13:56 - 14:28

 

--Caminá, Lola.

El rabo de Lola se meneaba arrítmicamente al ver a Miranda, que la iba a buscar al final porque era la más perezosa del grupo. Con la labradora de pelaje corto y pajizo, animal joven pero alimentado en exceso, Miranda terminaba de reunir a la manada (los paseadores de perros nunca hablan de jauría porque se ven a sí mismos como arreadores de mascotas), e iniciaba la caminata hasta el primer descanso.

Se necesitaba reciedumbre para atarse el pesado cinturón de cuero e ir colgando de sus argollas aceradas una manopla tras otra; cuando todas las bestias estaban enganchadas parecía que querían dislocar la cadera, a fuerza de tironear en contradictorias direcciones. Lola en particular, con su cuerpo macizo y lento, iba uncida a un aro trasero y requería que hubiera que jalarla con frecuencia, si se pretendía que no retrasara el andar general.

--Dale, Lola… ¡Caminá, chancha…! –había que arengarla, y el mastín  miraba con indiferencia a su dog walker, dejándose apurar sólo un poco con la mansedumbre de un animal de interiores, en los que solía rendir su vivacidad. El propósito de Miranda era convertir nuevamente a ese ejemplar en un perro como Dios manda, y pagaba su empeño con la fuerza de sus propios músculos.

De chiquita no le gustaban los perros. Quizá mirarlos, pero el contacto con esas cosas peludas nunca formó parte de su batería de predilecciones. Ni perros ni gatos. Ella se extasiaba con los pájaros, tanto por su canto como por la desenvoltura con que habitaban el aire. Desde que podía recordar, ornaba la casa una gran jaula con dos o tres aves pequeñas, pero también correteaba un perro, y siempre era una molestia tener que bajarlo de las camas o alejarlo de la mesa en los momentos de la comida. Los pájaros estaban allí por ella. Los sucesivos perros, en cambio, sin duda pertenecían a Alberto, su único hermano, mayor que ella en un lustro casi exacto, con diferencia de días.

Si Lola iba a la zaga, en cambio era práctico enganchar en el aro delantero a Thor, porque remolcaba con la fuerza de tracción de sus enormes patas ovejeras y los arrestos de su mancebía. A uno y otro flanco trotaban Bulca y Lobo, enhiestos y esteparios, que por un indescifrable motivo de la naturaleza se odiaban al punto de tener que mantenerlos separados, y entremedio, como apaciguadores, dos pares de cuadrúpedos de razas y portes variados, incluyendo a una pareja de indefinibles exponentes caninos que un alma caritativa había salvado de la intemperie del invierno anterior, particularmente inclemente.

--¡Pará un cacho, Thor; dejá de tirar! –intentaba apaciguar Miranda al puntero de la manada, observando que la fuerza de sus arremetidas provocaba que el cabestro lo lastimara y le cortara la respiración.

El apego de Alberto hacia los perros provenía de su infancia; los amaba tanto como a ella la  fascinaban los plumíferos. Ya que eran muy mayores para hacer familia propia y rancho aparte cuando sobrevino la muerte de los padres, con diferencia de meses, quedaron solos en la gran casa chorizo conservada a los ponchazos, y Alberto enfermó. Para entonces ya no tenían ni pájaros ni perro. La soledad de hermanos se agravó cuando él comenzó a perder el contacto con la realidad y a correr sin destino en las noches de tormenta; Miranda lo oía regresar casi de mañana, mojado, sucio y exhausto, y al final tenía que salir a buscarlo por el barrio y hacer lo posible para que regresara de su mano y le permitiera secarlo y ponerlo a dormir. Dos pulmonías y algunos episodios de agresión bastante alarmantes hicieron evidente la necesidad de tomar medidas extremas; poco después Alberto fue a parar a una institución de cuidados mentales, y en ese lugar permaneció tres años, aplacándose y haciéndose viejo.

--Caminá, Lola, dale… Y vos, Thor, dejá de tirar o vas a ahogarte.

