Verdemar.

 

 No sólo Toulouse Lautrec había vivido en un prostíbulo…, flotado en su perfume y su música (el Moulin Rouge no era otra cosa que un lupanar de la belle époque)…, arriba, en la habitación-atelier, donde pintaba a la Goulue aventando la falda, a Aristide Bruant vendado con su enorme bufanda roja…, donde diseñaba, coloreaba afiches, mientras lo consumía el amor por la linda y desdeñosa provincianita del burdel…, no sólo el hombrecito noble y apasionado embriagaba su dolor…, otro dolor, no sólo él, no…

 También Ernesto. Sus pasos lo habían llevado a la puerta castaña por algún extraño, inexplicable designio que estaba más allá de su entendimiento inmediato. Quizá por la cercanía del puerto, ya que no quería internarse en el país  más de lo necesario, o tal vez sólo porque sí. Dos referencias descuidadas, un consejo malintencionado otorgado entre copas de vino, jalonaron su camino a ese lugar. “Es limpio”, había definido el de la mesa de al lado, cuando preguntó en el bodegón si conocían una pensión donde quedarse.

 No se encontraban muchos argentinos en la zona de Valparaíso, o diré más exactamente que no eran demasiados los que podían identificarse como marineros. Los argentinos no conforman un pueblo marino, sino uno que prefiere navegar sus pampas, deambular por sus tristes y enormes ciudades.  Entre sonrisas, un roto (que es la mezcla simpática del croto de Buenos Aires y el pícaro andaluz) lo alcanzó a la salida del bodegón y le explicó que no lo habían encaminado a una pensión, sino a una casa de lenocinio portuario. Agregó que se alquilaban allí habitaciones para los desembarcados, que las mujeres estaban sanas, que la dueña era una gordita agradable a la que le simpatizaban los “che”.

 --Es limpio –concluyó, y se fue hacia el destartalado funicular del puerto, que se encarama en el cerro como una araña de una sola pata.

 Los chilenos tienen una inquina inmemorial por los vecinos trasandinos, pero adoran su música. En Valparaíso se produce una extraña conjugación de mar y tango, que se desconoce en Buenos Aires y en otras urbes. “Verdemar” es el tango favorito de los hombres ríspidos que momentáneamente recalan en las mesas y en las mujeres de la zona de las dársenas, para ellos es “verde mar”, bandoneón y vino…, verde mar, mujeres, choros y mariscos.

 

“Verdemar... Verdemar...
se llenaron de silencio tus pupilas...
Te perdí... Verdemar...”

 

Era limpio, sí que lo era. Ernesto se acostumbró a la habitación del fondo, pegadita a la de Marisa. Ella había llegado del sur, de los bosques altos y olorosos, de los poemas y las soledades heladas, de la lluvia eterna. Tenía ojos de cabrita asustada, pero Ernesto descubrió que no lo era. Fue la dueña quien lo instigó a espiar a Marisa cuando atendía a los clientes, total, a ella no va a importarle…

 --M´hijito, la pared que los separa tiene un agujerito atrás del cuadro, córralo y curiosee con cuidado… Eso sí, no se olvide de apagar la luz, para que no lo pillen.

 El cuadrito exponía un motivo marino, aunque el color del cielo insinuaba  latitudes boreales. La primera vez que apoyó el ojo sobre el orificio vio a Marisa acostada en su camastro, dormida y sola, desnuda como una Maja; la luz del velador, tapado con un enorme pañuelo rojo presumiblemente de seda, otorgaba al ambiente una tinción espectral. Marisa trabajaba preferentemente en la noche, y atendía a clientes fijos. Las otras chicas se ocupaban de los eventuales…

 --Ya va a ver, m´hijito, es una maravilla –había comentado la dueña, y nunca volvió a mencionar el asunto.

 

“Tus manos amarillas... tus labios sin color...
y el frío de la noche sobre tu corazón.”
 

