Prólogo al libro “Cuentos y Memorias de Chile” de Héctor Gorla

Miriam Chepsy

 

Si el escritor fuera el reflejo de su obra, podría imaginar a Héctor Gorla como un ser ordenado, minucioso, por la manera de manejar el idioma, por el cuidado en la elección de las palabras que utiliza, por la forma limpia, clara, de enlazarlas.

Si el escritor fuera reflejo de su obra, podría imaginar a Héctor Gorla como una persona culta, de inagotable memoria, donde atesora datos y citas que introduce en forma natural, espontánea, haciéndonos sentir que son parte inevitable del texto.

Si el escritor fuera reflejo de su obra, podría imaginar a un Héctor Gorla para el que el amor es algo que se insinúa, pero que no se resuelve, como una quimera que desaparece en la sombra, que se pierde, y para  quien los sentimientos, las pasiones se ven envueltas en alguna situación donde aparece la dualidad, la duda, el engaño, como nos lo expresa en 1971, en Doctor Donoso, en Verdemar, en Momento de una mujer sola y un niño

 Pero el escritor no es reflejo de su obra,  aunque se lo sienta latir en los intersticios del texto, aunque quiera el lector imaginarlo a través de sus personajes. El autor crea, trasmuta, modela.

Estos “Cuentos y Memorias de Chile” corresponden a las vivencias del autor en Valparaíso, entre sus diez y sus flamantes diecisiete años, por eso impresionan las imágenes, porque no parecen haber quedado fijadas en una mirada adolescente, sino ser la visión de quien las ha vivido con tanta madurez como quien las recuerda.

Pero no es extraño que eso sea así. Cuando nos dice en Muerte de un músico: “Mientras él dormía, yo me encargaba de que el cuarto estuviera en la mayor oscuridad, suspendía frazadas en las ventanas y le aseguraba un silencio cómplice para el reposo, y también iba al colegio, comía, amaba, crecía, extrañaba mi ciudad y descubría el sexo (sospecho que él estaba enterado de todo eso….)”, nos muestra cómo cuidaba, comprendía, participaba de la vida de ese primer Héctor Gorla, virtuoso del bandoneón y del piano, que es lo que lo hizo tan prematuramente responsable, y cómo creció libremente, siendo casi niño, rodeado del mundo de la noche y eso lo hizo penetrar ya entonces en las sombras habitualmente ocultas de las almas, lo que él vio cobrar vida en esas noches de Valparaíso, en esas noches de su padre.

En ese mismo relato nos cuenta su vuelta a Chile, quince años después de su partida, cuando viajó, acompañado por su mujer y sus dos hijos chiquitos, al encuentro de su padre inerte, envuelto en el torbellino de su vida y en esa narración nos imaginamos al hijo, a su mujer, a los niños, vestidos de blanco en medio de los grises y los negros de los personajes que pueblan el libro.

También sus textos nos muestran a un joven que vivía intensamente su vida adolescente, palpitando, encaramado a los árboles cual mono para ver el Festival de la Canción de Viña del mar, como nos relata en otro texto autobiográfico, La gaviota de oro. La fuerza de la la emoción que sintió al escuchar Donnez mois le temps, que debió ganar pero no ganó, todavía parece embargar al escritor que la revive y nos lo cuenta

Hasta aquí las remembranzas confesas, hasta aquí el escritor-persona que  nos muestra sus sentimientos, sus vivencias, aunque abre apenas una hendija  por la que se cuelan sus intensos recuerdos.

En el resto de los relatos, es imposible saber qué es ficción pura, cuánto hay de realidad transmutada y cuánto de reminiscencias enmascaradas. Aquí intentaremos encontrar los senderos  que nos permitan recorrer su mundo imaginario, el que puebla este tomo de cuentos, y descubrir las claves de su forma de esculpir los textos…

Entre los años ahora evocados y el escritor que los narra,  hay una vida, pero sobre todo un corte, y ese corte coincidió con el golpe militar en Chile, como si todos los problemas personales, familiares, hubieran catalizado en esa situación de violencia política y social, de la que tanto escribió a poco de volver a su Buenos Aires --añorado pero también duro, frío, como lo canta en algún poema-- en “El asesinato del Régimen”, como lo menciona de una manera u otra en todos los cuentos de este libro, como nos lo hace vivir en la aventura revolucionaria de Peggy y el cadáver presidente y por fin, como nos introduce en sus miserias en un magnífico relato: La ley de  Moraga, donde contrapone a la degradación moral del guardia, la altura moral de su antiguo maestro. El azar  hizo que cayera  en  manos de su  alumno de pocas luces, el que siempre necesitó su protección y  su apoyo. Este personaje tan  débil, que ahora se siente fuerte al amparo de sus botas, tiene  a su merced la vida de quien fuera su mentor. A pesar de que todavía lo respeta en el recuerdo de aquellos tiempos, el destino hace que cumpla el rol que le ha tocado jugar, su inevitable papel de verdugo.