Cuando volvió a la casa, su hermano no era el mismo, ni el cuerdo ni el loco que había conocido. Estaba encerrado en sí mismo y en su pieza, a donde su hermana le llevaba la comida y los medicamentos. No salió de la casa por meses, y sólo deambulaba por las habitaciones y el patio, mirando el cielo desde más allá de él. En esa época Miranda, desesperada por trabajo, empezó a desnudarse en el teatro, explotando un cuerpo intensamente trabajado en el gimnasio municipal y exigido más de lo que lo hubiera hecho el hombre que palpitaba en su interior.

El sacrificio había conferido a su cuerpo, grande y esbelto en los genes, la imponencia que puede aportar la constancia. Los hombros y los dorsales se hicieron poderosos, y eso la ayudó a soportar mejor el peso de los enormes senos proveídos por la generosa naturaleza. Bíceps, cuadriceps y gemelos imprimieron fibra a su figura, y los antebrazos potentes le facilitaban ahora la tarea de sofrenar el vigor de los mamíferos. Cuando Miranda se desnudaba en la madrugada, los espectadores estaban frente a una moderna Androginia a quien Zeus no le lanzaba todavía su rayo divisor. Frente a los ojos de una cultura eminentemente heterosexista como la de la noche, la hermafrodita Miranda significaba el oscuro objeto del deseo, y esa condición le proporcionó los recursos para mantener a su hermano enfermo y a su antigua casa con algo de decoro. Era una belleza inquietante la que ella exhibía al quitarse las prendas…

El día era templado, propio de la época del año. El sol entibiaba y hasta se podía sentir el calor, pero un viento de suave frescura dejaba adivinar por detrás de la primera sensación la presencia del frío; un día híbrido, tanto como el aspecto de Miranda, a quien esa mezcla de temperaturas le moldeaba una caricia en la piel. Detestaba el calor porque el atuendo a usar en las caminatas con los perros se componía de elementos que alejaban la actividad de un paseo de placer: gorra amplia dentro de la cual cupiera el pelo recogido, pantalones gruesos (las bestias intentaban treparla a veces, dando muestra de cariño, y ella no podía permitir que le marcaran las piernas), borceguíes, mangas largas en la camisa, muñequeras, y claro, el cinturón de paseadora… También se sentía a disgusto con el frío, por la ropa de abrigo que se sumaba a lo anterior, en especial a la altura del torso, donde los enormes pechos iban comprimidos hasta la incomodidad. Éste era su clima predilecto, y notaba que los animales respondían más en días así: la haragana Lola parecía un poco más ágil, y Lobo y Bulca se relajaban. En cuanto a Thor, siempre arrastraba con la misma desesperación.

Un mediodía, meses atrás, Miranda se levantó para almorzar con su hermano, que compartía con ella el rasgo de familia emblemático: era alto y fornido, aunque la enfermedad, que era de la mente, había diezmado el cuerpo quitándole amplitud y movilidad. No lo encontró en su habitación. Lo buscó en el patio, en la cocina y el baño, y no estaba. Rajó una puteada suponiendo lo peor, que corría sin ton ni son por las calles aledañas, aunque no llovía en ese momento. Se vistió y salió. Caminó dos cuadras y lo divisó a lo lejos…

--¿Qué estás haciendo, Alberto? –le recriminó cuando lo tuvo cerca - Me tenés que avisar si salís.

No respondió con palabras, pero sonrió por primera vez en meses y le señaló al perro que llevaba en la correa sujeta con firmeza por una de sus grandes manos.

Miranda se agachó y observó que el animal estaba bien cuidado y portaba una chapita identificatoria. La correa misma parecía flamante.

Después de mucho tiempo, oyó de nuevo la voz de su hermano.

--Lo paseo –balbuceó, y siguió su camino.

Se quedó parada en medio de la calle, dudando acerca de si seguirlo o volver sobre sus pasos. Optó por lo último, y lo esperó en el vano de la puerta, sin saber qué pensar. A la hora avizoró su silueta y la del animal recortándose en el trasfondo de la cuadra; ya más cerca, lo vio tocar timbre en la casa linda de la esquina y entregar a la mascota. Después caminó despacio hasta donde ella estaba, y le tendió, ufano, el billete que le habían dado por distraer al pichicho.

