13:34 – 13:56

 

Qué es un orgasmo sino morir. Un instante de fatalidad y después la nada, acomodarse en la cama y dejar que un hombre te vele sin emoción mientras vos cerrás los ojos y vaciás la cabeza de pensamientos inútiles, porque todo quedó atrás-afuera y la máquina de la vida detiene los engranajes justo cuando estás ahí, cadavérica e insepulta para él, que ni siquiera sospecha lo que te pasó entremedio de las piernas y después te subió por el vientre y por la espalda, te atenazó el cuello y te cerró los ojos con dos monedas grandes de níquel, grandes como los párpados para ocultar al mundo o por lo menos el cuarto de hotel donde recién falleciste en un turno de tres horas, sin flores ni incienso, sólo con el brote en la piel del olor a la dulce muerte, a un simulacro de defunción que en realidad es la parte de la vida donde te vas drenando gota a gota, una gota roja una gota blanca, una lágrima una partícula de sudor que te corre por el canal del pecho, una gota de sangre y un maná de secreción que quedó en el arma con que te irrumpieron en la vagina y en el corazón, ay, Selva, pensaba Selva, cuánto hace que no morís en una convulsión de esas y mamá muerta acá, muerta por última vez, quizá de esa exacta manera, con la idéntica sensación de éxtasis y de dolor que tanto extrañás y que no te atrevés a simular porque entonces no sería lo mismo. 22 minutos. Alguna vez te dijeron que un hombre se erotiza casi tres horas en un día, y una mujer apenas veintidós minutos, con sus segundos como cuchillos clavándose en la sensibilidad y excitando sensaciones distantes o fantaseadas, cientos de estiletes como segundos que entre el sol y el sol atacan con impiedad, te cortan la respiración, te nimban la vista y así una y otra vez a lo largo del día hasta completar veintidós minutos de mujer, que te bebiste de a poco al mismo tiempo que trabajabas o caminabas o sentías en el busto que te miraban el busto en el colectivo. Hoy no. Hoy los querés consumir de golpe, santita, y para eso estás encerrada en tu pieza y acostada en tu cama, con mamá que no va a censurar lo que hacés entre las paredes de tu imaginación porque está muerta en la cama contigua. Es la mejor manera: hoy apurarás esos veintidós minutos de un solo trago, mortal y certero, y en lo que queda de la jornada te vas a olvidar del asunto hasta que pase otro día completo, sin hacer trampa. Es mejor así, porque el sexo del teatro no te excita; ese sexo te parece un desperdicio de energía que no te puede brindar ninguna clase de satisfacción, pues para vos es como un buen vino rosé demisec servido en las manos sucias, bebido del cuenco de las manos, que dejan escurrir gran parte del elíxir y te abandonan en la mitad de la sed. No es sólo el vino. Es la copa, el momento, el tiempo que le dedicás a dejar que baje por la garganta, entibie las entrañas y mate. Lo que necesitás es un asesino que sepa cómo hacer su trabajo, alguien que te ultime y te vele como Dios manda hasta que resucites a la Selva que tenés que volver a ser con la chicharra y con la voz que le anuncia por el teléfono que “su turno terminó”…, cuánto hace, Selva, que no morís así, y la urgencia llega a sorprenderte la vez que Átropos anda tijereteando por aquí, la puta madre, Átropos de mierda, mamá. Bien sabés vos que no fueron muchos, que quizá te alcanzan los dedos de una mano para contarlos, y alguno hubo que te mató bien muerta, que te dejó morir en el orgasmo y te veló de cuerpo presente sin extrañarte demasiado (fumaba un cigarrillo o bebía un trago o simplemente se daba vuelta y dormía o quería irse, como hacía tu marido, que en paz descanse en lo que le queda de vida), sin pensar en vos, Selva, en vos que todavía esperás al que te vele con la amorosa desesperación de tenerte inerte sobre las sábanas revueltas y te resucite con la misma magia con la que te liquidó, contento de verte reaccionar y a lo mejor…, a lo mejor, con ganas de volver a provocarte el deceso en una nueva explosión del útero. Ahora estás tendida en tu pequeño tálamo, en la extraña soledad que provoca un cadáver al alcance de la mano derecha, sola y desnuda: te quitaste la ropa y es un bálsamo el roce de la sábana, en la epidermis que siente, entre lo que harías y lo que te harían, estremecimientos corpusculares que te caminan como insectos. Decía Imanol Arias en la película que el orgasmo de la mujer no existe, que es una convención social o un mecanismo psicológico imposible de demostrar fehacientemente, al contrario del hombre, que eyacula y es obvio que llega al límite de su placer (¿alguna vez eyaculaste?), no como vos, Selva, o como todas las Selva de la creación: andá a saber si en verdad sienten eso que dicen que sienten o si es apenas un engaño de los sentidos vagamente identificable, el espejismo de un oasis que no está más que en su soterrado desierto femenino, algo tan impreciso como lo de tu amiga, ¿te acordás?, la que vivía a dos