En esta historia hay un alarde en la estructura en forma de diálogos, en los que se van definiendo en profundidad las personalidades y las circunstancias. Y donde el final logra el desenlace, a través del valor de la palabra, de la fuerza de esa frase: ”No debo matar al prójimo” repetida y repetida, mil veces repetida… como un acto de obediencia a su antiguo maestro, como acto liberador de su culpa, y por fin, esa última frase en la que nos dice “….y ya no  había j que no tuviera su sombrerito de punto”. Toda la sordidez de un sistema, de una situación, contrapuesta a este remate en el que la caligrafía simboliza, de algún modo la luz, los valores perdidos…

En Peggy y el cadáver del presidente, se narra un hecho dramático, la incursión de un grupo de jóvenes dispuestos a violar la tumba y fotografiar el cadáver de Allende. Este relato nos muestra, sintéticamente, con certeras pinceladas, a Peggy, sus reuniones y sus conversaciones  en el contexto de su familia, contraponiendo su actitud a la de las hermanas, ajenas a toda actividad política. Simbolizan así, de algún modo, los dos Chiles, el que resistía y el que no quería ver lo que estaba ocurriendo.  También nos hace sentir la fuerza del toque de queda y luego, una certera descripción  nos ubica en el camino al cementerio y en el cementerio propiamente dicho, donde el grupo se mueve como sombras en la noche, hasta la irrupción del ruido y la luz delatora del flash, el desbande, la persecución y las muertes.

Se desarrolla la escena en forma casi cinematográfica, imágenes, sonidos, cortos diálogos, nos hacen compartir la tensión de esa larga noche, cuando Peggy logra sobrevivir entre las tumbas al asedio de las patrullas y volver a su casa, a su familia, que la salvó de la muerte apoyando su huida, como si  la unidad familiar superara la cisura social y política, el tajo que dividía en dos a ese país.

Y el final, muy gorliano, baja como al principio del relato la tensión a cero, evocando una Peggy presumiblemente escondida en el interior de una burguesa señora de pueblo asturiano…y sólo un recuerdo simbólico de los tiempos heroicos de la resistencia,  las flores rojas flotando sobre el Océano Pacífico, lo único que quedó, después de los muertos y de la necesaria huida.

En los cuatro relatos que apuntábamos en los primeros párrafos, percibimos la dualidad en la que se mueven los personajes femeninos: las miradas de Julia a su vecino adolescente, el instante de placidez compartido de Marisa con el argentino, las mentiras de Laura-Dafne. Las equívocas actitudes de la mujer sola, en el trato con el niño, se nos revelan a través de la intencionada forma con la que el autor nos narra la acción: la escena de la merienda en la casa se explica como algo normal, pero al mismo tiempo, los datos sutiles que nos aporta, como el pelo suelto, la cara sin los anteojos, la forma de acercarse…, nos insinúan un fondo de lascivia tras el aparente interés maternal…

Y en cada uno de esos relatos, una situación externa, violenta, extrema, cambia el sentido del vector de la vida de los personajes y los separa. La importancia de esos momentos: el terremoto en 1971, la pelea y la muerte de Marisa en Verdemar, las escenas, en el baño y en la calle, en las que se revela la verdad de Laura-Dafne en Doctor Donoso, la irrupción del padre del niño en Momento de una mujer sola y un niño, se extienden,  se adjetivan, no podemos olvidarlos, porque se marcan en la narración como algo crucial.

En 1971 lo logra con la multiplicación de verbos o adjetivos, prolongando inevitablemente nuestra atención, haciéndonos sentir la fuerza de lo que nos quiere expresar: “El estruendo se acercaba, subía, amenazaba… el animal quebraba, rompía, desmembraba, dividía, desplomaba…"  En Verdemar, la minuciosidad y el dramatismo de la descripción de Marisa, “tirada en un rincón, con la ropa interior desgajada, agazapada en un intento desesperado de protegerse…..Vio la sangre en las piernas de la muchacha, la cara amoratada, un ojo cerrado a medias, sus brazos trémulos”, nos hace sentir el nivel de brutalidad de ese hombre, el choro, “de pie, imponente, que blandía el cinturón con la hebilla al aire”, entender la reacción del argentino, la de Marisa y su muerte... En Doctor Donoso, utiliza una  imagen certera: “Un odio nuevo se le atragantó en la glotis, destinado al sacamuelas diletante del alcohol…”  cuando corporiza ese odio que lo atenaza, y en Momento de una mujer sola y un niño leemos que “la voz de su padre llegó a él desde la puerta de calle, alterada y enérgica, en un incremento resonante que caracterizaba otro de sus progresivos ataques de ira” ,  donde la expresión “incremento resonante” amplifica el efecto de ese in crescendo. Así es como Gorla, en cada uno de estos relatos, nos hace sentir el dramatismo de la situación, nos la hace sentir como una de esas situaciones que marcan para siempre la vida de los que las padecen.