A partir de aquel día el orate se popularizó en el barrio por el esmero y la dedicación que brindaba a los perros. Al mismo tiempo, Miranda notó que aquella ocupación funcionaba en su insanía como psicoterapia animal, y por añadidura no venía nada mal el dinero que se lograba. De ahí a inscribirse los dos en el Registro de Paseadores de Perros de la ciudad, y a organizar la cosa con mayor formalidad, hubo un paso. Entre ambos realizaban tres paseos diarios, y cobraban el arancel usual para este cometido. Él tenía a su cargo el turno de la mañana y el de la noche; ella se ocupaba del de la tarde, para que la cosa no se le hiciera tan pesada a su hermano.

  Todo venía funcionando bastante bien, y hasta se podía notar el júbilo de Alberto con su nuevo status de paseador; lo único que a Miranda le seguía molestando era que muchas veces él salía sin calzado, y caminaba junto a la manada a pura planta de pie, como un bebé, lo cual lo hacía parecer “un loco menesteroso”, según ella le endilgaba (aunque de inmediato se arrepentía de haber utilizado semejante vocabulario). Este nimio detalle era insuperable, pero por lo demás, estaban salvando del naufragio de sus vidas todo lo más que se podía preservar.

--Hola, Miranda.

Cintya, la veterinaria del barrio, cuyos servicios solía requerir cuando los elementos curativos que llevaba en la riñonera se revelaban ineficaces, casi siempre aparecía en la puerta del negocio cuando ella pasaba por ahí.

--Hola, doc –devolvió el saludo, sin detenerse a dialogar.

Aún recordaba la primera visita realizada al consultorio de Cintya, con un animal que se había clavado vidrios en las almohadillas delanteras. La profesional la recibió con un exceso de amabilidad que a Miranda la puso en alerta.

--Te veo paseando animales por el barrio, desde hace un tiempo…

La paseadora sospechó que eso no debía ser casualidad.

--Ayudo a mi hermano… -explicó.

--Si, lo sé; ayudás a tu hermano, siempre a la tardecita.

Compartieron un silencio que comenzaba a ser casi una complicidad.

--Me pongo a tu servicio, para cualquier inconveniente que se te presente, Miranda.

A un lado, echado sobre el piso de baldosas, las almohadillas de Pelusa seguían esperando atención médica.

--Doc, lo mismo digo…, si usted necesita algo…

La veterinaria dudó, pero había ensayado este diálogo muchas veces en su mente, consciente de que alguna vez aquella gladiadora entraría en el consultorio.

--Te confieso que me encantaría saber más de vos, y conocerte mejor…

Miranda comprendió de inmediato a qué se refería la otra mujer.

--Para eso debería cerrar el consultorio un rato y darme la oportunidad de hacerle saber más de mí, sin interrupciones –sugirió, envalentonada.

Cintya fue hasta la puerta del negocio y giró la llave. Después cerró las persianas venecianas, por cuyos listones apenas se insinuaba la luz de la tarde. Regresó junto a su visitante y le preguntó si estaba bien así.

--Es perfecto... Es un ambiente bastante apropiado para que comencemos a conocernos…, Cintya.

Miranda se quitó la gorra y liberó su cabello. Desabrochó el cinturón y lo dejó caer al piso. Se sacó la riñonera, y cuando con un gesto atlético se despojó de su remera y mostró el torso desnudo, la veterinaria palideció.

--Te imaginaba así… –murmuró-, pero no tan así, tan poderosa, tan…

Miranda capturó la pequeña cintura de su congénere y la atrajo hacia sus pechos.

--¿Soñabas con esto? –inquirió, ya sin intentar disimular su virilidad.

Sin responder a lo obvio, la pequeña doctora se deshizo del delantal, de la camisa, del corpiño que ofreció unos pechos prepúberes, y le propuso a su nueva amiga que no demoraran más la total desnudez.

Miranda lo cumplió primero, con tal sencillez que no delatara el arte que practicaba todas las noches para ganarse la vida, y luego la observó quitándose con movimientos turbados la pollera plisada y la bombacha azul. Era tan frágil que daba aprensión tomarla, pero la experiencia le demostraría que compensaba esa característica con una gran plasticidad física y un apetito sexual de larga data. La elevó en sus brazos y la posó sobre la camilla donde atendía a los perros, lo cual la excitó más aún. Le separó las piernas y la acomodó a pura fuerza de músculos, y lo que sucedió después hizo que hasta Pelusa olvidara por un rato el dolor de los vidrios en las patas delanteras.

