de que Miranda pasea perros en el día, pero si ella no lo comentó por algo será… En todo caso hay que correr el riesgo e informarlo con exactitud. A lo mejor hasta me apunto un poroto. Eso sí, sería gracioso que Hugo supiera que Miranda pasea perros y que desconociera que se manduca a una negra infectada. Las cosas de la vida.

Estuve a un tris de proponerle a Mecha que nos encontráramos otro día para ir a un hotel. Es algo que no hacemos desde hace unos cuantos meses, y no me hubiera dicho que no. Ni ella ni yo lo habríamos disfrutado. No hay mejor recordatorio de la soledad que estar en la cama con una amiga, sin más pasión que los recuerdos compartidos. Siempre se termina hablando de los otros amores, de las otras camas, de gente que se instala entre los dos como fantasmas del presente, que son peores que los fantasmas del pasado. O nos quedamos en silencio sintiendo que las horas se desgajan sin demasiado ruido… Al fin y al cabo lo mejor fue no decirle nada a Mecha, y cada uno por su lado y con la propia marchitez en el alma.

 A Mecha le encantaba mi bigote. Decía que me daba aspecto de revolucionario ruso. Qué mujer tan loca… Me pregunto si la vellosidad sobre mi labio superior sigue pareciéndole atractiva.

Hugo no fue ayer al teatro. Ningún jueves aporta por ahí, a menos que surja alguna complicación que yo no pueda manejar. A lo mejor hasta se encamó con la negra, y yo tendría que haberlo llamado para ponerlo sobre aviso de lo que sé. Sin embargo, hubiera sido chocante decírselo por teléfono; estas son cosas que un hombre le expresa a otro mirándolo a los ojos. Un día más o un día menos, carece de importancia. Si algo tiene que pasar, no ha de haber sido precisamente en las últimas horas. Pero hoy se vence el plazo, y ya no hay forma de eludir esta responsabilidad. Se me anudan las tripas cuando lo pienso; hay que hacerlo y sanseacabó.

Listo, afeitado. La cara lisita como el culo de un bebé, salvo ese pequeño corte debajo de la barbilla que con el aire de la tarde sanará. Ahora mucha Aqua Velva Azul para dar frescura a la piel, aunque las primeras pasadas con la palma de la mano humedecida provoquen ardor... Seguramente debería cambiar por una loción after shave más moderna, de aroma más suave y juvenil, pero extrañaría este perfume que casi forma parte de mí. No sé qué voy a hacer el día que dejen de fabricarla.

Parece apenas ayer que Hugo me barajó en la puerta una noche y me dijo negro, acá hay que poner a una morena para que dé variedad al espectáculo, entre tanta piel blanca. Hugo es así, se le ocurre una idea y es como las vacas: la mastica, la traga, la regurgita las veces que sea necesario y al final la concreta contra viento y marea. A veces se equivoca, como cualquier ser humano, pero en general tiene buen tino para las cuestiones del teatro, y esa vez tampoco le erró: había que poner algo discordante sobre el escenario, y fue entonces cuando apareció Anabel con su negrura tinta.

Publicamos un aviso y antes de abrir el teatro se realizó la selección entre las chicas postulantes, todas azabache como se requería en el diario y dispuestas a quitarse la ropa al son de un ritmo tropical. Muchas puertorriqueñas de culos gordos, un par de escuálidas de Angola, dos o tres peruanas y varias de Brasil. A mí, la verdad, me gustó una cobriza de Haití que no tenía lindo rostro pero que de cuerpo pintaba bastante apetecible. Recuerdo que Hugo me preguntó y yo le dije esa que habla en francés, porque el francés es el idioma del amor, pero el hombre jamás toma en cuenta mi opinión en estos castings aunque no sé por qué carajo quiere que esté siempre presente en ellos. Me quedo con la segunda brasileña dijo Hugo, y así fue como Anabel empezó a trabajar en el teatro hace casi dos años. Cuando lo tuve a tiro y a solas en su oficina le dije Hugo, dale, a mí no me hagás el verso, la brasuca te la elegiste para vos y se entró a reír como loco pero no dijo ni mu y la cosa quedó ahí.

Anabel habla castellano bastante bien, porque hace como diez años que dejó Río de Janeiro y se vino a vivir a la Argentina. Los habitúes del teatro se volvieron locos con ella, no tanto por el cuerpo (que es muy armonioso pero mucho menos impactante que el de Miranda, por ejemplo) sino por el ritmo que muestra cuando baila y se va sacando las pilchas, una cadencia que parece que la negra brasileña lleva burbujeándole en la sangre. Eso sí, no hay que decirle brasilera porque asegura que eso es hablarle en portuñol, y ni por asomo  llamarla brasuca si uno no desea que sus labios rajen una puteada florida. No le molesta que le digan negra, pero si se hace referencia al país de donde viene, prefiere brasileña. La mina tiene sus manías, y no cuesta nada seguirle la corriente.

