Muerte de un músico. (Película con saltos.)

Dedicado a los tres.

 

“Ciudadano argentino muerto en esta ciudad. Comuníquese con este consulado. Cónsul General de Argentina en Santiago de Chile.”

Así fue como me enteré de su fallecimiento. Mi esposa me leyó el telegrama por teléfono a eso de las once, en el frío de una mañana de mucho trajín en la oficina, después de balbucear “algo le pasó a tu papá”. ¿Existe una manera mejor o peor de anunciar la partida de un familiar, que ha sucedido a dos mil kilómetros hacia el oeste? Por experiencia propia, asevero que la aciaga noticia, recitada desde un trozo de papel…, es bastante menos impactante.

--La cancillería tardó tres días en conseguir su domicilio -me dijo un empleado que ocupaba un despacho pequeño en el segundo piso, dos horas después. El hombre se encargaba de los argentinos desaparecidos en el exterior, muertos, encarcelados, secuestrados o enfermos. En los últimos años, mi padre había sido un poco de todo eso. Varias veces habíamos podido averiguar que aún vivía gracias a las oficiosas gestiones de radioaficionados, conocidos que cruzaban la cordillera, amigos que lo habían visto ir y venir por las calles de las ciudades de la Quinta Región… Pero sólo una vez recibimos un telegrama, y era de una verosimilitud insospechable.

El burócrata me dio los datos con estudiada frialdad, como si hubiesen encontrado un auto robado y estuviese informándole al dueño. El cuerpo está en la morgue de tal hospital, doctor fulano, esperan la decisión de un familiar directo, etc. Las causas de la muerte fueron naturales, para un hombre de 59 años que llevaba al menos 30 de vida disipada y licenciosa: todas las causas. El cigarrillo, la bebida, las anfetaminas, el trabajo excesivo, el desorden sexual, las pocas horas de sueño, la alimentación caótica (enumeraba yo entre recuerdos y suposiciones, mientras el tipo me explicaba que los detalles los conocería por el doctor que lo había atendido hasta el momento del deceso).

--Lo esperan en el consulado –advirtió, y me tendió la mano para despedirme diplomáticamente.

Salimos de la Cancillería y cruzamos a la plaza San Martín. Creo que me senté en un escaño y respiré hondo, sin saber qué hacer, o precisamente porque sabía lo que tenía que hacer, y no era lo más grato del mundo. Cristina me tomó una mano y me dio ánimo, mientras yo pensaba en algo tan poco significativo como lo altos que eran aquellos árboles.

--Dale, hay que hacer muchas cosas –urgió, y volvimos a casa en colectivo.

Hay horas que tengo en blanco, como si jamás hubiesen existido, como si la vida me hubiese permitido saltar dos o tres casilleros hasta un evento posterior. La vida no hace esas cosas, pero la memoria si. Me recuerdo volviendo al trabajo y pidiendo plata prestada para cruzar los Andes. Sé que alguien averiguó por mí los precios de los pasajes, y viajar en avión resultaba ser una contingencia que claramente estaba fuera de mi alcance. Me acuerdo de que volví a casa al caer la tarde, y le dije a Cristina que esa misma noche viajaría en tren a Mendoza, desde donde iba a seguir rumbo a Santiago en un colectivo de C.A.T.A. Y puedo verla cuando me prevenía de que no iría solo, pues ella y los hijos –infantes los dos- viajarían conmigo en ese tren, cualquiera que fuese mi opinión.

Sé que no tuve fuerzas para discutir esa decisión, aunque era desacertada e implicaba un gasto posible pero innecesario. En la siguiente escena me veo en la estación, corriendo para llegar al vagón que estaba marcado en nuestros boletos, con esposa e hijos siguiéndome de cerca. Me acomodé en el asiento pensando que cuando llegara al hospital mi viejo llevaría más de cinco días cadavérico, sólo porque no podía subir a un avión. Y Cristina vaticinaba que lo tendrían en la morgue hasta que yo llegara, quedate tranquilo, vas a alcanzar a verlo y a decidir qué hacer…

Dormí o no dormí, no sé. No suelo dormir en los viajes. Es más fuerte que yo. Los chicos la pasaron bárbaro, para ellos eran unas inesperadas vacaciones, aún cuando a esa edad ignoraban el significado de esa palabra, y yo me amargaba por mi debilidad de carácter al no impedirles hacer un viaje con esas características, diciéndome que tendría que haber afrontado su muerte como él lo había hecho: solo.

Tardamos diecisiete largas y polvorientas horas en llegar a Mendoza. Borges ya lo dijo: “la vida es corta, aunque las horas son tan largas”. Recalamos en una pensión familiar apenas la cuarta parte de un día, y a la mañana siguiente viajamos  en un taxi transandino que zigzagueaba entre las montañas como una lombriz. Era más de mediodía cuando llegamos a Santiago, y nos acomodamos en un hotelucho de mala muerte que era todo lo que podíamos pagar.

