Peggy y el cadáver del presidente.

 

 Azucena se quedó preocupada, sobre todo porque Peggy había tratado de tranquilizarla antes de irse. El beso de despedida la convenció de que algo malo sucedía o iba a suceder, desasosegándola. La angustiaba pensar que el toque de queda duraba de 6 de la tarde a 9 de la mañana, y Peggy se comportaba como si la vida siguiera su curso normal en el país. La muchacha era la más inteligente, la más espontánea, la más joven de sus tres hijas. Luisa, ya grande, había hecho y deshecho su vida dos o tres veces, estudiaba dactilografía, salía con un músico, no se metía en líos. Liliana, la del medio, casi no dejaba la casa, llevaba una vida recoleta, y sólo un novio púber y pertinaz le venía a recordar que no era una penitente. Luisa y Liliana nunca dieron problemas: sí mamá, bueno mamá, llego a tal hora, te hago las compras de camino a casa, me quedo con Juan mirando tele, salimos, entramos, estamos. Las dos trabajaban (nada importante), hacían lo que hay que hacer en la vida. Y nunca le levantaban la voz, faltaba más.

 En cambio Peggy era un huracán, yo no sé a quien salió esta chica. El padre (que en paz descanse) era un hombre bueno, manso, pausado, enfermizo. Adoraba a su familia, pero siempre chocó emocionalmente con la menor, que parecía solazarse en llevarle la contra a alguien en cuya vida todo estaba en el sitio correcto. En esa época Azucena se divertía con las rabietas de su marido, y habitualmente terminaba amparando a Peggy de un castigo que nunca terminaba de llegar. Y fue Peggy la que no lloró con la orfandad, la que contuvo la ira, la que más ímpetu le contagió para seguir adelante, demostrando ya entonces su carácter animoso, bravo.

 Cuando terminó el secundario empezó a hablar de cosas raras, a leer libros de dudosa procedencia, a juntarse con gente al menos “sospechosa”. Sus amigos ya no eran los que se reunían a estudiar historia o física, reían, jugaban a las cartas, bromeaban estúpidamente. Estos otros tenían un aspecto grave, distintivo, bastante inquietante. No es que la barba les quedara mal a los muchachotes, o que el desenfado de las chicas la ofendiera. Azucena les servía café, y notaba el silencio que se producía cuando entraba en el comedor. Después, apoyaba la oreja en la puerta y los escuchaba discutiendo de espinosos y sesudos temas, y la voz de Peggy sobresalía y encauzaba la enigmática charla. Las otras hijas la urgían a echar sin más trámite a aquella gentuza de la casa, pero en realidad no daban motivo para eso, y a pesar de la pinta extraña llegó a darse cuenta de que eran buenas personas.

 Frecuentemente hablaba Peggy sobre Marx, Engels, Lenin, y una tal Rosa de apellido difícil. Se hizo habitual oírla mencionar proletariado, lucha de clases, explotación, imperialismo, conciencia, plus no sé cuánto. Era maravilloso ver cómo se enardecía cuando discutía con las hermanas acerca de política, o si alguien hablaba mal de presidente que ayer murió. Una mañana llegó al extremo de asegurar el carácter explotador de los “cogotudos” que usaban a su madre para que les limpiara la mierda, y entonces recibió su primer y único sopapo, porque la pega es sagrada, y Peggy tenía que aprenderlo de mocita.

 Azucena no podía concebir que Peggy saliera a la calle a esa hora de la noche, con toque de queda efectivo. Iba a la casa de una amiga, cerca, en otra población del cerro, donde las tanquetas del ejército retaceaban su presencia amenazadora y alerta. Regresaría cerca del mediodía siguiente, y con esa promesa cerró la puerta y se fue. No se había barruntado con perfume, lápiz labial, sombra para los  ojos, así que quedaba descartado un lance amoroso. Era más que probable que dijera la verdad, pero con ella nunca se sabía. Azucena la vio alejarse a través de la ventana, en la espesura negra de la noche.

