21:00 – 12:00

 

Selva ayudaba a las desnudistas a peinarse, a ponerse con rapidez los corsés, a acomodarse los concheros y a maquillarse para las luces de colores del siguiente show. Hablaba poco, y eso la había calificado para la aprobación de las mujeres que se despojaban de la ropa con algo de gracia y regresaban al camarín completamente desnudas y ungidas con el sudor del baile. Bien sabía Selva que no era fácil sentirse respetada y estimada en un ambiente donde la envidia y el pleito eran lo cotidiano, de manera que hacía su trabajo con la mayor eficacia que podía, callaba la mayor parte del tiempo, reía con discreción de los chistes y comentarios procaces de las chicas, y nunca se le había escuchado una sola infidencia acerca de lo que se enteraba al oír las charlas del camarín, aunque involucraran a gente conocida o el carácter inusual de una historia la convirtiera en algo digno de ser repetido.

Entre las obligaciones de Selva se incluía la de ir hasta los bastidores del escenario apenas caía el telón, levantar del suelo la ropa todavía tibia y guardarla apropiadamente en los vestuarios del teatro, cerciorándose de que ninguna lentejuela se hubiese salido de su lugar ni existiesen manchas que sacar antes del estanco. Si esto sucedía, y descubría un desperfecto en la tela o un desdoro producido durante el espectáculo, separaba la prenda y apenas terminaba la última función iba a una piecita que estaba en el fondo del sótano, se sentaba frente a la máquina de coser y remediaba la rotura, o limpiaba primorosamente el pedacito de tela hasta que quedaba inmaculado, y recién entonces, cuando había terminado de arreglar, doblar, planchar y guardar en fundas de nylon las últimos atavíos caídos en las tablas, Selva salía por la puerta de servicio del teatro, despedida por el saludo cordial de Carlos, el encargado de la vigilancia, tomaba el primer colectivo del día y llegaba a su casita de los suburbios justo para despertar a su hijo, ocuparse de que desayunara y llevarlo al colegio que quedaba a nueve cuadras.

Sola como una rosa, así estaba. Pero el hijo, el único hijo germinado en un matrimonio que pasó sin pena ni gloria, colmaba los rincones vacíos de su vida y sellaba, mal que mal, los intersticios por donde la pesadumbre podía intrusear y colarse. Ya que era una mujer joven todavía, o simplemente porque era una mujer, fantaseaba ocasionalmente con la presencia de un ladero que recorriera con ella los escarpados caminos de la supervivencia, del trabajo y de la crianza de un chico, y que le diera aquello que no había conocido en los años de convivencia marital: un simulacro de amor, o simplemente confianza, porque ya se sabe que la única relación es la confianza (lo demás es otra cosa). Apenas transcurridos algunos meses de vida en común, sintió que perdía la confianza en él, y eso la fue llevando fatalmente a retacearle la ciega entrega de la que es capaz una mujer cuando percibe la lealtad de una relación auténtica. El declive que sobrevino después era algo olvidable, pues en aquellos pocos años sólo podía recordarse amamantando al vástago, viendo crecer su delicado cuerpo, sintiendo que cuanto más aumentaba la presencia de la criatura en la carne de sus días más se adelgazaba la del hombre, que terminó por desdibujarse y desaparecer.

 Tampoco tenía tiempo para imaginar una vida distinta a la que llevaba. En el teatro había demasiado que hacer para distraer la atención mirándose hacia dentro. Casi no podía recordar cómo había saltado de la overlock del taller peletero de Barracas a una enorme sala repleta de mujeres desnudas a quienes vestir y hermosear para una concurrencia trasnochada. Había sido el último rebote de una secuencia de trabajos bien vistos y mal pagos, y alguien le había ofrecido esto otro, no tan bien visto pero con un poco más de estipendio, y trabajo al fin.