A primera hora del día siguiente tomamos una “micro” que nos llevó al consulado argentino, sito sobre un bulevar con árboles enhiestos pero poco frondosos. Enseguida nos atendieron y nos dieron la información que necesitábamos para realizar el correcto proceder en tales circunstancias. También nos pasaron el mensaje de la gente de un “Centro Argentino” que funciona en esa ciudad, quienes deseaban ayudarnos con los lamentables trámites que debíamos encarar. Me parece que el empleado los llamó por teléfono, explicó quién y cuándo, y a la media hora nos esperaba un auto en la puerta del consulado con una invitación a almorzar en esa entidad.

--Así que usted es el hijo del músico –indagó un hombre bajito que hablaba con un atávico acento de Buenos Aires, y enseguida me dio el pésame, seguido por otros quince pésanos de otras tantas personas con quienes compartiríamos la mesa.

Tres de los hombres que allí estaban dijeron ser los mejores amigos de mi padre, músicos de tango también, y aseguraron haberlo acompañado hasta el final. Después me informaron que apenas termináramos de almorzar iríamos a la morgue, a cumplir con la obviedad de la muerte.

--Su padre estaba muy enfermo, pero nunca quiso que lo supieran en Buenos Aires –dijo el más joven de los amigos, con una modulación lenta y cuidadosa que le daba más aire de contador que de bohemio.

--Sí, sí…, pobre Gorla –continuó el segundo amigo, más alto y nervioso que el anterior, que ostentaba un bigote teñido de amarillo por un vicio que a esa altura de la vida es imposible desatender-… Le organizamos hace dos meses un festival a beneficio, que fue todo un éxito en Viña del Mar. Con eso pagamos el alquiler de la pieza, los remedios, el traslado y algunas cosas del hospital… Pobre Gorla –repetía en una letanía, y perdía la mirada en las volutas de humo del cigarrillo, que no había dejado de mover entre los dedos ni para llevarse los alimentos a la boca.

--Pobre Gorla –confirmaba el tercer amigo, pero lo hacía en otro tono, como si “pobre Gorla” fuese el copete de todo lo que los otros no se atrevían a revelar-. Su padre fue un gran hombre, un músico excepcional, y acá en Chile se ganó el reconocimiento y el afecto de mucha gente… Pero en los últimos tiempos la bebida lo había marchitado, y usted sabe… el cigarrillo, la noche… y las pibas…, porque a su padre le gustaban las pibas, y había una que lo venía esquilmando…

--Bueno, Bordón –lo interrumpió el bajito, que estaba a cargo del Centro Argentino y que por lo tanto regenteaba la mesa-, no hablemos de eso ahora. Acá, el muchacho, la señora y los chicos tienen que comer con tranquilidad, y después van al Hospital General… De lo demás se van a ir enterando de a poco, si es que vale la pena.

Observé a mi alrededor, todos esos ojos argentinos que me miraban con una curiosidad afable, y dije que apreciaba lo que estaban haciendo por nosotros, y hasta mencioné el hecho de que aquella era la primera comida caliente que ingeríamos en un día y medio.

El resto del almuerzo se habló de temas variados, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo tácitamente en soslayar al finado. Se discutió sobre fútbol, se levantó la voz para hablar de política, y recuerdo que pregunté si la gente era feliz bajo el régimen de Pinochet. Me sorprendió saber que las opiniones estaban divididas en ese asunto, y alguien quiso rematar el tema llamando a un mozo para preguntarle, porque era el único chileno en aquel lugar.

--Decime, Manuel, ¿qué opinan los chilenos de Pinochet?

Manuel se irguió como si fuese a dar un discurso, y aseguró para su auditorio “che”:

--Pinochet fue lo mejor que nos pudo haber pasado. Nos salvó de Allende, y trajo estabilidad al país, pega, confianza… Ojalá viva para siempre… Ustedes no saben lo que fue la época del Chicho, pero pa´ nosotros…

--Yo vivía acá –lo interrumpí, y me llamé a silencio, dadas las circunstancias.

--Gracias, Manuel –lo despidió el mandamás, y se disculpó en voz baja por la vehemencia inexplicable de su empleado acerca de un tema que ciertamente exasperaba a la mitad de sus invitados, incluyendo al hijo del difunto. Después levantó la mano para pedir silencio, y le dijo a Bordón por qué no me comentaba el asunto del “fuelle”.