 Su marcha era lenta y suave, pero cuando estuvo a cubierto de la mirada de Azucena apuró el paso. Consultó su reloj con dificultad a la luz de la luna, presumiendo que llegaría a tiempo a la cita. Cruzó la estrecha hilera de casas hasta que salió de la población, y llegó a la ruta que un farol moribundo alumbraba en un suspiro. Nadie se aventuraba fuera de las casas, pues en las calles aún se combatía. La ruta nunca había trasuntado tanta yerma soledad. Esperó un momento oculta detrás de una parada de micros, y cruzó corriendo al otro lado. Se adentró en otra población con cauteloso sigilo, después se enfrentó con la ladera del cerro, empinada y agreste, poblada de árboles añosos, hostiles, aromáticos.

 Comenzó el descenso, eludiendo los caminos. Los árboles parecían haber crecido equilibrándose en la explanada, donde se mantenían rectos, erguidos. En la zona de mayor declive se lanzaba en una carrerita cuesta abajo, atajándose en alguno de aquellos solitarios y frondosos pobladores de la precordillera.

 Cruzó al otro cerro, subió con dificultad, resoplando, asiéndose de las malezas. Otra población, igualmente desolada y mustia. Sólo croaban los sapos, y los grillos convocaban a las estrellas. Una que otra luz contorneaba una ventana, pero no había indicios de vida humana, y la medianoche caía del cielo con un aliento gélido. Respiraba la polvareda que levantaba su andar recelosamente firme, y sentía que el cansancio aumentaba de manera vaga, presumible.

 Dos perros la olfatearon. Los ignoró. Más tarde cruzó otra de esas rutas que se encaraman en los cerros dando vueltas indescifrables, y vio pasar desde su escondite una patrulla de hombres con uniforme verde. Aunque se sabía camuflada por las sombras y la distancia, sintió que el corazón le latía con premura. El vehículo se alejó lentamente, y entonces retomó su solitaria marcha.

 La madrugada la sorprendió no muy lejos del lugar del encuentro, en el desfiladero donde el cementerio disminuía. Allí iban a estar esperándola sus amigos; tras una ardua discusión se había descartado entrar por el frente, o pasando sobre el perímetro más accesible. Habían estado allí la tarde anterior, viendo desde lejos transitar los autos fúnebres fuertemente custodiados. Si los militares no eran tontos, esperarían una incursión nocturna de los jóvenes comunistas, pero no reforzarían la pendiente trasera de Santa Inés.

 Una voz conocida sonó en la penumbra, llamándola suavemente. El rostro de Vasco se acercó, inexpresivo, y le informó que era la última en llegar.

 --Los otros están más adelante –agregó.

 --Crucé lo más rápido que pude. Igual vamos a tener que esperar…

 --Vimos dos patrullas, bastante inofensivas. Esto va a ser rápido y fácil.

 --Esperaremos…

 Llegaron en silencio a donde estaban los demás, en un monte cercano. Desde allí se veían las últimas tumbas del cementerio. Daban la sensación de haber sido arrojadas azarosamente, aventadas como semillas. Se podía suponer a sus moradores enterrados en el mismo lugar donde la muerte sobrevino.

 No hacía falta hablar, habían decidido y planificado horas antes. Incluso Lalo, el más indeciso, estaba allí. Vasco, Ana, Tere, Lilo, Leticia, Goro, algunos más completaban la partida. Se conocían por los nombres o los apodos, pues los apellidos debían mantenerse ignorados. También la mayoría de los domicilios, a menos que fuese inevitable. La amistad tenía que ser reprimida, si se respetaba el decálogo de los militantes.

 Quince eran los militantes, más o menos.

 Se unieron al grupo, en silencio. Una de las consignas era el silencio, aquella noche. Menudeaban las vestimentas obscuras, o decididamente negras. Los muchachos se tiznaban los rostros, al igual que algunas de las chicas. Peggy rechazó el frasco que le extendió Ana, sospechando que cubría una necesidad atávica antes que protectora.

