12:00 – 13:34

 

La nona eligió un viernes para descomponerse y morir.

Selva salía a retirar a su hijo del colegio y pasó de largo frente al cuarto que las dos compartían. Desde la puerta de calle, entreabierta para dejarla ir, le  avisó que en un rato volvería y le pidió que cuidara lo que se cocinaba a fuego lento.

La madre no respondió.

Creyéndola dormida, Selva voceó desde el umbral, con el ruido de la calle queriendo colarse en la casa.

--¡Mamá! ¡Despertate, que me voy a buscar al nene!

Tampoco obtuvo respuesta.

Con un mal presentimiento en el pecho, cerró la puerta y lentamente se fue replegando al interior.

Un silencio espeso obstruía el paso en el pasillo que contorneaba la habitación. Un silencio que además de la ausencia de sonido, se sentía como un presagio.

Sin darse cuenta, tomó con la mano diestra el pequeño crucifijo de plata que pendía de su cuello y comenzó a frotarlo con delicadeza, a medida que reducía la distancia entre su inquietud y su certidumbre.

--¡Mamá!

Se detuvo ante el cuarto y sintió que el escalofrío le pasaba un dedo por la espalda.

Giró el picaporte y empujó con suavidad. El movimiento de la hoja de madera, levemente rechinante, le pareció eterno.

El hueco rectangular dejó ver la penumbra de la pieza. Cuando sus ojos se adaptaron a la media sombra distinguió el perfil de su doble mamá  sobre la cama más próxima, tumbada de costado, dándole la espalda. La llamó con voz casi inaudible, y fue la última vez.

--…mamá…

Encendió el velador y se sentó en el borde de la cama. La movió apenas por un hombro, sin llamarla. Estaba tibia aún, pero supo que ya no pertenecía a este mundo.

La puso boca arriba, y el cuerpo, encogido por los años, se dejó acomodar. Entonces vio el rostro bajo la luz oblicua, que ya no era el del ser querido, sino la máscara de la muerte.

--No… -musitó- No podés irte ahora…

Intentó conservar la calma; ya habría tiempo para llorar y angustiarse. Le acercó un espejo a la boca, le tomó el pulso, y ya no dudó de que se había extinguido mientras dormía.

Abrió el camisón y dedicó un largo rato a realizarle masaje cardíaco con movimientos rítmicos y fuertes, contando uno dos tres, algo aprendido en el curso de enfermería que alguna vez intentó.

Uno, dos, tres… Uno, dos, tres…

--Vamos, reaccioná, por favor… -dijo, se dijo a sí misma, porque estaba sola en el dormitorio.

Uno, dos, tres… reaccioná!... Uno, dos, tres…

Cuando se dio por vencida, se largó a llorar, sin nervios. Sólo lloró.

Arregló el cabello gris de su mamá, abotonó la parte del camisón que enseñaba el pergamino del pecho, la arropó inútilmente, sin notarlo.

Entonces le sobrevino un pensamiento urgente: su hijo no podía esperarla en vano en la puerta de la escuela. Su hijo, que era la vida, ya estaría viendo arriar la bandera. Tenía que apurarse…

Apagó la luz y dejó encerrado el cadáver en la habitación. Le preocupaba que su hijo no viera, no oyera, no presintiera, no oliera la partida de su doble abuela. Tenía que ampararlo de la visita de la parca.

La nona solía hablarle de mitología griega cuando era niña, y la memoria le devolvía de tarde en tarde la historia de las Moiras: Cloto, Láquesis y Àtropos. Si pudiera hablar por última vez, seguramente le diría que Àtropos le habìa cortado la vida con su detestable tijera.

Cortó la llama de la cocina, cerró la casa y caminó las nueve cuadras hasta el colegio con un nudo en la garganta. Era la última oportunidad para llorar, antes de llegar a esa cita diaria. Iba pensando que en el camino de regreso llamaría desde un teléfono público al tío Abel, tal como la anciana le había indicado siempre:

--Si me pasa algo, llamá a Abel. Él es mi único hijo vivo y se ocupará.

Del otro lado de la línea hubo una pausa larga y dolorosamente incómoda.

--¿Estás segura, Selva? –pregunto Abel, al fin.

--Sí, tío, es como le digo… Lo llamo porque ella me lo pidió siempre.

--Está bien, está bien…, no te intranquilices. Ya mismo comienzo a  hacer los trámites y en dos horas a más tardar estoy por allá con un médico y la gente de la funeraria.

Pero eso ocurrió rato después. Una cuadra antes de la escuela, los guardapolvos blancos pasaban a su lado, otras madres, algunos padres, maestras. Su hijo debía estar ya en las gradas de salida, esperando verla acercarse como todos los días, y no iba a defraudarlo.

Se pasó un pañuelo por los ojos, con sus iniciales bordadas por ella misma, a la vieja usanza (detestaba las toallitas de papel, carecían de distinción). Intentó no pensar en su madre, muerta en casa. Quiso repeler esa imagen del agua de los ojos, y se percató inexplicablemente de que llevaba muchos meses sin tener un orgasmo

Siempre había sentido que el orgasmo era lo más parecido a morir.