--Si –dijo Bordón, un poco molesto por el cometido, como si le hubiera tocado ser el mensajero de una noticia funesta-, a eso voy. –Acomodó la silla hacia donde yo estaba, aclaró la garganta con un traguito de vino con soda y me habló desde la nube de humo gris del otro amigo, que se confundía con su pelo lacio.- ¿Sabe lo que pasa, joven? Hay un músico de Santiago, un bandoneonísta como su papá, que está interesado en comprar el fuelle de su viejo. No es el mejor momento para tratar esto, pero creemos que tal vez le vendría bien el dinero para pagar los gastos del sepelio... Los cajones son caros acá, ¿vio? Bah, qué le voy a decir, morirse es caro en todas partes.

En realidad yo no tenía cabeza en ese momento para hablar de números y transacciones, así que Cristina, que conocía mi intención de deshacerme de todas las pertenencias del occiso, salvo de los documentos y de las fotos, campeó la conversación.

--Escúcheme, Bordón –terció-, ¿cuánto se puede pedir por un instrumento así?

Bordón iba a responder, pero el otro amigo le ganó de mano.

--Nosotros averiguamos ayer que el cajón para Gorla (uno sencillo pero digno, ni hablar) puede salir noventa y cinco dólares. Y el fuelle, que es un doble “A”, bien pago... puede estar unos cien dólares, así que no gastarían prácticamente nada con el finado...

--Este músico que le decía –retomó Bordón- está dispuesto a pagar esos cien dólares. Ahora la decisión queda en ustedes...

Cristina me dijo por lo bajo que la cosa le parecía razonable, aunque ninguno de los dos tenía la más remota idea del precio de un ataúd o de un bandoneón doble “A”, fabricado en Alemania antes de la segunda guerra mundial, cuando la fábrica fue bombardeada y suspendió su producción hasta que intentaron reabrirla durante la Guerra Fría, sin éxito... Dado que en estas cosas confío en ella (o tengo mucho miedo a mi propio criterio), hice un gesto de desconcierto y le dije a Bordón que estaba de acuerdo.

--Y dígame, ¿dónde está ahora el instrumento? –quise saber.

--Lo tenemos –dijo el bajito- en la casa del caballero (el más joven de los tres amigos), en el estuche de cuero en que su papá lo guardaba, porque la verdad, el flaco cuidaba al fuelle como a un hijo (me parece que vio mi expresión y se arrepintió de la analogía)… Cuando murió fuimos con los amigos, acá presentes, a la piecita donde vivía y nos trajimos todo, pensando que a usted le interesaría conservar los trajes que usaba en los shows, las fotos, las partituras, los documentos… Si quiere, podemos llevarlo cuando terminemos de almorzar, pero no se preocupe, está todo bien acomodado en fundas de nylon…

Yo repugno el nylon, desde mucho antes de eso. En fin.

--No. Prefiero ir a  la morgue, hacer lo que hay que hacer, y después ocuparme de las pertenencias.

Tengo que ser sincero y decir que no recordaba todos los detalles de aquellas horas, y que Cristina me ayudaba ayer a armar el collage de ese día. El comedor del centro argentino, donde aún nos quedamos un rato para compartir la sobremesa, ocupaba una galería vidriada en un ángulo de la planta baja, y se abría a un patio amplio donde había una pileta de azulejos celestes que estaba destinada a los pibes de los socios, a juzgar por su escasa profundidad. Un rato después nuestros hijos se zambullían (con mallas prestadas) junto a los argentinitos que vivían lejos de su terruño, y demoramos un rato bastante largo la partida hacia la morgue, sólo para comprobar que César y Cecilia estaban ajenos al ambiente luctuoso que los rodeaba.

Hay una zancada en la película y viajo en un auto grande, de esos norteamericanos fabricados para las extensas distancias del país del norte, y estamos apretados porque somos muchos. Cristina a mi lado, los chicos sobre nuestras piernas, en mi otro flanco van Bordón y el amigo de mi viejo que era casi tan flaco como él, y en el asiento delantero el otro amigo junto a un gordito que manejaba. Hacía calor, y nos bufaba por las ventanillas un viento calido que apenas paleaba el hacinamiento. Íbamos al hospital y al cementerio, dos instituciones que en esa ciudad están separadas por un alto paredón, nefasto para quien no lo traspasa a pie. El conductor nos denunciaban cada maravilla urbana que dejábamos atrás por el camino, hablaba de un cerro donde hay un zoológico, señalaba un subterráneo que va por sobre la tierra, y yo encomié la pulcritud que adornaba las calles, lo que para un tipo que vive en Buenos Aires es mayor motivo de asombro que todo lo demás.