Hasta ahora hemos hablado de los dramas humanos, pero nada de los escenarios en los que cobran vida. El autor, cual acomodador de cine, nos detiene en una escena, cuando  alumbra el sitio exacto en que transcurre: el agujero en la pared a través del que espía en Verdemar, o las maquinitas del flipper donde sube la temperatura de los diálogos en 1971, o la mesita con las fotos en Momento de una mujer sola y un niño. En ese preciso instante, apunta detalles, formas, luces, colores…

Sin embargo, en Doctor Donoso, la boîte donde Dafne, la Laura del relato, despliega sus encantos de striptisera, se describe con minuciosidad el ambiente, uno se ve inmerso en ese salón enorme y penumbroso. Ese local, “Las tinajas”, es también protagonista de la historia. La precisión con que está descrito el mostrador, las cortinas, el efecto de las luces…nos demuestra que cuando no lo hace, no es porque no sea sensible al espacio que lo rodea, es porque esos otros ámbitos, que intuimos neutros o anodinos, por sí mismos no agregan nada a su historia. .

Siempre encontramos también diálogos, a veces mínimos, a veces prolongándose y desarrollando toda una escena.  El escritor logra, así, cambiar el ritmo de la lectura y nos hace detener, aunque sea un instante, para fijar la atención en esa situación que, de este modo, se está precisando, jerarquizando.

Y, a lo largo de los textos, surgen citas que nos revelan una reflexión que da mayor contenido a la escena, desde una  trascripción del poema “Siempre” de Pablo Neruda, hasta la referencia a los mares de las acuarelas de Turner en Doctor Donoso o cuando nos cuenta en Muerte de un músico : “Tardamos diecisiete largas y polvorientas horas en llegar a Mendoza; Borges ya lo dijo:”la vida es corta, aunque las horas son tan largas” o más adelante en el mismo texto, cuando afirma: “Eso que estaba ahí era ´El grito´, de Munch, y profería alaridos que sólo eran audibles para él y para mí.”, reforzando la descripción que hace del cadáver  y dando una imagen concreta, terrible, de referencia en esta escena donde expresa cómo él siente su relación, única, irrepetible, con el muerto.

Así enriquece Gorla las situaciones, el clima de su relato, mediante estas citas y nos hace compartir una evocación que siempre se inserta de modo natural, que nunca aparece como un alarde, y que resulta un guiño para el lector que  las reconoce.

A medida que nos adentramos a lo largo del libro, encontramos expresiones que introducen relaciones  creativas, como cuando leemos en la escena de la pelea entre el choro y el argentino en Verdemar: “El cuchillo mutilaba el aire con soltura”, o cuando el personaje reflexiona en Doctor Donoso  sobre la complejidad del tiempo a través de esta analogía insólita:  “Se dijo que el tiempo no era una secuencia, que era mucho más que una suma de eventos unidos por las cosas y las personas, que el tiempo era la pelotita de acero de un flipper Bally/Williams y podía saltar en las bandas  histéricamente, subir o bajar por los pasillos, agitarse en los bumpers, ocultarse en los raíles de 50 créditos o perderse para siempre en el pozo fatal” , y en la que hace una referencia cómplice a su 1971 donde esas pelotitas de acero tienen un papel.

Así, en estos "Cuentos y memorias de Chile", Héctor Gorla nos transmite, a partir de su mirada incisiva, de su capacidad de disecar a los hombres y mujeres que se cruzaron en su camino, y de su imaginación,  que crea, a partir de esa mirada, un mundo propio, una serie de personajes, situaciones, lugares, que nacen de sus recuerdos transmutados, de esas experiencias vividas en Valparaíso --32º 47´S, 71º 32´W— Chile, entre 1968 y 1974.

En A Coruña --43º 19 N, 8º 36´ W— España, a 13 de Diciembre de 2007