--La macana es que entrarías después de las veintiuna horas –fue el dato que relativizó el atractivo de la propuesta-. Si vos nunca trabajaste de noche…

Y no era un detalle menor. El niño no estaba destetado emocionalmente, y nunca iba a estarlo. Tampoco ella se sentía predispuesta a estirar otro poco el cordón umbilical, su única línea de contacto con la felicidad. Sin embargo, no podía desdeñar el hecho de que su hijo la necesitaba más en las horas diurnas que en las de la vigilia, y eso, unido a la urgencia de las deudas de todos los días, la impelió a renunciar al taller y a presentarse en la puerta del teatro para que le explicaran dónde comenzar.

No fue sencillo adaptarse al cambio. Sin ser mojigata, se sintió impactada cuando entró por primera vez en el enorme vestuario de las mujeres y se enfrentó con la sonrisa amplia y desenfadada de Miranda, y a sus pechos descomunales con aureolas negras como el azabache. Detrás de Miranda estaban las demás mujeres mostrando sus partes pudendas con el mismo desparpajo, pero Selva sólo podía desviar la mirada en un gesto involuntario a los pezones excesivamente prominentes de esa estatua gallarda, que se le incrustaron en el esternón cuando su dueña la saludó con una efusividad que pareció sincera y amable.

--¡Hola! ¿Así que vos sos la nueva ayudante? Pasá, pasá, que no te vamos a morder… ¿Tu nombre es…?

--Selva, mayor gusto.

--¡Smuak! Dejate de formalidades y vení que ahora sos una más en este gallinero. Yo me llamo Miranda. –Elevó la voz:- Y por si alguna no lo sabe aún, poseo los senos más grandes acá. Apenitas que vayas conociéndonos confirmarás lo que te digo…

Miranda, la más veterana de las tablas, la de carácter más recio y varonil (en la vida y en la cama, según era vox populi), y también la que más espoleaba al grupo con sus bromas entonadas, notó entonces la turbación de la recién llegada y la escrutó con sus ojos de nocturna profundidad.

--Parece ser que nunca viste a tantas mujeres en bolas vos, ¿no?

--La verdad… alguna que otra vez, cuando iba a la pileta del parque…, en las duchas…

--¡Ja ja! Ya te vas a acostumbrar a esto, y además, pensá que tu laburo consiste en vestirnos bien, para que los jeropa de allá afuera pasen un buen rato. Es como cocinar, ¿viste? Te matás para preparar una buena comida, la servís como a un rey, y en quince minutos se la devoran. Esto es igual. Vos nos ayudás a ponernos lindas, nos producís de primera, nosotras vamos allá, al escenario, y al ratito nomás volvemos en pelotas y transpiradas.

Miranda le dijo que no había demasiado tiempo para presentarle a las otras mujeres, y que ya las iría conociendo. Le aclaró que sabría en qué piso tenían el pezón cada una, antes de enterarse de sus nombres. Selva sintió que podía dejar de lado sus temores y trabajar allí sin prejuicios, mientras su hijo dormía en casa y la vida sobrevolaba el mundo durante la ausencia del sol con un ritmo más lento y más intenso a la vez.

La primera noche fue ajetreada, y también las doscientas que le siguieron. Las nueve cuadras que caminaba hasta el colegio, con el cansancio de la madrugada a cuestas, eran casi dolorosas para sus pies, que la habían sostenido erguida durante tantas horas. Pero la frescura de la mañana, y la tibieza de la pequeña mano dentro de la suya, mitigaban la extenuación. El camino de regreso desandando las mismas baldosas era menos soportable, y para no sentirse tan a solas con ella misma hacía las compras en los almacenes recién abiertos. Desde hacía un tiempo le era posible sorprender en las miradas de los vecinos y comerciantes del barrio, en los ojos de quienes incluso la conocían desde antes de que fuera madre, la suspicacia maliciosa que despierta toda mujer que se va de su casa con el sol y regresa con el sol. Ese era un detalle que la enfadaba, aunque no hacía nada para revertirlo: sencillamente era así. Pero tal malestar llevó su resentimiento al punto de tomar consciencia de él, y a ese sí había que combatirlo: se resignaba a estar triste, abatida a veces, furiosa en ocasiones, pero el niño aniquilaba toda excusa para sentir resentimiento. Era así.