Pensaba qué día tan lindo, si mi viejo pudiera disfrutarlo, y después pensaba que él no era alguien que apreciara el sol, los espacios verdes, los días así o el aire libre. Me acordaba de que en los seis años en que vivimos juntos y solos, a cuatro cuadras de las playas de Viña del Mar, nunca conseguí que pisara la arena. Rara vez se enteraba de que por fuera de la habitación estaba transcurriendo un día entero, con sus horas de calor o de frío, con sus luces y la gente que vive en él. Solía levantarse a las 9 de la noche, bañarse, empilcharse esmeradamente y prepararse para rumbear a su trabajo en la boite. A eso de las once salía con el bandoneón colgando del brazo derecho como un lastre, y debido a que lo transportaba desde los 12 años tenía ese hombro sensiblemente caído en relación con el otro, y con la línea recta que une los dos pasando por debajo de la nuca… Ciertamente, la playa no era lo suyo. Volvía entre las 7 y las 8 de la mañana del otro día, y como podía se metía en la cama para recuperar las fuerzas y la claridad. Mientras él dormía yo me encargaba de que el cuarto estuviera en la mayor oscuridad, suspendía frazadas en las ventanas y le aseguraba un silencio cómplice para el reposo, y también iba al colegio, comía, amaba, crecía, extrañaba mi ciudad y descubría el sexo (sospecho que él estaba enterado de todo eso, pero ya que sucedía mayormente en los espacios de tiempo diurnos, a lo mejor siempre lo afligió una sombra de duda).

No tengo una imagen nítida del hospital ni del médico que me dio los detalles, pero en cambio me veo en medio de la sala general donde él había muerto, advierto que los amigos determinan la cama donde pasó los últimos minutos de su vida, y creo que un enfermero me dijo algo acerca de un vasito olvidado en el acopio de cosas que sucedió a la exhalación final. Después hay una breve escena en que caminamos por interminables pasillos que hieden a remedio y contrastan, por su frialdad, con el clima exterior, y al final de uno de esos corredores nos detenemos frente a una pequeña puerta que parece la de una oficina pública, aunque tiene un cartelito que advierte “Morgue”.

Bordón me puso una mano en la espalda, animándome.

--Pibe, si quiere entro con usted.

--Yo puedo acompañarte –intervino Cristina-, no te preocupes…

--No, vos quedate con los nenes. Gracias a los dos, pero esto lo tengo que hacer solo. Será un momento…

Otro de los amigos me había identificado con el encargado, y se acercó para decirme que cuando quisiera podría entrar a reconocer el cuerpo. La puerta estaba entreabierta, y de alguna forma yo sentía que era el final del camino para mi viejo y para mí. Cuando la cruzara y penetrara en esa cámara de donde salía una luz muy blanca, él y yo nos reencontraríamos para despedirnos, después de cinco años de habernos visto por última vez, sin imaginar algo así.

Me parece que el director de esta película, o su guionista, reservó la mayor tensión dramática para la siguiente secuencia de imágenes. En esa escena entro a la luz excesivamente blanca de la morgue, y dejo detrás de mí la puerta entornada sin advertirlo, lo cual fue atinado para ver lo que siguió no sólo desde mis ojos, sino también desde el campo visual de Cristina, donde únicamente estaba yo, sin más pormenores que le tradujeran mi semblante. Había grandes frascos en anaqueles laterales, y estúpidamente me preguntaba qué sentido tenía poner muñequitos dentro de ellos, nadando en una solución de formol. Era un recinto pequeño, pintado de celeste claro, con una heladera que abarcaba la pared del fondo y camillas a los costados, debajo de los anaqueles. El encargado me preguntó si estaba listo, y señaló una de las camillas, cubierta por una manta blanca.

--Ahí está –informó.

Debajo de la manta blanca estaba mi viejo, muerto cinco días atrás. Hice un gesto de aprobación y el enfermero descubrió por completo un cuerpo flaco, cadavéricamente flaco y lívido, y en ese preciso instante creí que toda la sangre se me escapaba del cuerpo, no porque no hubiese visto otros cadáveres, porque los había visto, incluso había presenciado el momento de la extinción de un ser humano, con el ajetreo alrededor, los masajes cardíacos, los llantos, la resignación, con todo, quiero decir que había estado en presencia de lo que la muerte deja, eso no era algo que pudiera impactarme. Cristina me vio palidecer, y tuvo un efímero impulso de entrar y sostenerme, porque pensó que estaba a punto de caer redondo al piso. Pero no caí, no entró. El lugar daba vueltas a mi alrededor, y yo no podía apartar la vista de eso que estaba ahí, que no podía ser mi viejo, ese no era mi viejo. Ni ahora ni antes. Eso que estaba ahí era “El grito”, de Munch, y profería alaridos que sólo eran audibles para él y para mí. Recién entonces comprendí lo que el médico me había revelado junto a su cama: murió ahogado. Había una oquedad en la boca que gritaba y pedía oxígeno. La vida se había cobrado todas las cuentas, las grandes y las pequeñas. Mi viejo se iba sin deudas con la naturaleza: lo que fumó, bebió, lo que se flageló y gozó, todo eso estaba bien pago en el grito, en aquel rictus de dolor y de ciega desesperación que ni siquiera se desdibujaba con la muerte. Y viéndolo ahí, en una perpetua agonía que venía desde mucho antes y continuaría quién sabe hasta cuándo, yo también le di por  saldadas las deudas que conmigo pudieran quedarle. Nada me debía, ni yo a él. Estábamos en paz.