 --¿Trajeron todo? -preguntó Peggy.

 Lilo le informó que no faltaba nada: picos, palas, linternas, cámara fotográfica, colonia, pañuelos. Goro iría adelante, marcando el camino que conocía bien, ya que su abuelo reposaba cerca del mausoleo que se aprestaban a profanar. El reloj luminoso de Lilo les indicó que faltaban unos minutos para las dos de la madrugada. No muy lejos, las patrullas se aburrían en la somnolencia, relajando la atención. Una hora más retrasarían el inicio de la operación, establecieron. Y callaron, amuchándose.

 Al final de aquellos minutos, que fueron los más agobiantes y penosos de la madrugada, iniciaron la caminata. Constataron que las patrullas no merodeaban. Evitaron encender las linternas, pues la luz de la luna era pródiga en claridad. A medida que avanzaban los rodeaban más tumbas. Llegaron a los caminos interiores del cementerio, y al sector del mausoleo donde unas horas antes habían enterrado a la primordial víctima de la insurrección militar, sin servicio fúnebre, sin panegíricos. Precisamente, el primer objetivo era constatar que el cuerpo ahí inhumado correspondía con el del presidente depuesto, un dato que incluso la primera dama y sus hijos desconocían, pues los asaltadores del poder no les habían permitido inspeccionar el interior del féretro. El siguiente motivo de la incursión era comprobar si la muerte había sido producida por la propia mano del occiso, como pregonaba la prensa oficial, o por la menos piadosa de sus atacantes.

 Eran sombras desplazándose en las sombras de la noche, agazapándose si sospechaban una presencia inesperada, minimizando los sonidos y los movimientos. El viento arremetía contra los sepulcros, pretendiendo en vano perturbar a las almas enclaustradas. Peggy sintió que el frío de la madrugada le oprimía la garganta, y adivinó el impreciso estremecimiento del temor. Goro iba unos pasos delante de ella, y levantó un brazo para que el grupo se detuviera. Al oído de Peggy dijo “aquí es”, y la información rápidamente se socializó. Goro señalaba la puerta de metal de una bóveda, cuya entrada era vedada por un candado nuevísimo. Con rapidez y efectividad cortaron la cadena, y la puerta se movió pesadamente sobre los goznes, exhalando la fetidez de la muerte.

 Impregnaron los pañuelos con agua de colonia, cubrieron la nariz con ellos,  y los sujetaron con un nudo enérgico en la nuca. Enseguida entraron en la cripta con las herramientas necesarias. Algunos permanecieron en el exterior para vigilar las cercanías, o porque un sentimiento de asco les impedía trasponer el tétrico umbral.

 Ana encendió la linterna, y la dejó en el piso. La tumba del presidente mostraba los signos de la precipitación con la que había sido dispuesta. Los contornos de la laja que la cubría sugerían un trabajo descuidado. El féretro estaba debajo de ellos, en aquel improvisado hipogeo suburbano. Los hombres retiraron la pesada losa y la apoyaron junto a la ruma del grupo. Extrajeron del pozo el cajón, bellamente barnizado, con un crucifijo negro sobre la cubierta del visor. Cincelaron la tapa amortiguando los golpes con trapos, hasta que los lacres cedieron. Lentamente la retiraron, y dirigieron el paupérrimo haz de luz hacia los perturbados despojos.

 El cuerpo, envuelto con mortajas abundantes, exudaba un olor nauseabundo, que por un momento los reprimió. Peggy arrebató las tijeras de la mano de Tere, y comenzó a trazar un corte cuidadoso y firme en el sudario, a lo largo del cuerpo, piel a piel. La emoción cabalgaba en los corazones jóvenes de los militantes, y casi se desbocó cuando los trapos cayeron y revelaron los efectos de la metralla sobre la carne.