Desde ese día los encuentros fueron regulares, pero esporádicos. Dos veces al mes, tres a lo sumo. Se saludaban al verse casi como si no se conocieran, o porque aparte de gozarse, no se conocían. Ninguna consideraba que tenía una relación con la otra. Sólo un desfogarse que las dos necesitaban como una lavada de cara a la mañana. La doctora llevaba adelante un matrimonio que le ofrecía todo, menos la osadía. En cuanto a Miranda, amaba profundamente a otra mujer, y la amaba con su alma de mujer y con su espíritu de hombre, sin retacearle un solo gramo de su pasión bicardial.

Esa mujer era Estela.

Estela, una pelirroja de cutis llovido de pecas y pubis moreno, a quien llamaba cabeza de fósforo por el tinte naturalmente anaranjado que tenía su cabello, lacio y sedoso como una estola sobre los hombros y casi tan largo, se desnudaba en el teatro donde las dos trabajaban desde dos años antes de que ella comenzara a hacerlo, y en el mismo momento en que la conoció quedó prendada de la blancura de su rostro y de sus ojos de esmeralda que, tristemente, solían mirarla con el desgano de la inapetencia… Miranda no necesitó más para darse cuenta de que Estela era heterosexual. Aún así, compartieron desde el comienzo un despunte de amistad que les permitió entrar tímidamente en el terreno de las confidencias y que, con la puntualidad de un ferrocarril inglés, comenzaba y terminaba con el horario de trabajo. Le habría gustado invitarla a su casa un lunes, cebarle mate y ver con cabeza de fósforo una de esas viejas películas que daban en la tele; varias veces tuvo la invitación mordiéndole los labios, pero siempre terminó por masticarla y tragarla, a la espera de una mejor ocasión. Estela tampoco intentó jamás extender la cordialidad del teatro a la calle, al día, a su casa; Miranda la entendía, y nunca forzó una situación que llegara a ser artificial… Pero habría sido tan lindo…

A pesar del trato cordial, o quizá justamente debido a él, se permitían discutir y exteriorizar sus divergencias sobre asuntos graves o en materias banales, y tal actitud le daba autenticidad a la relación que tenían. Hubo meses en que no discutieron, y se dedicaron a contarse gran parte de su vida pasada y presente; y también estuvieron semanas sin dirigirse la palabra, hasta que concluían la rencilla sin recordar por qué la habían iniciado. Las dos sabían que de tan diferentes que eran, resultaba hasta lógico que se hicieran amigas y aprendieran una de la otra. Estela no sólo provenía de otra clase social y de otra educación, sino también del lado opuesto de la ciudad. Desnudarse era para ella una expresión de reafirmación personal, mientras que para Miranda significaba la supervivencia. La pelirroja tintineaba al hablar, modulaba las palabras como si le recorrieran todo el cuerpo antes de ser expelidas por la boca, exhaladas con moderación y buen gusto; la paseadora de perros (nadie sino Estela conocía esta otra actividad de su compañera) sólo decía lo que pensaba y lo hacía con excesiva franqueza y a veces con vulgaridad. Ninguna de las mujeres que trabajaban en el teatro era tan distinta a Miranda; ninguna era tan distinta a Estela.

Cabeza de fósforo sabía de la existencia de Cintya, y se reía de su amiga cuando le contaba la clase de encuentros que tenía en el consultorio de la veterinaria, generalmente frente a los ojos atentos de un animal que oficiaba de excusa (con lo difícil que era tener sexo ante semejante mirada). En cambio  Miranda tragaba saliva y sentía una opresión en el pecho cuando le tocaba oír los deslices amorosos de la otra; en los años que la conocía la había visto enamorarse y sufrir, sufrir y olvidar, olvidar y enamorarse otra vez. Se preguntaba cuánto demoraría la heterosexualidad de Estela en comenzar a flaquear, y esperaba imbuida de una recóndita expectativa.

--¿Cintya vino a ver tu acto?  