Se agachó, apoyando una rodilla en el suelo, y el niño se echó en sus brazos.

--¡Mamiiii!

--Hola, mi amor. –Lo besó y lo oprimió con excesiva fuerza.

--¡Me lastimássss maaamiiii!

--Vamos a casa, precioso. ¿Te fue bien en el cole?

--SiiiiPreguntale: ¡ahí viene la seño!

La “seño” era Alejandra, y cumplía una suplencia en tercer grado “A” desde hacía algunos meses. Circulaban rumores de que la titular sufría depresión post-parto, y a Selva eso le parecía una estupidez.

--¿Cómo se porta mi chico, Alejandra?

--Bien… Es un encanto… -Alejandra ensortijó el cabello castaño del niño, que correspondió la caricia con una sonrisa. Selva intuía que la joven no era tan afectuosa con sus alumnos cuando los tenía a su merced en el salón de clases, pero si su hijo la llamaba la “seño”, la cosa no era para preocuparse.

Tomó la mochila azul y se la puso en bandolera. Pesaba en exceso para un párvulo menudo. Cuando ella iba a la escuela llevaba menos cosas, y estudiaba lo mismo… ¿Cómo habría sido en los tiempos de la nona?

Caminaron despacio. No había apuro para llegar a la casa. Más aún,  quería conscientemente postergar ese momento. Aunque la muerte estaba encerrada dentro del cuerpo de una anciana, y éste entre las cuatro paredes de la pieza, el niño podía sospechar.

--Esperame acá. Necesito hablar por teléfono.

--Ufa, tengo hambre.

--Es un momento nomás. Portate bien, dale.

Sentó al chico en el intercolumnio de un edifìcio bajo y se guareció del sol del mediodía bajo la cúpula del teléfono público que había en la vereda, a medio camino entre la escuela y la casa. Los timbrazos metálicos que repiquetearon en la sala de Abel la inquietaron. Fueron cinco, los contó. ¿Y si no estaba?

Pero estaba.

--Hola.

--Hola, tío…

No dejaba de observar a su hijo, sentado en el umbral y molesto, con los codos en las rodillas y el mentón sostenido por las manos. Esa escena, simpática a su manera, la animó a dar la noticia, la aciaga crónica de la última hora. Tenía pensada la mejor forma de anunciarla, pero eso no existía. Cuando se despidió de su tío respiró hondo. Él no había necesitado demasiadas palabras para comprender.   

 Ponía el pie en su manzana cuando la mortificó la posibilidad de que inquiriera por la abuela alguna vecina entrometida, que no la hubiese visto por días trasegar el cuerpo en la vereda cuando se lo permitían las piernas, aunque fuese cerquita, para comprar el pan.

Nadie intentó averiguar. Dos o tres comadronas la miraron… Supuso que a lo mejor ya sabían lo sucedido, pero no…, era imposible. Se enterarían más tarde ese día, y la agobiarían con preguntas y pésanos, pero para eso faltaban algunas horas.

La puerta de entrada de la pequeña casa le pareció ahora más descascarada que nunca. Entró primero y con cautela, como si temiera que un animal estuviese agazapado detrás del sillón de cuerina, pero sólo estaba el mismo silencio espesando el mismo aire.

El chico se abalanzó al interior. Ella alcanzó a tomarlo por un brazo, lo llevó hasta el sillón y se sentó junto a él.

--Oime, hay algo que quiero decirte. Y es muy importante…

--Qué. Tengo hambre.

--La abuela no se siente bien, y decidió seguir durmiendo. Después hablaremos sobre ella… Lo que deseo es que evites hacer ruido y que no vayas a molestarla para nada. ¿Entendiste?

--¿No puedo tampoco ir a darle un beso?

--Tampoco. Necesita descansar…

--A lo mejor ya se siente bien. ¿Y si le preguntás?

Selva percibía que el sudor se le acumulaba en las axilas y en el cuello.

--Le pregunto, pero vos no vas a ir a fastidiarla… Y cuando vuelvo te preparo de comer. ¿Trato hecho?

--okey.

Selva rió y le hizo cosquillas en el vientre. El niño se ovilló sobre el sillón, carcajeando:

--¿Qué es eso de okey???? Nada de yankiladas, mocoso. ¡Vas a ver!

Se incorporó y caminó hasta la entrada de su pieza, seguida por la diminuta y atenta mirada. Abrió la puerta lo suficiente para asomar la cabeza, sin soltar el picaporte e interponiendo el cuerpo en el hueco, para evitar una entusiasta irrupción en la estancia prohibida.

Esta vez no hizo falta que encendiera la luz. No necesitaba ver. Lo que estaba sobre la cama tenía suficiente fuerza de presencia para exculpar a los ojos.

--Hola –dijo a media voz, pero oíble por el chico-. ¿Te sentís algo repuesta?