 Peggy sujetó un momento la mano del cadáver, llamativamente negra. Dos de sus compañeras no soportaron la imagen de la cabeza destrozada, y salieron a vomitar. La bóveda craneana no estaba, lo cual era congruente con un disparo en la barbilla, realizado con la ametralladora UKA obsequiada por un amigo insular. Pero el torso estaba destrozado por una ráfaga igualmente poderosa, y eso espantó las dudas acerca de los últimos minutos de esa vida. A Peggy le llamó la atención la ausencia de las cejas y de los bigotes cerdosos tan conocidos; creyó que las explosiones en la cabeza los habían volado. Un somero recuento reveló más de 70 impactos, la mayoría efectuados sobre un cuerpo exánime, inerme. Había sangre entre los labios…

 Leticia era la encargada de manipular la cámara de fotos. Peggy y los otros se apretujaron en los rincones, y la dejaron enfocar la lente. Una, dos, tres obturaciones, separadas por el tiempo de recarga del flash. Cuatro, cinco, seis obturaciones de la máquina Canon, después algunas más.

 --Apúrate, Leticia, no es un desfile de modas –bromeó, tensa, Peggy.

 Afuera, entre los mausoleos, sonaron disparos de fusil y de pistola. El potente flash de la Canon había alertado a los desatentos centinelas, que saltaron del letargo al combate. Corrieron desde sus puestos de observación hacia el mausoleo insolentado, que no cuidaban por respeto sino por salvaguarda de la verdad. Primero fueron cuatro, después acudieron en tropel desde varios puntos del camposanto. Goro asomó la cabeza en la cripta y gritó desgarradoramente

 --¡Milicos, milicos! ¡A correr!

 El desbande fue instantáneo. Peggy sintió que la mano de Vasco la empujaba a salir, casi con violencia. Atrás quedaron Lilo y Tere. En un instante estaban todos corriendo hacia el cerro, por el mismo sendero que los había traído. El ruido de las detonaciones se acercaba, las voces de alto eran más amenazadoras y perentorias, la noche distorsionaba la visión. Vasco la dejó unos metros atrás, y Peggy se parapetó entre dos mausoleos casi sin poder respirar. Percibió que las balas hendían el aire sonoramente a pasos de su momentáneo escondrijo, y se creyó abandonada. Entonces oyó, rezagados, a Lilo y Tere suplicar por su vida, entre sollozos acongojados. Eran niños a punto de sufrir un castigo inmerecido. Después, unos disparos sonaron en esa dirección. Luego una frase terrible, y el final.

 --¡Acá cayeron dos!

 Los militares pasaron cerca de ella, sin verla. Perseguidos y perseguidores continuaron su carrera hacia los cerros, en pos de la vida preservada o pretendida. Los disparos, el concierto de gritos, insultos y órdenes, se alejaron como una ola. Más disparos, ayes, llantos, más gritos, finalmente una calma balsámica, agreste, nerviosa, que duró algunos penosos minutos. Peggy sabía que no se habían ido, que estaban allí, en la penumbra, peinando las postrimerías del cerro. Intuyó a sus amigos muertos ya, al menos a la mayoría, aserción que luego le confirmaría gente bien informada.

 Sobrevino un rato de quietud que intoxicó a la noche con una angustia agónica, terminal.

 Unas voces regresaron, más relajadas, igualmente estrepitosas. Los hombres de uniforme y armas volvieron a pasar cerca de ella, que seguía emboscada entre las tumbas. Los espió chacotear, reirse, regodearse con la cantidad de bajas en el bando opuesto. Una voz imperativa dominó a las otras y preguntó si habían encontrado la cámara. Le respondieron que no, y entonces reaccionó con una soberana puteada que no es el caso reproducir.