No bien entraba de vuelta en la casa, con las compras en la bolsa de yute que le había regalado Susana, la única rubia natural y ambientalista del camarín (“I am not a plastic bag”), preparaba la comida del mediodía, lavaba la ropa y acomodaba un poco los cuartos, entre mate y mate que le cebaba su octogenaria abuela, a quien llamaba mamá porque la había criado desde moza o por la transposición o la necesidad, vaya uno a saber.

Selva se consideraba viuda con ex marido vivo, y cuando pensaba en el que había sido su hombre sentía que podía haber soslayado todo, incluso la falta de respeto, las deslealtades cotidianas, los malos tratos y las ausencias, pero jamás perdonarle que hubiese abandonado al hijo que la vida les había regalado, que lo hubiese abandonado incluso antes de cerrar la puerta por última vez, dejando detrás de él los resabios de una familia. Eso no. El niño casi no recordaba la cara de su progenitor, y muy pocas veces preguntaba por él, como si entre los dos se hubiese establecido un pacto tácito de olvido. Y ella agradecía a la providencia que la ayudara de esa minúscula forma a no pensar en el pasado y a seguir andando junto al niño, porque sólo se tenían el uno al otro.

Muchas veces sonreía al caminar, cuando recordaba algunos episodios divertidos de la jornada inmediatamente anterior. En el camarín se respiraba un clima del que carecía la sala donde había compartido muchas horas con las otras overlockistas, oyendo el trac trac de las agujas. El primer encuentro con las striptiseras ya le había provocado esa sonrisa rezagada. Miranda le había hablado de los pisos de los pezones, y se ve que ella le puso cara de yo no entiendo porque la otra se agarró la teta izquierda con las dos manos y se la mostró como si se tratara de un gato.

--¿Ves? Yo tengo pezones planta baja, porque están en el medio del busto. ¿Ves? –Selva no quería mirar pero la otra insistía.- Algunas chicas los tienen en el subsuelo, y varias en el primer piso (te digo, es una rareza)...

--Ahhhhhh, era eso…

--Si…, bueno, una estupidez. ¿Vos dónde tenés los pezones?

Gaby estaba cerca de las dos y acudió al rescate.

--Che, no la apabulles en su primer día de trabajo. Dejala tranquila. –Y se presentó extendiéndole la mano, un gesto que a la costurera le pareció de una formalidad inadecuada en alguien que sólo tenía puesta una bombacha bordó.- Hola, soy Gabriela, y ya oí que vos sos Selva.

--Un placer –estrechó su mano y la sintió menos áspera que la de Miranda.

--Precisamente acá tenés un ejemplo de lo que hablaba –interrumpió ésta-. Fijate que Gaby tiene los pezones en el primer piso…

Las tres se miraron y rieron de la ocurrencia. Nunca más volvieron a mencionar tan extraña taxonomía de lo que las mujeres llevan cerca del corazón… Pero a la siguiente mañana, antes de acostarse, se quitó la blusa y el corpiño frente al espejo de la cómoda y se miró el torso unos minutos, sólo para responderse a sí misma lo que Miranda quería saber.

Eran alrededor de las diez cuando se arrebujaba en las sábanas y dormía dos horas -tres cuando había séptima en el colegio-, y ese reposo le daba fuerzas para retomar la rutina de la semana, salvo los lunes, cuando el teatro cerraba y ella podía ir a pasear con su hijo al parque de la localidad vecina o llevarlo al cine si el presupuesto aguantaba, cosa que el niño merecía porque marchaba correctamente en los estudios y se portaba todo lo bien que podía hacerlo un hombre de siete años.