--Noooooooo… Nunca le dije que además de pasear bestias, hago ésto… ¿Para qué?

--Claro…

--¿Y a vos?

--A mí… ¿qué?

--Digo, si vino a verte algún chabón.

--Una vez invité a uno. Pero vos sabés cómo es la cosa: te asimilan a una prostituta. No entienden la diferencia.

--Hombres…

--Hombres…, si… ¿Te puedo hacer una pregunta?

--Dale.

--A lo mejor no querés tocar el tema… En realidad no tiene importancia.

--Dale, boluda, qué querés saber.

--Es algo íntimo, algo muy tuyo. Algo que nunca me dijiste.

--Uuuuuuuuu, qué misteriosa, con qué vas a salir. Preguntá.

--Se me ocurrió, porque hablamos de hombres.

--¿Y?

--Lo que quiero saber es si alguna vez te acostaste con un hombre. Si lo hiciste, o lo hacés.

--¿En serio querés saber eso?

--Siento curiosidad.

--Está bien, te lo digo. Sos discreta… Te lo digo.

--A ver…

--Jamás. Ni antes, ni nunca.

--Lo suponía… Sos virgen, Miranda.

--No seas pelotuda. No soy virgen, pero no me desvirgó un hombre… ¿Satisfecha la curiosidad?

--Si. Disculpá. No te ofendiste, ¿no?

--No. Pero…

--Pero qué.

--Alguna vez yo te preguntaré algo también.

--No hay problema. Qué querés saber.

--Ahora no… Algún día.

Miranda llegó al primer descanso con los 8 perros, que era lo máximo que la ordenanza le permitía llevar: ocho. Los condujo al corral de rejas habilitado por la municipalidad en esa plaza y los soltó, como lo hacía cada tarde. Se dispersaron para retozar un rato, antes de reanudar la marcha. Thor, el más agitado, se desplomó sobre la tierra. Lola caminaba el perímetro de hierro con paso lento pero algo más vivaz que un mes antes. Lobo y Bulca se tendieron juntos, y la paseadora, observándolos, pensó que si la naturaleza podía lograr el prodigio de aplacar la ira de aquellas dos bestias siberianas, en cambio jamás mitigaría la animadversión que sentía por Emilia, con su discurso de barricada contra el gobierno de turno y su teoría de la conspiración para explicar todas las cosas. Emilia entraba en el camarín como un huracán de ira, y sin siquiera saludar comenzaba a proferir dicterios en contra de la presidenta justicialista.

--¿Escucharon el discurso de la presidente?

--Ella prefiere que la llamen presidenta –corregía Borges, buscando exacerbarla para divertirse con su reacción, aunque sabía que las dos acepciones eran correctas.

--Lo que sea. Pero ¿qué se cree esa yegua? ¿Qué la gente es boluda? Te matan en una esquina, la policía se rasca los huevos, y ella dice que lo que hay que hacer es erradicar la miseria… ¡Lo que hay que hacer es un paredón y matar a unos cuantos asesinos, vas a ver cómo se dejan de joder! Ya lo dijo Fidel: a la Argentina la arreglo con cuatro mil ladrillos.

Miranda intentaba mantenerse calma; a veces lo conseguía y a veces no. En estas últimas ocasiones terminaba retrucando, y a duras penas contenía los irrefrenables deseos de darle vuelta la cara de un sopapo a ese fideo fino que se faroleaba como montonera de salón.

--Fidel se refería a otra cosa, no a la inseguridad –opinaba Estela, intentando evitar que su amiga, a quien conocía bien y advertía particularmente intemperante en ese momento, se embretara en una discusión sin sentido.

Las mujeres del camarín debían soportar todas las noches la misma cantinela con distinta letra, y cualquier episodio extraído de las noticias de las últimas veinticuatro horas daba pie a Emilia para encender su civilidad y vomitarla sin demasiado tino. Miranda no pretendía defender a ningún político, del primer mandatario para abajo. Lo hacía nada más que para llevar a Emilia al terreno del pleito; en realidad no se preocupaba demasiado por lo que el gobierno hacía, y siempre que alguien se quejaba le venía a la mente la idea de que había que esperar tiempos mejores. Sin embargo, cuando entraba en el cuarto oscuro y debía elegir una boleta con nombres y emblemas jamás dudaba, pues un mandato más fuerte que cualquiera consideración del momento se imponía a su decisión con la fuerza ideológica de su genealogía.