 Peggy se sentía muerta. Ya no la atenazaba el pánico, sino la tristeza. Poco le faltó para sucumbir a sus nervios, a su furia y frustración, y abalanzarse contra  los asesinos para enrostrarles su felonía. Pensó en Azucena, en sus hermanas. Reparó que no estaba lejos de la morada final de su finado padre. Y entonces desistió, y se propuso sobrevivir, al menos para contar la historia de aquella noche.

 La mañana la sorprendió aterida de frío, inmóvil, entregada. Con las primeras luces enfiló sus pasos hacia el oeste, y por ese costado del cementerio huyó con cautela. Mientras se alejaba escuchaba y atisbaba, a lo lejos, la invasión de un sinfín de vehículos atestados con efectivos de infantería. Ese día la necrópolis cerró sus puertas al público, hasta que el gentío verde recuperó los restos de los caídos unas horas antes, y limpió la zona de los casquillos y la sangre que testimoniaban los asesinatos. Otros se ocuparon en retirar el féretro del presidente, y transportarlo a una base aérea cercana. Allí lo subieron a un helicóptero, y lo arrojaron a una tumba amplia, protegida, insospechable, discreta…, pues los usurpadores no deseaban tener en sus manos una nueva Evita.

 Peggy regresó a su población a las nueve de la mañana. Un bello sol le entibiaba las lágrimas, que se mezclaban con la suciedad. Azucena la esperaba en la puerta, y la abrazó al llegar. Sin preguntas, sin reproches. Esta chica me va a matar de un disgusto… Luisa y Liliana la bañaron, a una Peggy mustia, vacía, maniatada.

 Algo más. No contó la historia. Dos o tres sobrevivientes recuerdan también esa noche, y no la comentan, probablemente en homenaje a sus amigos caídos. Peggy tuvo el socorro de un hermano de su padre, hombre influyente entre los cretinos. La sacó de la cama sollozando aún, a eso de la una de la tarde, perentoriamente. La miró con severidad, la abofeteó con furia.

 --¡Cómo pudiste…!

 Después la abrazó, la besó tiernamente, y prometió ayudarla. A cambio, exigió no enterarse de los detalles de la incursión. Llevó a su sobrina a la capital, unos días. Después al sur, de casa en casa, con extraños que albergaban hospitalariamente, y no hacían preguntas. Más tarde al norte. Finalmente al viejo continente, casi seguro a España.

 Nadie volvió a ver a la muchacha, pero Azucena está tranquila, la sabe a salvo. Una tarde fueron a buscarla a la población, registraron la casa, maltrataron a la madre y a las hermanas… Ni siquiera ellas conocen la actual ubicación de la díscola adolescente.

 Algunos creyeron verla en Ámsterdam. Otros la vislumbraron en París. Alguien la confundió en un canal veneciano. La versión más veraz la sitúa en Gijón, casada con un dentista que fue funcionario de Franco. En la familia no se habla de política, y los hijos se han criado bien, entre shoppings, escolaridad privada, vacaciones fijas. El viaje a Disney en 1997 fue su aventura posterior más intrépida. Peggy es hoy una señora un poco gordita, de agradable apariencia, pretendidamente snob, ultramontana, cuya procedencia ignoran los amigos de su marido, despistados por su acento peninsular.

 Pocos contactos sostiene con su pasado, quizá uno solo. Alguien se acerca al mar una vez al año, en su país sudamericano. Y arroja desde alguna playa, por encargo de la antigua amiga, un homenaje florido. Peggy se pregunta si Leticia sobrevivió, ansiosamente querría saber qué pasó con la cámara, con las fotos…

 Por la fecha del golpe militar, histórico ya, un ramo de flores se mece sobre las olas del Pacífico, con el mensaje de Peggy. El folklore vernáculo ha registrado este episodio, misterioso, incomprensible, persistente. Las flores son las que le agradaban al presidente. El texto es invariable:

 “Sabemos que estás allí. Tu sepulcro es profundo, amplio. Descansa en paz. Eso desean Peggy y sus amigos.”

 

 3-8-02