--Es él –informé.

Ese no podía ser mi viejo, pero era. No pude acercarme, tocarlo, besarlo. No era asco, claro está. Era impotencia, era rebeldía y odio, era el no haber estado allí para darle el oxígeno que lo habría ayudado a fenecer con menos  martirio, aunque la elección de morir solo había sido puramente suya y exoneraba de culpas, pues era congruente con otras elecciones tomadas a lo largo de los 59 años que pisó la tierra. Ese que estaba ahí era mi viejo, y lo supe porque algunos rasgos me lo recordaban como en vida, más que nada el cabello muy fino, el bigotito, la frente. Pero bien podía haber sido una momia maya o camboyana, los restos de un sacrificio ritual ocurrido hacía cientos de años sobre un altar de piedra, que todavía me mostraban el horror del final en la tensión del cuello, en la expresión del rostro mientras le arrancaban el corazón, mientras el impiadoso dios pagano sobrevolaba y arrebataba la vida hincándole los dientes en el alma.

Di dos pasos hacia la salida, confundido.

Lo miré una vez más, sin verlo.

Después salí al pasillo, sintiéndome asfixiado por una mano invisible.

Mi esposa me abrazó la cintura y apoyó su otra mano en mi pecho. Algo decía de cómo o qué, pero no la entendía. Intentó recordar los trámites perentorios que estaban pendientes, y entonces notó la medida de mi conmoción.

--Señora, hágalo sentar, el pibe está en shock –corroboró uno de nuestros tres escuderos de peregrinación.

A pocos metros había un banco de madera destinado a la espera (aunque por ahí no parecía que hubiese nada para esperar), y en él me dejaron un rato. Nunca me había sentido así, ni volvió a sucederme desde aquella vez. Hacía vanos intentos por volver a la realidad, involucrarme en lo que una parte de mí, pero una parte lejana y en brumas, sabía que tenía que hacer, y no conseguía salir de un estado de entumecimiento de los sentidos en el que súbitamente habían dejado de responderme como es debido, un estado de colapso y letargo en el que miraba sin ver, escuchaba sin oír, pensaba sin razonar, percibía las sensaciones en la piel con la descarnadura de la turbación, y al final me rendí a esa atonía del espíritu mientras a mi alrededor hablaban, opinaban, elaboraban cursos de acción y tomaban las decisiones para las cuales yo estaba invalidado. 

Saltamos a otra escena. Me veo bajo el sol, en una explanada de cemento, junto a nichos y flores. Hemos llegado aquí saliendo del hospital y entrando por la puerta principal del cementerio en otro auto, quizá en una carroza fúnebre, pero este dato sólo lo aprehendí en una alucinación hipnagógica en la que no pude percatarme de nada, así que es casi como si me hubiesen contado una función teatral y yo la imaginara después con tanta vehemencia que llegué a convencerme de que en verdad la había presenciado desde una butaca. Lo cierto es que estamos bajo el tórrido sol de la tarde, en silencio, mi familia y yo, y a pocos metros los tres amigos secretean y fuman como si el velorio estuviese sucediendo precisamente ahora. Entonces vuelve a alcanzarme la contundencia de la realidad, y soy yo mismo otra vez.

Los chicos estaban molestos por el cansancio, desconcertados porque desde la mañana los habíamos llevado de un sitio a otro, y –merced a la dicha de la niñez- no comprendían el sentido de tantos desplazamientos, a través de jalones que pertenecían a una geografía que su mente infantil no tenía cartografiada.

A lo lejos avistamos a un empleado del cementerio que arrastraba un carrito con un féretro encima, y advertimos que lo hacía con una parsimonia producida por el calor o la prudencia. Avanzó directamente hacia nosotros, ya que la tarde estaba cayendo y éramos los únicos que aguardaban una inhumación. Bordón le entregó los documentos que testificaban el lote de tierra asignado para el reposo del difunto, y mientras el muchacho se aseguraba de que todo estuviese en orden Cristina apreció que el ataúd era diferente a los que tenía por conocidos.

--¿Tan mal estaba? –indagó.

--No ha de haber sido una muerte plácida…

Hubo una pausa. Luego le expliqué que el cajón chileno tiene una ventana de vidrio a la altura de la cabeza, y sobre ésta una tapa de madera que cualquiera puede levantar para ver el rostro de quien en su interior se pudrirá. También le sugerí que no hiciera eso aquella vez en particular, pues podría aturdirse como yo frente a una expresión como la que mi viejo se llevaba a la fosa.