cuadras y dejaste de ver cuando se mudó a Esquel, a la que le decían Leonora la grande porque tenía una hermana menor que también se llamaba Leonora, cómo no vas a recordarla, la que estaba casada hacía trece años y tenía un pibe de siete, la edad que ahora tiene tu nene, que en aquel momento empezaba a patearte el vientre por dentro, pero eso no viene al caso. Leonora la grande te juraba (a vos te tomó de confidente porque sabía que no sos de hablar) que nunca había tenido un orgasmo, a pesar del embarazo y de los trece años de tener encima al marido dándole que dándole, decía, y te dejaba muda porque vos creías que había que acabar para quedar embarazada, aunque eso resultó lo menos extraño desde el día en que te fue a buscar  recontenta para confesarte que había alcanzado el clímax con la tibieza de una almohada entre las piernas, y que después descubrió que sólo podía repetir eso con la misma almohada y en la misma habitación, tumbada en la cama de su hijo, cuando todos se iban y ella quedaba abandonada en la casa. Más tonta la Leonora… Vos te reíste, pero de tanto y tanto contarte sus masturbaciones idénticas terminaba por excitarte como ahora, ahora que irás por el minuto diez o algo por el estilo y te viene a la mente Leonora la grande; qué habrá sido de ella, se habrá llevado la almohada a Esquel pero el cuarto de la casa no podía trasplantarlo al sur, así que quién sabe cómo afectó el frío su sistema hormonal. Irás por el minuto doce, y dejás que pasen frente a los ojos de tu mente las imágenes pasadas y las posibles, que te incitan a mover la mano sobre el pubis (siempre depilado, aunque nadie lo acaricie), así, muy despacito, un movimiento circular con la yema de los dedos rozando levemente el cutis de tu pelvis. No necesitás otra cosa para sentirte viva, y aunque Imanol Arias lo niegue, sabés muy bien, Selva, que la explosión existe, que la muerte te llega cuando acabás, vos y todas las Selva de la creación, o como dicen en las esquinas, si “le ves la cara a Dios”, a Dios que te mata con su falo y debería resucitarte con su amor. Otros sostienen que una mujer promedio comienza a gozar realmente después de 22 minutos de penetración, que lo que sucede previamente es apenas un preparativo y que sólo entonces el alma sale del cuerpo e inicia la ascensión al cielo, en el exacto momento (como le decía un amigo a Dalí, en la mocedad de los dos) en que empieza a crujir como una sandía, porque el tipo le detallaba a Dalí, justo a Dalí que era minusválido, que él se daba cuenta de que una mujer estaba gozando –y a punto de morir- cuando la oía crujir como una sandía, con lo cual era un turro, porque contaba guita delante de un pobre (de un pobre pintor). Todo esto viene a vos, Selva, mientras la mano navega tu mar, hunde con docilidad la quilla, separa las aguas apenas un centímetro, y pasa con serenidad, porque no vas a masturbarte (eso es grotesco a tus años) sino a erotizarte, a dilapidar tus 22 minutos de golpe, ahora que mamá no puede oír el inapreciable crujir de las sábanas ni adivinar en el crepúsculo que las envuelve los suaves movimientos con que te provocás el erizado de los poros de la piel. Todo es mágico, y aunque podrías preguntarle a tu ginecólogo cómo es la cosa en realidad, o consultar en alguna enciclopedia la palabra de la ciencia, nadie te explicaría el prodigioso placer que concebís ahora que pensás en alguien que no necesariamente tiene entidad real (aún) o en alguien que, si la tiene, está tan distante de vos como Carlos, a quien es preferible dejar ausente de este momento porque más tarde no vas a poder mirarlo a los ojos por la íntima culpa… La estúpida culpa, por mamá, por el hijo, por vos misma, la culpa por el hijo, la más estúpida de todas: la de besarlo con la misma boca, acercarlo a vos con los mismos brazos, sentir que respira contra los mismos pechos que amaron. Qué tonta sos, Selva. Mirate un poco: el miedo al pecado no le impide a tu mano navegar hacia el norte, sobrepasar los volcanes de tu vientre, remontar tus pechos que son olas y dejar atrás tus pezones planta baja (qué guacha esta Miranda). Ese viaje consumió cinco minutos más, y ahora las manos te rodean el cuello y te acercan al límite; arqueás la espalda, empujás el cuerpo hacia arriba y hacia delante con una suave presión de las nalgas contra el colchón, la espalda flota en el aire que quedó entre las dos sábanas, el abdomen se elevó, y las manos te acarician la nuca como si fueran las de él, las de cualquier él aunque vos no aceptarías jamás cualquier él, vos no admitirías las yemas de unos dedos forasteros besándote detrás de los lóbulos y echándote en cara que llevás demasiado tiempo de castidad. Tampoco hoy te vas a estremecer con un orgasmo, Selva…, y tenés ganas de llorar al entender que  esto es lo más cerca que estarás del supremo momento de tu femineidad, de llorar con la piel, que pesa tres veces más que el corazón… Minuto veintidós.