Hizo una pausa para acomodar la imaginaria respuesta.

--Bueno, mejor así… -continuó parodiando-. ¿No querés comer con nosotros?

Otra pausa, y la irreal voz de la abuela discurriendo por los recodos de la mente infantil con el sonido que había tenido hasta esa mañana, cuando le había deseado un lindo día en la escuela.

--Tenés razón, te conviene dormir… –Selva se preguntaba si su teatralidad doméstica era convincente para salvar la situación.- Quedate tranquila; tu nieto me prometió que no iba a molestarte…

Hizo un último silencio, y mientras volvía a cerrar la puerta agregó:

--Si necesitás algo llamame… Que descanses.

La última frase le sonó teñida de una morbosidad ajena a ella, pero estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio que impidiera el contacto del niño con el sueño eterno de la nona.

--¿Satisfecho? –preguntó a su hijo, que permanecía en el sillón. Sin darle tiempo a responder, lo tomó de la mano.- Vení; acompañame a la cocina, y mientras preparo el almuerzo me contás algo del cole.

Intentó seguir la rutina cotidiana, y lo logró bastante bien, pero siempre con un ojo puesto en el niño, presta a impedir que intentara ir al cuarto, si hacía falta.

Selva entró allí nuevamente, un rato después. Fue a la mesa de luz de la finada y extrajo una caja de cartón grofado, con manijas de cuero marrón en cada extremo. Tampoco esta vez encendió la luz, porque sabía bien dónde estaba guardada la caja y porque necesitaba convencerse de que no debía perturbar a su mamá; prefería pensar que dormía con la placidez de la vida.

Puso los alimentos en la mesa y comió con desgano, sólo para acompañar a su hijo. El niño almorzaba con un inusual apetito, y parloteaba para ella, que intentaba seguirlo como si estuviera a merced del mar y el hilo de su voz significara el salvamento.

--¿Esa es la caja de la abuela?

Ella le dijo que sí, sólo que sí.

--¿Por qué la tenés vos?

Se tomó su tiempo para dar una respuesta verosímil.

--La abuela quiere que busque un documento, para un trámite que hay que hacer.

Apartó el plato hacia el centro de la mesa y puso la caja frente a ella. La abrió. Miró el interior un instante, intentando ocultar su emoción.

Allí estaban las reliquias de una vida longeva, aquellos objetos que la anciana había atesorado hasta el final. Mezclados en un orden premeditado entre las fotos, las cadenitas, algunas cartas y un diploma escolar, los documentos descollaban por sus colores y texturas, desde la libreta de casamiento hasta el carnet de jubilada que solía usar en la farmacia.

--¿Puedo mirar las fotos, mami?

--No. Terminá de comer y andá a cambiarte, porque vamos a salir a pasear.

--¿En serio?

--Si. Ya que Alejandra me habló tan bien de vos, hoy te llevo al cine. ¿Querés?

--Siiii… ¿Puedo elegir la peli?

--Claro que podés, mi vida. A mí me gustan las que vos ves.

--¡Iupiiii!

El niño comenzó a apurar su almuerzo, entusiasmado por la salida inesperada. Ella tomó con dos dedos un papel doblado cuyo tamaño tornaba imposible eludir su existencia, casi en el fondo de la caja. Logró extraerlo con tal sutileza que todo lo que estaba sobre él mantuvo su acomodo original.

--¿Qué es eso? –preguntó el niño, con la curiosidad soliviantada.

--Es un documento de la abuela… -respiró hondo- Es su partida de nacimiento, como tenés vos, como tengo yo…

Iba a continuar indagando, pero ella lo urgió a terminar de comer. Desdobló el papel, meditando en que su tío Abel iba a necesitarlo para los trámites mortuorios… Leyó con parsimonia la información contenida en el pliego, datos que conocía de sobra y que ahora adquirían un vacío de significado.

La nona le dejaba como herencia indirecta la vida, y de manera inmediata su propio nombre: había sido la primera mujer de la familia en ser bautizada como Selva, tal como testimoniaba el certificado que tenía en las manos.

Sintió la necesidad de acostarse un rato. Decidió dejar que el chico se cambiara solo, con la ropa de salida que normalmente estaba reservada para los lunes de franco.

--Yo voy a recostarme unos minutos. Cuando regrese, quiero que estés listo, así nos vamos.

El niño asintió.

Calzó la tapa sobre la caja y la dejó sobre la mesa, pero llevó con ella la partida de nacimiento. Entró en el cuarto y puso el pasador, porque necesitaba sentir que la muerte de su madre estaba protegida tanto como su intimidad.

Dejó la partida sobre su mesa de luz, apoyada en el velador. Se desnudó y acostó en su cama… Tapada únicamente con la sábana, intentó apartar de sí la fecha recién leída, que indicaba el día en que los vagidos de su mamá se habían hecho oír por primera vez en este mundo…

Había sido el 8 de septiembre de 1930.