--No te preocupes por mí, voy a estar bien… Pero quiero verlo.

Mi esposa no es una persona a la cual se le pueda decir qué hacer y qué no. Abracé a mis hijos y distraje su atención un momento, mientras ella salvaba los pasos que la separaban de su curiosidad, corría el pestillo de la tapa y la levantaba hasta un ángulo de cuarenta y cinco grados, para ver… Enseguida la volvió a bajar, la trabó como antes, se acercó a nosotros y me abrazó.

--Ya está, ya lo vi… No hablemos de eso…

Bordón me hizo un guiño para que me acercara a tomar la manija que los tres amigos me habían dejado a la derecha de mi viejo, y emprendimos el breve recorrido hasta el lote que le había tocado en suerte, guiados por el empleado del cementerio. A pocos pasos nos seguía mi familia. Dejamos los caminos de cemento y avanzamos por los de tierra, viramos una o dos veces, y alcanzamos el borde del agujero que dos sepultureros, pala en mano y expresión solemne, acababan de abrir. Cristina se alejó a una distancia prudente con los chicos, y al servicio concluyó en los dos o tres minutos que tardaron los hombres en palear de nuevo hasta rellenar el pozo con mi viejo en él, delatando el apremio de un horario laboral a punto de expirar.

Era tarde para todos. Mi familia me esperaba a media cuadra, extenuada por el vaivén y la tensión. Bordón fue el primero en enfilar hacia la salida de la necrópolis, acompañado siempre por el fumador y por el más joven, a cuya casa iríamos enseguida para que yo dispusiera de las posesiones personales (muy personales, de uso personal) rescatadas de la piecita de mi viejo. Por un momento me quedé solo frente a la tumba fresca, y noté que una flor (no tan fresca, pero flor al fin) adornada aquellos terrones apisonados, vaya a saber por obra de cuál de tres saqueadores de coronas que a lo mejor ni siquiera eran amigos sino que estaban ahí por un misterioso sentimiento de corporativismo tanguero, o por un mecanismo de solidaridad que presumiblemente ni siquiera ellos mismos lograran explicarse muy bien, o en homenaje a la música, o tal vez sólo porque sí, tres mosqueteros que al fin de cuentas estaban ahí, y era todo lo que me importaba, mientras permanecía a solas frente al sepulcro y miraba un sol que aún en aquella hora en que moría detrás de una loma de occidente (por cierto, occidere es morir en lengua latina, y por cierto también, los romanos la llamaban así, lingua latina,  y no “latín”) daba una nota disonante con la fuerza de la vida.

Sabía que no iba a regresar en bastante tiempo, y de hecho, jamás volví. Hace mucho que esa sepultura debe tener otro morador. Pensaba que la vida tenía que ser algo más que lo que estaba frente a mí. Dónde habían quedado las mujeres que desfilaron por su vida pregonando amor. Dónde los aplausos, los halagos, dónde los trasnochados contertulios que no permitían que el vaso del músico estuviera vacío, dónde los que le acercaba una exclusiva concha de loco (un molusco gastrópodo cuyo enorme caparazón se suele utilizar como cenicero) y apostaban a que el músico la llenaría con sus colillas antes del amanecer. Nada había perdurado de todo eso, sólo un hijo que concurría en familia con el telegrama del consulado en un bolsillo, algunos argentinos fraternales, un festival, tres amigos bohemios y una flor robada. No había más.

La muerte de otro músico de tango precedió aquel entierro en ocho días. Me habían enterado de que en sus últimos y breves momentos de lucidez mi viejo musitaba “Fuentes me está llamando…” Así que pensé que donde estuviera por lo menos no tocaría solo, y quién te dice, por ahí ya tenía una nueva formación típica...

Pasamos a la próxima escena. Llegamos a los suburbios de Santiago, a la casa donde están las cosas del músico, y nos hacen entrar en un comedor de grandes dimensiones cuya mesa ha sido puesta a un costado para dar cabida a los espectadores. No deja de parecerme llamativo que tantas personas se hayan congregado sin motivo aparente. Está el más joven de los amigos de mi viejo, con su mujer y sus hijos, organizando el cónclave lo mejor posible para que no le rayen los muebles o la pintura de las paredes. Están los otros amigos. Hay rostros que ya he visto en el centro argentino. También vinieron vecinos y curiosos, algunos chicos del barrio, gente que a juzgar por su expresión no sabe qué está sucediendo o qué se espera que acontezca. Me señalan dónde arrinconaron las bolsas de nylon negro que contienen las pertenencias mundanas de mi viejo, y me incitan a abrir y a revisar. Pero yo no deseo revisar el contenido de ninguna de ellas, y sólo me detengo un momento en el bandoneón que está junto a la ruma, dentro del estuche de cuero marrón que siempre lo cobijó mientras respiraba su dueño. Tengo un impulso de sacarlo, inflarlo, ponérmelo en la falda, calzármelo en las manos y apretar las diminutas teclas, pero comprendo que no tiene sentido y que además puede generar en la concurrencia la equívoca impresión de que estoy a punto de tocar un tanguito. Sería ridículo e irreverente.