 Si, era una maravilla. El orificio en la pared le reveló un mundo carnal insospechado, intensísimo, insano a veces. Marisa era verdaderamente una maravilla, ágil, imaginativa, estoica…, y con frecuencia dirigía la mirada hacia el agujerito de su pared por sobre el hombro de su cliente, sólo para desafiar el anonimato del vecino.

 Una mañana golpeó a su puerta, vestida de calle, y hablaron por primera vez.

 --Hola, soy Marisa, la de la pieza de al lado.

 --Hola –repuso él, sorprendido, agradado.

 --Sé que me espías…

 --Mirá, piba… yo no pretendía incomodarte… -intentó explicar, perturbado.

 --No te preocupes, está bien, me gusta que me mires.

 --¿Si?

 --Si, me siento protegida… -Detrás de un silencio, continuó:- Ahora quiero pedirte un favor…, si puedo.

 --Lo que desees…

 --Tengo que hacerme la revisación mensual, y no me gusta ir sola. ¿Me acompañas? No es lejos, podemos caminar.

 

“Faltas tú... ya no estás...
se apagaron tus pupilas, Verdemar."

 

Caminaron, hablaron. Ernesto se quedó en la sala de espera atestada de prostitutas, de obreras del placer que aferraban la libreta sanitaria y se habían bañado y vestido para la ocasión. Algunas irían derechito al hospital, infectadas, malheridas por dentro, carcomidas por la lejana peste de un marinero sucio y promiscuo, que es la peor combinación; ya no trabajarían hasta que se produjera la curación total, o se entregarían a la muerte. Otras, la mayoría, obtendrían el exequátur por treinta días, el beneplácito del revisador, los consejos habituales…

 

Marisa tardó en salir, pero le mostró la libreta sellada, con orgullo. Y volvieron a caminar. Hablaron. Compraron chocolate, pasearon por el puerto, Ernesto se sintió celoso porque Marisa era muy popular allí…

 

“Faltas tú... ya no estás...
se apagaron tus pupilas, Verdemar."

 

Nada tenían por delante, sólo silencios y ausencias. Una sinuosidad en el camino, un instante preciso de placidez, todo lo más que podían pedir la chica del sur caída en desgracia y el hombre que está de paso…

Esa noche hubo baile en el burdel. En el amplio salón de la entrada se bebía al ritmo de un piano desmañado, se jugaba al amor, se elegía el placer en un muestrario de mujeres excesivamente teñidas y derrochadas. Marisa atendía clientes fijos, ya estaba elegida de antemano.

Jacinto llegó en la mitad de la madrugada, y fue directamente a la habitación de la chica del sur. Tenía fama de ser “el choro más choro” de los muelles, aunque en verdad había otros choros más temibles y osados. Pero éste era un hombre de cuidado, y nadie se interponía entre él y lo que consideraba suyo. Tenía fama de diestro cuchillero, de hombre ágil en el pugilato, de tirador certero.

 

“Te encontré sin pensarlo y alegré mis días,
olvidando la angustia de las horas mías...”

 

Marisa gritó, lo insultó, resistió cuanto pudo. El “che” salió al pasillo y se enfrentó con la dueña, que le puso una mano en el pecho.

--No, m´hijito, quédese quietito. Esto es normal acá… -Le quitó la mano del pecho y hurgó en sus ojos.- Ella le pertenece, puede recibir una tunda si a él le apetece… Vuelva a su pieza, terminará prontito.

El “che” retrocedió un paso, en silencio. Devolvió la mirada de la dueña con ferocidad, quiso responderle, deseaba que los gritos de Marisa dejaran de martillarle la sien.

 

“Pero luego la vida se ensañó contigo
y en tus labios mis besos, se morían de frío.”

 

Apartó de su paso a la regenta y se enfrentó con la puerta vecina, de donde provenían los sonidos del jaleo. La patada que dio a la puerta casi la arrancó de las bisagras, e hizo añicos los vidrios en medio de un estruendo. Por el marco se vio a Marisa tirada en un rincón, con la ropa interior desgajada, agazapada en un intento desesperado de protegerse, y al choro de pie, imponente, blandiendo el cinturón con la hebilla en el aire. Notó la sangre en las piernas de la muchacha, la cara amoratada, un ojo cerrado a medias, sus brazos trémulos.