Al mediodía estaba otra vez de pie, y transitaba de nuevo, con paso vivaz pero aún cansado por el trabajo nocturno, las nueve cuadras que la separaban del colegio, y lo hacía con ansiedad, porque allí se reencontraría con la sonrisa de su hijo. A decir verdad, era el mayor placer del día. Verlo con el guardapolvo blanco y la mochila azul, esperándola debajo de la bandera, consolaba la precariedad de su existencia y hacía que el olor a alcohol y a tabaco, o el sexo cortejando a las mujeres por cuyo atractivo ella debía velar porque para eso le pagaban, se descoloraran bajo la luz del sol como una mala tela.

El vestuario del teatro estaba bien atendido; en él se atesoraban los atuendos que las chicas decidían usar y quitarse en público, en la secuencia establecida por el dueño. Una vez a la semana, a veces dos, Carlos pasaba un papelito con el orden de salida a escena. Algunas noches Selva tenía que preparar a una novia para que caminase con paso sensual hacia el altar de la desnudez, y era ésta una de las coreografías que más excitaba a los espectadores de ojos ávidos, que no querían perder un segundo del lento y acompasado paso de baile, escoltado por el Ave María de Schubert, mediante el cual la novia, con un recato escénico que poco tenía que envidiar al de una virgen recién desposada, se quitaba el velo y todo lo que ocultaba su piel, de ahí para abajo. Más tarde era una monja, una mujer policía, una escolar de trenzas artificiales, una secretaria o el remedo de la primera dama (aunque este cuadro sólo se hizo una vez, porque entre la concurrencia había un funcionario de nivel medio y… era mejor evitar líos como el de aquella velada).

Selva levantaba el vestido de novia y lo llevaba en andas hasta el camarín, casi como si fuera suyo. Y se las ingeniaba para maquillar a ésta, ajustar la cofia de la otra o ayudar a la más tetona (Miranda, no cabía duda) a ponerse el corpiño, tarea no muy sencilla, sobre todo las primeras veces. Era un espectáculo aparte ver a Selva con su vestido liso, gris o marrón, ya que eran los únicos que poseía, yendo de un lado a otro del amplio aposento poblado de espejos y percheros, iluminado como el día por potentes focos que ayudaban a ver más claramente los detalles y resaltaban la bijouterie y las cuentas de colores, sugiriendo cambios de última hora o pespunteando prendas íntimas que ya estaban colocadas sobre los cuerpos, lo cual la obligaba a mantener el pulso preciso de un cirujano para no pinchar un seno, un muslo o un monte de Venus recién depilado.

Aun así, menos quejoso era su hijo, que soportaba firme como un granadero que su madre le reforzara la costura de un botón que amenazaba caerse a último momento o le probara ropa usada de los primos más altos que había que ajustar a sus diminutas proporciones, y no protestaba tanto como las bataclanas si le apretaban los zapatos o el peinado no era ni parecido al que usaban los otros pibes del barrio.

El almuerzo era la única hora del día en que mamá, Selva y el niño conversaban de sus cosas y se recordaban que vivían juntos. La anciana hablaba poco, porque ya se sabe que a esa altura de la vida hay que guardar fuerzas para vivir un día más. Selva aprovechaba entonces la ocasión para saber cómo había sido la mañana de su hijo, preguntarle qué cosa nueva había aprendido, indagar sobre el ambiente del colegio, oír su voz sólo por el deleite de oír su voz.

--Este chico necesita estar más tiempo con nenes de su edad –sugería a veces la nona-. Está acá adentro muchas horas, con una vieja como yo y con su mami… -se quedaba meditando, o recordado, que es lo que mejor se hace a esos años- Antes, los pibes se la pasaban en la calle… antes, claro…

--Cambiaron los tiempos –explicaba Selva.

--Ya lo sé. Decímelo a mí, que de tan vieja soy como de otro mundo.

--Ahora –continuó Selva, ignorando el comentario- hay demasiada inseguridad, más autos, más gente en la calle… No se puede dejar que el chico esté fuera de la casa, ni siquiera en la vereda.

--Y desaparecieron los potreros. Iban ahí a jugar, improvisaban dos arcos, se divertían…

Entonces entraba en un mutis introspectivo, seguía comiendo y sólo oía dialogar a la madre con el hijo.