Durante semanas anduve olfateando para dónde enfilaba la cosa. Hugo andaba atrás de Anabel como perro con dos colas, y yo que le conozco el berretín por la piel oscura me di cuenta de que estudiaba el terreno para convertirla en su amante de turno, porque si de piel oscura hablamos la brasuca es como un zaino, me hace acordar a Al Johnson. A mí me extrañó que la seducción tardara tanto, porque Anabel no parecía ser precisamente una mina “difícil”, así que muy probablemente era Hugo el que dudaba sobre la conveniencia de esa relación. Yo, cauto, jamás le pregunté; fue él mismo quien me dijo, más o menos a los dos meses de tenerla con nosotros, negro, hay que contratar a otra morena porque ésta resultó un éxito; sonrió y agregó que a la próxima la elegiría fijándose en otros pormenores que la hicieran más apropiada como mina para él, menos puta, menos loca y más higiénica.

Anuncio en el diario otra vez, desfile de prietas, selección. No sabía cómo iba a hacer Hugo para darse cuenta en ese preciso momento de que la elegida era menos casquivana, menos colifa y más limpia, pero fue obvio desde el comienzo que la corriente iba en esa dirección: esta vez, después de que cada una hizo la prueba sobre el escenario, el patrón la sentó junto a él en la primera fila de butacas y sostuvieron una charla informal, como si dos amigos estuvieran tomando un café en Urquiza e Independencia. En ningún momento me preguntó cuál, como hacía siempre. Y al final se quedó con una peruana del mismo tono que Anabel, de cara más redonda y cabello abundante y hirsuto, que debutó esa misma noche. Sólo le pregunté a Hugo por qué elegiste a ésta en particular, y me contestó porque cree en Dios.

Es sorprendente que tenga un bigote tan tupido, siendo barbirralo. Me crecen como pompones de bozos, islas de pelos en un  mar de piel mate. Lo lógico sería que sólo pudiera usar un bigotito pobretón al estilo de los chinos, que son todos lampiños o por lo menos es lo que dicen. Pero no, tengo pompones de adolescente, y bigote de hombre. Mucha gente me dijo negro dejate crecer la barba que te quedaría bien, y yo guardo el secreto de que es un adorno que jamás podré lucir en la cara.

Pilar resultó ser más parecida a lo que Hugo pretendía. Además de creer en Dios, es pulcra y no se encama con el primero que la solicita. También notamos en ella una franqueza sin vueltas pero cortés. De a poco ha ido contando jirones de un pasado que no fue exactamente un camino de rosas… Todos los meses gira su ganancia a la tía que le cuida a un hijo preadolescente que dejó en El Callao, y muchas veces se pone a llorar en el camarín cuando se acuerda del pibe, que se llama Jelmer o algo parecido. Cuando leyó el anuncio y vino al teatro estaba desesperada por trabajar. Había intentado como doméstica en casa de familia, pero con esa plata apenas se sustentaba en la pensión y casi no le quedaba resto para girar a Perú. Le habían propuesto vender droga en varios boliches nocturnos, aprovechando que en su abundante cabello espiral podía ocultar los sobrecitos de cocaína sin demasiado esfuerzo, enganchándolos con hebillas finas. Por suerte Pilar rechazó ese ofrecimiento y prefirió ganar dinero mostrando el cuerpo, que de acá a la China es más noble que desparramar por el mundo la porquería blanca… En suma, Hugo hizo bien en contratarla porque es una buena mina, sin mencionar que peruana, negra y con culo debe ser la única que existe en el universo.

Al final el patrón se salió con la suya y convirtió a Pilar en su amante. Llevan  muchos meses en esa relación, y se los ve felices, sin exagerar. Eso sí, ya se sabe qué se dice sobre lo de escupir hacia el cielo: según me contó Hugo una noche de confidencias, Pilar, que es aseada hasta la exageración, consume casi una hora de baño en el tratamiento de su cabello. ¡Lo imagino al hombre a las puteadas, mirando la televisión mientras la negra se enjabona, se enjuaga y se seca la mata de pelos!

Y ahora… Anabel o Pilar… una de las dos… ¡La puta madre! Cuál…

Suponíamos que por identidad racial iban a ser amigas, a encontrarse en la afinidad que les da el color de la piel, pero lo gracioso del caso es que una negra brasileña y una negra peruana son tan diferentes como las nubes, y llegan incluso a tenerse bronca por lo mismo que debería acercarlas: el color de la piel. Así que Anabel hace causa común con Laura, a la que incluso asiste cuando la droga la pasa de revoluciones, mientras que Pilar se siente más a gusto con Susana, con quien comparte el amor por los animales y la vida silvestre.

 Ahora a Hugo se le metió en la cabeza que hay que contratar a una asiática para que halague con su cuerpo desnudo los ojos del público… Va a ser bravo encontrar a una coreana, china, japonesa, vietnamita o laosiana que tenga tetas…