Desde donde podía recordar, la historia de la familia estaba emparentada con la del movimiento peronista; eran como la hiedra y la pared. En la mitología legada por los antepasados no había momento importante del peronismo en que no hubiese estado presente un ancestro. Era chiquita cuando le contaban la historia del abuelo paterno, que viajaba en un trolebús un mediodía ceniciento y súbitamente se vio envuelto en estruendos y flamas, como si el mundo estuviera reventando. Minutos después despertó en el pavimento, envuelto en un humo negro y espeso digno del infierno, sintiendo que algo le comprimía el pecho. Confuso como se sentía, identificó lo que tenía sobre su cuerpo: eran cadáveres tibios aún, restos de gente destrozada por la explosión. Miró a su alrededor y únicamente vio hierros retorcidos, candentes. Ululaban las sirenas y las ametralladoras tableteaban arriba. Así tabicado por una masa de carne y género, el abuelo Pedro se salvó de perder la vida bajo las balas. Al rato logró apartar con el resto de sus fuerzas la casual trinchera y, aturdido aún, alcanzó a los tropezones las arcadas de Hipólito Irigoyen. Dos horas más tarde llegaba a casa, sucio y desfalleciente, cubierto de sangre ajena que empezaba a heder. La abuela lloró al verlo entrar así, pensando que podía haber perdido a su esposo. Después se quedaron escuchando la radio y rezando por el general. Era el 16 de junio de 1955.

(Otro paseador de perros entró en el corralito y soltó a su manada, que se mezcló con la ya presente; saludó y trató de entablar un diálogo con su camarada, pero al notar que sólo obtenía monosílabos desganados se mudó a un banco alejado, encendió un cigarrillo y disfrutó el rato de tregua.)

Tres años antes, en el `52, la mamá de Miranda salió de la fábrica de Lanús y se fue directo a hacer la fila para ver el cadáver de Evita, a despecho del frío intenso que calaba los huesos. No consiguió flores, porque se habían agotado en toda la provincia de Buenos Aires. Cuando llegó al féretro sintió que las piernas se negaban a sostenerla, pero se recuperó y siguió andando. A la salida del edificio del Congreso, aunque el manantial de personas que alimentaba el desfile era incesante y se extendía hasta el horizonte urbano, la muchacha se encontró con una amiga y la acompañó a hacer la fila, detrás de los cientos de miles que provenían de todo el país. La segunda vez que llegó ante el cadáver de Eva dominó mejor la emoción, pero una mujer de mediana edad que estaba detrás de ella no tuvo la misma suerte, y se desmayó. Tuvieron que socorrerla… Al llegar a su casa, una prima le pidió que la acompañara a ver a Eva, y tanto le insistió que finalmente accedió. Cuando regresó se desmayó sobre la cama: habían pasado 36 horas… La mamá de Miranda siempre recordaba que había estado tres veces en el único funeral que las clases populares tuvieron en Argentina.

Miranda recordaba historias familiares más recientes, del ´76, del ´83, y de su propia historia vital. Ese bagaje ideológico que le venía de los muertos tornaba inexistente cualquier posibilidad de intercambiar opiniones con Emilia, aunque quizá este hecho obedecía a la forma en que su compañera planteaba sus ideas, tan irritante… Estela también tenía un mandato vital, y era casi seguro que sus abuelos habían brindado en el 55, en el 52…, especialmente en el ´52, como muchos. Sin embargo, las dos se guardaban de expresar opiniones que pudieran molestar a la otra, que al fin de cuentas es lo que hacen las amigas; eso forma parte del respeto.

--¡Vamos, bichos! Se acabó la joda.

Al ponerse de pie Miranda, los perros entraron en estado de alerta: ya sabían que había terminado ese descanso. Después de levantar con una bolsa de plástico las excrecencias de los animales y arrojarlas a un cesto, ella enganchó a los ocho a su cinturón, salió del corral de rejas y dejó atrás la plaza. Era hora de seguir andando.