A la tarde, mientras la abuela y ella dormían otro poco, el niño hacía sus tareas y miraba la televisión, y a veces, de vez en cuando, jugaba un rato con algún chico del vecindario que iba a visitarlo.

Borges era la compañera con la que más dialogaba, en los pocos ratos libres o mientras la ayudaba a vestirse, a acicalarse o a alisar su largo cabello rubio. Borges no rebasaba los veinticinco años, y eso la convertía en la manceba del lugar. Entraba siempre con un libro de Jorge Luis Borges bajo el brazo, y a veces con unas carpetas. Las carpetas a veces, el libro siempre. Miranda se burlaba diciéndole que no lo entendía, que sólo lo usaba para “hacerse la intelectual”. Y en verdad se podía pensar eso, porque era invariablemente el mismo libro bajo el mismo brazo: El Aleph, en edición rústica. Una o dos noches se la vio leer el Libro de arena o Ficciones, pero El Aleph regresaba con la contumacia de un antiguo novio enamorado aún, cada vez más ajado y con más manchas de nicotina. Selva pensó durante semanas que “Borges” era el mote que le habían puesto las demás, justamente por este berretín con el escritor homónimo… Después supo que se llamaba Cecilia Borges, que no tenía nada que ver con el bardo ciego, y que costeaba su licenciatura en Letras mostrando el cuerpo.

--Tenés que leer a este autor –catequizaba Cecilia, y le ofrecía prestarle algún ejemplar que atesoraba en su biblioteca.

Selva respondía que no, que no lo entendería, o que no tenía tiempo para leer. No deseaba que el rechazo fuese ofensivo, aunque no es fácil rehusarse a Borges sin herir susceptibilidades.

Mientras aguardaba su turno para salir a escena, Borges leía a Borges con las piernas (largas, rectas y blancas) cruzadas y un cigarrillo acompañando las palabras. Mientras a su alrededor la bulla femenina alcanzaba niveles histéricos, ella leía como si ocupara un banco de la biblioteca nacional.

--Yo sólo alcanzo ese estado de paz cuando me drogo –comentaba Laura, y todos sabían que era verdad: la veían drogarse todas las noches.

--Vos mejor dejá la falopa y dedicate a leer aunque sea el Patoruzu, como hace Borges. Una de estas noches nos vas a dar un susto, boludita.

Laura miraba de soslayo a Miranda y desdeñaba el comentario. Qué más quería ella que reemplazar la adicción a la droga por el gusto por el comic vernáculo… No era tan fácil.

Con algunas horas más de sueño en el haber, Selva se levantaba pasada la media tarde y revisaba los cuadernos del infante, que eran más prolijos que los suyos a esa edad (según le contaba la abuela). Después iba un rato hasta la plaza de la otra cuadra y se sentaba en un escaño a ver jugar al niño, hasta que a las siete volvían a casa de la mano y Selva se preparaba para regresar al teatro, no sin antes dejar lista la cena de su hijo y de la anciana.

Siempre le provocaba una sensación de pesar el alejarse. Dejaba al niño al cuidado de la anciana, o al revés, o quizá se protegían mutuamente; la conexión entre los dos había demostrado ser muy buena en los últimos años, precisamente desde que el escamoteo de la magra cuota alimentaria la impulsó a la alternativa laboral.

--Mamá, cualquier cosa me llamás al teatro, sea lo que sea. Me dejás un mensaje y yo me comunico apenas puedo.

--Andá tranquila a trabajar. En un rato le doy de comer, lo hago bañar y me ocupo de que se duerma.

Selva caminaba las dos cuadras hasta la parada del colectivo notando que algunas cotillas la veían pasar detrás de los postigos… Aún estaba el beso de su hijo latiéndole en la mejilla… Pero sentía que la noche comenzaba a incluirla y a devorarla sin remedio, a llevársela lejos hasta que el sol la devolviera al barrio.