 

“Y ahora...? Qué rumbo tomaré?...
Caminos sin auroras me pierden otra vez.”
 

El choro se dio vuelta rápidamente, sin pronunciar una palabra. Dejó el cinturón sobre una silla y extrajo el cuchillo del costado derecho, con parsimonia. El acero brilló a la luz del velador; el “che” entró lentamente en la pieza y se envolvió el brazo con las cobijas de la cama. Adustos los gestos, fieras las miradas, y en silencio, como Dios manda que los hombres se maten. Marisa miraba desde el piso, y en su dolor comprendía que esa madrugada un hombre moriría por ella. Su deber era proteger al choro, que era su hombre, pero el “che”… la pucha, el “che”… podría hacerla suya, ella trabajaría gustosamente para él sólo si la cuidara un poquitito y le comprara chocolates en el puerto, en las tardes frías de Valparaíso.

 

“Volverás... Verdemar...
es el alma que presiente tu retorno...”

 

El cuchillo mutilaba el aire con soltura, la mano que lo guiaba tenía experiencia en esos lances. Giros y contragiros en el pequeño cuarto, uno a otro se estudiaban, trataban de anticiparse los movimientos, y en el salón la  música se había silenciado a la espera de la sangre.

 

Un zarpazo del brazo armado cortó las ropas del intruso a la altura del pecho; éste reculó un momento y blandió una botella que ya tenía vista desde el principio, eludiendo las siguientes arremetidas. Entendía lo improbable de desarmar al choro, pero confiaba en poder golpearlo en un descuido por el flanco desprotegido, donde su fuerza podría intrusear con suerte.

 

“Llegarás... Llegarás...
Por un camino blanco tu espíritu vendrá
buscando mi cansancio... y aquí me encontraras.”

 

Un puntazo indefectible atravesó las cobijas y le hirió la mano, que sangró profusamente. El choro llevaba ventaja, pero se confió, y el “che” le reventó la botella en la cara. El cuchillo cayó al piso, y su dueño, con la cabeza y la frente lastimadas, fue a parar al costado de la cama, confundido.

El que quedó de pie miró el cuchillo, observó a la chica, vio que el choro metía la mano entre sus ropas y extraía el revólver. Marisa también entendió lo que pasaba, y no era cosa de dudar. Se levantó como una gata y abrazó al “che” para protegerlo, dándole la espalda al disparo que le atravesó la piel, que le hizo estallar el corazón.

El choro vio incrédulo que Marisa caía al piso, desnuda aún. Vio que el otro hombre se abalanzaba sobre él con el cuchillo en la mano, y sintió el acero en las tripas, en el pecho, en el alma desolada…

Marisa se quedó en los brazos del argentino mucho tiempo, blanca,  espectral, fría, sin poder responder a los besos y a las caricias que le prodigaba. Los carabineros se llevaron al extranjero a la cárcel y a los muertos al cementerio.

Algunas noches más tarde, sobre la cubierta del barco, Ernesto  fumaba un cigarrillo, un poco para olvidarse del dolor en la mano vendada, de la punzada intensa provocada por el acero en la palma y en el espíritu. Las mujeres habían declarado a su favor, todas, y eso le aseguró la libertad. Parece que el tal Jacinto tenía muchas cuentas pendientes con la justicia, y en parte les había hecho un favor matándolo.

El resto de su vida se iba a preguntar si a Marisa le había cegado la vida el gatillo del choro o el amor de él…

Miró el mar, el verde mar, y se acordó del tango, musitó la letra, tarareó la melodía.

Y entonces comprendió que en realidad no era “verde mar” sino “Verdemar”…, Verdemar…, un nombre de mujer.

 
“Faltas tú... ya no estás...
se apagaron tus pupilas, Verdemar."

 

Septiembre 2002

 

El tango:

Musica de Carlos Di Sarli.

Letra de Pascual Contursi.

Editorial Julio Korn

 

http://www.mundomatero.com/proyectos/cristel/verdemar.html