Súbitamente se hizo un silencio espeso y las miradas se dirigieron a un señor que entró en el ambiente con excesiva timidez, acentuando el patetismo de la situación. Bordón lo saludó y me lo presentó como el comprador del fuelle. El hombre me tendió la mano ofreciéndome sus condolencias, y fue directo al asunto.

--Gracias por venderme el bandoneón de su padre. Para mí es un honor tenerlo.

--Un instrumento debe ser de quien sepa arrebatarle melodías. No tendría sentido que yo me lo quedara. Estimo que esto es lo que él habría dispuesto, de haber tenido tiempo.

La conversación me sonó hueca, como si las palabras fuesen pronunciadas en el interior de una caja de madera. Además, yo sabía que mi viejo había preferido morirse como el indiscutido dueño del bandoneón, e irse al otro mundo creyendo que seguiría siéndolo post mortem. Era su pertenencia más preciada, era una extensión de él mismo. No pasaba un día sin que lo sacara del estuche, lo acariciara con una franela y se cerciorara  de que cada nota sonaba como debía sonar, controlara que el diafragma producía la correcta apertura de los pulmones del fuelle (los cuidaba más que a los suyos), se asegurara de que al abrirlo hasta su máxima extensión y al volver a cerrarlo las melodías emergían tal como él esperaba. En suma, aunque durante muchos años trabajó como pianista y por largos períodos salió a la calle sin portar su ancla musical, él siempre se consideró un bandoneonista.

Levanté la flamante adquisición del músico santiaguino y la deposité en sus manos con la melifluidad de quien entrega a un bebé. El hombre hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza, se despidió y se marchó sin esperar lo que venía después, es decir nada, porque lo más importante acababa de acaecer. Enseguida el dueño de casa me explicó a vuelo de pájaro qué contenía cada uno de los envoltorios plásticos: éste la ropa menor, éste los trajes, los ambos y ternos, aquí partituras, acá  productos de tocador, y en la bolsa más pequeña hay una caja con documentos, fotos, cassettes y un reloj pulsera que funciona a la perfección. Mi urgencia por no prolongar aquel ritual era casi tan grande como mi deseo de deshacerme de cualquier objeto que hubiese pertenecido a mi progenitor, y por lo tanto separé la caja mencionada para quedármela (previamente extraje el reloj pulsera y lo obsequié), dispuse que el resto fuese donado a una iglesia y di por terminado el reparto de la heredad paterna. Sólo me quedé con papeles y sonidos, e íntimamente le agradecí a mi viejo que hubiese tenido la elegancia de  simplificarme tan triste quehacer.

Pensaba que sólo quedaba despedirme y volver al hotel, pero una sorpresa me reservaba el destino. Todo ese público esperaba que yo dijera unas palabras, y luego emprendería la desconcentración. El desconcierto inicial me impelió a negarme gentilmente a tal solicitud, pero la insistencia de los tres amigos terminó por convencerme, y hablé. Hablé en medio de un silencio respetuoso. No recuerdo exactamente las palabras pero sé que me referí a la ocasión que nos reunía ahí, hice una breve semblanza del finado, y por último agradecí, en el nombre de toda la familia Gorla, la clase de afectos que nos habían prodigado ese día muchas personas a quienes jamás habíamos visto. Cuando concluí aplaudieron suavemente,  y se fueron yendo de a uno en fondo, a medida que nos saludaban a Cristina, a los chicos y a mí.

Era de noche, y queríamos descansar. Nuestros hijos estaban molestos desde hacía rato, y tenían razón. Nos despedimos de los tres amigos en la puerta, previo intercambio de domicilios y datos inexcusables en el anverso de una carta, y después un auto de alquiler nos llevó hasta nuestro hospedaje. Comimos lo que nos había sobrado del viaje, bañamos a Cecilia y a César y los pusimos a dormir, lo cual hicieron de inmediato, y era una delicia verlos. Cristina y yo no pudimos imitarlos, y para no hablar de la muerte hicimos el amor casi con furia. Necesitaba beber la vida, y me aferré de aquel coito como el náufrago que encuentra una madera. Gran parte de la noche seguí viendo a mi viejo tal como venía de despedirlo (esa visión me acompañó por meses), no podía dormir, no podía dejar de pensar… Pero el cuerpo se impuso finalmente, y me regaló un sueño sin sueños, una noche sin sombras, un descanso vivificante.

El siguiente día lo dedicamos a borrar en los pequeños las percepciones infantilmente desagradables de las últimas 72 horas, y los llevamos a la costa para distraerlos. Antes de abandonar Santiago obedecí mi urgencia de comprar un libro que no conseguía en mi país (“Gracia y el forastero”, de Guillermo Blanco), pues esa novela me había llegado tanto en mis años de adolescencia que, con la aquiescencia de Cristina, decidí tener en nuestra hija una evocación permanente de esa antigua impresión: se llama Cecilia Gracia. Le dije a la pequeña que ese libro con tapa roja era suyo, y le prometí que se lo entregaría cuando tuviera edad para leerlo y descubrir de dónde provenía su inusual segundo nombre. Demoré diez años en completar esa promesa, pero aquel día dejé la capital de Chile con la certeza de haber cumplido dos mandatos importantes: enterrar a mi padre y comprarle a mi hija la preciada obra.

Viajamos a Valparaíso y subimos en el funicular al mirador que da al puerto. No lejos de ahí, a dos o tres calles nada más, está todavía una de las casas donde mi padre vivió en los tiempos protohistóricos de su llegada a la ciudad. Hace un año navegaba por Internet y me topé con la siguiente noticia, palabra más o menos:

“Se inauguró en Valparaíso el llamado “camino del tango”, un recorrido por 17 sitios históricos donde se desarrolló la música del 2 x 4 en esa ciudad portuaria. Uno de los jalones es la casa donde vivieron el bandoneonista argentino Héctor Gorla y otros intérpretes importantes, y el evento contó con la presencia del embajador argentino en Chile.”

La página daba detalles interesantes del asunto, y siempre estuve por tomar la previsión de preservarla, pero cuando quise hacerlo noté que había desaparecido del torbellino informático.

Después nos trasladamos a Viña del Mar, en un día muy diferente al anterior, de viento, frío y nubes bajas. Las playas estaban desiertas. El sol no entibiaba, pero daba a los paisajes hermosas tonalidades. Compramos pollo caliente y papas fritas, y fuimos a comer a los acantilados. Los chicos se maravillaron esa tarde con el espectáculo del azul y el verde que se desplegaba frente a sus ojos por primera vez, y curiosamente fue el Océano Pacífico el que les deslumbró las retinas (y no el Atlántico, que está a pocos kilómetros de nuestra ciudad y que los recibió cuando fueron algunos años más grandes). Todavía hoy, lo que recuerdan de aquel viaje es el pollo con papas fritas, los acantilados, el agua y la luz.

Finalmente emprendimos la vuelta a Buenos Aires, y nos apeamos en Retiro dos días más tarde. Aquí me esperaban las respuestas que no debía dar, los detalles que tenían que omitirse, las verdades que jamás serían reveladas. Desde el momento en que Cristina me llamó a la oficina para declamarme el telegrama del consulado habían pasado seis días. El protagonista de “Gracia y el forastero” estaba en la última página de la novela sin poder llorar a Gracia, y yo todavía hoy no lloro a mi viejo, casi como si naturalmente tuviese que ser de esa manera. Cualquiera que escribe sabe por qué escribe: es la forma de liberarse de fantasmas, y en una zona muy íntima uno tiene la absoluta certeza de que en esos textos sólo existe un valor personal. Lo demás es otra cosa. Es similar a lo que le ocurre a un artesano que cincela la madera: siempre hará una talla que no va a vender en el mercado, que no será obsequiada y que tendrá formas caprichosas sólo inteligibles para él.

Gabriel no pudo llorar a Gracia hasta la última oración. Lo logró abrazado a su padre. Es muy probable que mi forma de llorar esta muerte (y gran parte de esta vida, aunque quién soy yo para juzgar su vida, después de todo) sea tallando el pedazo de madera que para mí es la palabra, y dejándola a la vista para verla cuando paso junto a ella. No puedo hacer otra cosa que me inspire más rotunda redención… Y tal vez a partir de hoy haga mía la expresión con la que Gabriel cierra la novela:

“Entonces pude llorar.”

Una cosa más. Hace dos meses paseábamos Cristina y yo por el centro, y sin darnos cuenta caminábamos por Sarmiento y Paraná, donde hace muchos años funcionaba una sala de ensayo legendaria en la música porteña y donde se agrupan los mejores y más importantes negocios de instrumentos musicales. Vimos un bandoneón en una vidriera y entramos a preguntar su precio por pura curiosidad…, y es prodigioso ver cómo cambiaron las cantidades: un “Doble A” se cotiza entre cinco mil y diez mil dólares, dependiendo de su estado de conservación… Salimos pasmados del comercio, y por supuesto, ni por asomo vamos a averiguar el precio actual de un ataúd.

 

Buenos Aires, 6 de septiembre de 2007.